lunes, 6 de julio de 2026

¿QUIÉN SOY YO? (P-08)


¿Quién soy yo?

Hay preguntas que no envejecen ni pasan de moda. No importa cuántos siglos transcurran ni cuántos avances tecnológicos acumulen las sociedades. Permanecen allí, discretas, esperando el momento oportuno para aparecer. Una de ellas suele visitarnos cuando menos lo esperamos: mientras observamos una película, cuando regresamos solos a casa o en esos instantes en que el silencio parece tener algo que decirnos.

¿Quién soy yo?

La respuesta inmediata parece obvia. Soy quien ama a mis hijos, el que se preocupa por las cuentas del mes, el que se emociona cuando escucho una vieja canción o quien se asusta ante una mala noticia. Sin embargo, basta prestar un poco más de atención para advertir algo curioso.

Imagina a Hermi, que espera los resultados de un examen médico. La preocupación aparece y le oprime el pecho. O, a William, que acaba de discutir con un amigo y siente hervir la indignación. Ambos, experimentan emociones reales e intensas. Pero, al mismo tiempo, pueden reconocerlas. Pueden decir: “Estoy preocupada” o “Estoy molesto”.

Y aquí, surge una grieta fascinante en nuestra aparente certeza.

Si puedo observar mi preocupación, ¿soy únicamente esa preocupación?

Si puedo reconocer mi enojo, ¿soy solamente ese enojo?

Sabemos que nuestro cerebro es una extraordinaria maquinaria de interpretación. Procesa información, anticipa escenarios, construye recuerdos y genera emociones con una eficacia asombrosa. Pero, también nos permite tomar distancia de lo que sentimos y poder observarlo. Es una capacidad tan cotidiana que, pocas veces nos detenemos a admirarla.

Sobre este misterio reflexionó durante décadas el sabio hindú Ramana Maharshi. Su propuesta era desconcertantemente simple. Cuando alguien decía: “Tengo miedo”, él preguntaba: “¿Quién tiene miedo?”. Y cuando la persona respondía “yo”, volvía a preguntar: “¿Quién soy yo?”.

No buscaba una definición académica ni una explicación filosófica. Invitaba a dirigir la mirada hacia quien experimenta la experiencia.

Tal vez, por eso la pregunta resulta tan inquietante. Porque, cada respuesta parece abrir una puerta nueva.

¿Soy mis recuerdos? Si fuera así, ¿quién sería cuando algunos comiencen a desvanecerse? ¿Soy mis emociones? Entonces, ¿por qué cambian tantas veces en un mismo día? ¿Soy mi profesión? ¿Mi nombre? ¿Mi historia?

Quizá somos, al mismo tiempo, el actor y el espectador. El que ríe y el que advierte que está riéndose. El que sufre y el que observa su propio sufrimiento.

Hay tardes en que un cimbreante viento mueve las ramas de un árbol y nadie le presta atención. Sin embargo, quien observa con calma descubre que detrás de ese movimiento sencillo hay algo profundamente revelador: todo cambia. Las hojas cambian, caen, las estaciones cambian, nosotros cambiamos.

Y, aun así, permanece la pregunta.

Tal vez, esa sea su verdadera función. No ofrecer una respuesta definitiva, sino mantener despierta la curiosidad. Recordarnos que, detrás de las rutinas, los apuros y las certezas de cada día, existe un territorio inexplorado que llevamos con nosotros desde el nacimiento.

Un territorio que comienza con tres palabras sencillas y extraordinarias:

¿Quién soy yo?

  

jueves, 2 de julio de 2026

MIS CÉLULAS ME ESTABAN ESCUCHANDO (75)

 MIS CÉLULAS ME ESTABAN ESCUCHANDO



Antes de que la rabia tomara completamente el volante, apareció una canción. Iba camino a recoger a mi nieta Morgana al colegio Weberbauer. La congestión en la avenida Canadá para ingresar al trébol de la avenida Javier Prado era, como tantas veces, una batalla urbana. Ómnibus atravesándose sin aviso, colectivos piratas jugando a inventar carriles, motocicletas apareciendo por donde físicamente parecía imposible. Un cuento de nunca acabar.

