jueves, 5 de noviembre de 2026

LA RECONQUISTA DE LA FRESCURA (P-23)

 La reconquista de la frescura



Durante décadas nos convencen de que cumplir años es un ejercicio de acumulación: más compromisos, más prevenciones, más peso sobre los hombros. Sin embargo, con el paso del tiempo, el verdadero milagro de la madurez consiste exactamente en lo contrario. En un despojo paulatino, casi imperceptible, de las armaduras inútiles. Al soltar la tiranía del qué dirán y la imposición por encajar, la mente se aligera de tal modo que termina ocurriendo un fenómeno insospechado: nos volvemos, de pronto y sin avisar, infinitamente más jóvenes.

Claro, es una juventud distinta a la de los veinte años. Aquella primera lozanía solía estar atosigada por el ruido del futuro y la urgencia de figurar. Esta nueva juventud, en cambio, se reconquista desde la profunda calma. Es la libertad de no tener que demostrarle nada a nadie y de recuperar la capacidad de asombro que la vida adulta suele sepultar bajo toneladas de rutina.

Me ocurrió esta mañana durante mi caminata diaria. Por prescripción médica —y por una dócil disciplina del corazón— recorro cada mañana cuarenta minutos de parque y aire fresco. Iba concentrado en el ritmo del paso cuando, de pronto, un canario detuvo su vuelo en una rama cercana. Fue un instante fugaz, una fracción imperceptible de segundo en la que nos miramos a los ojos. Hubo allí un reconocimiento mutuo, una certeza compartida de estar habitando la misma luz de la mañana.

Unos metros más adelante, al pasar junto a uno de esos viejos árboles a los que miro a diario, sentí que el rugoso tronco de uno de ellos me sonreía, casi de manera cómplice. Por allí habían pasado varias personas apuradas lo habrían visto únicamente madera y hojas; yo, en mi bendita soberanía de hombre maduro, le devolví el saludo con una sonrisa. Pero lo mejor no fue el gesto externo, sino la carcajada limpia que se encendió dentro de mí. Una risa fresca, transparente, que discurrió por mis adentros como el agua fresca de la acequia que cruzaba mi infancia en Cocachacra cuando apenas tenía diez años.

¿Es locura? Al contrario: es la máxima expresión de la lucidez. En la psicología del desarrollo se sabe bien que el cerebro, liberado del estrés del rendimiento, abre espacio para lo que los antiguos llamaban la contemplación pura. Al reducir el ruido del ego, los sentidos se afinan. El mundo deja de ser un escenario de utilidades y vuelve a convertirse en un espectáculo precioso, divino.

Caminar para cuidar el corazón es una tarea noble, pero descubrir que ese mismo corazón se reconforta con la mirada de un ave o la complicidad de un tronco centenario es un privilegio que solo otorgan las canas. La verdadera lozanía no habita en la falta de arrugas, sino en la gracia de reírse por dentro mientras el mundo pasa de largo en su eterna y fatigosa prisa.

 

jueves, 29 de octubre de 2026

EL ARTE DE ESTAR EN TODAS PARTES Y NO ESTAR EN NINGUNA (92)

 «El arte de estar en todas partes y no estar en ninguna»

 


Con la taza de café humeante en la mano y el celular en la otra, Armando se acomoda en el escritorio donde su laptop lo aguarda encendida desde temprano. Con esa autosuficiencia de la época, da un sorbo, contempla su entorno y sonríe con íntima satisfacción: «Soy un maestro de la multitarea». Enciende el reproductor de música, la televisión de la sala sigue encendida al fondo y la pantalla del equipo exhibe no menos de ocho pestañas abiertas. Se dispone a continuar el artículo que empezó ayer, redacta apenas dos líneas y, de pronto, una notificación ilumina el teléfono; se engancha en la vorágine de las redes sociales. Vuelve a la laptop, pero la melodía del parlante le trae el recuerdo de un viejo amigo al que busca de inmediato en Instagram. En eso, vibra un mensaje de WhatsApp: contesta, redacta, reenvía un meme, salta a la televisión un titular de última hora y, acto seguido, regresa al teclado. Va brincando de pantalla en pantalla, incansable, sin lograr concluir una sola tarea. Sin embargo, al final del día, suspira convencido de haber avanzado un mundo.

