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lunes, 7 de septiembre de 2026

CUANDO LA TRIVIALIDAD PIENSA POR NOSOTROS P-15

 CUANDO LA TRIVIALIDAD PIENSA POR NOSOTROS



Lo veo todas las mañanas en la panadería de mi barrio, seguro que esto se repite en cualquier panadería del Perú. Mientras esperamos a que despachen el pan, dos o tres personas conversan sobre las próximas elecciones presidenciales. Todos hablan con absoluta seguridad. Uno afirma que determinado candidato salvará al país; otro asegura que será su ruina. Las voces se elevan, los argumentos se cruzan y las certezas parecen inquebrantables.

Si alguien los escuchara sin conocerlos, pensaría que han leído los planes de gobierno, analizado indicadores económicos, estudiado la historia política del Perú y comparado las propuestas de cada postulante. Pero, basta permanecer unos minutos para descubrir que la mayor parte de sus argumentos proviene de Facebook, un video de TikTok, una publicación de Instagram, un mensaje reenviado por WhatsApp o un comentarista que escucharon la noche anterior.

Lo sorprendente no es que estén desinformados. Lo verdaderamente llamativo es que todos están convencidos de estar bien informados.

El filósofo y escritor Eduar Garza reflexiona sobre un fenómeno que denomina la prevalencia de la trivialidad: el momento en que las explicaciones simples, emotivas y superficiales terminan dejando de lado al pensamiento crítico. No porque sean mejores, sino porque resultan más cómodas. Poco a poco dejamos de examinar la realidad y comenzamos a consumir interpretaciones prefabricadas. Sin embargo, sería un error creer que este fenómeno nació con internet.

La historia de la humanidad es también la historia de nuestras fuentes de autoridad.

Cuando somos niños, nuestros padres representan la verdad. ¿Quién podría dudar de o que nos dice papá o mamá? Creemos en ellos, porque de esa confianza depende nuestra supervivencia. Nos enseñan que el fuego quema, que tomemos despacio el agua, sino podemos ahogarnos, que debemos respetar ciertas normas. La confianza no es una ingenuidad infantil; es un extraordinario mecanismo evolutivo.

Después aparece la escuela.

La profesora ocupa ese lugar privilegiado desde donde se interpreta el mundo. Lo que explica adquiere el peso de una verdad difícil de cuestionar. Más tarde, durante la adolescencia, ocurre otro desplazamiento. Los amigos se convierten en la referencia principal. La necesidad de pertenecer al grupo hace que muchas de nuestras opiniones ya no respondan tanto a un razonamiento propio como al deseo de ser aceptados.

Ya lo decía nuestro amigo Aristóteles hace más de dos mil años cuando definió al ser humano como un ser político y social. Necesitamos vivir con otros para realizarnos plenamente. Pero, esa misma condición nos hace extraordinariamente sensibles a la influencia del grupo.

Con la adultez simplemente cambian las voces que escuchamos.

Durante buena parte del siglo pasado fueron la radio y los periódicos. Después llegó la televisión. Si una noticia aparecía en un noticiero nacional, era recibida casi como una verdad indiscutible. Muy pocas personas sentían la necesidad de contrastarla. La autoridad del medio bastaba para otorgarle credibilidad.

Hoy las autoridades tienen otros nombres. Son influencers, creadores de contenido, youtubers o cuentas con millones de seguidores. El escenario ha cambiado; el mecanismo cerebral permanece intacto.

El cerebro humano consume alrededor del veinte por ciento de la energía del organismo. Para ahorrar recursos utiliza atajos mentales que le permiten tomar decisiones con rapidez. Verificar información, comparar evidencias, soportar la incertidumbre o reconocer que no sabemos exige un enorme esfuerzo cognitivo. En cambio, aceptar como verdadero aquello que proviene de una fuente considerada confiable resulta mucho más económico.

No es un defecto. Es una estrategia de supervivencia.

El problema aparece cuando ese ahorro de energía sustituye al pensamiento.

El psicólogo Daniel Kahneman explicó que solemos preferir un pensamiento rápido, intuitivo y automático antes que uno lento, reflexivo y analítico. Las redes sociales conocen perfectamente esta vulnerabilidad. Sus algoritmos no fueron diseñados para acercarnos a la verdad, sino para mantener nuestra atención el mayor tiempo posible. Por eso, nos muestran contenidos que confirman nuestras preferencias, alimentan nuestras emociones y reducen la posibilidad de encontrar ideas diferentes.