El tráfico en Lima tiene algo de examen psicológico. Basta avanzar unos metros para descubrir quiénes somos realmente cuando sentimos que el otro invade nuestro espacio. Y, allí estaba yo, atrapado entre bocinazos, humo y una lenta procesión de impaciencia humana, sintiendo cómo comenzaban a mezclarse emociones poco elegantes: enojo, irritación, revancha. Sí, revancha. Porque cuando alguien mete violentamente su vehículo en tu carril, una parte primitiva del cerebro deja de pensar en normas y empieza a pensar en territorio.

Entonces en la radio sonó “Reflexiones de mi vida”, del grupo Mermelada. Hay canciones que no llegan como música, sino como memoria. Y, mientras avanzaba apenas unos centímetros, regresó a mi mente un video del médico y conferencista español Mario Alonso Puig diciendo: “Las células escuchan nuestros pensamientos”.

Y me sentí descubierto.

Porque, mientras escuchaba aquella idea, mi cuerpo entero estaba haciendo exactamente lo contrario a lo que necesitaba. Mis manos endurecidas sobre el timón. La mandíbula tensionada. El corazón acelerando innecesariamente. El cerebro liberando sustancias químicas como si estuviera escapando de un depredador y no simplemente intentando cruzar una avenida limeña a las tres de la tarde.

Qué contradicción tan humana: saber algo y no poder aplicarlo inmediatamente.

La neurociencia explica que el cerebro no distingue tan fácilmente entre un peligro real y uno interpretado emocionalmente. Para nuestras neuronas, aquel conductor invasivo puede convertirse, durante unos segundos, en una amenaza directa. El cuerpo responde entonces con cortisol, adrenalina, tensión muscular y pensamientos defensivos. Es decir, nuestras células escuchan no solo lo que pensamos, sino también cómo interpretamos el mundo.

Y Lima, hay que decirlo, interpreta nuestra paciencia todos los días.

Pensé entonces en algo curioso: quizá el verdadero tráfico no estaba afuera sino dentro de mí. Afuera había autos disputándose centímetros; dentro, emociones disputándose el control. La ira queriendo acelerar. La prudencia intentando respirar. La memoria musical tratando de suavizar el instante. Y una frase persistente recordándome que cada pensamiento deja una pequeña huella biológica. Tal vez, por eso envejecemos también desde ciertas emociones. No es casual que muchas personas vivan cansadas incluso sin haber hecho demasiado esfuerzo físico. El resentimiento agota. La tensión continua enferma. El miedo sostenido desgasta silenciosamente. El cuerpo escucha todo: incluso aquello que fingimos manejar bien.

Mientras avanzaba lentamente, comprendí que no podía controlar el caos vehicular. Tampoco, la imprudencia ajena. Pero, sí podía decidir qué conversación tendrían mis células conmigo aquella tarde. Entonces aflojé las manos del volante. La canción seguía sonando. Pensé en Morgana esperando la salida del colegio. Pensé en papá diciéndome que uno siempre termina pareciéndose demasiado a aquello que repite todos los días. Pensé que, quizá, vivir también consiste en aprender a no convertir cada pequeño desorden cotidiano en una guerra personal. Llegué algunos minutos después. La ciudad seguía siendo la misma.

Pero yo, ya no.

lunes, 29 de junio de 2026

¿QUÉ NOS ESTÁ PASANDO? Cuando el mundo corre más rápido que la mente. (P-07)

 ¿QUÉ NOS ESTÁ PASANDO? Cuando el mundo corre más rápido que la mente.

Hace algunos días en Lima, circuló en las noticias, algo insólito e inquietante. Un joven cliente enfurecido atacó a golpes a dos barberos, porque no le agradó el corte de cabello que le habían realizado. No se limitó a reclamar. Golpeó a uno de los trabajadores y su furia arreció contra el segundo, utilizó un ventilador y un secador de cabello, provocó destrozos en el local y dejó a uno de los barberos con lesiones de consideración en el hospital.

La pregunta surge de inmediato: ¿qué puede llevar a una persona a reaccionar de manera tan desproporcionada por algo tan trivial?

No se trata de un caso aislado. Basta observar cualquier ciudad. Dos automovilistas rozan sus vehículos y en cuestión de segundos la discusión escala a insultos, amenazas o incluso agresiones físicas. Jaime pierde la paciencia en una fila. Robert enfrenta a un trabajador, porque el vuelo se retrasó. Situaciones pequeñas producen reacciones gigantescas.

El problema no parece estar en el corte de cabello ni en el roce de los automóviles. Como suele ocurrir, la causa profunda se encuentra en otro lugar.