Al observarlo, me descubro haciendo gestos muy similares y no puedo evitar sonreír con cierta pesadumbre. No se trata solo de Armando: somos una legión mundial los que hemos caído rendidos ante esta sutil trampa del pensamiento contemporáneo. Caminamos por la calle esquivando transeúntes con la mirada fija en el chat, cenamos en familia con el televisor encendido y el teléfono al lado del plato, o fingimos escuchar el relato entusiasta de la nieta mientras desplazamos el pulgar por la pantalla. Creemos dominar el tiempo, cuando en verdad es el tiempo el que nos fragmenta.

La ciencia de la mente es categórica al respecto: el cerebro humano no fue diseñado para procesar múltiples tareas complejas de manera simultánea. Está biológicamente esculpido para enfocar toda su luz en un solo punto a la vez. Lo que Armando —y millones de nosotros en el mundo— realiza no es simultaneidad, sino alternancia atencional. Es decir, forzar al foco cognitivo a saltar de un estímulo a otro a velocidades vertiginosas, desgastando la arquitectura del pensamiento.

Ese brinco permanente pasa una factura altísima. Cada cambio de foco consume valiosos recursos de energía mental; el cerebro se fatiga a pasos agigantados y nos volvemos dramáticamente menos competentes en aquello que ejecutamos. Pero lo más gravoso no es la pérdida de eficacia, sino la quiebra afectiva: la atención fragmentada erosiona la empatía. Para escuchar de verdad a quien tenemos enfrente, para validar emocionalmente al amigo, a la esposa o al colega, se requiere presencia absoluta. Cuando dividimos la mirada, el ser humano que nos habla se convierte en un simple ruido de fondo.

No nos engañemos: esta hiperestimulación cotidiana ha terminado por moldear una suerte de TDAH colectivo a escala global. Es el mal silencioso de nuestro siglo. Ya no toleramos una noticia de tres párrafos, adelantamos las escenas de las películas en las plataformas porque la lentitud nos angustia, y nos cuesta un esfuerzo supremo sostener la lectura de un libro o una conversación pausada en la banca del parque. Padecemos una verdadera hambruna de atención plena. Nadie escucha de verdad porque todos están atareados persiguiendo el siguiente destello de las pantallas azules.

Los antiguos estoicos enseñaban que la calidad de nuestra vida depende de la calidad de nuestra atención. Recuperar la pausa no es un lujo del pasado ni un capricho melancólico; es la condición indispensable para pensar con claridad, sentir con profundidad y conectar realmente con los demás. Al final del camino, hacer de todo un poco al mismo tiempo solo nos deja la triste ilusión de haber vivido intensamente, cuando en realidad apenas habremos rozado la superficie de las cosas.


lunes, 26 de octubre de 2026

EL ARTE DE REPLEGARSE (P - 22)

 El arte de replegarse: cuando el silencio sabe a sabiduría



A Paco ya no le seduce la idea de ir a tomar un trago. Las mesas llenas, la bulla de la clientela; prefiere el silencio fértil de su propia compañía. A Roxana, que antes jamás se perdía una salida o invitación, hoy le basta una conversación honda o la calma de su sala. Freddy mira el fútbol con un desapego sereno, lejos del griterío del estadio al que tanto le gustaba ir, mientras Luchito apagó el televisor para no regalarle su paz al pánico de los noticieros. Viéndolos —y viéndome— me pregunto si no estaremos ensayando una serena “erimisión”: ese repliegue voluntario de la orquesta social que algunos confunden con cansancio, pero que sabe más bien a sabiduría.

Hay quienes creen que volverse selectivo es un síntoma de vejez. Craso error. Es, en realidad, el refinado arte de la economía existencial. En los pasillos de la antigua Atenas, un lúcido Epicuro ya advertía a sus discípulos que la verdadera riqueza no consistía en tener muchas invitaciones, sino en podar los compromisos innecesarios para cultivar el jardín de la tranquilidad. No se trata de huir del mundo; sino de contemplarlo desde una distancia limpia, serena y tranquila.

