Placer exprés con intereses
El cerebro —ese contable
silencioso— aprende rápido. Si Martha se siente sola y abre Tinder, anota: soledad
= compañía digital. Si Edgard, ansioso por la reunión del lunes, corre
hacia el azúcar, registra: ansiedad = pastel. Si Claudia no puede dormir
y se desliza por videos infinitos, queda asentado: insomnio = distracción
luminosa. La ecuación parece inofensiva. El problema es que la factura no
llega de inmediato.
La dopamina —esa sustancia que
nos hace sentir placer— empieza a liberarse con facilidad. Al comienzo usamos
el celular, el dulce o la distracción para sentirnos mejor. Pero, poco a poco
cambia el motivo: ya no lo hacemos para estar bien, sino para no estar mal. Es
decir, dejamos de buscar alegría y empezamos simplemente a huir de la
incomodidad. Sin darnos cuenta, el gusto se convierte en escape. Y como toda
recompensa exprés, viene con intereses: irritabilidad, vacío, fragilidad ante
la mínima incomodidad. Todo molesta. Todo aburre. Todo duele un poco más.
No es el dolor lo que nos
debilita —ha acompañado siempre a la condición humana—, sino nuestra
impaciencia para escucharlo. Preferimos anestesiar antes que comprender. En el
restaurante, el flaco Andrés conversa con su esposa mientras su teléfono vibra
como un pequeño oráculo moderno. Él cree decidir cuándo mirarlo; en realidad,
obedece. Hemos delegado la gestión de nuestras emociones a la notificación más
cercana.
Quizá la primera ruptura del
circuito sea simple: esperar diez minutos. Antes de abrir la aplicación o
buscar el dulce, demorarse. El impulso tiene una curva; si no se alimenta,
desciende. Diez minutos de respiración consciente pueden devolvernos el gobierno
interior.
La segunda es más antigua y
difícil: nombrar la emoción. “Estoy ansioso”. “Estoy triste”. Ponerle palabras
reduce su intensidad. La filosofía clásica ya advertía que la virtud no
consiste en reprimir, sino en ordenar lo que sentimos.
Te propongo, además un discreto
ayuno de dopamina: una tarde sin redes, una caminata sin audífonos, un café sin
pantalla. Descubrir que el cielo gris también conversa si uno le concede
silencio. Recuperar la contemplación no como lujo místico, sino como higiene
mental. Sentarse con uno mismo sin escapar.
Y, algo más profundamente humano:
rituales de cierre. Escribir una carta que no se enviará. Agradecer lo
aprendido de una herida. Las culturas sabias sabían que el dolor necesita
ceremonia, no distracción.
El placer no es enemigo; lo es su
versión barata. La vida no promete ausencia de malestar, pero sí la posibilidad
de significado. Y el significado no vibra ni hace ruido. Se construye despacio,
sin intereses acumulados, en ese territorio íntimo donde aprendemos a estar
bien con nosotros mismos antes de buscar consuelo en la pantalla.






