CHALO RODRIGUEZ BURGOS
viernes, 20 de febrero de 2026
INEMURI: PENSAMIENTOS QUE VIAJAN SENTADOS (56)
jueves, 12 de febrero de 2026
ENDEREZAR LA ESPALDA: Una forma discreta de ordenar la vida (55)
“Enderezar
la espalda: una forma discreta de ordenar la vida”
Desde
pequeño, mi padre se preocupó obsesivamente por mi postura. No era un asunto
estético: era, según él, una cuestión de carácter. Recuerdo con nitidez aquel
rudimentario —y hoy impensable— método correctivo: un pedazo de palo de escoba colocado
a lo largo de la espalda, sujetado con los brazos, obligándome a caminar recto,
casi marcial. Yo obedecía con resignación infantil, sin entender del todo por
qué ese empeño.
Mi
padre, además, tenía frases lapidarias. Si me veía cabizbajo, mirando el suelo,
soltaba con sorna:
—¿Se
te ha perdido algo que paras mirando abajo?
Lo
decía riéndose, pero había ciencia en su ironía. Repetía un refrán que le salía
del alma y de la experiencia: árbol que crece torcido ya no se endereza.
Y no hablaba solo de la espalda. Hablaba de normas, de valores, de la manera de
estar en el mundo.
Mucho
después, ya adulto, descubrí que aquel padre intuitivo tenía aliados
inesperados: la filosofía y la neurociencia. El cuerpo no es un mero transporte
de la mente; es un interlocutor permanente. Nuestra postura envía mensajes
constantes al cerebro. Caminar encorvados, con los hombros caídos y la mirada
baja, refuerza estados de ánimo asociados al cansancio, la tristeza o la
indefensión. En cambio, una postura erguida activa circuitos neuronales
vinculados a la confianza, la energía y la regulación emocional. No es magia:
es biología.
La
filosofía estoica ya lo intuía. Epicteto hablaba de la dignidad corporal como
reflejo del alma. No se trataba de soberbia, sino de coherencia: el cuerpo
acompaña al pensamiento, y el pensamiento moldea al cuerpo.
Confieso
que no siempre es fácil. Hay días de agotamiento real: después de un partidazo
sufrido hasta el último minuto, de caminar largos trechos, o de jornadas
laborales que dejan el cuerpo pidiendo tregua. Sin embargo, incluso en esos
momentos, hago un esfuerzo consciente por caminar erguido. Tal vez, porque no
soy alto y, al ir recto, me siento mejor. Más presente. Más yo.
Alguna
vez, Mónica lo resumió con humor brutal:
—Chalo
puede estar cansado, casi muerto, pero siempre camina bien paradito… parece
muñequito de torta.
Reímos,
claro. Pero, tenía razón. La postura no solo sostiene el cuerpo: sostiene la
identidad. Y a veces, enderezar la espalda es la primera forma silenciosa de
enderezar el ánimo.
viernes, 6 de febrero de 2026
¿ABU CÓMO SE LLEGA A VIEJO? (54)
La pregunta me cayó sin aviso, como caen
las preguntas importantes: en medio de la tarde, mientras hacíamos nada. O,
mejor dicho, mientras hacíamos eso que los adultos solemos subestimar y que
para los niños es un acto mayor: compartir el tiempo.
—Abu, ¿cómo se llega a viejo?
No supe responder de inmediato. Y quizá
eso ya era parte de la respuesta. (Tengo casi 70 años y no siempre me pongo en
el grupo de los “viejos”.
Llegar a viejo no es simplemente
acumular años, pensé. No es una carrera de resistencia ni una lotería genética.
Sabemos —y la vida se encarga de recordárnoslo con cierta crudeza— que no todos
llegan. Algunos se quedan en la curva, otros se bajan antes de tiempo, y muchos
parten sin haber sido escuchados. Por eso, más que llegar, la vejez se
construye.
Alguien, alguna vez me habló de una
expresión en inglés que, traducida libremente, decía algo así como que las
canas son relámpagos de sabiduría. Me gustó la imagen. El relámpago no ilumina
siempre, pero cuando lo hace, revela el paisaje completo, incluso aquello que
preferíamos no ver. Así son las canas: destellos breves de experiencia que, si
aprendimos algo, nos permiten mirar con mayor amplitud y menos urgencia.
Sabemos que el cerebro envejece, sí,
pero también se reorganiza. La plasticidad no desaparece: cambia. Disminuye la
velocidad, pero aumenta la capacidad de integrar experiencias, de leer
contextos, de anticipar consecuencias. No es casual que la impulsividad ceda
paso a la reflexión, ni que el silencio gane terreno a la palabra innecesaria.
