“Enderezar
la espalda: una forma discreta de ordenar la vida”
Desde
pequeño, mi padre se preocupó obsesivamente por mi postura. No era un asunto
estético: era, según él, una cuestión de carácter. Recuerdo con nitidez aquel
rudimentario —y hoy impensable— método correctivo: un pedazo de palo de escoba colocado
a lo largo de la espalda, sujetado con los brazos, obligándome a caminar recto,
casi marcial. Yo obedecía con resignación infantil, sin entender del todo por
qué ese empeño.
Mi
padre, además, tenía frases lapidarias. Si me veía cabizbajo, mirando el suelo,
soltaba con sorna:
—¿Se
te ha perdido algo que paras mirando abajo?
Lo
decía riéndose, pero había ciencia en su ironía. Repetía un refrán que le salía
del alma y de la experiencia: árbol que crece torcido ya no se endereza.
Y no hablaba solo de la espalda. Hablaba de normas, de valores, de la manera de
estar en el mundo.
Mucho
después, ya adulto, descubrí que aquel padre intuitivo tenía aliados
inesperados: la filosofía y la neurociencia. El cuerpo no es un mero transporte
de la mente; es un interlocutor permanente. Nuestra postura envía mensajes
constantes al cerebro. Caminar encorvados, con los hombros caídos y la mirada
baja, refuerza estados de ánimo asociados al cansancio, la tristeza o la
indefensión. En cambio, una postura erguida activa circuitos neuronales
vinculados a la confianza, la energía y la regulación emocional. No es magia:
es biología.
La
filosofía estoica ya lo intuía. Epicteto hablaba de la dignidad corporal como
reflejo del alma. No se trataba de soberbia, sino de coherencia: el cuerpo
acompaña al pensamiento, y el pensamiento moldea al cuerpo.
Confieso
que no siempre es fácil. Hay días de agotamiento real: después de un partidazo
sufrido hasta el último minuto, de caminar largos trechos, o de jornadas
laborales que dejan el cuerpo pidiendo tregua. Sin embargo, incluso en esos
momentos, hago un esfuerzo consciente por caminar erguido. Tal vez, porque no
soy alto y, al ir recto, me siento mejor. Más presente. Más yo.
Alguna
vez, Mónica lo resumió con humor brutal:
—Chalo
puede estar cansado, casi muerto, pero siempre camina bien paradito… parece
muñequito de torta.
Reímos,
claro. Pero, tenía razón. La postura no solo sostiene el cuerpo: sostiene la
identidad. Y a veces, enderezar la espalda es la primera forma silenciosa de
enderezar el ánimo.






