RECUPERAR EL ASOMBRO
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Henrito
iba corriendo y se detuvo de golpe. Frente a él avanzaba una extraña serpiente
marrón que parecía deslizarse sobre la tierra. Dudó unos segundos y, vencido
por la curiosidad, se arrodilló. No era una serpiente. Eran cientos, quizá
miles de hormigas que caminaban en perfecta formación, cada una cargando una
diminuta miga de pan.
Siguió
la procesión con la mirada. Imaginó que eran soldados que regresaban de una
batalla o un pueblo entero que abandonaba su ciudad para fundar otra. La
columna desaparecía dentro de una estrecha grieta. "¿Cómo pueden caber
tantas allí?", se preguntó. Entonces, en su mente apareció un reino
subterráneo con avenidas, almacenes y túneles donde aquellas diminutas
trabajadoras continuaban una vida invisible para los humanos.
Ese
niño no solo estaba mirando hormigas. Estaba ejercitando la facultad más
poderosa del ser humano: el asombro.
Aristóteles
afirmaba que la filosofía nace del asombro. Antes de explicar el mundo, primero
hay que maravillarse ante él. Todo conocimiento comienza cuando alguien se
detiene y formula una pregunta.
Hoy,
sin embargo, detenerse parece un acto de rebeldía.
La
incesante sobreestimulación digital que nos abruma hoy en día mantiene nuestra
corteza prefrontal sometida a un incesante bombardeo de notificaciones,
imágenes y recompensas instantáneas. Poco a poco, esta región del cerebro
—responsable de la atención, el juicio y la planificación— termina saturada.
Nos acostumbramos a la dopamina fácil y dejamos de disfrutar aquello que
requiere paciencia: leer, contemplar, conversar o simplemente detenernos a pensar.
Está
demostrado que una atención fragmentada, también empobrece la vida emocional.
Cuando el cerebro permanece demasiado tiempo en estado de alerta, interpreta la
realidad de manera simplificada y polarizada. Desaparecen los matices. Todo se
reduce a "estoy contigo o contra ti", "me gusta o lo
rechazo". En ese terreno árido resulta difícil comprender al otro y
cultivar la empatía.
Albert
Einstein decía que "lo más hermoso que podemos experimentar es el
misterio". Tal vez, por eso quien pierde la capacidad de sorprenderse
comienza, sin advertirlo, a vivir en piloto automático.
Recuperar
el asombro no significa volver a ser niños, sino recuperar la mirada del niño.
Contemplar una fila de hormigas, escuchar el canto de un ave antes del
amanecer, descubrir una conversación sin consultar el teléfono o detenerse a
observar cómo el viento mueve las hojas de un árbol. Son instantes sencillos
que devuelven al cerebro el silencio necesario para pensar con profundidad.
Hannah
Arendt recordaba que pensar exige hacer una pausa. Quizá la paz interior no sea
una meta lejana, sino la consecuencia de aprender a detenernos otra vez.
Henrito
nunca supo que aquella tarde las hormigas le regalaron una lección para toda la
vida. Los adultos, en cambio, ya conocemos esa lección, pero la hemos olvidado.
Corremos detrás de pantallas cada vez más brillantes mientras dejamos escapar
los pequeños milagros que ocurren frente a nosotros.
Tal
vez, la paz no llegue cuando el mundo haga menos ruido. Tal vez, llegue el día
en que volvamos a arrodillarnos, como Henrito, frente a una humilde columna de
hormigas y descubramos que el universo todavía cabe en una grieta… siempre que
conservemos la capacidad de mirar con atención y de asombrarnos.
