**CUANDO LOS LIBROS NOS LEEN**.
Entre el polvo de la biblioteca
paterna, un viejo ejemplar de ‘Miguel Strogoff’ me detuvo en seco. Lo tomé para
descartarlo —"ocupa espacio", "nadie lo lee"—, pero al
abrirlo, el aroma del papel y mis torpes firmas de adolescente quebraron el
tiempo. Reviví vecinos ya idos, partidos de fútbol, el vértigo de bailes
juveniles donde rozar una mano era una epopeya.
Estudios del
University College London revelan que los olores y texturas activan la ‘corteza
piriforme’, una región cerebral vinculada a la memoria emocional. Este libro no
era solo papel: era una llave neuronal. Cada firma, cada mancha en sus páginas,
funcionaba como un "punto de anclaje" que reactivaba redes completas
de recuerdos. La neurocientífica Charan Ranganath explica en ‘Why We Remember’
(2024) que estos objetos actúan como ‘disparadores episódicos’, reconstruyendo
no solo escenas, sino la esencia de quienes fuimos. El antropólogo francés Marc Augé decía que
los objetos cotidianos se vuelven ‘lugares de memoria’ cuando trascienden su
función utilitaria. Mi padre, a sus 95 años, lo sabe: conservarlo no es acumulación,
sino ‘resistencia´’.
En la era de lo digital efímero,
objetos como este —un libro subrayado, una carta— son quipus modernos que tejen
pasado y presente. Mis firmas infantiles me enfrentaron a la identidad
narrativa: aquel adolescente no soy yo, pero habita en mí, como escribió
Pessoa. El libro era un ‘espejo
temporal’, testigo de todas mis versiones. Y en sus páginas resonaba la
paradoja de Octavio Paz: “Al recordarnos, nos inventamos”.
Hoy, cuando el
‘streaming’ y los algoritmos nos encadenan al presente, invito a buscar ese
objeto —un juguete, un diario, un disco— que nos obligue a detenernos. No por
nostalgia, sino por ‘soberanía cognitiva’. Como diría Hannah Arendt, "el
único antídoto contra la tiranía del ahora es la memoria".
Y, a mi padre,
le diré algo distinto: "Guárdalo todo. Cada libro es una tumba y un
renacimiento".

No hay comentarios:
Publicar un comentario