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lunes, 1 de septiembre de 2025

MONTCAFÉ - SEGUNDA SALIDA

 MONTCAFÉ

Un grupo de turistas españoles a mi espalda comenta lo hermosa que es Lima. El aire ha comenzado a refrescar y los rayos de sol se cuelan a través del cielo gris. El café con leche está estupendo, cada vez es más difícil encontrar uno malo.



Hay algo en el aire de la Plaza de Armas, una quietud más profunda que el simple silencio. Es el tipo de quietud que pocos intuyen, pero yo la percibo. Te veo sentado en esa mesa, con el rostro absorto en la pantalla de tu laptop, capturado por la fantasía de las palabras que escribes. Vas trazando retazos de una estela que te lleva a un lugar que solo tú conoces. El vapor de tu “cortadito” se eleva, un aroma que es una amalgama de recuerdos, una presencia que se ha vuelto tangible en su ausencia.

Observas la plaza con minuciosa atención, y la ves como un microcosmos de tu duelo. Miras a los paseantes, pero no los ves del todo; cada uno es un fragmento de tu propia pena. Un señor sexagenario habla solo, quizás a un compañero invisible como el que te observa. Otro, sin cuidado, pasa un billete de cien soles de un bolsillo a otro, con una premura que es espejo de la tuya. El estudiante universitario con su "mochila de preocupaciones" es el reflejo de la pesada carga que hoy llevas. La señora que transpira a pesar del frío es un eco de la agitación interna que te consume. La anciana con su gorra y bufanda, arrastrando los años, es un recordatorio de que la vida continúa su marcha, inmutable.

Pasan varios grupos de escolares con sus respectivos profesores y guías, conociendo y reconociendo su ciudad. Te invaden sutiles vientos de nostalgia y recuerdas a tu hermano Henry con la misma fuerza con la que evocas esas tardes de caminatas junto a él y sus estudiantes. Hablas de una hermandad que se forjó al guiar y cuidar a esos jóvenes. Henry, con su "impresionante alocución", los tenía embelesados con sus historias, llevándolos por una especie de "montaña rusa" al contarles los secretos de cada calle limeña. Mientras, tú, su "seguridad", los mantenías alineados, contándolos y protegiéndolos de cualquier riesgo. Juntos eran una unidad, un faro de guía para los escolares, un tándem que se complementaba a la perfección. Una labor que, sin saberlo, te preparaba para el desafío de hoy: guiar a tus propios recuerdos a través del laberinto de la ausencia.

En ese momento, el mensaje de tu hermana Adita te devuelve al epicentro del dolor. Te habla de un sobre lacrado, amarillento por el tiempo, que ha dejado papá para ser abierto después de su partida. Al verlo, ella sintió pena y sus ojos se humedecieron. Lo llevarán a la notaría para que el notario lo abra. Al imaginar la caligrafía de tu papá —sobria, elegante, firme— que perfila su potente imagen de amor y autoridad, te estremeces.

En ese instante, las campanas de la catedral comienzan a sonar, marcando las 11:45. Su tañido es diferente a cuando marcó la media hora. Estás atento a que marquen el mediodía. Esta es tu segunda salida sin él, y se hace difícil. Miras la silla vacía, pero en lugar de ver la ausencia, ves su esencia, y su sonrisa y mirada te acogen.

Los paseantes siguen desfilando por la pasarela de tu ventana. Hay turistas que consultan el Waze para ubicarse, avanzando y retrocediendo hasta encontrar el rumbo. Pasa un joven de unos treinta años que camina lento, con la paciencia de quien analiza una situación difícil; su rostro refleja una preocupación ya vencida. Dos amigas pasan sin conversar, con las miradas fijas en sus celulares. Un par de jóvenes de barba hirsuta y ligeramente obesos avanzan con un compás sincopado que les da el peso de más. Pasa un grupo de reporteros con cámaras, focos y poca paciencia en busca de una noticia. Una joven ejecutiva camina con paso seguro y elegante. Pasa una persona fumando, algo inusual. Dos policías municipales caminan dueños del portal. La gente lleva abrigos, gorras, zapatillas, carteras bien aseguradas y bufandas. Los zapatos van quedando rezagados. Falta poco para las doce, y estás inquieto por escuchar las campanadas que te dirán que ya es hora de regresar.

Las campanas del mediodía suenan. No puedes contenerte y tu mirada se dirige de nuevo a la silla vacía. Y en medio de todo este escrito, hay un susurro, una voz que no es la tuya, pero que te habla al oído lo que ya sabes en lo más profundo de tu corazón:

"Escribe. No te detengas. Sigue, que yo te leo y te acompaño."

 

viernes, 15 de agosto de 2025

EL ARTE DE PASEAR CON UNO MISMO (24)


El arte de pasear con uno mismo

Hay mañanas en las que caminar no es solo moverse, sino ‘habitarnos’. El hombre que recorre el parque al alba, respirando el aroma fresco de las hierbas, no avanza hacia un destino, sino hacia sí mismo. Los recuerdos llegan como flechas que lo visitan sin aviso: amigos que fueron hermanos, risas que aún resuenan, versiones de su yo que parecen aguardarlo en los pliegues del tiempo. No es nostalgia; es filosofía en acto. 

