domingo, 27 de septiembre de 2026

UN DOMINGO EN IV CENTENARIO

 ***Un domingo en IV Centenario***



Un domingo radiante de pleno azul, donde el sol arequipeño saca un látigo furibundo, trenzado con el resplandor ciego del sillar, obligando a cualquiera a bajar la cerviz. Sobre la azotea de IV Centenario, las camisas y pantalones que acabo de lavar se agitan como lienzos al viento. El aire vibra con el calor, y en el alféizar de la ventana, el tocacasete deja salir las notas de Elvis Presley sobre la tranquilidad del mediodía. Comprar esa cinta costó el sacrificio de un par de tardes en el Café Granada —frente a las Galerías Gamesa—, pero la voz de Elvis atenúa la escena con una cadencia dorada. La espalda pica bajo un sol implacable que invita a balancearse casi sin querer, mientras la música le cambia el ritmo a mi soledad.

Era 1985 y no fue un domingo cualquiera. La soledad a los veinticinco años duraba apenas lo que tarda un destello en la retina. En Lima, la gran mesa familiar estaría servida con un suculento arroz con carne o el seco de cabrito que prepara mamá y el infaltable cebiche de papá, pero en el pecho no había pena. Quizá un anhelo noble, de esos que se disuelven al alzar la vista y contemplar los tres volcanes recortados contra el cielo, prometiendo un horizonte lleno de caminos por andar.




Temprano le había hecho el favor a doña Sofi de conducir su auto hasta Bellapampa para visitar a sus amigas las monjitas. Todo el trayecto transcurrió en un respetuoso silencio, y al regresar no me dijo una sola palabra sobre el almuerzo (seguro que habría adobo). Entre sus ochenta años de disciplina y mis veinticinco de ímpetu existía una pugna silente: por un lado, mi pensamiento de haber hecho el mérito suficiente para ganarme un sitio en su mesa; por el otro, su arraigado sentido de humanidad enfrenado por el recelo de que la gentileza se volviera costumbre. Doña Sofi sabía que sin rectitud perdería el dominio de la casa; por eso mantenía las reglas claras, advirtiéndome con firmeza que nada de chicas en el cuarto y fiscalizando cada llamada telefónica, a lo que yo respondía contándole solo lo que me convenía, parapetado tras mi mejor sonrisa amigable. Una constante tensión entre el cariño, el límite y la complicidad.

Desde el pretil, con los zapatos agamuzados garotas, la camisa a cuadros, el jean Wrangler y la boina, la mirada volvía hacia abajo. Junto al vitral que filtraba la luz, doña Sofi continuaba tejiendo en absoluta quietud. Por ratos, le bajaba el volumen al tocacasete y daba unos pasos en silencio. Ese ir y venir en la azotea frente a la calma de su bordado iba hilando una complicidad transparente. Probablemente ella pensaba: «¿A qué hora terminará de lavar este muchacho? Creo que voy a invitar al pobre Chalo, que está tan solo»; mientras yo me debatía entre irme al centro a ver gente, presenciar el izamiento de la bandera en la plaza de Armas y tratar de encontrar un restaurante abierto para comer mi menú, o aguardar un minuto más.

Y en medio de ese juego mudo, la voz de doña Sofi rompió el aire:

—¿Chalo, estás allí?

Tragando saliva y haciéndome el inocente, respondí de inmediato:

—Sí, doña Sofi, dígame.

—¿Quieres bajar a almorzar?

Me tomé un prudencial e imperceptible lapso de dos milésimas de segundo antes de contestar con entusiasmo controlado:

—¡Sí, doña Sofi!

De dos trancos devoré los escalones y ya estaba frente a ella. En ese instante, nuestras miradas se cruzaron y dos sonrisas pícaras se encontraron en un abrazo silencioso. Una complicidad inocente que parecía decirnos, en el mejor de los sentidos, qué bien sabíamos interpretar nuestro papel en esa comedia amable del domingo.

¡FELIZ CUMPLEAÑOS, NELIA!

 ¡FELIZ CUMPLEAÑOS, NELIA!



El regalo de la memoria

Si pudiera abrir las cortinas del tiempo en un rayo primaveral, hijita mía, solo buscaría tus ojos.