En el fondo, nuestro cerebro actúa con una lógica similar. En los laboratorios de la mente descubrieron hace poco lo que los poetas sospechaban desde siempre: cuando disminuimos el ruido externo, el cerebro no se apaga; enciende una sutil red por defecto. Es el telar de la introspección, el refugio donde la memoria reconcilia sus historias y la creatividad encuentra su chispazo. Laura Carstensen, atenta observadora de la psicología humana, lo explicó con sencillez: cuando la mente comprende que el tiempo es un bien finito, deja de acumular gente en la agenda y empieza a exigir sentido en el alma. Roxana no perdió la energía; solo aprendió a no regalarla a la trivialidad.

Antropológicamente, el sabio, el observador profundo que era el “chamán” de la tribu siempre necesitó dar dos pasos atrás del grupo para entender el significado del fuego. Estar un poco al margen no nos aísla: nos otorga la perspectiva del cronista. Decidir qué batallas pelear y a qué estruendos renunciar es un gesto de autoprotección alostática, ese elegante término con que la neurociencia nombra al simple acto de cuidar los nervios.

Tal vez por eso este aislamiento no empobrece, sino que afina la mirada. Con el paso de los años, las canas —esos relámpagos de experiencia— tejen una mente cada vez más poderosa que, de una u otra manera, deviene inevitablemente hacia la playa de la soledad. Nos devuelve esa capacidad casi olvidada de saborear los matices de una tarde cualquiera, de sentir esa brisa que ha jugado con los sauces, de conversar sin prisa con los pocos que quedan, de escucharlos y conocerlos más y de leer las líneas invisibles del propio pensamiento sin la interferencia del estrépito ajeno. Se trata de cambiar el murmullo de la multitud por la certeza de un abrazo sincero, entendiendo al fin que no nos falta tiempo, sino ganas de malgastarlo.

Este retiro voluntario se parece tanto a la marea de Pacasmayo cuando se aleja mansamente. La masa de agua se retira, sí, pero no para desaparecer, sino para dejar al descubierto una playa amplia, limpia y llena de conchitas y algas sobre esa arena que provoca pisarla. ¿Se habrá ido el mar para siempre o retornará con otro brío? Volverá, no me cabe duda. Pero no como una marejada turbia que todo lo arrastra, sino como una ola serena, sabia, que solo toca las orillas que verdaderamente vale la pena mojar.

 

jueves, 22 de octubre de 2026

EL PACTO CON EL LOBO (91)

EL PACTO CON EL LOBO

 


Jorge, con sus quince años, no temía a los ladrones ni a las sombras del camino; temía a la hermosa Simmy o, más bien, al abismo que se abría entre la certeza de su propio afecto y la fragilidad de la respuesta ajena. Frente al espejo, en la soledad de su cuarto, ensayaba discursos emocionantes. Gesticulaba, impostaba la voz y modelaba una valentía prestada que se evaporaba apenas se apagaba la luz tratando de proyectar su mejor imagen y conseguir el “sí” de su adorado tormento. Por las noches, la incertidumbre adoptaba la figura de un lobo voraz: un depredador invisible que devoraba sus ardientes anhelos y le dejaba el pecho habitado por la nada.

Como un Prometeo impregnado de colonia y cargado con una incipiente barba, cada pensamiento sobre el momento sagrado de la declaración equivalía a un águila desgarrándole las entrañas. La mínima posibilidad de un «no» se erigía como la cancelación tajante de su valor. Jorge desconocía que su cerebro, primitivo y protector, interpretaba el rechazo social como una amenaza existencial, activando la misma alarma biológica que la de un ancestro acorralado por una fiera. Para él no existía aún la terminología neurocientífica ni los manuales de gestión emocional; solo experimentaba la parálisis pura frente al precipicio de la angustia.

