lunes, 12 de octubre de 2026

LA VEJEZ ACTIVA (P-18)

 LA VEJEZ ACTIVA



Adolfo pasa buena parte del día sentado en su mecedora mirando videos en el celular. Espera la hora del lonche y, después, se echará en la cama para ver su telenovela de las nueve de la noche. Durante la mañana no ha querido salir. A las justas se asomó al patio.

Su esposa, Patricia, ha dado algunas vueltas por la casa, mirando qué hacer, pero tampoco encuentra algo que realmente la entusiasme. Ya no se arreglan para salir. Se sienten cansados y aburridos.

Y, sin embargo, no siempre fueron así.

Hubo un tiempo en que casi todos los fines de semana tenían algún compromiso: un cumpleaños, un almuerzo familiar, una reunión con compañeros de trabajo o una tarde con amigos. Escuchaban música, conversaban, se reían. Pero, poco a poco comenzaron las excusas.

—¿Dónde vamos a estacionar el carro?

—Está haciendo mucho frío.

—Estoy cansada.

—Mejor nos quedamos.

Y, también apareció una razón dolorosa: algunos de sus amigos de siempre ya no estaban.

Sin darse cuenta, fueron reduciendo su mundo. La sala reemplazó a la calle, la mecedora a las caminatas, Netflix ir de visita y el celular a las conversaciones.

Ese es uno de los peligros: creer que envejecer significa sentarse a esperar.

Pero, una vejez activa no exige correr una maratón ni levantar pesas. Cada cuerpo tiene sus posibilidades. Para algunos será caminar veinte o treinta minutos; para otros, dar una vuelta a la manzana, subir lentamente algunos escalones o bailar dos canciones. Quien no pueda caminar puede realizar movimientos sentado: mover brazos y piernas, levantar suavemente los talones, abrir y cerrar las manos o practicar ejercicios adecuados a su condición.

No se trata de competir con nadie ni de demostrar que todavía podemos hacer lo que hacíamos a los treinta años. Se trata de no renunciar, antes de tiempo, a aquello que todavía podemos hacer.

El movimiento ayuda a conservar fuerza y movilidad, favorece el funcionamiento cardiovascular y respiratorio y contribuye al bienestar general. Desde las neurociencias sabemos también que la actividad física beneficia al cerebro y favorece procesos relacionados con el estado de ánimo.

Pero, mantenerse activo no es solamente mover el cuerpo. El cerebro también necesita salir de la mecedora, aunque el cuerpo no siempre pueda hacerlo.

Patricia podría recuperar el gusto por arreglarse y visitar a una amiga. Adolfo podría volver a escuchar Have You Ever Seen the Rain?, aquella balada de rock que bailó con tanto entusiasmo cuando era joven. Pueden leer juntos unas páginas de una novela, resolver un crucigrama, jugar dominó, armar un rompecabezas, aprender a usar mejor las nuevas aplicaciones del celular o llamar a alguien a quien hace tiempo no ven.

Si salir resulta difícil, la vida no tiene por qué detenerse dentro de cuatro paredes. Se puede escribir una carta, ordenar fotografías y contar la historia de cada una a los nietos, cultivar una planta, cocinar una receta olvidada, tejer, pintar, cantar o aprender algo que siempre quedó pendiente.

El filósofo romano Cicerón reflexionó sobre la vejez y se negó a considerarla, por sí misma, en una desgracia. Entendía que, cuando la fuerza física disminuye, permanecen otras riquezas: la experiencia, el juicio, la capacidad de aconsejar y una mente que todavía puede seguir aprendiendo.

Quizá, entonces, la pregunta no sea solamente cuántos años tenemos, sino qué seguimos haciendo con los años que tenemos.

Porque, no todos podremos hacer lo mismo. Esa es una realidad. Pero, casi todos podemos encontrar alguna manera de seguir participando: con el cuerpo que tenemos, con la salud que conservamos y con las posibilidades que la vida nos permite.