Aún guardo en el alma el instante en que encuadré tu sonrisa a tus nueve años. Sostuve la cámara, enfoqué tu saquito y faldita gris y tu boina que te iba tan lindo. Al presionar el obturador sentí que ese clic detenía el mundo. Fue la última foto que te tomé antes de partir. Pero hoy no solo retengo aquel recuerdo; desde este plano sutil, estoy generando uno nuevo contigo.

Te veo llegar del trabajo con esa gracia de mariposa que no se rinde ante el viento. Sé cuánto dolió perder tu horizonte de niña, pero nada se desvaneció: te convertiste en una profesional brillante, una madre ejemplar y una abuelita querendona con el temple del hierro puro y la más dulce feminidad. Tu sola presencia impone ese orden y esa elegancia sin alardes.

Hoy, la mayor alegría de tus ojos se llama Morgana, tu nieta que vive tras de ti revoloteando en cada rincón, y que curiosamente tiene hoy esos infantiles años que tenías tú cuando te tomé esa última foto. En ella renace tu infancia y la luz de nuestra historia. Claro, que Fiorella y Vannia tienen ese lugar sagrado y especial.

Veo también a tu compañero de vida desde los dieciocho años, que te admira, ríe contigo y celebra tu «fragante tersura y esa fragilidad de hierro». Me da una paz infinita saberlo a tu lado y verlos caminar juntos hacia mi tumba en Arequipa para dejarme una flor.

Siente mi presencia sutil entre las felicitaciones de tus hermanos y seres queridos. Feliz cumpleaños, mi pequeña reina. Sigue iluminando el mundo; estoy profundamente orgulloso de ti.

 

*** UN SÁBADO POR LA MAÑANA ***

*** UN SÁBADO POR LA MAÑANA ***


    



El mundo, nuestro mundo detiene su marcha apresurada solo para dejarnos contemplar lo verdaderamente esencial. El aire en “el parque” de la casa recibe ese aroma tibio del café recién pasado, la luz se filtra sin prisa entre la mampara, como si recién se hubiese despertado y la mesa guarda las huellas sencillas del desayuno, las migas cotidianas, la vida misma sucediendo en su forma más pura y compartida.

En medio de esa serenidad, la música no suena afuera: se siente adentro. Brota como un murmullo fino de notas que van tejiendo el espacio, una melodía interpretada con la delicadeza de quien sabe que cada acorde es una forma de caricia. Y ahí, en el centro de ese universo íntimo, Papá Chalo el bisabuelo abraza a la pequeña Morgana pegada a su pecho. La niña busca su regazo con la certeza natural de las criaturas que se saben a salvo; él la envuelve con esa quietud sabia que solo da el recorrido de los años, donde no hace falta decir nada porque la piel y el corazón ya lo están diciendo todo.

Es en ese instante donde la existencia misma parece explicarse a través del tacto y del sonido.

Ese cruce de brazos es una pausa suprema ante el devenir de los días, un refugio donde la fragilidad del tiempo se rinde frente a la eternidad de un momento compartido. Cuando Papá Chalo abraza a la bisnieta, no solo sostiene un cuerpo frágil; sostiene la continuidad misma de la vida, uniendo el origen con el fruto, el ayer con el mañana, en el único territorio real que poseemos, que es este presente.

En la hondura de esa escena habita también la arquitectura invisible del alma. Ese pequeño cuerpo que se acurruca sin reservas está aprendiendo para siempre lo que significa la seguridad y el amparo. El calor de ese pecho moldeará en la niña una certeza silenciosa que la acompañará cuando le toque enfrentarse a las inclemencias del mundo: la memoria inextinguible de haber sido profundamente amada.

Es la transmisión sagrada de la estirpe, el hilo invisible que une a la tribu. La herencia más valiosa no habita en las palabras ni en las cosas, sino en el gesto del cuidado, en esa memoria sutil del afecto que se transmite de generación en generación como un código secreto de identidad y pertenencia.

Y mientras ocurre ese encuentro, el cuerpo entero responde al milagro. La presión suave y constante de las manos calma el pulso, desvanece las prisas y despierta una química de serenidad profunda que aquieta la mente. Es una sinfonía íntima donde las áreas del cerebro que guardan la emoción y la empatía se encienden al mismo tiempo que la música vibra en la sala, entrelazando para siempre las notas del piano con la calidez del abrazo.