En el fondo, ese pavor adolescente prefiguraba el mismo fantasma que acosa hoy al profesional adulto: esa parálisis que experimenta el emprendedor antes de lanzar una propuesta decisiva, el miedo a la evaluación en la selva laboral o el temor del ejecutivo que vacila antes de tomar una decisión arriesgada. Cambian los escenarios, pero el lobo del rechazo sigue siendo la misma sombra ancestral.

Lolo, el amigo mayor y autoproclamado experto en «chicas», le había aconsejado que se arriesgara, que debía vencer al monstruo. Sin embargo, intentar aniquilar lo que habita en la propia naturaleza es una empresa imposible. Tras evaluar múltiples posibilidades y escenarios, Jorge entendió intuitivamente que la verdadera conquista no residía en la destrucción de la fiera, sino en su domesticación. Como aquel Francisco de Asís frente al terror de Gubbio, comprendió que no se trataba de huir ni de entablar una batalla sangrienta, sino de mirar al monstruo a los ojos y proponerle una tregua.

Decidió alimentar a su lobo no con carnes sangrientas, sino con la contemplación cotidiana de la dignidad. Miró a su padre, un hombre sencillo que avanzaba por la vida sin la menor vacilación visible, afianzado en el ritual silencioso del trabajo diario. Miró a su madre, capaz de una alquimia maravillosa que transformaba el presupuesto escaso en sustento para ocho hijos, manteniendo siempre un rostro sereno frente a las inclemencias. Comprendió entonces que la auténtica certeza no es la ausencia de duda, sino el hábito del afecto y del deber ejercidos a pesar de ella.

Fortalecido por esas certezas ajenas que poco a poco convirtió en propias, pactó con su fiera interior: el miedo seguiría allí, pero ya no como un devorador implacable, sino como un guardián de su propio temple. Al día siguiente, cruzó la calle hacia Simmy. El lobo caminaba a su lado, en absoluto silencio, amansado.

 

miércoles, 21 de octubre de 2026

EL ESPEJO... EL VERDUGO (P-21)

 EL ESPEJO… EL VERDUGO



¿Por qué nos miramos al espejo?

A cualquier edad, la mirada que lanzamos al verdugo espejo oculta un mecanismo tan antiguo como nuestra especie. Todos poseemos la facultad de apreciar la estética y nos pasamos la vida buscando un modelo que nos deje medianamente satisfechos. Sin embargo, en esa confrontación cotidiana entre la expectativa y la materia, el espejo casi nunca coopera. Notamos ausencias, imperfecciones y apariciones no invitadas. Queremos ver una simetría dictada desde adentro, pero el vidrio nos devuelve un diagnóstico frío.

Ahí está el Loco Sandro. A sus cuarenta y cinco años, el deporte ha cedido su lugar a una devota disciplina de bar en "El Sabroso" cada fin de semana. Frente al espejo, brocha en mano, contempla un rostro marcado por los estragos del tiempo. Realmente, Sandro no busca solo afeitarse; busca en su fisonomía los rasgos de estatus y vitalidad que la tribu solía valorar en el cazador primigenio. Pero la biología es obstinada. Como sugería Baruch Spinoza, tendemos a juzgar las cosas no por lo que son en su naturaleza, sino por el modo en que nos afectan. Sandro no ve simplemente una piel cansada, sino la confirmación de una decadencia que su propia química cerebral se niega a digerir.

Unas calles más allá, María Eugenia, de sesenta y dos años, sostiene su propia contienda en el gimnasio. Sume el estómago frente al espejo para que los leggings calcen como en el catálogo, pero la masa corporal solo logra redistribuirse en acentuados rollitos sobre la cintura. En su cerebro, los circuitos de procesamiento visual y la ínsula —encargada del esquema corporal— hacen un cortocircuito. El ser humano es un animal ritual del adorno, un primate que desde los albores de la civilización ha usado pigmentos, fajas y ropajes para desafiar el paso del tiempo y pertenecer al grupo. Nuestro común amigo Friedrich Nietzsche decía que nos rodeamos de ilusiones para no perecer a manos de la verdad. María Eugenia no pelea contra la lycra, sino contra la terca verdad del paso de las décadas.

