LOS COLORES NO EXISTEN
Cuando dictaba clases decía: “Los
colores no existen”, mis estudiantes me miraban con una mezcla de cariño e
incredulidad. Bajaban la vista a sus plumones desparramados sobre el pupitre
—rojos encendidos, verdes fosforescentes, azules oceánicos—, miraban las
láminas brillantes, alguno hasta evocaba los colores del aura que juraba haber
visto en algún concierto, y volvían a mirarme como preguntando: “Profesor,
¿está usted seguro de lo que ve… o de lo que no ve?”. La evidencia parecía
gritar desde sus cartucheras. ¿Cómo negar aquello que literalmente tenían
frente a los ojos?
Pero no. Lo que existe son ondas
electromagnéticas. Energía viajando en distintas longitudes. Los objetos no
“poseen” color: absorben ciertas ondas y rechazan otras. Ese rebote luminoso
entra por la retina, se traduce en impulsos eléctricos y llega al cerebro. Y
allí, en el discreto taller y asombrosa arquitectura neuronal, ocurre el
milagro: el cerebro pinta.
El rojo no está en la rosa. Está
en nosotros.
Las neurociencias lo explican sin
poesía, aunque el fenómeno sea profundamente poético: nuestros conos retinianos
responden a determinadas longitudes de onda —aproximadamente asociadas al azul,
verde y rojo— y es la combinación de esas señales lo que el cerebro interpreta
como color. El rosado, por ejemplo, no existe como longitud de onda propia en
el espectro visible. Es una solución creativa cuando llegan simultáneamente
señales del rojo y del azul. El cerebro no se equivoca: resuelve.
Vivimos, entonces, en una
realidad interpretada.
Una abeja percibe patrones
ultravioleta invisibles para nosotros. Una serpiente “ve” el calor. Cada
sistema nervioso construye su mundo con las herramientas que posee. Nosotros,
apenas captamos una franja diminuta del vasto espectro electromagnético y, con
esa porción reducida, armamos nuestro universo cromático.
Y aquí aparece, sutil pero firme,
nuestra petulancia.
Con tres tipos de conos y un
cerebro que traduce impulsos eléctricos en colores imaginados, solemos
comportarnos como si fuéramos notarios de la verdad absoluta. “Así son las
cosas”, decimos. Porque, así las vemos. Convertimos nuestra percepción en
norma, nuestra interpretación en dogma. Si lo “veo” así, entonces es así. Y
quien no coincida, simplemente está equivocado.
Resulta casi enternecedor: apenas
percibimos una minúscula parte de lo real, pero dictaminamos como si
poseyéramos el espectro completo.
Si aceptáramos que solo captamos
una pequeña fracción de lo que existe, comprenderíamos que estamos más cerca
del error que del acierto. Y tal vez, desde esa humilde conciencia,
escucharíamos con mayor apertura las realidades ajenas. Porque, cada cerebro
construye su versión del mundo; cada mirada amplía el mapa.
El mundo no viene pintado de
fábrica. Lo coloreamos nosotros.
Y quizá la verdadera madurez
consista en sospechar, con elegancia, que nuestro color no es el único posible…
aunque lo veamos con absoluta claridad.