San Agustín escribió (me trae recuerdos de mi universidad, la UNSA), el pasado no se va, sino que ‘reside en la memoria, presente en su presente’. Este paseante no huye del hoy, sino que expande su ahora al dejar que lo vivido dialogue con él, una manera de darse la mano entregando memorias. No es un escape, sino una forma superior de atención, cercana a lo que Bergson llamó ‘duración’: ese tiempo elástico —me hace recordar a la masa que estiraba mamá para hacer su keke— donde los momentos no se suceden, sino que se insertan. 

Hay algo de Nietzsche en este ritual. Si el eterno retorno fuera cierto, cada evocación sería un reencuentro necesario. Es como estar sentado en la mesa del alma con nuestros otros yoes. Pero, también hay algo de Proust: el perfume de las plantas actúa como la magdalena que desencadena un mundo o cuando percibimos el dulce aroma de alguna golosina de nuestra infancia, nos trae de inmediato las caritas de nuestros amiguitos y las calles por donde hicimos palomillada y media. El hombre no recuerda; vive de nuevo, y al hacerlo, se recompone. 

En esta época obsesionada con la productividad, detenerse a conversar con las propias sombras parece un lujo, una costumbre obsoleta. Pero, es en realidad, un acto de rebeldía. Schopenhauer decía que solo quien escucha su interior accede a la verdadera libertad. Este paseante lo sabe: su caminata no es ocio, sino ‘el arquitecto de un ser completo. 

Al final, el parque no es un lugar, sino un espejo. Y sus árboles, testigos mudos de ese diálogo eterno que, desde Heráclito hasta hoy, sigue siendo la única brújula fiable: el arte de ser, aquí y ahora, todos los que fuimos.

El pasado no se pierde; habita en uno. Caminar con él no es retroceder, sino aprender a respirar entre tiempos.

 

viernes, 18 de abril de 2025

LA COCINA Y EL CEREBRO (06)

MI COLUMNA - Diario Viral - AREQUIPA 29/03/2025.

https://edicion.diarioviral.pe/edicion-1-3-2025 Página 15

La cocina, más allá de ser un espacio para preparar alimentos, es un elemento clave en la evolución humana. La neurociencia revela que cocinar fue fundamental para el desarrollo de nuestro cerebro y habilidades cognitivas únicas.

Nuestro cerebro, aunque solo representa el 2% de nuestra masa corporal, consume el 25% de nuestra energía diaria. Esta enorme demanda energética sustenta funciones como la memoria, la atención y la creatividad. Lo que hace especial a nuestro cerebro no es su tamaño, sino su cantidad de neuronas: 86 mil millones, con 16 mil millones en la corteza cerebral, responsable del pensamiento consciente.

La neurocientífica Suzana Herculano-Houzel y sus investigaciones respaldan la teoría del primatólogo Richard Wrangham: cocinar fue el punto de inflexión en nuestra evolución. Los alimentos crudos no proporcionaban suficiente energía para mantener un cerebro grande. Cocinar predigiere los alimentos, facilitando su


masticación y digestión, lo que libera más energía en menos tiempo.

Cocinar no solo nos dio energía; también impulsó nuestra evolución cognitiva y social. Al reducir el tiempo dedicado a la alimentación, nuestros ancestros tuvieron más oportunidades para pensar, comunicarse y crear herramientas. Además, compartir alimentos alrededor del fuego fortaleció los lazos sociales y facilitó la transmisión de conocimientos.

Cocinar es más que una actividad cotidiana; es el legado que nos hizo humanos. Nos proporcionó la energía necesaria para desarrollar un cerebro complejo y nos permitió evolucionar cognitiva y socialmente. Así que, la próxima vez que estés en la cocina, recuerda que estás participando en una tradición milenaria que nos distingue como especie.

 

sábado, 18 de noviembre de 2023

VIAJERO SILENTE - PARTE I - LONDRES

********** VIAJERO SILENTE **********
PARTE 01
La ropa de toda la familia se ha hecho lo más chiquita que se ha podido para alcanzar en las estrictas maletas que no permitirán que sobrepasen el p



