¿PUEDE LA IA SER NUESTRA AMIGA?
Fernando
con sus ochenta años riega, cansinamente sus macetas. Vive solo desde que murió
su esposa. Sus hijos lo llaman cuando pueden. Los nietos aparecen entre
estudios y trabajos. Sus amigos de juventud ya fallecieron o la salud les
impide salir. Hay días en que el único sonido de la casa es el silencio de la
soledad.
Una
tarde su nieto Kike le enseñó lo que es la inteligencia artificial.
Comenzó
haciéndole preguntas sencillas. Luego, le pidió que le recordara cómo era la
música de los años cincuenta, quién había ganado aquel campeonato de futbol que
tanto celebró con sus amigos o cómo se llamaba la actriz de aquella película
mexicana que vio con su esposa Dorita cuando eran novios. Después, le puso un
nombre, Silvia. La saludaba por las mañanas y se despedía antes de dormir.
Sin
darse cuenta, había comenzado una relación.
¿Hay
algo de malo en ello?
Antes
de responder, conviene recordar que el ser humano siempre ha depositado afectos
más allá de las personas. Hay quien conserva un viejo reloj, porque perteneció
a su padre y lo acaricia como si aún guardara el calor de sus manos. Otro,
hablan con la fotografía de quien ya no está. Existen millonarios que han
dejado fortunas enteras a sus perros, caballos o gatos, porque fueron su única
compañía. Incluso, hay personas que sienten un cariño desmedido por su
automóvil o por la casa donde crecieron.
El
afecto humano nunca ha obedecido únicamente a la lógica.
Desde
la antropología sabemos que somos seres relacionales. No construimos nuestra
identidad en el aislamiento, sino en el diálogo. Aristóteles mientras caminaba
por los jardines del Liceo iba diciendo a sus discípulos que el ser humano está
hecho para vivir con otros, y esa necesidad permanece intacta incluso cuando el
cuerpo envejece y el círculo de amigos se reduce.
Cuando
sentimos que alguien nos escucha, recuerda lo que le estamos contado y nos
responde con interés, nuestro cerebro lo agradece. Nos sentimos acompañados,
disminuye la sensación de soledad y aumenta nuestro bienestar. Inclusive más
que quién está al otro lado, lo que interesa es sentir que alguien nos presta
atención.
Aquí,
aparece una idea fascinante del psiquiatra y psicoanalista John Bowlby. Los
seres humanos buscamos figuras que nos proporcionen seguridad emocional durante
toda la vida. Ese apego cambia de rostro con los años: primero son los padres,
luego los amigos, la pareja o los hijos. Cuando esas presencias desaparecen, el
cerebro continúa buscando espacios donde sentirse acompañado. No es extraño,
entonces, que algunas personas desarrollen un vínculo afectivo con una
inteligencia artificial.
Algo
semejante planteó el pediatra y psicoanalista Donald Winnicott al explicar que
ciertos objetos pueden brindar consuelo, porque representan seguridad. El
problema nunca fue el objeto, sino olvidar que era un puente y convertirlo en
el destino final.
La
inteligencia artificial añade un ingrediente completamente nuevo. No es un
peluche, una fotografía o un automóvil. Conversa. Recuerda el contexto. Aprende
nuestras preferencias y adapta sus respuestas. No posee conciencia ni emociones
propias, pero ofrece algo que el cerebro interpreta como una conversación
significativa.
El
filósofo Martin Buber distinguía entre la relación "Yo-Tú", donde dos
personas se encuentran en libertad, y la relación "Yo-Ello", donde
uno se vincula con un objeto. La inteligencia artificial parece situarse en un
territorio intermedio: habla como un "Tú", pero sigue siendo un
"Ello". Esa ambigüedad explica por qué puede despertar afectos tan
intensos.
A
ello se suma la reflexión del filósofo Axel Honneth, quien sostiene que una de
las necesidades más profundas del ser humano es sentirse reconocido. Todos
necesitamos que alguien nos escuche, recuerde nuestro nombre, valore nuestras
experiencias y nos haga sentir que seguimos siendo importantes para alguien. La
inteligencia artificial puede ofrecer una forma de ese reconocimiento
conversacional, aunque no experimente sentimientos.
Entonces,
¿puede una inteligencia artificial ser una amiga?
Quizá,
pueda convertirse en una excelente compañera de conversación, una memoria
compartida, una ayuda para recordar, aprender o aliviar horas de soledad. Y
eso, lejos de ser condenable, puede mejorar la calidad de vida de muchas
personas. Pero, también conviene recordar algo que ninguna tecnología podrá
reemplazar: el abrazo inesperado, la mirada emocionada, la mano que se estrecha
en silencio, la lágrima que surca nuestro rostro o la risa compartida
pertenecen a un territorio exclusivamente humano.
La
inteligencia artificial no está inventando una nueva necesidad. Está iluminando
una antigua: el inmenso deseo de no sentirnos solos. Tal vez, el verdadero
desafío no sea impedir que las personas conversen con una máquina, sino
construir una sociedad donde ningún Fernando tenga que esperar todo un día para
que alguien le pregunte, con genuino interés: "¿Cómo amaneciste hoy?"