Adolfo y Patricia todavía podrían comenzar mañana. Quizá, no con un gran viaje ni con una fiesta. Bastaría con algo sencillo: quitarse el pijama, arreglarse, poner aquella canción que les devuelve los años jóvenes y los hacía bailar, y decidir salir, aunque solo sea hasta la esquina.

Los años pasan inevitablemente. Pero, la verdadera derrota comienza cuando dejamos de buscar, dentro de nuestras posibilidades, una razón para levantarnos de la mecedora y seguir participando en la vida.

 

¿QUIÉN ESCUCHA AHORA NUESTRAS PREGUNTAS? (89)

 ¿QUIÉN ESCUCHA AHORA NUESTRAS PREGUNTAS?



Hace algunos años era común ver perros caminando solos por las calles de mi urbanización. Tenían dueño, pero también una extraña libertad. Salían a recorrer las calles y, al caer la tarde, regresaban a casa. Hoy, la escena es muy distinta. Las mascotas ocupan un lugar privilegiado dentro de la familia. Tienen coche, ropa, seguros médicos y hasta celebran cumpleaños. Algunas, incluso reciben millonarias herencias. Al mismo tiempo, muchas parejas jóvenes deciden no tener hijos y vuelcan su afecto en un animal de compañía. Más sorprendente aún: cada vez más personas prefieren conversar con una inteligencia artificial antes que con otro ser humano.

Las relaciones están cambiando silenciosamente. No solo cambian nuestras costumbres; también cambia la forma en que buscamos compañía, alivio y respuestas.

Las consultas más frecuentes a la inteligencia artificial giran alrededor de dos grandes temas: la salud y el amor. No es casualidad. Son los ámbitos donde más vulnerables nos sentimos. Antes, ante un malestar, preguntábamos al familiar que había vivido una experiencia similar, luego al farmacéutico del barrio y finalmente al médico. Hoy, el primer interlocutor suele ser una pantalla capaz de responder en pocos segundos.

Con el amor ocurre algo parecido. Entre muchos jóvenes, la inteligencia artificial se ha convertido en confidente, consejera y hasta redactora de mensajes sentimentales. Antes, ese lugar lo ocupaban los amigos, una hermana mayor o la tía de confianza. Hoy, muchas conversaciones que fortalecían los vínculos humanos terminan depositadas en un algoritmo.

Existe un fenómeno del que casi no hablamos: el desplazamiento de los confidentes. De niños acudimos a nuestros padres; luego a los maestros, los amigos y la pareja. Más tarde llegaron la radio, los periódicos, Internet y ahora la inteligencia artificial. Nunca habíamos sustituido tan rápidamente a las personas por una tecnología.

La paradoja aparece cuando observamos a los adultos mayores. Mientras los jóvenes preguntan cómo conquistar a alguien, muchos ancianos simplemente buscan a quien los escuche. Sus hijos viven ocupados, sus nietos tienen prisa y muchos de sus amigos ya no están. La inteligencia artificial recuerda el nombre de la esposa fallecida, continúa conversaciones anteriores y revive recuerdos compartidos. No porque sienta afecto, sino porque conserva el contexto del diálogo. Para quien vive en soledad, esa continuidad puede convertirse en un verdadero consuelo.

Cuando Aristóteles enseñaba caminando con sus discípulos, recordaba que el ser humano es social por naturaleza. Las neurociencias confirman hoy esa intuición: ser escuchados reduce la sensación de amenaza, regula nuestras emociones y fortalece nuestro bienestar. Una conversación auténtica transmite mucho más que información; comunica presencia, comprensión y afecto.

La inteligencia artificial no está reemplazando las relaciones humanas; está ocupando los espacios que nosotros hemos dejado vacíos. Tal vez, el gran desafío de nuestro tiempo no sea construir algoritmos más inteligentes, sino volver a estar disponibles para escuchar. Porque ninguna tecnología, por extraordinaria que sea, podrá sustituir el inmenso valor de una presencia humana.