Vivimos una época marcada por la ansiedad, la incertidumbre y la sobrecarga emocional. El cerebro humano no fue diseñado para procesar la cantidad de estímulos que recibe diariamente. Sin embargo, cada mañana abrimos los ojos y antes de levantarnos ya estamos revisando WhatsApp, Facebook, TikTok, Instagram, X o alguna de las nuevas aplicaciones que aparecen casi semanalmente.

Hubo un tiempo en que Quelo necesitaba resolver una duda y acudía a los tomos de la Enciclopedia Temática, la Enciclopedia ´Lo sé todo´ o al Diccionario Larrouse. La información llegaba lentamente. Había que buscarla, leerla y reflexionarla.

Hoy, Jonny despierta y en menos de diez minutos ha consumido más información que la que una persona promedio recibía en varios días hace apenas unas décadas. Noticias, videos, opiniones, rumores, publicidad, escándalos, recomendaciones, alertas y mensajes compiten simultáneamente por su atención.

La paradoja es sorprendente: nunca habíamos tenido tanto acceso al conocimiento y, sin embargo, nunca había sido tan fácil estar desinformados.

Titi escucha a sus nietos hablar de ChatGPT, Gemini, Claude, DeepSeek o Perplexity. Apenas comienza a familiarizarse con una tecnología cuando ya aparece otra. Muchas personas sienten que el mundo corre delante de ellas. No porque carezcan de capacidad intelectual, sino porque la velocidad del cambio supera la capacidad humana de adaptación.

A ello, se suma un problema aún más serio. Gran parte de la información que circula carece de filtros rigurosos. Antes, un libro pasaba por editores, correctores y especialistas. Hoy, cualquiera puede grabar un video de treinta segundos y presentarse como experto en medicina, economía, política o psicología.

Luchito abre una red social para distraerse unos minutos. Encuentra un supuesto especialista que afirma que el café es perjudicial para la salud. Minutos después otro asegura exactamente lo contrario. Más tarde, aparece un tercero que sostiene que ambos forman parte de una conspiración internacional. Después de media hora, Luchito termina más confundido que informado.

La lectura también ha cambiado. Leemos titulares, fragmentos, frases aisladas y comentarios breves. Escaneamos contenidos en lugar de profundizar en ellos. Sabemos muchas cosas superficialmente, pero comprendemos pocas con verdadera profundidad.

Las consecuencias se reflejan en nuestras conversaciones. Cada vez resulta más difícil escuchar argumentos distintos sin reaccionar emocionalmente. Víctor comparte una noticia convencido de que es cierta. Días después, aparecen evidencias contundentes que demuestran que era falsa. Sin embargo, continúa defendiéndola. No, necesariamente por mala fe. El cerebro humano tiende a aferrarse a las ideas que refuerzan sus creencias previas y rechaza aquello que las contradice.

Cambiar de opinión exige algo que escasea en estos tiempos: humildad intelectual.

La situación se agrava cuando observamos el escenario social. La mentira pública ya no parece generar el rechazo que producía antes. Los eufemismos sustituyen a las palabras directas. Un error grave se convierte en una simple "falta". Una falsedad evidente pasa a llamarse "otra narrativa". Los hechos se relativizan y las certezas se vuelven borrosas.

Todo ello genera una sensación permanente de inseguridad. Y la incertidumbre es uno de los mayores generadores de ansiedad que conoce el cerebro humano.

Quizá, el hombre que golpeó a los barberos no reaccionó únicamente por un mal corte de cabello. Tal vez, llevaba consigo preocupaciones económicas, tensiones familiares, frustraciones laborales, miedos acumulados y una mente saturada por miles de estímulos que jamás encontró tiempo para procesar. Nada de ello justifica la violencia. Pero, sí ayuda a comprender el contexto en que vivimos.

La verdadera pregunta no es qué le ocurrió a aquel cliente enfurecido. La pregunta es qué nos está ocurriendo como sociedad.

Hemos aprendido a producir información a velocidades extraordinarias. Hemos creado tecnologías capaces de responder preguntas en segundos. Podemos comunicarnos instantáneamente con cualquier lugar del planeta. Pero, todavía no aprendemos algo mucho más importante: cómo convivir con semejante abundancia de información sin sacrificar nuestra serenidad, nuestra capacidad de reflexión y nuestra salud mental.

