MIS CÉLULAS ME ESTABAN ESCUCHANDO
Antes de que la rabia tomara completamente el volante, apareció una canción. Iba camino a recoger a mi nieta Morgana al colegio Weberbauer. La congestión en la avenida Canadá para ingresar al trébol de la avenida Javier Prado era, como tantas veces, una batalla urbana. Ómnibus atravesándose sin aviso, colectivos piratas jugando a inventar carriles, motocicletas apareciendo por donde físicamente parecía imposible. Un cuento de nunca acabar.
El
tráfico en Lima tiene algo de examen psicológico. Basta avanzar unos metros
para descubrir quiénes somos realmente cuando sentimos que el otro invade
nuestro espacio. Y, allí estaba yo, atrapado entre bocinazos, humo y una lenta
procesión de impaciencia humana, sintiendo cómo comenzaban a mezclarse
emociones poco elegantes: enojo, irritación, revancha. Sí, revancha. Porque
cuando alguien mete violentamente su vehículo en tu carril, una parte primitiva
del cerebro deja de pensar en normas y empieza a pensar en territorio.
Entonces
en la radio sonó “Reflexiones de mi vida”, del grupo Mermelada. Hay canciones
que no llegan como música, sino como memoria. Y, mientras avanzaba apenas unos
centímetros, regresó a mi mente un video del médico y conferencista español
Mario Alonso Puig diciendo: “Las células escuchan nuestros pensamientos”.
Y
me sentí descubierto.
Porque,
mientras escuchaba aquella idea, mi cuerpo entero estaba haciendo exactamente
lo contrario a lo que necesitaba. Mis manos endurecidas sobre el timón. La
mandíbula tensionada. El corazón acelerando innecesariamente. El cerebro
liberando sustancias químicas como si estuviera escapando de un depredador y no
simplemente intentando cruzar una avenida limeña a las tres de la tarde.
Qué
contradicción tan humana: saber algo y no poder aplicarlo inmediatamente.
La
neurociencia explica que el cerebro no distingue tan fácilmente entre un
peligro real y uno interpretado emocionalmente. Para nuestras neuronas, aquel
conductor invasivo puede convertirse, durante unos segundos, en una amenaza
directa. El cuerpo responde entonces con cortisol, adrenalina, tensión muscular
y pensamientos defensivos. Es decir, nuestras células escuchan no solo lo que
pensamos, sino también cómo interpretamos el mundo.
Y
Lima, hay que decirlo, interpreta nuestra paciencia todos los días.
Pensé
entonces en algo curioso: quizá el verdadero tráfico no estaba afuera sino
dentro de mí. Afuera había autos disputándose centímetros; dentro, emociones
disputándose el control. La ira queriendo acelerar. La prudencia intentando
respirar. La memoria musical tratando de suavizar el instante. Y una frase
persistente recordándome que cada pensamiento deja una pequeña huella
biológica. Tal vez, por eso envejecemos también desde ciertas emociones. No es
casual que muchas personas vivan cansadas incluso sin haber hecho demasiado
esfuerzo físico. El resentimiento agota. La tensión continua enferma. El miedo
sostenido desgasta silenciosamente. El cuerpo escucha todo: incluso aquello que
fingimos manejar bien.
Mientras
avanzaba lentamente, comprendí que no podía controlar el caos vehicular.
Tampoco, la imprudencia ajena. Pero, sí podía decidir qué conversación tendrían
mis células conmigo aquella tarde. Entonces aflojé las manos del volante. La
canción seguía sonando. Pensé en Morgana esperando la salida del colegio. Pensé
en papá diciéndome que uno siempre termina pareciéndose demasiado a aquello que
repite todos los días. Pensé que, quizá, vivir también consiste en aprender a
no convertir cada pequeño desorden cotidiano en una guerra personal. Llegué
algunos minutos después. La ciudad seguía siendo la misma.
Pero
yo, ya no.