 

lunes, 5 de octubre de 2026

CUANDO LAS CARTAS LLEGABAN A PIE (P-17)

 CUANDO LAS CARTAS LLEGABAN A PIE


CUANDO LAS CARTAS LLEGABAN CAMINANDO

Hay personas cuya manera de caminar termina formando parte del paisaje.

Durante años vi a un hombre recorrer las calles de Salamanca y de mi urbanización Los Recaudadores con unas largas zancadas que parecían ir siempre un poco más aprisa que el resto del mundo.

Vestía un pantalón azul que dejaba ver los tobillos, camisa beige de mangas largas, corbata azul y un quepí que apenas lograba contener su abundante cabello ensortijado. Algunos rizos rebeldes escapaban constantemente y bailaban con el viento, como si también ellos disfrutaran del recorrido. En la oreja izquierda llevaba siempre un lapicero. Del hombro colgaba un enorme maletín de cuero. No era un simple adorno; era un pequeño universo de sobres, postales, giros y esperanzas. Sus zapatos negros, de gruesas suelas de cuero, parecían pesar más que él mismo. Sin embargo, jamás perdían el compás de aquella caminata que era casi una carrera. Me hacía recordar las largas zancadas de Lorenzo Parachoques.

Era cerca del mediodía y llegaba de la Universidad Ricardo Palma, todavía con la imagen de la guapa señora con la que me había cruzado. Los años setenta tenían un sabor distinto y peculiar, como si el tiempo transcurriera con otra música. A esa hora las calles eran un remanso de tranquilidad. Apenas se escuchaba algún motor a la distancia, el ladrido ocasional de un perro o el canto persistente de un canario escondido entre los jardines.

Las señoras regaban las plantas de sus casas. El vendedor de huevos avanzaba lentamente empujando su carretilla de madera. Un poco más tarde aparecía la señora de las frutas y verduras anunciando su presencia con esa voz que todos reconocíamos desde varias cuadras antes. Los chicos jugaban sin prisa y los vecinos sabían perfectamente quién vivía en cada casa, quién recibía visitas y hasta quién necesitaba una taza de azúcar o una mano para empujar el automóvil que se negaba a arrancar.

El cartero era parte de ese paisaje.

Saludaba a todos.

—Don Andrés, hoy tampoco hay carta.

Don Andrés levantaba la mano mientras seguía ayudando a Adrián, el mecánico de la cuadra, a poner en marcha su viejo Ford Taunus.

Unos pasos más adelante inclinaban apenas el quepí.

—No se preocupe, doña Elvira. Seguro la próxima semana escribe Giuliana y le cuenta cómo le está yendo en Estados Unidos.

Doña Elvira sonreía con una mezcla de esperanza y resignación. Luego aparecía doña Violeta camino a comprar huevos. Mujer de pocas palabras y gesto permanentemente severo. Sin embargo, bastaba el saludo cordial del cartero para que aquella rigidez se transformara, aunque fuera por unos segundos, en una tímida media sonrisa. Después encontraba a mi mami saliendo de casa. Seguro iba a visitar a la señora Paquita.

—Doña Estelita, todavía no llega carta de Pacasmayo. Ya no debe tardar mucho.

Siempre me pregunté cómo sabía tanto de cada familia. Nunca lo vi abrir una carta. Tampoco hacía falta. Después de recorrer tantos años las mismas calles, había aprendido algo que hoy parece extraordinario: conocía a las personas. Sabía quién esperaba noticias de un hijo, quién tenía un hermano trabajando lejos, quién aguardaba una respuesta para un empleo o quién contaba los días para recibir una fotografía enviada desde otro continente.

Mientras lo observaba alejarse, con la corbata moviéndose al ritmo del viento y aquellos rizos escapando del quepí, tenía la impresión de que la alegría caminaba por la vereda.