Por eso, la melodía que Papá Chalo interpreta finamente no es solo una pieza musical: es una conversación que no terminará jamás.

Vendrán los años, el tiempo seguirá su curso inevitable y la vida transformará las presencias físicas. Pero cuando la memoria vuelva a este sábado, cuando la voz de esa música vuelva a vibrar en el aire, Morgana y toda su familia no solo recordarán la escena: volverán a sentir la presión tibia de sus brazos. Porque hay abrazos que no se quedan en la piel; se quedan a vivir en lo más hondo de la memoria, conversándonos en silencio, cobiPAUSjándonos siempre y devolviéndonos, intacta y luminosa, la infinita ternura de este instante.

FONDO MUSICAL: "Dos gardenias" interpretada por CHalo Rodriguez Gutti

 

 
 



viernes, 25 de septiembre de 2026

EL FALSO ALTAR DEL «RESPETO TU OPINIÓN» (87)

 EL FALSO ALTAR DEL «RESPETO TU OPINIÓN»



(O la elegante cobardía de no discutir)

Lunes en la mañana, faltan minutos para comenzar la jornada laboral en ECA.S.A. La conversación en la esquina del Almacén Central se calienta a despecho del frío matutino. El Loco Rubén escucha con atención a "La lora”, quien suelta con convicción de iluminado: "Bueno, 'el alcalde' habrá robado varios millones, pero al menos hizo las pistas, puentes y las canchitas de fulbito, hay que reconocerlo". Se produce un silencio breve, incómodo. Nadie quiere comenzar mal el día. El Loco, sin ganas de pelear, zanja: "Yo respeto tu opinión, pero no estoy de acuerdo".

Todos asienten aliviados. La diplomacia del lunes ha sido salvada. Sin embargo, en el fondo, acabamos de presenciar un acto de elegante cobardía.

Nos han vendido que la frase "respeto tu opinión" es lo máximo de la tolerancia. Se usa como escudo mágico para desactivar el debate y salir del paso sin despeinarse. Pero, confundimos el derecho inalienable de la persona a expresarse con la obligación de otorgarle valor moral al contenido de lo que dice. No todas las ideas son respetables; muchas son simplemente aberrantes, tramposas o fruto de la pura pereza mental.

¿Se debe «respetar» una opinión que relativiza la corrupción, justifica el fraude porque "todos lo hacen" o valida el maltrato por costumbre? ¿Acaso debemos sonreír condescendientes ante alegatos que pretenden normalizar matrimonios infantiles bajo la coartada de tradiciones culturales, o aceptar ese sesgado concepto de derechos humanos que exige todas las garantías para el delincuente mientras condena al olvido y la indefensión a la víctima? Tolerar la falta de honradez por no incomodar al interlocutor no es educación: es complacencia.

Si Karl Popper hubiera estado en la reunión, habría advertido: "Si una sociedad es tolerante sin límites, su capacidad de ser tolerante terminará destruida por los intolerantes". Y, si por ahí pasara la filósofa Adela Cortina, añadiría que en una convivencia sana existen mínimos morales —honestidad, integridad, dignidad humana— que no son negociables.

 

Existe un deber ético previo a la palabra: investigar antes de emitir un juicio. Hablar por hablar no es libertad; es una falta de respeto al conocimiento y al oyente. Curiosamente, la historia une extremos impensados. Mao Tse-Tung sentenció: «Quien no ha investigado no tiene derecho a hablar». Y en la Biblia, Proverbios (18:13) susurra lo mismo: «Al que responde antes de escuchar, la palabra le es fatiga y oprobio». Para opinar no basta con tener boca; hace falta rigor, lectura y honestidad intelectual.

Suelo recordar a mi papi cuando veía a alguien hablar sobre temas que desconocía. Sonreía despacio, apuraba su café con leche y decía: "Estos creen que porque pueden hablar tienen la razón".

Respetar al ser humano es un imperativo; pero preguntar y no conceder tregua a las opiniones que atentan contra la ética es un ejercicio de salud mental colectiva. La próxima vez que alguien pretenda “hacer pasar” un disparate disfrazado de «punto de vista», lo más honesto no será la sonrisa condescendiente, sino recordar con firmeza que las ideas, a diferencia de las personas, tienen que ganarse el respeto con pruebas en la mano.

