NO TODOS VAN
A APLAUDIRTE
Hay un instante
—breve, casi imperceptible— en el que uno termina algo que le importa. Puede
ser un texto, una decisión, un gesto que costó años de cavilaciones y maduración.
Y, entonces ocurre: ese silencio. Nadie dice nada. Nadie aplaude. Nadie parece
haber estado allí.
Ese silencio,
que debería ser neutro, se vuelve un animal incómodo, te aplasta, se instala en
el pecho y comienza a preguntar con una voz que no es del todo nuestra: ¿y
si no era tan bueno?
No es el
trabajo lo que tambalea ¿será nuestra mirada?
O, mejor dicho, la ausencia de miradas.
Nos han
enseñado —con una paciencia, casi cruel— a medirnos en reflejos. En cuántos
ojos se detienen, en cuántos gestos aprueban, en cuántos dedos virtuales (lumpas
– lumpas del cyberespacio) se levantan como pequeños jurados cotidianos. Y así,
sin darnos cuenta, el viejo “qué dirán” ha mutado. Ya no es la tía en la
sobremesa ni el vecino curioso: ahora es una multitud silenciosa que cabe en
una pantalla y que, paradójicamente, nunca termina de estar.
Ese, es el
monstruo: no tiene una sola cabeza. Tiene muchas. Y cada una susurra algo
distinto. Una duda. Otra sospecha. Otra compara. Todas coinciden en lo mismo:
hacerte depender. Porque, el aplauso no solo celebra; también domestica.
Cuando llega,
nos acostumbra. Cuando falta, nos desarma.
Entonces,
aparece ese cansancio raro: no el del esfuerzo, sino el de la espera. Hacer
algo y, al mismo tiempo, estar aguardando su validación. Como si la obra no
terminara en lo que hicimos, sino en cómo será recibida. Como si el sentido
estuviera siempre un paso más allá, en manos de otros.
Pero, hay una
trampa en todo esto. Una ironía casi elegante.
La mayoría de
las personas a las que les cedemos ese poder tampoco está mirando. Están
ocupadas haciendo lo mismo que nosotros: esperando ser vistas.
Así, se
sostiene esta coreografía absurda: todos actuando, pocos observando, nadie
realmente presente.
Y tal vez, solo
tal vez, el verdadero ruido no esté en la falta de aplausos, sino en la
cantidad de voces a las que hemos decidido escuchar.
Hay algo
antiguo latiendo en ese impulso por ser vistos. No es únicamente vanidad ni
fragilidad moderna. Desde la filosofía, ya se sospechaba que el ser humano no
se basta a sí mismo: necesita del otro para confirmarse. No para existir —eso
sería demasiado dramático—, pero sí para narrarse. Como si cada mirada ajena
fuera un espejo que, más que reflejar, termina editando.
Sin embargo,
esa dependencia nunca fue inocente. Siempre hubo una tensión entre lo que somos
y lo que mostramos. Entre la vida vivida y la vida interpretada. Y en esa
grieta, sutil pero persistente, se filtra una pregunta incómoda: ¿cuánto de lo
que hacemos responde a una convicción y cuánto a una expectativa?
Las
neurociencias, con su lenguaje menos poético pero no menos revelador, sugieren
algo similar. El cerebro humano está diseñado para registrar la aprobación. No
como lujo, sino como mecanismo de supervivencia. En algún punto remoto de
nuestra historia, ser aceptado por el grupo no era un asunto emocional, sino
vital. Quedar fuera significaba peligro. Y esa huella, aunque disfrazada de
modernidad, no ha desaparecido.
Por eso el
reconocimiento produce ese breve destello de bienestar. Una suerte de
recompensa química que no pide permiso para instalarse. Y por eso también su
ausencia incomoda más de lo que admitiríamos. No porque el trabajo carezca de
valor, sino porque el sistema que lo evalúa —ese entramado invisible entre
cultura y biología— sigue esperando una señal externa.
Lo curioso es
que, a pesar de entenderlo, seguimos cayendo. No por ingenuidad, sino por
hábito.
Tal vez la
diferencia no esté en eliminar esa necesidad —sería una forma elegante de
negarse a lo humano—, sino en observarla sin rendirse a ella. Reconocer que
existe, que condiciona, que insiste… pero que no define.
Porque, en
algún punto, la construcción más silenciosa —esa que no tiene testigos ni
aplausos— también va moldeando algo más profundo: una relación menos
dependiente con la mirada ajena.
Y ahí, casi sin
anuncio, ocurre un pequeño desplazamiento.
No dejamos de
escuchar el ruido, pero deja de gobernarnos.






