viernes, 16 de agosto de 2024

VIAJERO SILENTE PARTE VII

 VIAJERO SILENTE - PARTE VII - NÁPOLI

 

NÁPOLES (Spaccanapoli)





Amanece en la “Ciudad Eterna” y nuestra troupe tiene dos considerables bajas, Fiorella y Morgana, salieron de madrugada rumbo a Madrid y ya están esperando el vuelo de retorno a Lima. Mañana se cumplen las seis vueltas al sol de Morganita.

Aún, con prístinos parpadeos que hacen burbujas en el alma, nos acompaña un hermoso y brillante sol mientras abordamos el tren en Roma Termini hacia Nápoles. Uno se acostumbra rápido a lo bueno, ya se nos ha hecho fácil hacernos amigos de estos bólidos que van a más de 250 km/h, limpios, asépticos, tranquilos y salen a la hora prevista.

Es una serena mañana, hasta tierna diría, atrás; han quedado angustias por cumplir horarios, eternas filas de espera, leer con nerviosismo ciertas lecturas sobre los nombres de paraderos en inglés, francés e italiano Exit, sorit y uscita son intensas palabras que las he hecho mías, significan salida, las tuve que aprender en Londres, París y Roma.

Entre tantas cosas que me han fascinado y del cual he quedado prendado es la presencia de mucho “verde” dentro de las ciudades de esta parte del mundo. Hay un gran respeto y equilibrio latente hacia árboles y plantas lo que hace una agradable convivencia con el ecosistema; se hace normal ver cómo las veredas pierden su lineal formación para hacer un requiebro cuando se “topan” con un árbol, lo bordean con delicada cortesía a quien da vida, aire, sombra y belleza.

 

Estando absorto con mis pensamientos, de pronto, una marejada de plata entra a borbotones por mi ventana, el sol se desliza sobre el mar Tirreno trayendo un aire tranquilo que me deja escuchar las voces de antiguos marineros que embarcaban con sus aparejos, mercadería, provisiones y sueños de largos viajes que hoy se confunden con los míos.

Comenzamos nuestra caminata por la vía Pza. Garibaldi rumbo a Spaccanapolli la vital y palpitante calle del centro histórico de Nápoles con su peculiar arquitectura griega y sus estrechos pasajes llenos de historias y misterios. Lo primero que “me jala el ojo” es una camiseta celeste con el nombre y cara de Diego Maradona (no iba a ser la única que se exhibe y que los turistas no cesan de comprar). Mis pasos tienen ese “toque” de engreimiento al ver varios murales con el rostro del “10” que está en modo “Dios” y de Sofía Loren; todavía, se respira la algarabía, porque, el equipo de fútbol del Nápoli ha ganado el “scudetto” después de treinta y tres años (el último lo ganó con Maradona). Hay gran cantidad de pequeñas y hermosas plazas que te invitan a sentarte y bebas la brisa napolitana, pero, el tiempo apremia. Casi, en cada esquina encontramos exquisitas iglesias una más atractiva que la otra. Aún, quedan varios edificios góticos con esa nocturna prestancia y las rutilantes trattorias con sus apreciados aromas y sus respectivos “jaladores”. Pasar bajo cada antiguo portal es ingresar a un arco iris de emociones que van desde las palpitantes conversaciones entre gente de variados países que ocupan las mesas de las incontables pizzerías hasta esa extraña sensación de haber estado allí sin siquiera haber pisado esas lozas que es el tamiz de un tiempo ido. Pero, lo que más llama la atención es el temperamento de la gente que camina rápido, entre los colores celeste y blanco conversan alto y las motos pasan por tus lados, parecen zigzagueantes mosquitos y como si estuvieras en Lima tienes que estar atento y esquivarlas. Spaccanapolli es embrujante y atrayente, dan ganas de perderse entre sus coloridas esquinas con venta de recuerdos y delirantes pasajes que invitan a un sugerido encuentro.  A estas alturas del “partido” mi vista está entrenada para apreciar delirios arquitectónicos, colores que endulzan el alma, el sonido de diversos idiomas y sus entonaciones traen música del mundo, por eso, camino sintiéndome privilegiado por avizorar parte de él y reconocer similitudes y novedades que pasan a ser parte mía.

El estómago es un reloj infalible y nos dice que debemos saborear lo mejor de Nápoles, la pizza napolitana, esa, la que tiene unos ribetes como olas de placer en vista y exultante en boca, crujiente y con una tersura al masticar que la hace incomparable y bueno una buena copa de tinto es infaltable.

Transitar la Galería Umberto I es un espectáculo de luz y color que convergen en una enorme cúpula donde el hierro y el vidrio hacen buena amistad.

Con esa alegría que, solo, te dan los viajes seguimos caminando por vía Toledo hacia la basílica de San Francisco de Paul, nos hizo recordar a la Plaza San Pedo, amplia, circular, pero con su propio señorío. El sol estira su obscuro manto fuimos hacia la Riviera di Chiaia y desde ahí admiramos al portentoso Vesubio y en su base a Pompeya. Hora de retornar, pero, hay pendientes…

 

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