En Navidad y Fiestas Patrias debía agregar un pequeño costal a su equipaje. Allí guardaba los panetones, las botellas, las cajas de chocolates y los pequeños obsequios que los vecinos le entregaban espontáneamente. Nunca los pedía. Nadie se los debía. Eran simplemente una forma de agradecerle por algo mucho más valioso que repartir correspondencia. Porque, el cartero no transportaba únicamente cartas. Era el puente entre quienes estaban lejos y quienes permanecían esperando.

Cada sobre reunía a la familia alrededor de la mesa. La carta se abría con cuidado. Se leía despacio. A veces alguien repetía un párrafo para quien no había escuchado bien. Después comenzaban los comentarios, las risas, alguna lágrima silenciosa y los inevitables planes para responder cuanto antes.

Las cartas tenían un extraño poder: suspendían el tiempo.

Mientras alguien las leía, el reloj parecía resignarse a esperar.

Quizá por eso conservo, desde aquellos años, una pequeña costumbre. Cuando camino, al bajar de la vereda a la pista y volver a subir, doy un pequeño salto. Lo hacía a los diecisiete años y, sin proponérmelo, sigo haciéndolo ahora.

Es apenas un instante.

Una pequeña rebeldía contra la gravedad.

Me gusta sentir ese impulso. Como si al volver a poner los pies sobre la vereda inaugurara un nuevo acorde y la vida cambiara discretamente de compás.

Aquella mañana volví a hacerlo.

Bajé de la vereda a la pista.

Salté.

Y al volver a subir, algo cambió.

El cartero seguía alejándose.

Sus largas zancadas parecían llevarlo cada vez más lejos. La corbata azul danzaba con el viento y los rizos rebeldes saltaban fuera del quepí. El enorme maletín golpeaba suavemente contra su costado.

Sentí deseos de llamarlo.

—¡Señor...!

No sé si la palabra salió de mis labios.

Tampoco sé quién quiso llamarlo.

Quizá aquel muchacho de diecisiete años que regresaba de la universidad.

Quizá este hombre que, muchos años después, caminaba por las mismas calles.

El aire tenía una bondad particular. Era un aire tibio, limpio, de aquellos años en que las tardes parecían tener más espacio. Entonces, como si llegara desde una ventana cercana, comenzó a filtrarse una melodía: Reflexiones de mi vida.

Estoy casi seguro de que venía de la radiola de mi amiga Soledad.

La canción se mezcló con el viento, con el canto de los canarios, con el rumor de los jardines y con el acompasado sonido de aquellos pesados zapatos de cuero. Por un instante todo pareció formar una sola música.

El cartero, la calle, la canción, el muchacho, el hombre, el pasado el presente.

En eso sonó el celular.

Una notificación.

Levanté la vista.

Seguía caminando por los parques y las calles de mi urbanización, cumpliendo, como cada mañana, mis treinta minutos de ejercicio.

Miré el reloj.

No habían transcurrido más que unos pocos minutos. Pero, yo acababa de regresar de un viaje de más de medio siglo.

Fue entonces cuando comprendí que recordar y memoria no son exactamente lo mismo. Solemos emplearlas como si fueran sinónimos, pero existe entre ambas una diferencia secreta.

Recordar es un acto de la voluntad. Uno decide buscar un nombre, una fecha o un episodio.

La memoria, en cambio, posee voluntad propia. Permanece silenciosa durante años hasta que un aroma, una calle, una melodía, una voz o un pequeño salto pueden abrir una puerta que ignorábamos que seguía allí.

Tal vez por eso los recuerdos no regresan cuando nosotros queremos.

Regresan cuando encuentran el camino.

El antropólogo Robin Dunbar sostiene que el cerebro humano evolucionó para vivir en comunidades donde el reconocimiento mutuo y la confianza eran esenciales para la cooperación. Las neurociencias han mostrado, además, la importancia de los vínculos sociales, de las conversaciones y de esos pequeños encuentros cotidianos para nuestro bienestar emocional.

Aquellos saludos que hoy parecen insignificantes tenían un valor enorme.

Conocíamos al vendedor de huevos.

A la señora de las frutas.

Al mecánico.

