VIAJERO SILENTE - PARTE VII - NÁPOLI
NÁPOLES (Spaccanapoli)
Amanece
en la “Ciudad Eterna” y nuestra troupe tiene dos considerables bajas, Fiorella
y Morgana, salieron de madrugada rumbo a Madrid y ya están esperando el vuelo
de retorno a Lima. Mañana se cumplen las seis vueltas al sol de Morganita.
Aún, con prístinos
parpadeos que hacen burbujas en el alma, nos acompaña un hermoso y brillante sol
mientras abordamos el tren en Roma Termini hacia Nápoles. Uno se acostumbra
rápido a lo bueno, ya se nos ha hecho fácil hacernos amigos de estos bólidos
que van a más de 250 km/h, limpios, asépticos, tranquilos y salen a la hora
prevista.
Es una serena
mañana, hasta tierna diría, atrás; han quedado angustias por cumplir horarios,
eternas filas de espera, leer con nerviosismo ciertas lecturas sobre los
nombres de paraderos en inglés, francés e italiano Exit, sorit y uscita son
intensas palabras que las he hecho mías, significan salida, las tuve que
aprender en Londres, París y Roma.
Entre tantas
cosas que me han fascinado y del cual he quedado prendado es la presencia de
mucho “verde” dentro de las ciudades de esta parte del mundo. Hay un gran
respeto y equilibrio latente hacia árboles y plantas lo que hace una agradable
convivencia con el ecosistema; se hace normal ver cómo las veredas pierden su
lineal formación para hacer un requiebro cuando se “topan” con un árbol, lo
bordean con delicada cortesía a quien da vida, aire, sombra y belleza.
Estando
absorto con mis pensamientos, de pronto, una marejada de plata entra a
borbotones por mi ventana, el sol se desliza sobre el mar Tirreno trayendo un aire
tranquilo que me deja escuchar las voces de antiguos marineros que embarcaban
con sus aparejos, mercadería, provisiones y sueños de largos viajes que hoy se
confunden con los míos.
Comenzamos nuestra caminata por la vía Pza. Garibaldi rumbo a Spaccanapolli
la vital y palpitante calle del centro histórico de Nápoles con su peculiar
arquitectura griega y sus estrechos pasajes llenos de historias y misterios. Lo
primero que “me jala el ojo” es una camiseta celeste con el nombre y cara de
Diego Maradona (no iba a ser la única que se exhibe y que los turistas no cesan
de comprar). Mis pasos tienen ese “toque” de engreimiento al ver varios murales
con el rostro del “10” que está en modo “Dios” y de Sofía Loren; todavía, se
respira la algarabía, porque, el equipo de fútbol del Nápoli ha ganado el
“scudetto” después de treinta y tres años (el último lo ganó con Maradona). Hay
gran cantidad de pequeñas y hermosas plazas que te invitan a sentarte y bebas
la brisa napolitana, pero, el tiempo apremia. Casi, en cada esquina encontramos
exquisitas iglesias una más atractiva que la otra. Aún, quedan varios edificios
góticos con esa nocturna prestancia y las rutilantes trattorias con sus apreciados
aromas y sus respectivos “jaladores”. Pasar bajo cada antiguo portal es
ingresar a un arco iris de emociones que van desde las palpitantes
conversaciones entre gente de variados países que ocupan las mesas de las
incontables pizzerías hasta esa extraña sensación de haber estado allí sin
siquiera haber pisado esas lozas que es el tamiz de un tiempo ido. Pero, lo que
más llama la atención es el temperamento de la gente que camina rápido, entre
los colores celeste y blanco conversan alto y las motos pasan por tus lados, parecen
zigzagueantes mosquitos y como si estuvieras en Lima tienes que estar atento y esquivarlas.
Spaccanapolli es embrujante y atrayente, dan ganas de perderse entre sus
coloridas esquinas con venta de recuerdos y delirantes pasajes que invitan a un
sugerido encuentro. A estas alturas del
“partido” mi vista está entrenada para apreciar delirios arquitectónicos,
colores que endulzan el alma, el sonido de diversos idiomas y sus entonaciones traen
música del mundo, por eso, camino sintiéndome privilegiado por avizorar parte
de él y reconocer similitudes y novedades que pasan a ser parte mía.
El estómago es un reloj infalible y nos dice que debemos saborear
lo mejor de Nápoles, la pizza napolitana, esa, la que tiene unos ribetes como
olas de placer en vista y exultante en boca, crujiente y con una tersura al
masticar que la hace incomparable y bueno una buena copa de tinto es
infaltable.
Transitar la Galería Umberto I es un espectáculo de luz y color que
convergen en una enorme cúpula donde el hierro y el vidrio hacen buena amistad.
Con esa alegría que, solo, te dan los viajes seguimos caminando
por vía Toledo hacia la basílica de San Francisco de Paul, nos hizo recordar a
la Plaza San Pedo, amplia, circular, pero con su propio señorío. El sol estira
su obscuro manto fuimos hacia la Riviera di Chiaia y desde ahí admiramos al
portentoso Vesubio y en su base a Pompeya. Hora de retornar, pero, hay
pendientes…