***Un domingo en IV Centenario***
Un domingo radiante de pleno azul, donde el sol arequipeño saca un látigo furibundo, trenzado con el resplandor ciego del sillar, obligando a cualquiera a bajar la cerviz. Sobre la azotea de IV Centenario, las camisas y pantalones que acabo de lavar se agitan como lienzos al viento. El aire vibra con el calor, y en el alféizar de la ventana, el tocacasete deja salir las notas de Elvis Presley sobre la tranquilidad del mediodía. Comprar esa cinta costó el sacrificio de un par de tardes en el Café Granada —frente a las Galerías Gamesa—, pero la voz de Elvis atenúa la escena con una cadencia dorada. La espalda pica bajo un sol implacable que invita a balancearse casi sin querer, mientras la música le cambia el ritmo a mi soledad.
Era 1985 y no fue un domingo cualquiera. La soledad a los veinticinco años duraba apenas lo que tarda un destello en la retina. En Lima, la gran mesa familiar estaría servida con un suculento arroz con carne o el seco de cabrito que prepara mamá y el infaltable cebiche de papá, pero en el pecho no había pena. Quizá un anhelo noble, de esos que se disuelven al alzar la vista y contemplar los tres volcanes recortados contra el cielo, prometiendo un horizonte lleno de caminos por andar.
Temprano le había hecho el favor a doña Sofi de conducir su auto hasta Bellapampa para visitar a sus amigas las monjitas. Todo el trayecto transcurrió en un respetuoso silencio, y al regresar no me dijo una sola palabra sobre el almuerzo (seguro que habría adobo). Entre sus ochenta años de disciplina y mis veinticinco de ímpetu existía una pugna silente: por un lado, mi pensamiento de haber hecho el mérito suficiente para ganarme un sitio en su mesa; por el otro, su arraigado sentido de humanidad enfrenado por el recelo de que la gentileza se volviera costumbre. Doña Sofi sabía que sin rectitud perdería el dominio de la casa; por eso mantenía las reglas claras, advirtiéndome con firmeza que nada de chicas en el cuarto y fiscalizando cada llamada telefónica, a lo que yo respondía contándole solo lo que me convenía, parapetado tras mi mejor sonrisa amigable. Una constante tensión entre el cariño, el límite y la complicidad.
Desde el pretil, con los zapatos agamuzados garotas, la camisa a cuadros, el jean Wrangler y la boina, la mirada volvía hacia abajo. Junto al vitral que filtraba la luz, doña Sofi continuaba tejiendo en absoluta quietud. Por ratos, le bajaba el volumen al tocacasete y daba unos pasos en silencio. Ese ir y venir en la azotea frente a la calma de su bordado iba hilando una complicidad transparente. Probablemente ella pensaba: «¿A qué hora terminará de lavar este muchacho? Creo que voy a invitar al pobre Chalo, que está tan solo»; mientras yo me debatía entre irme al centro a ver gente, presenciar el izamiento de la bandera en la plaza de Armas y tratar de encontrar un restaurante abierto para comer mi menú, o aguardar un minuto más.
Y en medio de ese juego mudo, la voz de doña Sofi rompió el aire:
—¿Chalo, estás allí?
Tragando saliva y haciéndome el inocente, respondí de inmediato:
—Sí, doña Sofi, dígame.
—¿Quieres bajar a almorzar?
Me tomé un prudencial e imperceptible lapso de dos milésimas de segundo antes de contestar con entusiasmo controlado:
—¡Sí, doña Sofi!
De dos trancos devoré los escalones y ya estaba frente a ella. En ese instante, nuestras miradas se cruzaron y dos sonrisas pícaras se encontraron en un abrazo silencioso. Una complicidad inocente que parecía decirnos, en el mejor de los sentidos, qué bien sabíamos interpretar nuestro papel en esa comedia amable del domingo.