Al vecino.

Al cartero.

Sabíamos quién esperaba una carta y quién esperaba una visita.

Hoy un mensaje tarda apenas unos segundos en cruzar el planeta. Podemos conversar por videollamada con alguien que vive al otro lado del océano. Nunca habíamos dispuesto de tanta tecnología para comunicarnos y, sin embargo, pocas veces nos habíamos sentido tan distantes.

Hemos multiplicado los contactos, pero reducido los encuentros.

Las conversaciones se han convertido muchas veces en notificaciones. Las puertas permanecen cerradas y los nombres se reemplazan por números de departamento o nombres de usuario.

Antes, una carta podía tardar semanas en llegar y, paradójicamente, nos hacía sentir más cerca. Tal vez porque la comunicación no depende únicamente de la velocidad con que viaja un mensaje. Depende también de cuánto tiempo estamos dispuestos a permanecer con él.

Y entonces recordé a aquella hermosa mujer con la que me había cruzado al comenzar la caminata.

Ahora sospecho que quizá no era una mujer cualquiera.

Los antiguos griegos llamaron Mnemosine a la diosa de la memoria. Tal vez caminó a mi lado aquella mañana sin decirme quién era. Quizá fue ella quien abrió aquella puerta. O tal vez todo fue simplemente una coincidencia.

Pero hay coincidencias que llegan con demasiada precisión para no despertar sospechas.

Volví a escuchar, dentro de mí, la canción Reflexiones de mi vida.

Volví a ver al cartero.

La corbata azul.

Los rizos escapando del quepí.

El enorme maletín de cuero.

Y aquellos zapatos que parecían pesar más que él mismo y que, sin embargo, caminaban como si conocieran perfectamente el camino.

Guardé el teléfono en el bolsillo y seguí andando.

Mientras avanzaba hacia mi casa —esa donde ya no están mi mami ni papá— pensé que quizá la memoria se parece al agua cuando cae sobre una tierra seca, herida y sedienta.

Nunca sigue un solo surco.

Abre caminos, se detiene, se desvía.

Desaparece.

Vuelve a aparecer unos centímetros más allá. Sin que sepamos cómo, termina encontrando su cauce.

Quizá por eso las cartas nunca dejaron de llegar caminando.

Solo cambiaron de destino.

Ahora vienen desde el pasado.

Y algunas, como esta, llegan justo cuando uno está caminando hacia casa.


jueves, 1 de octubre de 2026

LOS BORDES DEL TIEMPO


***LOS BORDES DEL TIEMPO***





Hay vidas ilusas que se empeñan en avanzar en línea recta, pero la memoria no sabe de cronologías. La memoria es un pasaje, un patio de luz, una aguja sobre el vinilo o un tejado victoriano donde los años no se suceden unos a otros: se superponen, se rozan en los bordes y, de pronto, se encienden.

En 1974, el tiempo parecía medirse en el trayecto de dos autobuses para cruzar la ciudad. Tenía dieciocho años y la urgencia luminosa de quien va al encuentro de un amor primero. Al cruzar la puerta de la Quinta Raizla en Magdalena del Mar, el mundo abría sus brazos entre la elegancia serena de una madre, la música de un salón y el alboroto transparente de unos niños. En esa casa no había prisas ni teorías; había risas, trabalenguas y una fascinación repentina por la portada de un disco de acetato con una palabra gigante y disparatada: supercalifragilisticoespialodoso. Es la inefable tapa de las canciones de la famosa película de Mary Popins.

A esa edad, uno no sabe que está cimentando su destino. Uno cree que solo está intentando agradar, conversar, ser uno mismo. Pero mientras los acordes de Imagine o las melodías de Paul Anka edificaban lazos en el aire, el lenguaje hacía crecer raíces. Las palabras no nacieron en la rigidez de un aula, sino en la soltura del juego, en la libertad con la que aquellos niños tropezaban con los vocablos y los volvían a inventar.

Y entonces, el tiempo da un salto sin pedir permiso.