La juventud, lejos de estar a salvo, experimenta la falla con mayor crueldad. Violeta, con sus hermosos dieciséis años, entabla un duelo a muerte con un par de mechones rebeldes, convencida de que ese peinado imperfecto desmorona su identidad. Mientras tanto, Richard, de dieciocho, casi listo para ir a la fiesta, se debate frente a un desagradable brote de acné en el centro del rostro, sopesando si reventarlo o confiar en la dudosa alquimia de la pasta dental. En la arquitectura cerebral adolescente, la amígdala hiperactiva y un sistema dopaminérgico hambriento de aprobación social transforman un grano o un cabello indomable en una amenaza existencial. La mirada ajena —real o imaginada— se procesa con la misma intensidad que un peligro físico. Arthur Schopenhauer, que seguro pasó por lo mismo, señalaba con agudeza que la mitad de nuestras preocupaciones nacen del afán por saber qué pensarán los demás de nosotros; en la pubertad, esa máxima se convierte en un dogma visceral.

Probablemente, desde que el primer homínido observó su figura distorsionada en un charco de agua, la comparación con el entorno y con la grey sembró la semilla de esta aprensión. Los modelos estéticos cambian con cada época, pero la pugna interior permanece. Es el conflicto entre la corteza cerebral, que fabrica ideales abstractos, y la realidad física que insiste en recordarnos nuestra condición terrenal. Esta batalla íntima puede desgastarnos hasta la descalificación o, por el contrario, obligarnos a templar la mirada. Al final, mirarse al espejo es intentar conciliar la ficción que llevamos dentro con la inevitable biología que nos habita.

 

lunes, 19 de octubre de 2026

EL ÚLTIMO TESTIGO DE LAS RETAMAS

 El último testigo de Las Retamas






Hay trayectos que no se miden en kilómetros, sino en la densidad de las ilusiones que se cargan en la maleta. En 1964, mis padres, Chalo Rodríguez Gutti y mi mami Estela Burgos, tomaron a sus cinco primeros hijos —Henry, Adi, las mellizas Carola y Cecilia, y yo— y dejaron el sereno puerto de Pacasmayo para adentrarse en la selva de Pucallpa. A mi padre lo habían ascendido a comisionado de arroz, marcando el inicio de un periplo que luego los llevaría por Cocachacra y Yurimaguas.

Corría el año 1966 cuando la vida le hizo un guiño definitivo a la familia. Era cerca del mediodía en la calle Libertad de Cocachacra. El sol ya empezaba a hacer de las suyas sobre el valle y el viento traía ese aroma dulzón e inconfundible de los cañaverales. Mi padre estaba sentado en su escritorio de la oficina —esa casa que era local de trabajo por delante y hogar por detrás— cuando sonó el teléfono negro de pared, de aquellos a los que había que darles vueltas a una manivela para comunicarse.

Nicomedes descolgó primero:

—Don Chalo, dicen que va a recibir una llamada de Lima.

Mi padre se levantó de un salto. Al otro lado de la línea, la voz de doña Marcia le anunciaba la comunicación desde la capital. Papá pensó de inmediato en alguna disposición administrativa de la empresa, alguna orden de rutina. Pero cuando le indicaron que debía viajar lo antes posible a Lima para firmar los documentos de la casa que el Fondo de Empleados le había asignado según su categoría, una luz de alegría súbita iluminó el recinto.

Procesó la información en silencio y, con sutil prudencia, pidió que se lo repitieran. Quería escuchar otra vez las palabras para terminar de creérselo: tenía que ir a la urbanización Los Recaudadores, en Salamanca, a elegir el hogar para los suyos. Al colgar, hizo lo que siempre hacía ante las grandes noticias de la vida: cruzó el umbral hacia la parte posterior de la casa y buscó a mi madre. Se lo contó con la voz contenida y se abrazaron muy fuerte. Sin necesidad de decir palabra, mirándose a los ojos, a ambos se les vino encima el recuerdo de cuando salieron de Pacasmayo hacia Pucallpa casi sin nada, habiéndolo vendido todo para empezar de cero. Hoy la vida les decía que tendrían un techo propio en la capital.

