CUANDO LA BOCA HABLA ANTES QUE NOSOTROS
Clive sigue frente a la pantalla, pero
ya no está ahí. Piensa en el almuerzo que lo espera en casa: un sabroso arroz
con pato, ese olor que anuncia descanso y sobremesa. Sin darse cuenta, traga
saliva. La boca se le humedece. No hay comida aún, pero el cuerpo se adelanta
al placer. El lenguaje popular lo dice mejor que cualquier tratado: se me
hace agua la boca. La expectativa ya activó la calma.
Beto sube las escaleras detrás de la
bella Natalia con el corazón fuera de compás. Cada peldaño es una promesa. La
cercanía, el perfume, la invitación a subir. En la gracia de su hermosura,
Natalia lo tiene rendido. La saliva fluye generosa: el cuerpo anticipa
caricias, palabras bajas, un desenlace largamente imaginado. Pero, algo se
quiebra en el aire. Una frase ambigua, una sonrisa que se vuelve prudente, un
gesto que marca distancia. Beto lo comprende sin que nadie se lo diga. La boca
empieza a secarse. El cuerpo entiende antes que la razón: no habrá encuentro.
La saliva se retira en silencio, como quien apaga las luces de una fiesta que
nunca empezó.
Margott camina por el pasillo de la
oficina. “El jefe quiere verte”. No sabe por qué, pero lo intuye todo. Los
hombros se tensan, el estómago se contrae, la garganta se le seca. Carraspea.
La saliva no llega. El cuerpo ha activado la alerta: no es tiempo de digerir,
es tiempo de protegerse. El miedo apaga la humedad.
Albertín está atrapado en balances
contables que no cuadran. El reloj avanza, el plazo se acorta. Respira rápido,
aprieta la mandíbula, traga en seco. El estrés se acumula y se refleja en su
boca. Hasta que se detiene. Afloja los hombros, respira lento, masajea su
rostro. No ha resuelto las cifras, pero algo se destraba: la saliva vuelve. El
cuerpo envía otro mensaje: no hay peligro inmediato. Pensar vuelve a ser
posible.
Pero la saliva no solo habla hacia
adentro. También habla hacia los otros. De niños lo sabíamos bien. Antes
de una pelea, alguien escupía al suelo. Pepe y Jorge se miraban fijo. El
primero que pisaba el escupitajo aceptaba el combate y, además, obtenía una
ventaja simbólica frente a la redondela de chiquillos que ya se había formado,
ansiosa, expectante, hambrienta de golpes. La saliva sellaba el pacto.
En otras escenas, más crudas, el
escupitajo va directo al rostro del enemigo. Es insulto, sí, pero también es
desafío. Aun atados, maniatados, vencidos en fuerza o número, escupir es a
veces el último recurso para decir: no me rindo. No hay armas, no hay
palabras, pero queda la saliva como gesto final de desprecio o dignidad.
Algo similar ocurre cuando alguien pasa
a nuestro lado y, sin mirarlo, escupimos sobre sus pasos. No buscamos herir el
cuerpo, sino marcar simbólicamente el territorio: te rechazo, te anulo, te
expulso.
La saliva, silenciosa y humilde, no solo
acompaña la digestión: narra nuestra vida emocional y social. Anticipa
el placer, denuncia el miedo, revela el estrés y, en su forma más áspera,
expresa desafío y desprecio.
Tal vez no somos tan racionales como
creemos. Tal vez, antes de que la mente articule razones, la boca ya ha
dicho la verdad.






