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domingo, 16 de noviembre de 2025

NOS GUSTA VIVIR EN NUESTRAS MENTIRAS (42)

Nos gusta vivir en nuestras mentiras


Nos gusta vivir en nuestras mentiras

La chaqueta de cuero tipo rock brillaba en el pequeño taller del Puente Bolognesi. A mis 69 años, me permití ese capricho: recuperar esa rebeldía juvenil. Mientras el artesano ajustaba las cremalleras, soltó una frase inquietante:

—Todos sabemos lo que pasa: extorsiones, sicariatos, robos. Pero, seguimos como si nada. Nos gusta vivir en nuestras mentiras.

Esas palabras me acompañaron todo el camino a casa. Una verdad incómoda sobre un fenómeno psicológico tan antiguo como peligroso.

Las neurociencias lo llaman sesgo de optimismo. El Dr. Tali Sharot explica que nuestro cerebro tiende a minimizar las amenazas difusas. Cuando el peligro es constante, pero no nos toca directamente, la corteza cingulada anterior filtra la información negativa. En términos simples: sabemos que hay peligro, pero nuestro cerebro susurra "a ti no te va a pasar".

Platón lo vio en su Alegoría de la Caverna: los prisioneros preferían las sombras conocidas antes que la luz dolorosa de la realidad. Hoy, nuestra caverna es la rutina diaria. Las noticias de violencia son sombras en la pared, algo lejano "que les pasa a otros". Hasta que un día nos toca.

Conozco a Ricardo, dueño de una ferretería. Durante meses escuchó de extorsiones. "A mí no me va a pasar", pensaba. Hasta que recibió un sobre con fotos de sus hijos. El problema de vivir en la mentira es que el despertar es siempre brutal.

Cuando la amenaza finalmente se materializa, la amígdala entra en alerta máxima, liberando cortisol y adrenalina. Pero, llevamos tanto tiempo negando la realidad que no tenemos plan. No sabemos a quién recurrir. Nos sentimos solos, traicionados por nuestra propia ilusión. Lo más peligroso es que este fenómeno es colectivo. Cuando todos vivimos en burbujas de negación, construimos una ilusión de normalidad. Esta normalidad refuerza nuestra mentira: "Si todos siguen como si nada, no debe ser tan grave".

Los estoicos hablaban de la premeditatio malorum: reconocer conscientemente las amenazas reales. No vivir con miedo paralizante, sino preguntarse: "Si mañana me extorsionan, ¿qué haría?" Esta incomodidad preventiva es más saludable que la negación.

Viktor Frankl escribió: "Entre el estímulo y la respuesta hay un espacio donde está nuestro poder de elegir". Hoy, el estímulo es claro: la violencia está aquí. ¿Elegiremos seguir negándola hasta que sea demasiado tarde?

Salí del taller con mi chaqueta de cuero. Pero ahora sé que el verdadero lujo no es darse un gusto material, sino tener la valentía de mirar de frente la realidad.

La comodidad de la mentira es seductora. Pero su factura, es brutal.



jueves, 10 de julio de 2025

LA CALLE YA NO ES NUESTRA (22)

 LA CALLE YA NO ES NUESTRA 

Recuerdo cuando la calle era nuestra. Esa franja de asfalto desgastado donde la pelota rodaba y los arcos eran dos piedras, y el partido solo se detenía cuando pasaba la mamá de algún amigo. Donde al anochecer, los mismos que horas antes gritaban goles ahora compartían cigarrillos robados y secretos adolescentes. Hoy, al volver, solo veo filas de autos, edificios sin rostro y vecinos que ni se miran. 

El cambio ocurrió mientras creíamos que progresábamos. Primero llegaron más autos, ocupando el espacio donde antes jugábamos. Luego, las casas se transformaron en edificios. Los vecinos de toda la vida se fueron o se encerraron. Los nuevos habitantes ni siquiera saludan. La seguridad que antes era cosa de todos, ahora se contrata. 

Hemos pagado caro este ‘progreso’. Cambiamos las charlas en las veredas por mensajes de WhatsApp; pasamos de partidos callejeros por gimnasios caros; renunciamos a la confianza del barrio por cámaras de vigilancia. Perdimos algo que ni sabíamos que teníamos: un lugar donde ser parte de algo. 

¿Queremos ciudades para autos o para personas? ¿Edificios inteligentes o barrios con alma?

La neurociencia explica por qué extrañamos tanto esos recuerdos: el cerebro graba las vivencias infantiles con especial intensidad emocional y, al perder esos espacios, el cerebro activa los mismos circuitos del duelo (Eagleman). La filosofía alertó este fenómeno: Marc Augé vio este fenómeno y lo denominó los "no-lugares", mientras, que Gehl , al observar el impacto social los llamó 'calles hostiles'.

Hay un fundamento esperanzador: Aristóteles decía que somos animales sociales por naturaleza, y las neuronas espejo nos impulsan a buscar conexión. Aunque, las calles cambien, la necesidad biológica y filosófica de pertenencia persiste. La nostalgia no es solo melancolía, sino una reivindicación neurológica y filosófica de espacios con significado humano.

La calle de mi infancia ya no existe. Pero, su recuerdo me hace preguntar: ¿Qué estamos construyendo en su lugar? ¿Realmente queremos vivir así? Quizás, si miramos bien, aún queden esquinas donde sembrar nuevas calles. Unas, que vuelvan a ser nuestras. 
 

UN DÍA GIRAMOS LA CABEZA Y YA NO ESTÁN LAS BOLITAS (86)

  —Apunta bien, no vayas a fallar. Las bolitas estaban en el suelo y alrededor, como un pequeño tribunal, Coco, Pepe García, Nano, Kike y el...