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jueves, 10 de septiembre de 2026

AFECTO vs COMIDA (85)

 AFECTO VS. COMIDA

 


—¿Consentir o engreír cría un niño débil?

Pepe Zegarra lo dice con la seguridad de quien cree haber encontrado la respuesta en su propia historia:

—A mí, me criaron sin abrazos y aquí estoy. Normal.

Y agrega, como quien pronuncia una sentencia definitiva:

—Lo importante es que a Raulito no le falte nada. Tiene techo, comida, colegio y ropa. ¿Qué más necesita?

Quizá esta conversación habría terminado allí, hace algunas décadas. Muchos padres fueron educados bajo esa lógica: alimentar era amar, proteger era corregir y abrazar demasiado podía malcriar. Había que criar hijos fuertes para un mundo que no parecía tener tiempo para la fragilidad.

En los años cincuenta, el psicólogo Harry Harlow realizó unos experimentos con crías de monos Rhesus que terminarían cuestionando esa idea. Les ofreció dos madres artificiales: una de alambre, con un biberón; la otra, cubierta con una superficie suave, pero sin alimento.

Las crías eligieron.

Pasaban mucho más tiempo junto a la madre de tela, especialmente cuando tenían miedo. El experimento ayudó a demostrar algo fundamental: alimentar no es lo mismo que dar afecto.

Pero, nuestra generación también conoció el otro extremo.

En los años sesenta se repetía, incluso en los colegios: «La letra con sangre entra». Nadie se asombraba demasiado si un profesor corregía con un chicote o una regla. En casa, algunos correazos podían aparecer ante una rabieta o una desobediencia de Raulito. La autoridad se construía, muchas veces, desde el miedo.

Hoy, el péndulo parece haberse desplazado al otro lado. En algunos casos hemos creado niños de cristal: hay que medir cada palabra y cada corrección porque toda frustración puede interpretarse como daño psicológico.

Los extremos son peligrosos.

Un niño no necesita golpes para aprender, pero tampoco crecer creyendo que nadie puede contrariarlo.

A ello, se suma otro cambio profundo: la tecnología. Antes, padres y profesores eran, en gran medida, dueños del conocimiento. Saber era poder. El profesor explicaba y el estudiante escuchaba; el padre sabía y el hijo aprendía.

Hoy, una inteligencia artificial puede responder en segundos lo que antes exigía largas búsquedas. Pero, muchos padres y profesores no quieren aprender lo nuevo. Se retrasan, la brecha se agudiza y los niños, que dominan mejor las herramientas, comienzan a «sacar ventaja».

No porque sepan más de la vida, sino porque el adulto ha abandonado un territorio que debería acompañar. La autoridad ya no puede basarse solamente en saber más. Debe aprender, actualizarse y enseñar a pensar, discernir y utilizar responsablemente la tecnología.

Y aquí aparece nuestra paradoja: mascotas que reciben peluquerías, spas, cumpleaños y abrazos, mientras algunos niños van de taller en taller, acompañados, finalmente por una pantalla.

No se trata de querer menos a las mascotas, sino de preguntarnos si estamos queriendo bien a nuestros hijos.

Entre el niño golpeado y el niño intocable existe un territorio más humano: límites con afecto, autoridad sin violencia y adultos dispuestos a seguir aprendiendo.

Porque, ni la comida, ni la tecnología, ni la inteligencia artificial pueden reemplazar algo esencial:

Tiempo para mirar a un niño a los ojos y decirle: estoy aquí.

 

martes, 20 de mayo de 2025

EL AULA DEL FUTURO: INTELIGENCIA ARTIFICIAL Y EL NUEVO ROSTRO DE LA HUMANIDAD (15)

El aula del futuro: inteligencia artificial y el nuevo rostro de la humanidad



 El aula del futuro: Inteligencia artificial y el nuevo rostro de la humanidad

En una escuela de China, los niños no inician el día con libros, sino colocándose cintillos con sensores cerebrales. Estos dispositivos miden su atención en tiempo real. El profesor ve los resultados al instante, y también los padres, a través de un chat. Así nace una nueva era educativa: el aula inteligente, o quizá el aula vigilante.

 La IA en la educación altera la formación infantil, al influir en el desarrollo social, moral y neurológico del cerebro, planteando interrogantes sobre el impacto de un aprendizaje medido algorítmicamente. China ha apostado por formar desde la infancia a ciudadanos familiarizados con la IA, preparados para liderar en automatización, robótica y aprendizaje automático. Una generación que no solo use la tecnología, sino que piense desde ella. Mientras tanto, países como Francia han optado por restringir celulares en las aulas. Otros limitan el uso de pantallas para proteger la atención, fomentar la lectura y cuidar la niñez.

 Pero ¿será suficiente en un mundo donde la IA ya es parte de la estructura del futuro?

 Se está formando una brecha generacional: entre los que crecen con tecnología educativa avanzada y los que no. ¿Estarán mejor preparados unos, o los otros habrán evitado una educación reducida a datos y estadísticas?

 La IA educativa personaliza el aprendizaje, pero privatiza la humanidad: optimiza rendimientos mientras erosiona empatías. El verdadero examen no será de conocimientos, sino de qué sacrificamos en el altar del algoritmo.



Nos acercamos a un momento clave. Las nuevas generaciones no aprenderán sobre IA, crecerán dentro de ella. La cuestión no es si permitirla, sino cómo integrarla sin perder lo esencialmente humano.

El aula del futuro no será una escuela, sino una fábrica de humanos 2.0. Nuestra misión: asegurar que la esencia humana sobreviva a la revolución algorítmica.

UN DÍA GIRAMOS LA CABEZA Y YA NO ESTÁN LAS BOLITAS (86)

  —Apunta bien, no vayas a fallar. Las bolitas estaban en el suelo y alrededor, como un pequeño tribunal, Coco, Pepe García, Nano, Kike y el...