 

martes, 22 de septiembre de 2026

LA TRASTIENDA DE ANITA P-16



Escuchen… aunque debería decir lean. Después de todo, las palabras también tienen su manera de sonar.

Como un hilo suspendido en el aire tranquilo de la memoria, volvió hasta mí el recuerdo de un pequeño lugar que terminó siendo la antesala de algunos de los acontecimientos más decisivos de mi vida cuando apenas tenía diez años. Era la trastienda de la casa de mi mejor amigo, Juan Carlos. Un recinto diminuto, sin ninguna pretensión, donde el tiempo parecía transcurrir con otro compás. Hay espacios que uno abandona físicamente, pero que jamás dejan de habitarnos.

Hoy sé que la antropología tiene razón cuando afirma que los lugares no son simples escenarios; modelan nuestra manera de sentir y comprender el mundo. Gaston Bachelard habría sonreído al entrar allí. En La poética del espacio escribió que ciertos rincones de la casa terminan siendo depósitos del alma. Aquella trastienda fue exactamente eso: un pequeño refugio donde comenzó a construirse una parte de quien soy.

Allí descansaba el tocadiscos de Anita, la hermana mayor de Juan Carlos.

Anita tenía catorce años. Yo apenas diez. Era mi Verónica sin que yo fuera Archie en aquellas historietas que devorábamos. Me parecía inalcanzable. Era más alta que yo y, en la lógica irrefutable de aquellos años sesenta, esa diferencia de estatura bastaba para convertirla en un ser perteneciente a otro universo.

Nunca me atreví a decirle nada.

Ni siquiera le confesé a Juan Carlos cuánto le agradecía, en silencio, permitirme entrar una y otra vez a aquel pequeño santuario que era suyo. Yo fingía ir por la música. Tal vez era cierto. O quizá iba porque era el único lugar donde podía estar cerca de Anita sin despertar sospechas.

Cuando ella aparecía y sus sedosos ojos se detenían apenas un instante sobre mí, el mundo entero parecía agitarse. Y cuando aquel cabello castaño, rematado por un juvenil cerquillo, caía suavemente sobre su frente, el tiempo quedaba suspendido, como si incluso el aire hubiera decidido dejar de moverse.

Pero el verdadero milagro ocurría cuando apoyábamos la aguja sobre un disco.

Era su tocadiscos. Podía tocarlo... aunque no pudiera tocarla a ella.

Y entonces otro portal se abría.

La música.

Escuchábamos a Paul Anka cantar Adam and Eve. Yo no entendía una sola palabra en inglés, pero estaba convencido de que aquella historia hablaba de Anita y de mí. Los niños traducimos las canciones con la imaginación antes que con el diccionario.

Después llegaba un jovencísimo Roberto Carlos con Mi Cacharro y La enamorada de un amigo mío. Juan Carlos y yo permanecíamos inmóviles, observando cómo el disco giraba una y otra vez mientras los surcos negros parecían esconder un misterio que solo la aguja sabía descifrar.

Muy lejos quedaban las carreras por las empedradas calles de Cocachacra. Allí dentro todo adquiría otra velocidad. O quizá otra lentitud. Porque escuchar un disco era un acto de contemplación.

No hablábamos.

Mirábamos las enormes carátulas de los LP como quien contempla los vitrales de una catedral. Seguíamos con los dedos los nombres impresos, los colores, los rostros de aquellos artistas que todavía ignorábamos que terminarían acompañándonos toda la vida. Había algo casi religioso en ese silencio compartido. La música exigía respeto. Nadie interrumpía una canción; era ella quien interrumpía el mundo.

Hoy las neurociencias explican que la música posee un privilegio extraordinario: accede a regiones del cerebro donde pocas experiencias consiguen entrar. No llama a la puerta. Entra sin pedir permiso. Abre cajas, arcones y habitaciones que creíamos selladas para siempre. Basta escuchar unos pocos compases para que reaparezcan rostros, olores, texturas y emociones que permanecían ocultas bajo décadas de vida. Quizá la memoria no sea una biblioteca ordenada, sino una vieja casa donde cada melodía conoce exactamente qué puerta debe abrir.