El cerebro viejo, bien cuidado, es menos veloz, pero más sabio.
Conocemos que, en muchas culturas
originarias, los viejos no eran una carga, sino una brújula. Eran la memoria
viva del grupo, los guardianes del relato común. Hoy, en cambio, solemos medir
el valor en productividad y juventud, olvidando que la experiencia no cotiza en
bolsa, pero sostiene comunidades.
Llegar a viejo, entonces, no es solo
sobrevivir es un acto de heroicidad. Es haber amado, errado, pedido perdón,
escuchado más de lo que se habló. Es haber aprendido a disfrutar lo simple: un
aromático café, una conversación sin prisa, la risa de la nieta que pregunta
sin saber que acaba de interpelar toda una vida.
Al final, le respondí lo único honesto:
—Se llega viviendo, cuidando el cuerpo,
la mente… y abriendo el corazón.
Morgana asintió, como si hubiera
entendido. Tal vez lo hizo. Yo, al menos, sigo aprendiendo.
jueves, 29 de enero de 2026
CUANDO LA BOCA HABLA ANTES QUE NOSOTROS (53)
CUANDO LA BOCA HABLA ANTES QUE NOSOTROS
Clive sigue frente a la pantalla, pero
ya no está ahí. Piensa en el almuerzo que lo espera en casa: un sabroso arroz
con pato, ese olor que anuncia descanso y sobremesa. Sin darse cuenta, traga
saliva. La boca se le humedece. No hay comida aún, pero el cuerpo se adelanta
al placer. El lenguaje popular lo dice mejor que cualquier tratado: se me
hace agua la boca. La expectativa ya activó la calma.
Beto sube las escaleras detrás de la
bella Natalia con el corazón fuera de compás. Cada peldaño es una promesa. La
cercanía, el perfume, la invitación a subir. En la gracia de su hermosura,
Natalia lo tiene rendido. La saliva fluye generosa: el cuerpo anticipa
caricias, palabras bajas, un desenlace largamente imaginado. Pero, algo se
quiebra en el aire. Una frase ambigua, una sonrisa que se vuelve prudente, un
gesto que marca distancia. Beto lo comprende sin que nadie se lo diga. La boca
empieza a secarse. El cuerpo entiende antes que la razón: no habrá encuentro.
La saliva se retira en silencio, como quien apaga las luces de una fiesta que
nunca empezó.
Margott camina por el pasillo de la
oficina. “El jefe quiere verte”. No sabe por qué, pero lo intuye todo. Los
hombros se tensan, el estómago se contrae, la garganta se le seca. Carraspea.
La saliva no llega. El cuerpo ha activado la alerta: no es tiempo de digerir,
es tiempo de protegerse. El miedo apaga la humedad.
Albertín está atrapado en balances
contables que no cuadran. El reloj avanza, el plazo se acorta. Respira rápido,
aprieta la mandíbula, traga en seco. El estrés se acumula y se refleja en su
boca. Hasta que se detiene. Afloja los hombros, respira lento, masajea su
rostro. No ha resuelto las cifras, pero algo se destraba: la saliva vuelve. El
cuerpo envía otro mensaje: no hay peligro inmediato. Pensar vuelve a ser
posible.
Pero la saliva no solo habla hacia
adentro. También habla hacia los otros. De niños lo sabíamos bien. Antes
de una pelea, alguien escupía al suelo. Pepe y Jorge se miraban fijo. El
primero que pisaba el escupitajo aceptaba el combate y, además, obtenía una
ventaja simbólica frente a la redondela de chiquillos que ya se había formado,
ansiosa, expectante, hambrienta de golpes. La saliva sellaba el pacto.
En otras escenas, más crudas, el
escupitajo va directo al rostro del enemigo. Es insulto, sí, pero también es
desafío. Aun atados, maniatados, vencidos en fuerza o número, escupir es a
veces el último recurso para decir: no me rindo. No hay armas, no hay
palabras, pero queda la saliva como gesto final de desprecio o dignidad.
Algo similar ocurre cuando alguien pasa
a nuestro lado y, sin mirarlo, escupimos sobre sus pasos. No buscamos herir el
cuerpo, sino marcar simbólicamente el territorio: te rechazo, te anulo, te
expulso.
La saliva, silenciosa y humilde, no solo
acompaña la digestión: narra nuestra vida emocional y social. Anticipa
el placer, denuncia el miedo, revela el estrés y, en su forma más áspera,
expresa desafío y desprecio.
