Anoche, me quedé enganchado viendo Netflix hasta las dos de la madrugada.
“No importa —me dije— mañana duermo un poco más y listo”.
Al día siguiente, mi cuerpo no opinaba
lo mismo.
El café no alcanzaba, la paciencia se
reducía a mínimos y mi mente parecía caminar unos segundos detrás de la
realidad. Como si alguien hubiese bajado levemente el voltaje de mi existencia.
Hay deudas que no figuran en ningún
estado de cuenta, pero que se cobran igual. Y a veces, con intereses
silenciosos.
Desde siempre, el sueño no ha sido una
elección: era un acto sagrado. Las comunidades antiguas dormían con el ritmo
del sol, y la noche era territorio de reposo, de historias, de reparación. No
había una negociación posible con el cuerpo, porque la naturaleza marcaba el
contrato. Dormir era pertenecer al orden del mundo. Velar en exceso era una
anomalía, casi un desvío del equilibrio.
La modernidad, en cambio, nos ha
enseñado a firmar acuerdos invisibles.
“Un capítulo más”, dice la pantalla.
“Solo hoy, me quedo trabajando hasta más
tarde”, se promete Paco frente a la laptop.
“Es la única hora que tengo para mí”, justifica Tin mientras revisa su celular
en la cama.
Y así, sin notarlo, aceptamos cláusulas
pequeñas que terminan por hipotecar nuestro descanso.
La filosofía ya había advertido algo
parecido. Pensadores como Arthur Schopenhauer entendían que el cuerpo no es un
accesorio de la voluntad, sino su fundamento. Creemos que decidimos, pero
muchas veces es el desgaste el que decide por nosotros: irritabilidad, juicio
nublado, emociones a flor de piel, fastidio. La libertad disminuye cuando el
cuerpo está en deuda.
Las neurociencias lo explican con
crudeza. Dormir no es apagar el sistema, es repararlo. Durante el sueño, el
cerebro limpia desechos metabólicos, consolida la memoria, regula emociones.
Cuando falta, el cortisol —la hormona del estrés— se eleva, el sistema inmune
se debilita, la atención se fragmenta.
Percy, por ejemplo, cree que rinde más durmiendo cinco horas. Pero empieza a
olvidar nombres, reacciona mal ante pequeños contratiempos, se siente
permanentemente cansado. No ha perdido capacidad: la ha hipotecado.
Y hay algo más inquietante: el sueño no
se recupera del todo.
No es una cuenta donde se deposita después. Es más bien un tejido que, al
desgastarse, nunca vuelve a ser exactamente el mismo.
El problema es que vivimos en una
cultura que romantiza la vigilia.
El que duerme poco, “aprovecha más”.
El que responde mensajes a cualquier
hora, “está comprometido”.
El que sacrifica descanso por productividad, “avanza”.
Pero ¿hacia dónde?
Quizá estamos modelando un nuevo ser
humano: más conectado, pero menos presente; más activo, pero menos consciente;
más estimulado, pero más agotado. Un ser que confunde estar despierto con estar
realmente vivo.
La falta de sueño no llega como
tragedia. Llega como una invitación amable. Como una serie con varias
temporadas que no termina, como una conversación que se alarga, como un
pendiente que parece urgente. Y uno acepta. Siempre, acepta. Hasta que un día
el cuerpo pasa la factura.
Y esa, a diferencia de otras, no admite
prórrogas.