A las pocas horas, mi padre emprendió el viaje. Tuvo que abordar el viejo ómnibus de Cruz del Sur hacia Arequipa en un trayecto de tres a cuatro horas, con sus paradas obligadas en Chucarapi, El Fiscal, San José y El 48 hasta avistar la Ciudad Blanca. Al atardecer, tomó el bus directo a Lima para completar otras veinte horas de ruta.

A sus 36 años, en plena juventud y cargado de osadía, Papá Chalo contemplaba la noche por la ventanilla. Al ritmo del bamboleo del ómnibus, su memoria hilvanaba el pasado: las travesuras de la infancia correteando por las playas de Pacasmayo, la efervescencia de los años mozos y los acordes de ese piano familiar que le abrió puertas e ingresos cuando lo llamaban a tocar en orquestas de la región. Repasó el asombro de conocer la selva y agradeció en silencio a Dios y a su Virgencita de Guadalupe, a quien profesaba una devoción inquebrantable desde niño. Antes de dormitar, ajustó en su mente los planes conversados con Estela: el próximo destino laboral, sin falta, tenía que ser Lima.

A la mañana siguiente desembarcó en la capital. Fue a un hotel, se aseó con esmero, se puso el terno formal y enrumbó decidido a la oficina principal del Fondo. Al cruzar los pasillos, algunos conocidos lo saludaron con extrañeza: «¿Qué hace Chalo por acá?». Cuando le mostraron los planos de las viviendas correspondientes a su categoría, el dilema no se hizo esperar. Le ofrecían dos alternativas: una casa ya terminada en la calle Las Retamas o una ubicada a la espalda, en la calle Las Madreselvas. Frente a esta última no había nada aún, pues pertenecía a una futura etapa de construcción que prometía terrenos de mayor metraje.

Papá dudó. Miró los planos, sopesó los tiempos y la incertidumbre de un proyecto por levantar. ¿Y si la obra se retrasaba? Al no tener a su Estelita al lado para deliberar y compartir el riesgo, optó por la certeza. Prefirió lo seguro, tomó la pluma y firmó por la casa de la calle Las Retamas.

Tardamos unos años en habitarla mientras completábamos el tramo en Yurimaguas, pero en 1971, cuando mi padre decidió trasladarnos definitivamente a la capital, abrimos por primera vez la puerta de dos pisos en Los Recaudadores.

La alegría de aquel día fue un torbellino. Los hermanos irrumpimos con la furia dichosa de la infancia: las pisadas retumbaban sobre el parqué pulido, los ecos subían por las escaleras y las voces celebraban cada rincón.

—¡Mira, acá hay un baño! ¡Acá hay otro! ¡Este va a ser mi dormitorio! —gritaba Henry. Mientras Adita y las mellicitas correteaban por la sala, comedor y cocina

Yo, ignorando la prudencia, me trepaba por las rejas de la escalera en un despliegue de piruetas acrobáticas.

—¡Muchacho, ten cuidado! —advertía la voz serena de mi papá.

Y al fondo, la promesa del juego: un jardín enorme y verde.

—¡Qué bacán, Henry! ¡Aquí vamos a jugar pelota!

Y jugamos, vaya si jugamos.

Esa casa vio nacer a nuestra hermana menor, Magalli, completando la banda de los seis. Vio desplegarse la mesa larga de los domingos, donde los ocho nos sentábamos a compartir la vida. Cuando las conversaciones se encendían y las ganas de hablar se atropellaban, mi padre hacía sonar una pequeña campanita de metal para otorgar rigurosos turnos de palabra, mientras mi madre servía aquellos platos cuyos aromas aún puedo oler con solo invocarlos: el arroz con carnes, los tallarines sustanciosos o el humeante espesado.