Sin darnos cuenta, terminamos viviendo dentro de una inmensa cámara de eco. Y es precisamente allí donde Hannah Arendt adquiere una actualidad sorprendente. Después de estudiar los grandes totalitarismos del siglo XX, Arendt llegó a una conclusión inquietante: el mayor peligro para una sociedad no siempre reside en la maldad consciente, sino en la incapacidad de pensar críticamente. La obediencia irreflexiva, la repetición de consignas y la renuncia al juicio personal permiten que la mentira se vuelva cotidiana y que la “simplicidad” ocupe el lugar de la reflexión.

No se refería únicamente a los regímenes autoritarios. Advertía un riesgo permanente de la condición humana: cuando dejamos de pensar por nosotros mismos, otros comienzan a pensar por nosotros.

Sócrates había recorrido ese mismo camino siglos antes. Mientras muchos presumían de saberlo todo, él repetía que aceptar nuestra ignorancia era el inicio de la sabiduría. La duda no debilitaba el conocimiento, al contrario; lo hace posible.

Quizá esa sea la gran diferencia entre información y pensamiento.

Vivimos en la época con mayor acceso al conocimiento de toda la historia y, curiosamente, también en una época donde resulta cada vez más difícil distinguir un hecho de una opinión, una evidencia de una emoción o una investigación seria de una manipulación cuidadosamente diseñada.

La panadería de mi barrio ya no parece un lugar tan trivial. Es una representación del país. Allí se mezclan conversaciones, titulares, recuerdos, prejuicios, emociones y fragmentos de verdad. Cada cliente cree expresar una opinión propia, cuando muchas veces solo está repitiendo la voz que el algoritmo decidió amplificar.

Dentro de algunos meses elegiremos nuevamente a quienes conducirán las Regiones y Municipalidades del Perú. Antes de escuchar la siguiente promesa de campaña o compartir el próximo video viral, quizá convenga formularnos una sola pregunta, tan antigua como la filosofía y tan vigente como la inteligencia artificial:

¿Estoy pensando... o simplemente estoy repitiendo?

Porque, la libertad no comienza cuando depositamos un voto en las urnas. Comienza mucho antes, en el instante en que decidimos ejercer el acto más difícil y humano de todos: pensar con nuestra propia conciencia.

miércoles, 5 de agosto de 2026

GIRO Y MUERO (P-11)

 



Cuando las puntas de los pies del porteño y la guapa mina se extienden con esa grácil elegancia que invita un tango, pareciera que el tiempo acepta detenerse. En íntima conversación, ambos cuerpos se alinean, mientras la melodía se desliza por el pentagrama de los recuerdos y entra en ese casi silente sincopado que se hace eterno, cargado de promesas y de historias que aguardan salir a la palestra.

Entonces comienza el giro.

Es un giro lento, solemne, casi sagrado. El hombre ciñe con firmeza el delicado talle de ella y la acerca a su pecho con la misma suavidad con que una mariposa se posa sobre un pétalo escarlata. No existe prisa. Solo el equilibrio de dos almas que, por un instante, han decidido confiar la una en la otra. Dos horizontes hechos uno. Un instante irrepetible.

Sé que, en unos compases más, llegará la estrofa más enérgica. El tango volverá a desplegar su fuerza, sus quebradas, sus ochos, su apasionada intensidad. Pero, yo he decidido quedarme aquí, en este preludio, donde la música parece respirar antes de lanzarse al vértigo. Porque, hay momentos en la vida cuya belleza merece prolongarse unos segundos más, aunque solo sea en la memoria.

Mientras el giro avanza, mi mirada se entorna. Veo una vieja ventana de nogal, envejecida por los inviernos. Sus cortinas, desvaídas por el sol y el tiempo, se mueven apenas con la brisa, dejando ver un camino que se pierde en la distancia. Comprendo entonces que todos llevamos una ventana semejante en el alma. Desde ella contemplamos lo vivido y también aquello que, quizá ya no volverá.

Hay figuras en el tango que parecen desafiar al tiempo. El bailarín no mira sus zapatos. Su mirada busca un horizonte. Confía en el abrazo, en el compás, en la música que lo sostiene. Si bajara la vista para calcular cada movimiento, probablemente perdería el ritmo. También, ocurre en la vida. Hay quienes caminan obsesionados por el final del camino y, por hacerlo, dejan de admirar los árboles, los atardeceres o las manos que todavía los acompañan.