Tal vez no somos tan racionales como
creemos. Tal vez, antes de que la mente articule razones, la boca ya ha
dicho la verdad.
jueves, 22 de enero de 2026
CUANDO LA MENTE SE CRUZA EN EL CAMINO (52)
Cuando la mente se cruza en el camino: Pensamientos intrusivos
Pascual conduce sin prisa, va camino al club para jugar su partido de fulbito. El tráfico es el de siempre y la ciudad parece repetir sus gestos con mecánica paciencia. En el cruce entre las avenidas Angamos y Caminos del Inca, al girar el volante con precisión aprendida, un pensamiento lo asalta sin previo aviso. No guarda relación con la maniobra ni con el semáforo. Es una imagen breve, incómoda, casi absurda. Pascual frunce el ceño. ¿Por qué ahora?, se pregunta. ¿De dónde ha salido eso?El
auto sigue su curso, pero el pensamiento se queda unos metros más. Pascual
intenta apartarlo, piensa en el partido que va a jugar, se concentra en la
música, en el ruido del motor, en la ruta. Inútil. Cuanto más lo intenta, más
nítido se vuelve. Entonces, ocurre algo revelador: comprende que no ha elegido
pensar eso. La mente, como un copiloto caprichoso, ha tomado la palabra sin
pedir permiso.
Horas
después, terminado el partido de fulbito, sentados en la mesa del bar y cuando
el sol avanza oblicuo y la conversación avanza ligera, entre bromas y recuerdos,
Pascual suelta la pregunta, como quien deja la pelota dando botecitos.
—Chalo
¿los pensamientos intrusivos se pueden erradicar?
Chalo
sonríe. Mueve la cabeza antes de responder, como si también él escuchara el
murmullo de sus propios desvíos mentales. Dice que tal vez no se trate de
expulsarlos, sino de observar qué los convoca. Que la mente, incluso en calma,
ensaya escenas que no ha pedido, como si practicara para un peligro que nunca
llega. A veces —añade— son restos de cansancio, miedos antiguos o simples ecos
que regresan sin tocar la puerta.
Mientras
conversan, Chalo recuerda a Epicteto, el filósofo estoico, quien decía que no
nos perturban las cosas, sino lo que pensamos sobre ellas. No todo pensamiento
es una verdad, ni una orden. Algunos, son apenas visitantes ruidosos que, si no
se les ofrece conversación ni rechazo, terminan marchándose por su cuenta.
Pascual
entiende entonces que erradicarlos, quizá sea una batalla estéril. Resistirlos
con furia suele darles más cuerpo. En cambio, mirarlos pasar, sin juicio, los
vuelve frágiles. Como nubes: existen, cambian de forma, pero no definen el
cielo.
Antes
de salir del club, Pascual respira hondo. Piensa que, tal vez esos pensamientos
no llegaron para quedarse, sino para ser advertidos y luego soltarlos. No
siempre lo logra, lo sabe. Piensa en Montaigne, cuando sugería que la mente
humana vaga sin rumbo si no se le concede cierta indulgencia. Y vivir —aprende
Pascual, todavía en ello— también consiste en practicar el arte de “no creer
todo lo que uno piensa”.
jueves, 15 de enero de 2026
EL ECO FAMILIAR EN LA MESA DEL DOMINGO (51)
El Eco Familiar en la Mesa del Domingo
Esta mañana, al abrir el periódico de papel y oler su tinta, sentí el abrazo patrimonial de mi padre. Por años cuestioné su costumbre: Lo fastidiaba diciéndole: ‘Para qué, si internet lo actualiza al instante, prácticamente son noticias de ayer’. Hoy, buscando obituarios, comprendí que no compraba noticias, adquiría rituales.
La neurociencia y la epigenética sugieren que heredamos más que rasgos físicos: heredamos arquitecturas de afrontamiento, formas de regular la emoción. Mi padre, pianista, ejecutivo y escritor, enfrentaba el caos con rituales de enfoque: el arte, la escritura, esta lectura pausada. Yo resistí ese patrón, hasta que mi propia mente lo anheló.
Filosóficamente, es el concepto ‘enactivo’ de la cognición: no solo recordamos, sino que ‘re-creamos’ al ausente al repetir sus gestos. La costumbre no es el fantasma; es el puente neural donde su esencia se actualiza. Al principio imitamos por amor; luego, el hábito talla en nosotros un nuevo carácter.
