CUANDO LA TRIVIALIDAD PIENSA POR NOSOTROS
Lo
veo todas las mañanas en la panadería de mi barrio, seguro que esto se repite en
cualquier panadería del Perú. Mientras esperamos a que despachen el pan, dos o
tres personas conversan sobre las próximas elecciones presidenciales. Todos
hablan con absoluta seguridad. Uno afirma que determinado candidato salvará al
país; otro asegura que será su ruina. Las voces se elevan, los argumentos se
cruzan y las certezas parecen inquebrantables.
Si
alguien los escuchara sin conocerlos, pensaría que han leído los planes de
gobierno, analizado indicadores económicos, estudiado la historia política del
Perú y comparado las propuestas de cada postulante. Pero, basta permanecer unos
minutos para descubrir que la mayor parte de sus argumentos proviene de
Facebook, un video de TikTok, una publicación de Instagram, un mensaje
reenviado por WhatsApp o un comentarista que escucharon la noche anterior.
Lo
sorprendente no es que estén desinformados. Lo verdaderamente llamativo es que
todos están convencidos de estar bien informados.
El
filósofo y escritor Eduar Garza reflexiona sobre un fenómeno que denomina la
prevalencia de la trivialidad: el momento en que las explicaciones simples,
emotivas y superficiales terminan dejando de lado al pensamiento crítico. No
porque sean mejores, sino porque resultan más cómodas. Poco a poco dejamos de
examinar la realidad y comenzamos a consumir interpretaciones prefabricadas. Sin
embargo, sería un error creer que este fenómeno nació con internet.
La
historia de la humanidad es también la historia de nuestras fuentes de
autoridad.
Cuando
somos niños, nuestros padres representan la verdad. ¿Quién podría dudar de o
que nos dice papá o mamá? Creemos en ellos, porque de esa confianza depende
nuestra supervivencia. Nos enseñan que el fuego quema, que tomemos despacio el
agua, sino podemos ahogarnos, que debemos respetar ciertas normas. La confianza
no es una ingenuidad infantil; es un extraordinario mecanismo evolutivo.
Después
aparece la escuela.
La
profesora ocupa ese lugar privilegiado desde donde se interpreta el mundo. Lo
que explica adquiere el peso de una verdad difícil de cuestionar. Más tarde,
durante la adolescencia, ocurre otro desplazamiento. Los amigos se convierten
en la referencia principal. La necesidad de pertenecer al grupo hace que muchas
de nuestras opiniones ya no respondan tanto a un razonamiento propio como al
deseo de ser aceptados.
Ya
lo decía nuestro amigo Aristóteles hace más de dos mil años cuando definió al
ser humano como un ser político y social. Necesitamos vivir con otros para
realizarnos plenamente. Pero, esa misma condición nos hace extraordinariamente
sensibles a la influencia del grupo.
Con
la adultez simplemente cambian las voces que escuchamos.
Durante
buena parte del siglo pasado fueron la radio y los periódicos. Después llegó la
televisión. Si una noticia aparecía en un noticiero nacional, era recibida casi
como una verdad indiscutible. Muy pocas personas sentían la necesidad de
contrastarla. La autoridad del medio bastaba para otorgarle credibilidad.
Hoy
las autoridades tienen otros nombres. Son influencers, creadores de contenido,
youtubers o cuentas con millones de seguidores. El escenario ha cambiado; el
mecanismo cerebral permanece intacto.
El
cerebro humano consume alrededor del veinte por ciento de la energía del
organismo. Para ahorrar recursos utiliza atajos mentales que le permiten tomar
decisiones con rapidez. Verificar información, comparar evidencias, soportar la
incertidumbre o reconocer que no sabemos exige un enorme esfuerzo cognitivo. En
cambio, aceptar como verdadero aquello que proviene de una fuente considerada
confiable resulta mucho más económico.
No
es un defecto. Es una estrategia de supervivencia.
El
problema aparece cuando ese ahorro de energía sustituye al pensamiento.
El
psicólogo Daniel Kahneman explicó que solemos preferir un pensamiento rápido,
intuitivo y automático antes que uno lento, reflexivo y analítico. Las redes
sociales conocen perfectamente esta vulnerabilidad. Sus algoritmos no fueron
diseñados para acercarnos a la verdad, sino para mantener nuestra atención el
mayor tiempo posible. Por eso, nos muestran contenidos que confirman nuestras
preferencias, alimentan nuestras emociones y reducen la posibilidad de
encontrar ideas diferentes.
Sin
darnos cuenta, terminamos viviendo dentro de una inmensa cámara de eco. Y es
precisamente allí donde Hannah Arendt adquiere una actualidad sorprendente. Después
de estudiar los grandes totalitarismos del siglo XX, Arendt llegó a una
conclusión inquietante: el mayor peligro para una sociedad no siempre reside en
la maldad consciente, sino en la incapacidad de pensar críticamente. La
obediencia irreflexiva, la repetición de consignas y la renuncia al juicio
personal permiten que la mentira se vuelva cotidiana y que la “simplicidad”
ocupe el lugar de la reflexión.
No
se refería únicamente a los regímenes autoritarios. Advertía un riesgo
permanente de la condición humana: cuando dejamos de pensar por nosotros
mismos, otros comienzan a pensar por nosotros.
Sócrates
había recorrido ese mismo camino siglos antes. Mientras muchos presumían de
saberlo todo, él repetía que aceptar nuestra ignorancia era el inicio de la
sabiduría. La duda no debilitaba el conocimiento, al contrario; lo hace posible.
Quizá
esa sea la gran diferencia entre información y pensamiento.
Vivimos
en la época con mayor acceso al conocimiento de toda la historia y, curiosamente,
también en una época donde resulta cada vez más difícil distinguir un hecho de
una opinión, una evidencia de una emoción o una investigación seria de una
manipulación cuidadosamente diseñada.
La
panadería de mi barrio ya no parece un lugar tan trivial. Es una representación
del país. Allí se mezclan conversaciones, titulares, recuerdos, prejuicios,
emociones y fragmentos de verdad. Cada cliente cree expresar una opinión
propia, cuando muchas veces solo está repitiendo la voz que el algoritmo
decidió amplificar.
Dentro
de algunos meses elegiremos nuevamente a quienes conducirán las Regiones y
Municipalidades del Perú. Antes de escuchar la siguiente promesa de campaña o
compartir el próximo video viral, quizá convenga formularnos una sola pregunta,
tan antigua como la filosofía y tan vigente como la inteligencia artificial:
¿Estoy
pensando... o simplemente estoy repitiendo?
Porque,
la libertad no comienza cuando depositamos un voto en las urnas. Comienza mucho
antes, en el instante en que decidimos ejercer el acto más difícil y humano de
todos: pensar con nuestra propia conciencia.