Quizá, el desafío más urgente de nuestro tiempo no sea acceder a más datos, sino recuperar la pausa. Porque, una sociedad que recibe millones de mensajes cada día, pero que rara vez encuentra tiempo para pensar sobre ellos, corre el riesgo de saber cada vez más y entender cada vez menos.

 

domingo, 28 de junio de 2026

EL ÁNGULO QUE DESPIERTA (C-04)

 EL ÁNGULO QUE DESPIERTA

Un par de personas caminando en la calle

El contenido generado por IA puede ser incorrecto.

El ángulo que despierta

Camino hasta que el tiempo, con esa autoridad que solo tiene cuando se cansa, me pide quedarme. Aquella tarde obedecí.

Ya lo sabía —aunque finja sorpresa—: esas casonas no fueron levantadas solo para alojar cuerpos dóciles. Los arquitectos, magos con regla y ego bien planchado, dejaron trampas de belleza, ecuaciones de espera. Construyeron esquinas que miran de reojo, curvas que fingen nostalgia, ángulos que practican una paciencia mineral hasta que alguien —cualquiera— los termina con su paso.

El oponente vivía allí desde hacía décadas. Tenía forma corpórea, aunque nadie se molestaba en nombrarlo. ‘El Ángulo Muerto’.

Una esquina levemente fuera de escuadra, de esas que no salen en las postales ni en los mapas turísticos. Se desplazaba cuando nadie la miraba —como hacen las cosas importantes—. Hecha de sombra y cal, se alimentaba del Olvido. No del olvido trágico, no: del melifluo, del cómodo.

Los que pasaban creían que la ciudad se volvía bella. En realidad, se volvía inofensiva.

Entonces llegó Nelia. Arequipeña. Electricidad volcánica bajo la piel y una calma que desmiente incendios. Nació en equinoccio —23 de septiembre—, cuando el mundo ensaya el equilibrio y casi siempre falla. Su andar pausado activó proporciones dormidas. Las fachadas respiraron, a regañadientes. La luz, como si entendiera algo tarde, cambió de tono.

El Ángulo Muerto se tensó. Se vio impelido a salir de su escondite: una arista negra desprendida de un palacio, un pliegue de piedra con hambre antigua.

No hubo grito.

Nunca lo hay cuando ocurre lo verdadero.

La sombra avanzó, convencida de su oficio. Pero, al tocarla sucedió lo incómodo: la electricidad de su origen no quemó. Ordenó.

El ángulo se alineó, casi con vergüenza. La esquina recordó su sitio. El Olvido, sorprendido, perdió densidad y se volvió polvo de luz —esa forma elegante de desaparecer.

¡Ahí entendí el legado!

No era un objeto ni una herencia que se exhibe. Era una facultad incómoda: la capacidad de devolver sentido donde la forma se ha vaciado; de reconciliar lo humano con lo construido, sin pedir permiso; de caminar y, sin proponérselo, desmentir la ciudad.

Nelia siguió su camino sin saberlo —como hacen los verdaderos operadores del milagro—. El paseo recuperó su ruido, su prisa, su selfie.

Yo me quedé un segundo más, guardando el ahora, que es un acto subversivo.

Desde entonces, cuando una presencia justa cruza una esquina precisa, Barcelona duda de sí misma. Y yo, callejero, sonrío con ironía tranquila: los magos acertaron.

El legado no se hereda.

Camina.

 

jueves, 25 de junio de 2026

¿POR QUÉ YA NO NOS MIRAMOS A LOS OJOS?: El verdugo del índice (74)

 ¿POR QUÉ YA NO NOS MIRAMOS A LOS OJOS?: El verdugo del índice




—¡Mírame cuando te hablo! —

No hacerlo era casi un acto de rebeldía en los años sesenta. Una falta de respeto. Un pequeño motín familiar contra las buenas costumbres. En muchos lugares del Perú, las llamadas telefónicas pasaban por una central, el telegrama seguía vigente y no todos tenían teléfono en casa. Por eso, la comunicación interpersonal era intensa, inevitablemente humana.

La gente se saludaba de vereda a vereda. Las calles tenían menos ruido y más rostros. A las damas y a los mayores se les cedía el lado de la pared. Había tiempo para reconocer quién venía caminando a lo lejos. Las conversaciones gozaban de algo que hoy parece artículo de museo: atención sostenida. Uno escuchaba y esperaba prudentemente el turno para hablar.