Cada mañana, regreso de mi caminata de treinta minutos con pensamientos semejantes. Hace casi trece años me operaron del corazón. Desde entonces, la vida comenzó a marcar otro compás. Han pasado siete años que no regreso para realizarme nuevos controles. No es desinterés; es ese temor profundamente humano a que un diagnóstico convierta las sospechas en certezas. El cerebro, en su afán de protegernos, suele adelantarse a los acontecimientos. Imagina escenarios, anticipa peligros, fabrica estados de alerta que muchas veces terminan siendo más dolorosos que la propia realidad.

Las cuestas me recuerdan que mi corazón conserva memoria. En el terreno llano camino con tranquilidad; cuando aparece la pendiente, el pecho comienza a hablar en un lenguaje silencioso que solo entiende quien ha aprendido que el cuerpo jamás olvida. Sin embargo, sigo avanzando. Más despacio, quizá. Pero, avanzo.

Mañana cumpliré setenta años. Lo digo sin nostalgia y sin heroísmos. Lo digo con la serenidad que regala el tiempo cuando uno descubre que la juventud no era la ausencia de arrugas, sino la abundancia de proyectos. Y todavía los tengo. Quiero seguir escribiendo mientras las palabras continúen encontrándome al regresar de una caminata, al escuchar un tango o al descubrir que un recuerdo también puede convertirse en literatura.

Quizá por eso, esta mañana comprendí algo que el tango ha sabido decir desde siempre sin necesidad de pronunciar una sola palabra.

Quizá el verdadero error no sea ignorar cuántos giros nos quedan, sino renunciar al siguiente cuando la música todavía nos está llamando.

No sabemos cuántos compases faltan. Ninguno de nosotros lo sabe. Pero, sí podemos decidir cómo bailaremos el siguiente.

Por eso, seguiré caminando. Llegará el día en que vuelva a recorrer los pasillos del hospital y escuche nuevamente el lenguaje de los exámenes y los diagnósticos. No puedo huir eternamente de ellos. Tampoco, quiero hacerlo. La incertidumbre también cansa.

Sin embargo, hoy elijo otra música.

Elijo el abrazo del tango. El giro pausado. La mirada perdida en un horizonte que todavía me pertenece. El sonido grave del bandoneón recordándome el acordeón de mi papá que me dice: la vida nunca fue una competencia por llegar al último acorde, sino un privilegio para danzar con dignidad mientras la orquesta permanezca tocando.

Y, cuando llegue el momento en que la música decida callar, quisiera que alguien pudiera decir, simplemente, que nunca dejé de bailar antes de tiempo.

 

jueves, 14 de enero de 2021

¿QUÉ SON LAS NEUROCIENCIAS?


Evocar el grato momento que tuvimos en la reunión pasada puede ser un hecho cotidiano, casi, como sentir apremio por terminar los trabajos pendientes por entregar. Recordar con dolor la pérdida de algún familiar, mientras, estamos caminando o contestamos el móvil. ¿Dónde están almacenados mis recuerdos?  ¿Cómo se generan mis pensamientos? ¿Por qué, cambia mi estado de ánimo? ¿Cómo puedo hacer varias cosas, a la vez, casi, sin darme cuenta? O, ¿Por qué siento esa baja de energía al ver las noticias por televisión? Nuestro conocimiento del mundo, actitudes, la ira, sorpresa, frustración y otras emociones provienen de nuestro cerebro. Decía Hipócrates “Los hombres deben saber que las alegrías, gozos, risas y diversiones, las penas, abatimientos, aflicciones y lamentaciones proceden del cerebro y de ningún otro sitio” hace 2,500 años.

 El ser humano, desde los albores de la humanidad, siempre, quiso saber, quién era, de qué formaba parte; es decir, conocer su esencia. Entendiendo esencia como la suma de sus pensamientos, emociones y reacciones ante el mundo, en definitiva, saber en qué parte de su cuerpo se alojan sus sentires. En esos inicios la principal preocupación era la supervivencia y las cosas prácticas, por eso, no es hasta que se constituyen las sociedades significativas que la neurociencia comenzó a tomar relevancia en la vida del ser humano (Michael Gazzaniga, 2006). Ha sido un largo proceso, donde ilustres personajes realizaron incontables experimentos en condiciones mínimas para ir desvelando los misterios que encierra el cerebro. Hoy en día, se cuenta con el apoyo de la tecnología y la inteligencia artificial para lograr destacados avances para entender parte del funcionamiento del cerebro.