Entonces ocurrió.

Juan Carlos extrajo cuidadosamente un disco de una funda azul poblada de pequeñas fotografías.

—Son los Beatles.

Aún puedo ver aquel gesto.

La aguja descendió lentamente.

Y mi mundo cambió de compás.

Aquellas canciones le dieron ritmo a mi infancia, una aceleración serena, una nostalgia anticipada, una alegría luminosa que todavía hoy me acompaña cuando vuelvo a escucharlas. Sin saberlo, estaba naciendo una educación sentimental hecha de vinilos, silencios y asombro. Los filósofos sostienen que somos aquello que contemplamos con amor. Si es así, buena parte de mi adolescencia comenzó aquella tarde, viendo girar un disco sobre el tocadiscos de Anita.

Lo curioso es que los Beatles transformaron muchas cosas... menos mi silenciosa fascinación por ella.

Eso permaneció intacto.

Como permanecen las melodías que uno cree haber olvidado y que, muchos años después, regresan para recordarnos que hubo un tiempo en que bastaba una trastienda, un tocadiscos y una muchacha de catorce años para que el universo entero cupiera dentro de un disco de vinilo.

 

 

jueves, 17 de septiembre de 2026

UN DÍA GIRAMOS LA CABEZA Y YA NO ESTÁN LAS BOLITAS (86)

 

—Apunta bien, no vayas a fallar.

Las bolitas estaban en el suelo y alrededor, como un pequeño tribunal, Coco, Pepe García, Nano, Kike y el Loco Portugal esperaban. Había que calcular la distancia, contener el pulso y lanzar. El miedo no era perder la bolita. Era fallar. No darle. Sentir inmediatamente las miradas acusadoras de los demás, mientras algunas incontenibles gotitas de sudor emergían en la nariz y en la parte superior del labio. Para Henry, el tiempo no existía. O, mejor dicho, parecía infinito. Una tarde podía durar una eternidad. Después vendrían otras tardes, otras bolitas, otros juegos. Nadie podía imaginar que algún día bastaría girar la cabeza para descubrir que todo aquello había desaparecido.

Henry, ahora, tiene otro problema. Debe cumplir sus treinta minutos diarios de caminata. Compró una caminadora y la instaló en su casa. Al comienzo se colocaba los audífonos y escuchaba música. Pero había días en que la media hora parecía interminable y más de una vez estuvo a punto de tirar la toalla.

Hasta que encontró una solución: puso el celular en el tablero de la caminadora. Música, redes sociales, mensajes. Y entonces ocurrió el milagro moderno:

—¡El tiempo se me pasó volando!

Pero la frase merece una pregunta: ¿cuántas veces hacemos precisamente eso con nuestra vida: buscar la manera de que el tiempo pase rápido?

No se trata, por supuesto, de convertir cada minuto en productividad. Existen las pausas necesarias. Está también aquello que los italianos llaman il dolce far niente: el dulce placer de no hacer nada. Sentarse sin culpa. Mirar por la ventana. Dejar que el pensamiento camine solo.

Papá decía algo mucho más sencillo:

—Hay que hacer una sola cosa a la vez, pero bien hecha.

Hoy parece casi imposible. Escribimos mientras escuchamos música, con la televisión encendida y el celular al alcance de la mano. Contestamos mensajes mientras conversamos. Caminamos mirando una pantalla. Creemos que hacemos muchas cosas a la vez, pero quizá no estamos completamente en ninguna.

El filósofo romano Séneca, que parecía haber estado mirando el juego de las bolitas y la caminadora de Henry, advertía que no es que la vida sea corta, sino que con frecuencia nosotros la hacemos corta al desperdiciarla. Hoy añadiría otra forma de desperdicio: vivir sin darnos cuenta de que estamos viviendo.

Porque, hay una diferencia entre pasar por la vida y permanecer en ella. Permanecer no significa detener el reloj. Eso es imposible. Significa estar presente en aquello que ocurre. Apreciar el rostro de quien tenemos delante. Escuchar una canción sin hacer otra cosa. Contemplar una tarde hasta que esa tarde nos conmueva. Tal vez la contemplación sea una forma de resistencia frente a la prisa. Y de esa contemplación puede nacer incluso la exaltación: ese momento en que lo cotidiano deja de ser insignificante porque, de pronto, descubrimos su extraordinaria existencia.