Hoy, la escena es distinta.

Caminamos rápido. Vemos, pero no miramos. Mucho menos contemplamos. Cabeza gacha, ojos clavados en el celular, avanzamos por cualquier lado de la vereda como si la ciudad fuera una pista de obstáculos. Los mayores incomodan, porque avanzan lento. Don Gonzalo intenta cruzar la calle mientras un ejército de jóvenes lo esquiva sin levantar la vista de la pantalla.

El índice se ha convertido en verdugo profesional: pasa inmisericordemente de noticia en noticia, de video en video, de aplicación en aplicación. Somos como aquellas piedrecitas planas que lanzábamos al mar para ver cuántas veces rebotaban antes de hundirse. Solo que, ahora el rebote ocurre dentro de nuestra cabeza.

¿Hay conversaciones? Más bien, hay ansiedad.

Basta escuchar el sonido de una notificación para que el cuerpo entre en alerta. La neurociencia explica que cada mensaje activa circuitos de recompensa relacionados con la dopamina, neurotransmisor vinculado al placer y la expectativa. El cerebro aprende rápidamente que detrás de cada vibración podría venir una sorpresa. Y queda atrapado buscando la siguiente.

Por eso, nos cuesta sostener la atención. La corteza prefrontal, encargada de concentrarse y reflexionar, termina fatigada por el exceso de estímulos. Saltamos de un tema a otro sin profundizar en ninguno. Sabemos de todo un poco y comprendemos cada vez menos.

El filósofo Byung-Chul Han sostiene que vivimos en una sociedad agotada por la hiperestimulación. Yo sospecho que también vivimos en una sociedad incapaz de quedarse quieta, siempre está ansiosa. Blaise Pascal decía que gran parte de los problemas humanos nacen de no saber permanecer solos en silencio dentro de una habitación. Hoy, ni siquiera entramos al baño sin llevar el celular.

¿Y el saludo? ¿Y la contemplación del mundo?

Las pantallas nos han absorbido lentamente. Mientras tanto, la tarde sigue cayendo hermosa sobre la ciudad… aunque, ya casi nadie levante la mirada para verla.

 

lunes, 22 de junio de 2026

DECIR LA VERDAD ES MOLESTO (P-06)

 *Crónica de una incomodidad compartida*



Hay verdades que entran a una habitación como una ráfaga de viento. No rompen nada, pero desordenan. Mueven las cortinas de las costumbres, levantan el polvo de las creencias y obligan a mirar aquello que preferíamos mantener oculto. Quizá por eso decir la verdad suele resultar incómodo. No porque sea agresiva, sino porque tiene la extraña costumbre de iluminar rincones que muchos preferirían conservar en penumbra.

El despertador suena a las 6:30 a.m. En la cocina, Rosa pregunta: «¿César, me queda bien este pantalón?». Sabe que la respuesta honesta desatará un silencio gélido, así que dice “te ves genial”. En la oficina, el jefe presenta una idea catastrófica. Todos asienten como muñecos. Jorge susurra “es una locura”, pero nadie lo dice en voz alta.

¿Por qué nos cuesta tanto la honestidad? Porque decir la verdad es un acto profundamente molesto.

Durante miles de años, sobrevivir dependía de mantener el grupo unido. Decir algo que generara conflicto podía significar quedar fuera del círculo, y quedar fuera del círculo, en la prehistoria, podía significar morir de hambre o ser presa fácil. Por eso, evolutivamente, mentir un poco —o callar mucho— se volvió una estrategia de cohesión social más que un defecto moral. La evolución nos diseñó para encajar, no para tener la razón.

La antropología responde: supervivencia. Miles de años manteniendo el grupo unido. Una verdad incómoda podía costar el destierro.

Las neurociencias lo confirman. Cuando anticipamos decir algo desagradable, se activa la ínsula, la misma región que procesa el dolor físico. Y al escuchar una verdad cruda, se activa la amígdala, la zona del pánico. Literalmente, una verdad incómoda duele como un golpe, ya sea que la digamos o la recibamos.

