Escuchen… aunque debería decir lean.
Después de todo, las palabras también tienen su manera de sonar.
Como un hilo suspendido en el aire
tranquilo de la memoria, volvió hasta mí el recuerdo de un pequeño lugar que
terminó siendo la antesala de algunos de los acontecimientos más decisivos de
mi vida cuando apenas tenía diez años. Era la trastienda de la casa de mi mejor
amigo, Juan Carlos. Un recinto diminuto, sin ninguna pretensión, donde el
tiempo parecía transcurrir con otro compás. Hay espacios que uno abandona
físicamente, pero que jamás dejan de habitarnos.
Hoy sé que la antropología tiene razón
cuando afirma que los lugares no son simples escenarios; modelan nuestra manera
de sentir y comprender el mundo. Gaston Bachelard habría sonreído al entrar
allí. En La poética del espacio escribió que ciertos rincones de la casa
terminan siendo depósitos del alma. Aquella trastienda fue exactamente eso: un
pequeño refugio donde comenzó a construirse una parte de quien soy.
Allí descansaba el tocadiscos de Anita,
la hermana mayor de Juan Carlos.
Anita tenía catorce años. Yo apenas
diez. Era mi Verónica sin que yo fuera Archie en aquellas historietas que
devorábamos. Me parecía inalcanzable. Era más alta que yo y, en la lógica
irrefutable de aquellos años sesenta, esa diferencia de estatura bastaba para
convertirla en un ser perteneciente a otro universo.
Nunca me atreví a decirle nada.
Ni siquiera le confesé a Juan Carlos
cuánto le agradecía, en silencio, permitirme entrar una y otra vez a aquel
pequeño santuario que era suyo. Yo fingía ir por la música. Tal vez era cierto.
O quizá iba porque era el único lugar donde podía estar cerca de Anita sin
despertar sospechas.
Cuando ella aparecía y sus sedosos ojos
se detenían apenas un instante sobre mí, el mundo entero parecía agitarse. Y
cuando aquel cabello castaño, rematado por un juvenil cerquillo, caía
suavemente sobre su frente, el tiempo quedaba suspendido, como si incluso el
aire hubiera decidido dejar de moverse.
Pero el verdadero milagro ocurría cuando
apoyábamos la aguja sobre un disco.
Era su tocadiscos. Podía tocarlo...
aunque no pudiera tocarla a ella.
Y entonces otro portal se abría.
La música.
Escuchábamos a Paul Anka cantar Adam
and Eve. Yo no entendía una sola palabra en inglés, pero estaba convencido
de que aquella historia hablaba de Anita y de mí. Los niños traducimos las
canciones con la imaginación antes que con el diccionario.
Después llegaba un jovencísimo Roberto
Carlos con Mi Cacharro y La enamorada de un amigo mío. Juan
Carlos y yo permanecíamos inmóviles, observando cómo el disco giraba una y otra
vez mientras los surcos negros parecían esconder un misterio que solo la aguja
sabía descifrar.
Muy lejos quedaban las carreras por las
empedradas calles de Cocachacra. Allí dentro todo adquiría otra velocidad. O
quizá otra lentitud. Porque escuchar un disco era un acto de contemplación.
No hablábamos.
Mirábamos las enormes carátulas de los
LP como quien contempla los vitrales de una catedral. Seguíamos con los dedos
los nombres impresos, los colores, los rostros de aquellos artistas que todavía
ignorábamos que terminarían acompañándonos toda la vida. Había algo casi
religioso en ese silencio compartido. La música exigía respeto. Nadie
interrumpía una canción; era ella quien interrumpía el mundo.
Hoy las neurociencias explican que la
música posee un privilegio extraordinario: accede a regiones del cerebro donde
pocas experiencias consiguen entrar. No llama a la puerta. Entra sin pedir
permiso. Abre cajas, arcones y habitaciones que creíamos selladas para siempre.
Basta escuchar unos pocos compases para que reaparezcan rostros, olores,
texturas y emociones que permanecían ocultas bajo décadas de vida. Quizá la
memoria no sea una biblioteca ordenada, sino una vieja casa donde cada melodía
conoce exactamente qué puerta debe abrir.
Entonces ocurrió.
Juan Carlos extrajo cuidadosamente un
disco de una funda azul poblada de pequeñas fotografías.
—Son los Beatles.
Aún puedo ver aquel gesto.
La aguja descendió lentamente.
Y mi mundo cambió de compás.
Aquellas canciones le dieron ritmo a mi
infancia, una aceleración serena, una nostalgia anticipada, una alegría
luminosa que todavía hoy me acompaña cuando vuelvo a escucharlas. Sin saberlo,
estaba naciendo una educación sentimental hecha de vinilos, silencios y
asombro. Los filósofos sostienen que somos aquello que contemplamos con amor.
Si es así, buena parte de mi adolescencia comenzó aquella tarde, viendo girar
un disco sobre el tocadiscos de Anita.
Lo curioso es que los Beatles
transformaron muchas cosas... menos mi silenciosa fascinación por ella.
Eso permaneció intacto.
Como permanecen las melodías que uno
cree haber olvidado y que, muchos años después, regresan para recordarnos que
hubo un tiempo en que bastaba una trastienda, un tocadiscos y una muchacha de
catorce años para que el universo entero cupiera dentro de un disco de vinilo.