Casi cincuenta años después, la geografía cambia, pero el centro permanece. Al pisar las calles de Westminster en Londres en 2023 y alzar la mirada hacia las hileras de edificios, aparecen las chimeneas. Cajas de ladrillo y estuco que alguna vez exhalaron el hollín de la Revolución Industrial y presenciaron el sacrificio de los antiguos deshollinadores. Para cualquiera, sería solo un paisaje histórico; para quien guarda una emoción en estado de latencia, es una chispa sobre la madera seca del recuerdo. En un solo segundo, la distancia se colapsa. El humo denso del pasado colectivo y el hollín de los años se disipan en el aire. Las chimeneas grises pierden su peso de piedra y se convierten en un escenario vivo. Ahí, en ese borde donde 1974 y el presente se tocan, ocurre la magia: los niños de aquella quinta en Lima, Carlos, Mónica, Pilar y Roberto salen a saltar de tejado en tejado sobre el cielo de Londres. Juegan con las sombras de una película jamás vista, se ríen entre las cornisas y bailan sobre el aire limpio. La nostalgia deja de ser una herida que lacera para convertirse en una contemplación pura, en la certeza de que nada de lo sentido con intensidad se ha perdido realmente.

La vida no es una línea que se apaga; es una danza de momentos que se buscan. Lo que nació como un viaje de juventud en dos autobuses termina por darle ritmo a toda una vida de escritura. Al final, el tiempo no borra: limpia la atmósfera, ahuyenta el humo y nos devuelve intacto el asombro de estar vivos.

  

EL OTRO CAMBIA, Y NOSOTROS TAMBIÉN (88)

 EL OTRO CAMBIA, Y NOSOTROS TAMBIÉN



—Ya no siento lo mismo.

La frase cayó entre los dos con la violencia silenciosa de aquello que uno nunca quiere escuchar. Se habían amado profundamente. Habían compartido viajes, secretos, noches de conversación e imaginado juntos el futuro. Por eso, él no lograba comprender.

—¿Qué hice mal?, piensa Raúl.

Comenzó a revisar la historia como quien busca una grieta en una pared: una palabra que no debió decir, un olvido, una ausencia, algún momento preciso en que pudo haber empezado el final. Pero, quizá la respuesta no estuviera en lo que hizo.

Quizá Lina, sencillamente, ya no era la misma.

Y él tampoco.

Vivimos aferrados a una ilusión: creemos que las personas permanecen. Reconocemos su rostro, su voz, sus gestos, y suponemos que detrás continúa intacto aquel ser que conocimos. Pero, la vida trabaja silenciosamente sobre nosotros. Una decepción, una pérdida, un viaje, un libro, una conversación, una canción, un amor o una traición pueden modificar nuestra manera de mirar el mundo.

Heráclito decía que nadie entra dos veces en el mismo río. No solo porque el agua continúa corriendo, sino porque quien vuelve tampoco es exactamente el mismo. Podríamos extender su intuición: no encontramos dos veces a la misma persona, ni siquiera cuando volvemos a encontrarnos con nosotros mismos.

La neurociencia lo confirma de manera fascinante. Nuestro cerebro posee plasticidad: cambia con la experiencia. Aprendemos, olvidamos, reinterpretamos. Las vivencias dejan huellas y modifican nuestra manera de percibir y responder. No somos una estatua terminada. Somos una obra que la vida continúa modelando.

Por eso, después de algunos años, cuando Paco y Pepe Velasco se encuentran, descubren que aquella cercanía se ha desvanecido. Ya no tienen los mismos intereses ni las mismas preguntas. En cambio, alguien que apenas conocíamos puede empezar a resultarnos profundamente cercano. Las personas que somos hoy han encontrado un puente que las que fuimos no necesitaban o no sabían construir.

También ocurre con quien viaja, ve otros mundos y regresa al pueblo natal. Las mismas calles empedradas siguen allí, quizá la vieja plaza conserva el mismo nombre. Pero, quien vuelve trae otras experiencias. Ha confrontado ideas, conocido otras vidas, sufrido pérdidas. Mira lo conocido con otros ojos.