Pienso en Platón y su alegoría de la caverna: al que baja a decir que solo ven sombras, lo destierran. Hoy no nos destierran, pero aplican la ley del hielo o la cancelación en redes. Si tomaran un café Nietzsche y Sam Harris coincidirían en que la mentira social funciona como un lubricante: permite que la maquinaria humana funcione sin fricciones constantes. Pero, ese lubricante tiene un costo. Cada mentira pequeña —"no pasa nada", "todo bien"— construye una distancia microscópica entre las personas, que con el tiempo se acumula.

Y aquí, entra la intuición colectiva, esa sabiduría de la calle. El panadero, la cajera, el taxista, el amigo que dice “se ve increíble” sobre un platillo que salió mal: todos operamos bajo el mismo pacto tácito de amabilidades prefabricadas. Porque, la verdad desnuda exige un gasto emocional que nadie quiere pagar un lunes por la mañana.

Pero, esa verdad no desaparece por evitarla; se acumula. Como dice doña Enriqueta en el mercado, mientras pela tomates: “La verdad es como el ají: pica, pero a veces te limpia la garganta”. Quizás, el secreto no sea ser brutalmente honestos, sino aprender a sostenerla con un poco de compasión. Esa honestidad cotidiana, dicha casi en un susurro, es quizá la más valiente de todas.

jueves, 18 de junio de 2026

EL "NO" QUE SALVA SILENCIOSAMENTE TU VIDA (73)


El “NO” que salva silenciosamente tu vida

Iba en el bus junto a mi amiga Liliana Bianco, salíamos de Pacasmayo rumbo a Trujillo. Afuera, el paisaje costeño parecía avanzar con esa calma engañosa de las carreteras largas, mientras dentro del vehículo la conversación tomaba otro rumbo. De pronto, Liliana me preguntó:

—¿Qué pasa con nuestro cerebro cuando escucha la palabra “NO”? ¿Es bueno… o es malo?

Me quedé mirando las interminables dunas del desierto norteño mientras buscaba una respuesta. Porque, el “NO” tiene mala fama. Desde niños lo asociamos al castigo, a la prohibición, al rechazo. “No hagas eso”. “No corras”. “No toques” o el terrible “No puedes”. Quizá por eso muchos adultos crecen intentando evitarlo, como si decir “NO” fuera una forma de violencia silenciosa.

Pero, el cerebro humano no siempre lo interpreta así. A veces, el “NO” es un acto de supervivencia.

Si alguien grita: “¡NO CRUCES!”, mientras un automóvil se aproxima, la mente no se detiene a debatir significados. Allí actúa la amígdala cerebral, esa antigua centinela emocional que reacciona antes que la razón. El “NO” se convierte en un freno biológico instantáneo. En esos segundos, no es una palabra negativa: es un salvavidas. Sin embargo, fuera del peligro físico, el “NO” adquiere otra dimensión más profunda y cotidiana. Aprender a decirlo es una forma de cuidar la propia salud mental. Hay personas que aceptan todo: favores interminables, reuniones innecesarias, conversaciones invasivas, compromisos que no desean. Y cada “sí” obligado va dejando pequeñas grietas invisibles en el cerebro emocional.

La neurociencia ha demostrado que el estrés sostenido no proviene solamente de los grandes problemas, sino también de esas renuncias diarias a uno mismo. Curiosamente, el pequeño malestar de decir:

“Te agradezco, pero esta vez no podré”, produce menos desgaste emocional que soportar en silencio aquello que no queremos hacer.

Decir “NO” no siempre es rechazar al otro. A veces, es rescatarse a uno mismo.

Existe además una hermosa paradoja: cada vez que pronunciamos un “NO” consciente, en realidad estamos diciendo un enorme “SÍ”.

“No” a quedarnos atrapados trabajando hasta la madrugada, es “Sí” a caminar tranquilos al atardecer.

“No” a relaciones que asfixian, es “Sí” a la paz interior.

“No” al ruido constante, es “Sí” al silencio donde uno vuelve a escucharse.

Quizá. la sabiduría no consista en vivir diciendo no a todo, ni tampoco en regalarle el sí al mundo entero. El verdadero equilibrio está en comprender que el “NO” también puede ser una forma de amor: amor propio, amor al tiempo, amor a la calma.

Porque, hay palabras que cierran puertas.

Pero, también existen “NO” que abren la posibilidad de vivir bajo nuestros propios términos.


 

¿QUIÉN SOY YO? (P-08)

¿Quién soy yo? Hay preguntas que no envejecen ni pasan de moda. No importa cuántos siglos transcurran ni cuántos avances tecnológicos acum...