eso que exigen las aerolíneas. Ya estamos listos para partir al viejo continente y sortear todas las circunstancias que se van a presentar, comenzando por la recepción de los tiques en el aeropuerto. El hecho es que ya estamos sentados en el avión listos para partir. ¡Uf! Gran alivio.
Cuando asumo que voy a estar doce horas en el aire a más de 10,000 msnm, casi, sin moverme para no incomodar al pasajero de al lado, me da la sensación de estar en un nicho, solo, me queda pensar para escaparme del forzado encierro. Peregrinos recuerdos comienzan a dar vueltas en mi preocupada mente, poco a poco, se van sumando en incesante riada y sin ton ni son se mezclan en una suerte de asustada estampida pugnando por escapar. Mil y un pensamientos comienzan a dibujar sus alocadas escenas en mi febril encierro confundiendo tiempo y actores. En mi cerebro se ha dado un desplazamiento temporal donde confluyen múltiples estados de tiempo en mi línea temporal. Por eso, se entrecruzan el Chalo de nueve años que va a comprar el crujiente pan de Maquera en Cocachacra (el único fin es comerlo calientito) con el Chalo de diecisiete que está practicando pasos de baile a escondidas para no tener tropiezos cuando tenga que bailar un "lento" en la fiesta del sábado. Si, a eso le sumo los recuerdos que afloran con la música que voy escuchando con los audífonos puestos, es un tropel de desesperados recuerdos, todo, con tal de no pensar en el tiempo que me queda por estar suspendido en el aire.
Parece tonto, pero, son tantas las cosas que imagina uno a "estas alturas" que no es raro tener pensamientos como:
—¿Y, si se cansa el avión de estar tanto tiempo en el aire?
—Si hubiera hecho caso a mi mami de no ir a “sacar” caña a la chacra, seguro que no me habría roto la cabeza en la acequia que está en el pasaje de la familia Pareja. Si hubiera tenido el valor de haberme “mandado” con Lucy y le hubiera dicho que me gustaba a mis once años, a lo mejor me decía que sí y hubiera sido mi enamorada. Así, me fui paseando junto a los incondicionales “Y, si” a lo largo de varias épocas de mi vida. Miro la hora, solo, han pasado tres horas,
—¡Faltan nueve, todavía!
Al fin, Londres, el tren nos lleva del aeropuerto al Terminal del Ferrocarril Victoria (el segundo más transitado de esta ciudad, Vannia ha tenido la precaución que el hotel esté cerca al terminal) aún, así hay que caminar unas siete cuadras. Los cinco vamos en caravana jalando nuestras maletas entre calles limpias, ordenadas y llenas de colores por las plantas que están en todos los pisos y balcones. Tomar el metro donde solo conocía la palabra “exit” fue el inicio del espacio que iba a ocupar en este periplo, me estaba convirtiendo en el viajero silente. No entendía el idioma, así que, tuve que dar un paso al costado en el liderazgo de la troupe. Transitar las calles de Londres es una organizada fascinación de imágenes supuestas que van dejando en claro la circunspecta personalidad de una urbe cosmopolita que no deja de lado su estirpe. Sus clásicas construcciones mantienen sus coronadas chimeneas como banderas de la poderosa industrialización que iniciaron en 1760 y que les permitió ser primera potencia mundial. Con el paso de los años los humos de sus fábricas y la característica neblina da forma a una ciudad un aire sumamente contaminado. Me imagino la gran neblina que se produjo en Londres en 1952 fue tan brutal que costó la vida a miles de londinenses que comenzaron a llamarla “el gran humo”. Paseando con el Big bus fuimos disfrutando de amplias avenidas con muchas y extensas áreas verdes. Es una arquitectura amable, agraciada y distinguida para el caminante, amplias veredas, bancas y sillas dan el respiro a los paseantes, las recorremos antes de llegar a uno de nuestros destinos: La Gran Torre.

Mirando el Támesis me pareció ver las naves vikingas ir para tomar por asalto a Londres, por un momento estaba en las figuritas que había visto de niño que se confundían con las imágenes de la serie Vikingos de Netflix, pero, esta vez, la realidad supera mi imaginación. Visitar la Torre es respirar aires de historias guardadas entre este enorme castillo que representa el poder y abarca casi siete hectáreas y guarda en el centro a la Torre Blanca y a las joyas de la Reina. Ambos recintos se comenzaron a construir en el siglo XIII, es decir, estamos en senderos donde transitaron hombres y mujeres que hicieron parte de la historia de Inglaterra. Armas, cascos, armaduras, pasadizos, recodos, cadenas y los ecos que se filtran por estrechas ventanas dibujan pasajes de hechos acontecidos hace tantos años. Es una visita que te embriaga de aventuras y la imaginación se dispara. Saliendo del castillo fuimos a ver la hora en el Big Ben, cientos de personas pululan y pugnan por tomarse fotos y selfis. Me quedo mirando la variedad de razas, a lo mejor, veo pasar por ahí a Bond, James Bond. Cruzamos el Támesis para ir a ver la nueva atracción londinense el London Eye, una espectacular noria que nos hizo ver desde sus 135 m de altura gran parte de la ciudad. Tres días es nada para conocer Londres, pero, es intensa la percepción en nuestros agudizados sentidos por capturar todo lo que está a nuestro alcance. Nos acercamos un poquito a la realeza llegamos a las puertas del Palacio de Buckinghan y la fuerza del celuloide nos llevó a un lugar conocido como Notting Hill, esta vez, para ver si nos encontrábamos con Hugh Grant o Julia Roberts, lo único que conseguí fui mostrar mi libro en la librería the Travel Book Shop. 

UN DÍA GIRAMOS LA CABEZA Y YA NO ESTÁN LAS BOLITAS (86)

  —Apunta bien, no vayas a fallar. Las bolitas estaban en el suelo y alrededor, como un pequeño tribunal, Coco, Pepe García, Nano, Kike y el...