Porque, realmente, somos otros.

Pero, el encuentro más desconcertante puede ser el que tenemos frente a nosotros mismos. Abrimos una vieja caja y encontramos fotografías, cartas o un cuaderno escrito décadas atrás. Reconocemos nuestra letra y, sin embargo, sentimos que estamos leyendo a alguien diferente.

—¿Así pensaba yo?

Sí. Lo pensabas. Ese también eras tú.

Somos la suma de distintos «yo»: el niño, el adolescente, el joven que creyó saberlo todo, el adulto que se equivocó, el que tuvo miedo, el que amó y tuvo que levantarse después de caer. Incluso somos los «yo» que se perdieron en el camino: sueños incumplidos, posibilidades abandonadas, caminos que no tomamos.

Pero, ninguno pasó en vano. Cada «yo» entregó algo al siguiente: una ilusión, una herida, una pregunta o una lección. Aquel, que hoy quizá nos avergüenza hizo lo que pudo con lo que sabía y con las circunstancias que tuvo. Sin él, tampoco habríamos llegado hasta aquí.

Por eso no dejemos de tener expectativas. Ni de aprender. Ni de forjarnos.

Podemos cambiar de opinión, descubrir una pasión, tender puentes inesperados y seguir construyendo nuevas versiones de nosotros mismos. Como escribió José Ortega y Gasset, somos también nuestra circunstancia; y nuestras circunstancias nunca dejan de cambiar.

Quizá esa sea la verdadera aventura de vivir: aceptar que llevamos dentro a todos los que fuimos, mientras hacemos espacio para quienes todavía podemos llegar a ser.

Porque somos quienes hemos sido. Pero, mientras tengamos vida, todavía no hemos terminado de ser.

 

domingo, 27 de septiembre de 2026

UN DOMINGO EN IV CENTENARIO

 ***Un domingo en IV Centenario***



Un domingo radiante de pleno azul, donde el sol arequipeño saca un látigo furibundo, trenzado con el resplandor ciego del sillar, obligando a cualquiera a bajar la cerviz. Sobre la azotea de IV Centenario, las camisas y pantalones que acabo de lavar se agitan como lienzos al viento. El aire vibra con el calor, y en el alféizar de la ventana, el tocacasete deja salir las notas de Elvis Presley sobre la tranquilidad del mediodía. Comprar esa cinta costó el sacrificio de un par de tardes en el Café Granada —frente a las Galerías Gamesa—, pero la voz de Elvis atenúa la escena con una cadencia dorada. La espalda pica bajo un sol implacable que invita a balancearse casi sin querer, mientras la música le cambia el ritmo a mi soledad.

Era 1985 y no fue un domingo cualquiera. La soledad a los veinticinco años duraba apenas lo que tarda un destello en la retina. En Lima, la gran mesa familiar estaría servida con un suculento arroz con carne o el seco de cabrito que prepara mamá y el infaltable cebiche de papá, pero en el pecho no había pena. Quizá un anhelo noble, de esos que se disuelven al alzar la vista y contemplar los tres volcanes recortados contra el cielo, prometiendo un horizonte lleno de caminos por andar.




Temprano le había hecho el favor a doña Sofi de conducir su auto hasta Bellapampa para visitar a sus amigas las monjitas. Todo el trayecto transcurrió en un respetuoso silencio, y al regresar no me dijo una sola palabra sobre el almuerzo (seguro que habría adobo). Entre sus ochenta años de disciplina y mis veinticinco de ímpetu existía una pugna silente: por un lado, mi pensamiento de haber hecho el mérito suficiente para ganarme un sitio en su mesa; por el otro, su arraigado sentido de humanidad enfrenado por el recelo de que la gentileza se volviera costumbre. Doña Sofi sabía que sin rectitud perdería el dominio de la casa; por eso mantenía las reglas claras, advirtiéndome con firmeza que nada de chicas en el cuarto y fiscalizando cada llamada telefónica, a lo que yo respondía contándole solo lo que me convenía, parapetado tras mi mejor sonrisa amigable. Una constante tensión entre el cariño, el límite y la complicidad.