Esa casa fue refugio, cobijo y el verdadero útero familiar. Por sus salas pasaron y encontraron cobijo hermanos de mi padre y de mi madre, sobrinos y nietos. Todos supieron de las interminables conversaciones, los discursos improvisados, las pasionales discusiones, las risas desbordadas, las parrillas en el jardín y los almuerzos de mesa tendida para la familia y los invitados de cada domingo.

Esa casa fue también una parte medular de nuestra propia identidad. Cuando de muchachos conocíamos a nuevas personas y surgía la inevitable pregunta: «¿Quién eres?» y, a renglón seguido: «¿Dónde vives?», el orgullo se nos desbordaba en el pecho al responder que nuestra casa estaba en Los Recaudadores, en Salamanca.

Aunque gran parte de la vida de mis hermanos transcurrió entre esos muros, la casa tuvo la generosidad de estirarse en el tiempo para albergar nuevas felicidades y abrazar a mi propia familia. Más tarde, al compartir con los míos la noticia de que la venta de la propiedad finalmente se había concretado, nos pusimos a sacar cuentas de nuestra propia historia en ella. Les dije que yo había vivido allí casi la mitad de mi vida. Nelia, mi esposa, hizo sus cálculos y sonrió: «Yo viví la tercera parte de la mía». Mis hijas, Fiorella y Vannia, coincidieron en que pasaron allí más de la mitad de sus vidas. Y entonces Morgana, la bisnieta de papá y mamá, atenta a la conversación, exclamó con un rapto de alegría inusitada teñido de dulce nostalgia: «¡Yo he vivido TODA mi vida en esta casa!». Y tenía razón: sus nueve años cumplidos justamente hoy han transcurrido bajo el amparo de este refugio. En sus risas correteando por el parqué, la casa volvió a rejuvenecer.

Como si el tiempo se negara a cerrar sus puertas sin antes bendecir a las nuevas raíces, la casa aguardó un último regalo. Lucas, el pequeño nieto de ocho meses de mi hermano Henry, nació en Alemania cuando Mami Estela y Papá Chalo ya habían partido. Sin embargo, retornó al Perú junto a sus padres y ha vivido aquí un par de meses, respirando la paz de estos muros y recibiendo el eco de aquel amor original. Hasta él, tan pequeño e inocente, alcanzó a gozar un poquito de esta casa.

Hoy nos encontramos frente al rito inevitable del despojo. Con dos de mis hermanos viviendo fuera de ella, no era posible ni sensato repartirla entre los seis. Además, estábamos cumpliendo un mandato sagrado. Mi padre, con esa sabiduría profunda y preventiva que siempre lo caracterizó, reflexionó alguna vez en vida: «No vaya a ser que mis hijos se peleen por un ladrillo». Desear que la casa se vendiera no fue una renuncia, sino un acto de amor supremo para preservar intacta la hermandad.

La casa será demolida pronto para dar paso a un edificio. No habrá extraños habitando nuestros viejos cuartos; sus paredes caerán de pie, habiendo cumplido su ciclo hasta el último suspiro. Es sobrecogedor ver cómo los muebles van saliendo uno a uno —la vitrina, el juego de sala, el comedor donde mi padre anotaba la fecha exacta de cada logro—. En el centro del salón desierto, solo queda el piano, como el último testigo guardián de nuestros domingos.

Cumplidos los deseos de mi padre —como el de haber esparcido ya sus cenizas en el mar de Pacasmayo, donde todo empezó—, hoy nos reunimos alrededor de una impersonal y reluciente mesa de Notaría. Al mirar a mis hermanos, veo en sus rostros una mezcla de seriedad y tristeza contenida; pero el espejo transparente de la vida me devuelve, intactas, esas caritas felices de niños que fuimos, creciendo al amparo pleno de papá y mamá.





No solo se ha ido una casa de paredes y techos; se va una porción invalorable de nuestras propias vidas. Que les vaya de lo mejor, queridos hermanos. La casa de Las Retamas se derrumbará en el aire, pero la historia de Chalo y Estela queda a salvo para siempre en la memoria de los seis que fuimos uno solo en su jardín.

