***LOS BORDES DEL TIEMPO***
Hay vidas ilusas que se empeñan en avanzar en línea recta,
pero la memoria no sabe de cronologías. La memoria es un pasaje, un patio de
luz, una aguja sobre el vinilo o un tejado victoriano donde los años no se
suceden unos a otros: se superponen, se rozan en los bordes y, de pronto, se
encienden.
En 1974, el tiempo parecía medirse en el trayecto de dos
autobuses para cruzar la ciudad. Tenía dieciocho años y la urgencia luminosa de
quien va al encuentro de un amor primero. Al cruzar la puerta de la Quinta
Raizla en Magdalena del Mar, el mundo abría sus brazos entre la elegancia
serena de una madre, la música de un salón y el alboroto transparente de unos
niños. En esa casa no había prisas ni teorías; había risas, trabalenguas y una
fascinación repentina por la portada de un disco de acetato con una palabra
gigante y disparatada: supercalifragilisticoespialodoso. Es la inefable tapa de
las canciones de la famosa película de Mary Popins.
A esa edad, uno no sabe que está cimentando su destino. Uno
cree que solo está intentando agradar, conversar, ser uno mismo. Pero mientras
los acordes de Imagine o las melodías de Paul Anka edificaban lazos en el aire,
el lenguaje hacía crecer raíces. Las palabras no nacieron en la rigidez de un
aula, sino en la soltura del juego, en la libertad con la que aquellos niños
tropezaban con los vocablos y los volvían a inventar.
Y entonces, el tiempo da un salto sin pedir permiso.
Casi cincuenta años después, la geografía cambia, pero el
centro permanece. Al pisar las calles de Westminster en Londres en 2023 y alzar
la mirada hacia las hileras de edificios, aparecen las chimeneas. Cajas de
ladrillo y estuco que alguna vez exhalaron el hollín de la Revolución
Industrial y presenciaron el sacrificio de los antiguos deshollinadores. Para
cualquiera, sería solo un paisaje histórico; para quien guarda una emoción en
estado de latencia, es una chispa sobre la madera seca del recuerdo. En un solo
segundo, la distancia se colapsa. El humo denso del pasado colectivo y el
hollín de los años se disipan en el aire. Las chimeneas grises pierden su peso
de piedra y se convierten en un escenario vivo. Ahí, en ese borde donde 1974 y
el presente se tocan, ocurre la magia: los niños de aquella quinta en Lima,
Carlos, Mónica, Pilar y Roberto salen a saltar de tejado en tejado sobre el
cielo de Londres. Juegan con las sombras de una película jamás vista, se ríen
entre las cornisas y bailan sobre el aire limpio. La nostalgia deja de ser una
herida que lacera para convertirse en una contemplación pura, en la certeza de
que nada de lo sentido con intensidad se ha perdido realmente.
La vida no es una línea que se apaga; es una danza de
momentos que se buscan. Lo que nació como un viaje de juventud en dos autobuses
termina por darle ritmo a toda una vida de escritura. Al final, el tiempo no
borra: limpia la atmósfera, ahuyenta el humo y nos devuelve intacto el asombro
de estar vivos.