Desde el pretil, con los zapatos agamuzados garotas, la camisa a cuadros, el jean Wrangler y la boina, la mirada volvía hacia abajo. Junto al vitral que filtraba la luz, doña Sofi continuaba tejiendo en absoluta quietud. Por ratos, le bajaba el volumen al tocacasete y daba unos pasos en silencio. Ese ir y venir en la azotea frente a la calma de su bordado iba hilando una complicidad transparente. Probablemente ella pensaba: «¿A qué hora terminará de lavar este muchacho? Creo que voy a invitar al pobre Chalo, que está tan solo»; mientras yo me debatía entre irme al centro a ver gente, presenciar el izamiento de la bandera en la plaza de Armas y tratar de encontrar un restaurante abierto para comer mi menú, o aguardar un minuto más.

Y en medio de ese juego mudo, la voz de doña Sofi rompió el aire:

—¿Chalo, estás allí?

Tragando saliva y haciéndome el inocente, respondí de inmediato:

—Sí, doña Sofi, dígame.

—¿Quieres bajar a almorzar?

Me tomé un prudencial e imperceptible lapso de dos milésimas de segundo antes de contestar con entusiasmo controlado:

—¡Sí, doña Sofi!

De dos trancos devoré los escalones y ya estaba frente a ella. En ese instante, nuestras miradas se cruzaron y dos sonrisas pícaras se encontraron en un abrazo silencioso. Una complicidad inocente que parecía decirnos, en el mejor de los sentidos, qué bien sabíamos interpretar nuestro papel en esa comedia amable del domingo.

¡FELIZ CUMPLEAÑOS, NELIA!

 ¡FELIZ CUMPLEAÑOS, NELIA!



El regalo de la memoria

Si pudiera abrir las cortinas del tiempo en un rayo primaveral, hijita mía, solo buscaría tus ojos.

Aún guardo en el alma el instante en que encuadré tu sonrisa a tus nueve años. Sostuve la cámara, enfoqué tu saquito y faldita gris y tu boina que te iba tan lindo. Al presionar el obturador sentí que ese clic detenía el mundo. Fue la última foto que te tomé antes de partir. Pero hoy no solo retengo aquel recuerdo; desde este plano sutil, estoy generando uno nuevo contigo.

Te veo llegar del trabajo con esa gracia de mariposa que no se rinde ante el viento. Sé cuánto dolió perder tu horizonte de niña, pero nada se desvaneció: te convertiste en una profesional brillante, una madre ejemplar y una abuelita querendona con el temple del hierro puro y la más dulce feminidad. Tu sola presencia impone ese orden y esa elegancia sin alardes.

Hoy, la mayor alegría de tus ojos se llama Morgana, tu nieta que vive tras de ti revoloteando en cada rincón, y que curiosamente tiene hoy esos infantiles años que tenías tú cuando te tomé esa última foto. En ella renace tu infancia y la luz de nuestra historia. Claro, que Fiorella y Vannia tienen ese lugar sagrado y especial.

Veo también a tu compañero de vida desde los dieciocho años, que te admira, ríe contigo y celebra tu «fragante tersura y esa fragilidad de hierro». Me da una paz infinita saberlo a tu lado y verlos caminar juntos hacia mi tumba en Arequipa para dejarme una flor.

Siente mi presencia sutil entre las felicitaciones de tus hermanos y seres queridos. Feliz cumpleaños, mi pequeña reina. Sigue iluminando el mundo; estoy profundamente orgulloso de ti.

 

LA VEJEZ ACTIVA (P-18)

  LA VEJEZ ACTIVA Adolfo pasa buena parte del día sentado en su mecedora mirando videos en el celular. Espera la hora del lonche y, despué...