 


DORMIR NO ES PERDER EL TIEMPO (P-20)

 DORMIR NO ES PERDER EL TIEMPO



Charito tuvo que trabajar hasta las tres de la mañana. Raúl se queda viendo una serie de Netflix hasta las dos. Manuel se fue de juerga y duerme apenas unas horas.

Al día siguiente los tres tendrán sueño. Pero no solamente estarán cansados.

Su cerebro también funcionará de otra manera.

Dormir es mucho más que cerrar los ojos. Durante el sueño ocurren procesos fundamentales para el aprendizaje, la memoria, la atención y la regulación emocional. Cuando reducimos demasiado ese tiempo, esos procesos se alteran.

Primero, se resiente la atención. Charito en su trabajo lee un informe y tiene que volver sobre el mismo párrafo. Raúl está con un cliente y pierde el hilo de la conversación. Manuel, al conducir, puede reaccionar más lentamente ante un imprevisto.

La falta de sueño aumenta esos pequeños «lapsos» en los que nuestra atención deja de funcionar con la eficiencia habitual.

También se afecta la memoria.

Podemos aprender durante el día, pero el sueño participa en la consolidación de aquello que aprendimos. Por eso, estudiar hasta la madrugada no necesariamente significa aprender más. A veces, después de estudiar, lo que necesitamos es dormir.

También se debilita el llamado control ejecutivo: la capacidad de planificar, controlar impulsos, cambiar de estrategia y tomar decisiones.

Por eso Charito puede cometer errores que normalmente no cometería, Raúl reaccionar impulsivamente y Manuel perder la paciencia.

No necesariamente se han vuelto otras personas.

Están tomando decisiones con un cerebro cansado.

Y aparece la emoción. Dormir poco puede hacernos más irritables, impulsivos y menos capaces de poner distancia entre lo que ocurre y nuestra reacción. Una discusión que normalmente terminaría con un «dejémoslo ahí» puede convertirse, después de una mala noche, en un problema mayor.

Hay algo todavía más profundo: durante el sueño el cerebro no está apagado. Está trabajando de otra manera.

Charito pasa el día aprendiendo y resolviendo problemas; mientras duerme, su cerebro ayuda a consolidar parte de esa información.

Raúl termina una jornada cargada de emociones; durante el sueño, su cerebro participa en el procesamiento y regulación de esas experiencias.

Manuel aprende algo nuevo; mientras duerme, su cerebro fortalece las conexiones relacionadas con ese aprendizaje.

Nosotros descansamos, pero el cerebro continúa trabajando silenciosamente: organiza, consolida, regula y mantiene.

Por eso, cuando recortamos el sueño, no estamos simplemente quitando horas a la cama. Estamos quitándole tiempo al cerebro para hacer aquello que necesita hacer mientras dormimos.

Por eso decir:

—No pasa nada, hoy duermo cuatro horas.

No es exactamente cierto.

Sí pasa algo.

El problema es que podemos acostumbrarnos subjetivamente al cansancio y no darnos cuenta de cuánto está disminuyendo nuestro rendimiento.

Y aquí aparece una paradoja extraordinaria:

podemos estar demasiado cansados para darnos cuenta de cuánto cansancio tenemos. Por eso dormir no debería ser considerado el tiempo que queda después de cumplir con todo.

Tal vez sea exactamente al revés.

Dormimos para poder hacer bien aquello que tendremos que hacer después.

Charito no pierde solamente horas de sueño. Puede perder atención.

Raúl no pierde solamente horas de cama. Puede perder memoria y capacidad de concentración.

Manuel no pierde solamente una noche. Puede levantarse con un cerebro menos preparado para decidir, reaccionar y controlar sus impulsos.

Entonces la pregunta cambia:

¿Cuánto de nuestro cerebro estamos dispuestos a sacrificar para tener unas horas más despiertos?

Porque, quizá dormir no sea una interrupción de nuestra vida.

Quizá sea una de las formas más importantes de prepararnos para vivirla.

 

LA RECONQUISTA DE LA FRESCURA (P-23)

  La reconquista de la frescura Durante décadas nos convencen de que cumplir años es un ejercicio de acumulación: más compromisos, más pre...