 

Mientras están leyendo estas líneas, probablemente, no tienes idea de cuántos circuitos neuronales está activando tu cerebro para realizar la lectura; tu cerebro está enfocado en interpretar el mensaje que viene detrás de las letras que representan una gama de sonidos y que se unen para formar palabras, frases y oraciones con un determinado significado. La lectura es una actividad, muy compleja que el cerebro debe aprender a realizarla, ya que no vino programado genéticamente para leer. La lectura es un invento del ser humano, por eso, el cerebro debe realizar un aprendizaje estableciendo una serie de conexiones nerviosas en diferentes partes del cerebro, el área visual y el aparato fonoarticulador para leer.

 

Pero ¿qué son las neurociencias? Las Neurociencias son una convergencia de varias disciplinas como la biología, física, química, neurología, genética, psicología, psiquiatría, neuropsicología, informática, entre otras, que estudian el sistema nervioso en su conjunto desde diversas aristas; la estructura, funcionamiento e interrelación con el medio, la actividad bioquímica y eléctrica, el desarrollo farmacológico y las patologías que lo afectan. Aborda el cerebro, porque, él, es quien dirige a todo este sistema. La neurociencia pretende conocer en qué áreas del cerebro se dan los diferentes procesos que nos hacen percibir el mundo y reaccionar a los estímulos externos e internos perfilando nuestra Identidad Personal, nuestro YO.

 

Los neurocientíficos esbozan la posibilidad que la Identidad personal, además, de los recuerdos, es la CONCIENCIA, es decir otro YO. El YO de la conciencia es el que cambia constantemente el que tiene que ver con la conciencia (varía, cuando estamos felices, jugamos, nos ponemos tristes, ansiosos, etc.). Este cambio tiene que ver con la “Plasticidad cerebral”, ya que el cerebro se modifica a sí mismo. Para eso, debemos variar nuestra rutina, salir de la zona de confort para modificar los hábitos que nos pueden estar causando insatisfacción. Viajar, conocer otros lugares, dormir las ocho horas, cambiar de amigos y costumbres, ayudarán al cerebro a generar nuevas conexiones causando placer y bienestar.

 

Desde épocas remotas, filósofos, pensadores y aún hoy en día, algunos neurocientíficos señalan que cerebro y conciencia son dos ámbitos separados. Esta dualidad de sustancias coloca de un lado lo objetivo (la materia, el cerebro) y de otro lado, lo subjetivo (la conciencia, mente y alma). Lo cierto es, que la conciencia es un producto cerebral, surge de la actividad cerebral, producto de la interacción de las neuronas. Es el caso, que cuando se aplica una neurocirugía o anestesia influyen en la conciencia, estamos inconscientes, dormidos. Es interesante saber que en el caso de cerebros escindidos (hemisferios cerebrales separados por la extirpación del cuerpo calloso) los hemisferios pueden actuar con dos perspectivas diferentes, es decir, tener dos percepciones distintas.

 

La conciencia es la forma como el individuo percibe el mundo exterior y como se ve a sí mismo. Se puede determinar que la conciencia es producto de la actividad cerebral, lo que falta determinar es cómo se realiza; aún hay un vacío explicativo.

Hay muchas actividades que realizamos inconscientemente y muy pocas actividades se hacen de forma consciente. La conciencia está íntimamente relacionada con la subjetividad del individuo, intencionalidad, continuidad y selectividad. Un dato muy interesante es que de los 10,000 millones de neuronas que existen en la corteza cerebral, 9,000 millones se ocupan de lo relacionado con la conducta. Aún, queda mucho por estudiar y establece cómo se genera la consciencia.

 

Una de las áreas que es prioridad en las neurociencias, es el aprendizaje y la memoria: ¿Cómo se genera un recuerdo, se fija o se olvida? ¿Cuál es el mecanismo para almacenar en nuestra mente algunas experiencias y por qué olvidamos otras? Aún, no hay una respuesta absoluta, pero, conforme se ha ido desarrollando esta ciencia multidisciplinaria se van revelando aspectos muy importantes.

UN DÍA GIRAMOS LA CABEZA Y YA NO ESTÁN LAS BOLITAS (86)

  —Apunta bien, no vayas a fallar. Las bolitas estaban en el suelo y alrededor, como un pequeño tribunal, Coco, Pepe García, Nano, Kike y el...