Y ahora, en el silencio dominical, siento una mirada. Es Morgana, mi nieta, observando con esos ojos claros que antes iluminaron a su bisabuelo. Ella me mira doblar la página con cuidado, seguir una columna con el dedo, suspender la lectura en un suspiro. No dice nada. Aprende.
En su mirada curiosa, el ciclo se completa. Mi padre labró, en ella, un amor por las historias. Yo, sin planearlo, enactúo ante ella el mismo ritual de presencia y calma que él me legó. Ella no heredará, quizás, el periódico de papel. Pero, está heredando la postura, el espacio mental, la forma de habitar un momento con atención plena. La costumbre se transmute, pero su esencia—ese refugio consciente frente al ruido del mundo—persiste.
Así, en la mesa, tres generaciones se encuentran. Él, en mi gesto. Yo, en su mirada. Y ella, en el aprendizaje silencioso de que algunas herencias no se llevan en la sangre, sino en el acto sencillo y repetido de crear significado, juntos, en el ahora. La bisnieta observa, y el puente se extiende hacia un futuro que su bisabuelo no verá, pero que su costumbre, curiosamente, ayudará a formar.
jueves, 8 de enero de 2026
LA MIEL Y LA MEMORIA DEL TIEMPO (50)
LA MIEL Y LA MEMORIA DEL TIEMPO
Cuando alguien pronuncia la palabra miel,
no pienso primero en el frasco sobre la mesa, ni en el ritual del desayuno.
Vuelvo, sin pedir permiso, a Cocachacra, a 1965, a la casa de mi amiguito del
colegio al que le decíamos “Torata”. Él me aseguró, con la convicción de quien
custodia un secreto que, en el árbol frente a su puerta vivía un panal. Yo no
le creí. Por eso, me llevó a verlo.
Ahí estaba: la colmena colgaba de una
rama pretenciosa, con un color de oro viejo que parecía haber sido pulido por
el sol. El zumbido de las abejas no era ruido: era el sonido de una ciudad en
pleno funcionamiento, una armonía seductora, ordenada, viva. Para no
mortificarlas —así, me dijo Torata— no bajamos el panal. Comimos la miel
colgados de la rama, suspendidos entre el miedo y el asombro, como si el árbol
nos hubiera concedido una tregua.
Arrancamos pequeños pedazos. La miel
brotaba espesa, tibia, todavía con rastros del trabajo incansable de esas
“pequeñas gorditas” trabajadoras. La probé. No era solo dulce: tenía una
profundidad difícil de explicar, como si contuviera tiempo, sol y paciencia.
Hasta hoy, me pregunto por qué nos dejaron hacerlo. ¿Por qué no nos atacaron?
¿Acaso eran amigas de Torata? Tal vez, la amistad —como la miel— tiene un
lenguaje que no necesita palabras.
Años después, supe que aquella sensación
no era solo poética. La miel es, químicamente, un prodigio del tiempo. Su
bajísimo contenido de agua y su acidez natural impiden el crecimiento de
bacterias. Las abejas, además, incorporan una enzima —la glucosa oxidasa— que produce
pequeñas cantidades de peróxido de hidrógeno, dotándola de propiedades
antibacterianas. No es casualidad que frascos de miel hallados en tumbas del
Antiguo Egipto sigan siendo comestibles tras miles de años. La miel no se
apura: resiste.
Desde la filosofía, Aristóteles observó
en las abejas un modelo de comunidad y propósito. Mucho después, Bergson
hablaría del tiempo como duración viva. La miel parece confirmarlo: es trabajo
acumulado, memoria que no se corrompe, pasado que sigue ofreciendo algo al
presente.
Las neurociencias explican por qué este
recuerdo persiste con tanta nitidez. El sabor intenso, ligado a la infancia y a
la emoción, activa el sistema límbico, donde se anudan memoria y afecto. Por
eso, cada vez que pruebo miel, mi cerebro no solo reconoce un gusto:
reconstruye una escena entera, con ramas, zumbidos y sol.
Hace pocos días, mi amiga Roxana me
invitó un café y lo endulzamos con miel. Fue un placer casi divino. Entendí
entonces, que la miel no es solo alimento: es una forma de vínculo. Tal vez,
por eso las abejas nos perdonaron aquel atrevimiento infantil. Porque, al
final, la amistad —como la miel— también es dulce, se construye con cuidado y,
cuando es auténtica, sabe atravesar el tiempo sin perder su esencia.
INEMURI: PENSAMIENTOS QUE VIAJAN SENTADOS (56)
Inemuri: pensamientos que viajan sentados INEMURI: pensamientos que viajan sentados Mis primeros viajes en bus fueron cuando iba al colegio....
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