De niños, cuando Henry apuntaba a una bolita, estaba allí. Enteramente allí. El mundo cabía en aquella distancia mínima entre su mano y el pequeño círculo de vidrio. No había una pantalla que lo sacara de la tarde.

Quizá ese sea el verdadero problema. No que el tiempo pase demasiado rápido, sino que nosotros hemos aprendido a vivir distraídos mientras pasa.

Y un día giramos la cabeza.

Ya no están las bolitas.

Entonces comprendemos que, mientras buscábamos que el tiempo se nos pasara volando, era la vida la que se nos estaba escapando.

 

 

domingo, 13 de septiembre de 2026

UN LENTO QUE SE BAILÓ

 UN LENTO QUE SE BAILÓ



Hay recuerdos que no regresan. Uno cree que los ha perdido, que el tiempo hizo su trabajo y los llevó lentamente hacia ese lugar donde terminan las cosas que ya no necesitamos. Pero algunas noches, cuando todo parece estar en silencio, una pequeña fisura se abre en alguna parte de la memoria y por ella vuelve a entrar lo que creíamos perdido.

No siempre llega entero.

A veces aparece una voz.

Una puerta.

El olor de una habitación.

Una canción que nadie está escuchando.

Una mano.

Eso basta.

La primera vez que comprendí que el tiempo podía quebrarse tenía algunas decenas de años. No ocurrió mientras dormía. Tampoco fue necesario cerrar los ojos. Bastó una canción.

Estaba solo, en una habitación cualquiera, cuando comenzaron a sonar los primeros compases de Bluebird. No sé de dónde vino la música. Quizá de algún dispositivo encendido en otra habitación. Quizá de mi memoria. Con los años uno termina confundiendo las dos cosas.

Entonces sucedió.

La habitación desapareció.

No fue un desvanecimiento gradual. El presente simplemente dejó de sostenerme. Sentí primero una extraña ligereza en el cuerpo, como si alguien hubiera retirado de mis hombros los años que llevaba encima. Después desaparecieron las pequeñas molestias, las precauciones, las certezas que la edad va acumulando como muebles en una casa. Por un instante no tuve pasado ni futuro.

Volví a tener dieciocho años.

Y estaba en Raizla.

La música llegaba desde la sala. Había muchachos, muchachas, risas, humo, vasos que iban y venían de unas manos a otras. Alguien bailaba con una energía que ya no recuerdo. Alguien gritó algo que tampoco puedo recuperar.

Pero sí recuerdo el sillón amarillo.

Estaba allí.

Siempre estuvo allí.

O quizá fui yo quien lo puso allí muchos años después.

No lo sé.

Me quedé mirándolo como se mira a una persona que ha regresado después de una ausencia demasiado larga.

Entonces la vi.

No sé si estaba realmente allí o si mi memoria la había convocado.

Tenía quince años.

Yo tenía dieciocho.

Y durante unos segundos ocurrió algo que todavía me cuesta explicar: los dos estábamos vivos en el mismo tiempo.

Ella no había envejecido.

Yo tampoco.

La música continuaba.

Era Bluebird.

Extendí la mano.

No para tocarla.

Esta vez no.

Simplemente la extendí.

Y ella comenzó a alejarse.

Fue entonces cuando comprendí que quizá toda mi vida había estado haciendo lo contrario.

Quizá había pasado demasiados años intentando regresar al lugar donde ella se había ido.

Quizá el recuerdo no me estaba llevando hacia ella.

Quizá me estaba llevando hacia mí.

Hacia aquel muchacho que todavía no sabía que algunas personas llegan a nuestra vida para enseñarnos a amar y otras, mucho después, para enseñarnos a dejarlas libres.

La canción siguió sonando.

El sillón amarillo desapareció.

Raizla desapareció.

Ella también.

Y quedé nuevamente solo, con mis setenta años, frente a una ventana.

Pero algo había cambiado.

Por primera vez no sentí que había perdido un recuerdo.

Sentí que el recuerdo me había encontrado a mí.

 

UN DOMINGO EN IV CENTENARIO

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