CHALO RODRIGUEZ BURGOS
jueves, 9 de julio de 2026
lunes, 6 de julio de 2026
¿QUIÉN SOY YO? (P-08)
¿Quién soy yo?
Hay preguntas que no envejecen ni pasan
de moda. No importa cuántos siglos transcurran ni cuántos avances tecnológicos
acumulen las sociedades. Permanecen allí, discretas, esperando el momento
oportuno para aparecer. Una de ellas suele visitarnos cuando menos lo
esperamos: mientras observamos una película, cuando regresamos solos a casa o
en esos instantes en que el silencio parece tener algo que decirnos.
¿Quién soy yo?
La respuesta inmediata parece obvia. Soy
quien ama a mis hijos, el que se preocupa por las cuentas del mes, el que se
emociona cuando escucho una vieja canción o quien se asusta ante una mala
noticia. Sin embargo, basta prestar un poco más de atención para advertir algo
curioso.
Imagina a Hermi, que espera los resultados de un examen médico. La preocupación aparece y le oprime el pecho. O, a William, que acaba de discutir con un amigo y siente hervir la indignación. Ambos, experimentan emociones reales e intensas. Pero, al mismo tiempo, pueden reconocerlas. Pueden decir: “Estoy preocupada” o “Estoy molesto”.
Y aquí, surge una grieta fascinante en
nuestra aparente certeza.
Si puedo observar mi preocupación, ¿soy
únicamente esa preocupación?
Si puedo reconocer mi enojo, ¿soy
solamente ese enojo?
Sabemos que nuestro cerebro es una extraordinaria maquinaria de interpretación. Procesa información, anticipa escenarios, construye recuerdos y genera emociones con una eficacia asombrosa. Pero, también nos permite tomar distancia de lo que sentimos y poder observarlo. Es una capacidad tan cotidiana que, pocas veces nos detenemos a admirarla.
Sobre este misterio reflexionó durante décadas el sabio hindú Ramana Maharshi. Su propuesta era desconcertantemente simple. Cuando alguien decía: “Tengo miedo”, él preguntaba: “¿Quién tiene miedo?”. Y cuando la persona respondía “yo”, volvía a preguntar: “¿Quién soy yo?”.
No buscaba una definición académica ni
una explicación filosófica. Invitaba a dirigir la mirada hacia quien
experimenta la experiencia.
Tal vez, por eso la pregunta resulta tan inquietante. Porque, cada respuesta parece abrir una puerta nueva.
¿Soy mis recuerdos? Si fuera así, ¿quién
sería cuando algunos comiencen a desvanecerse? ¿Soy mis emociones? Entonces,
¿por qué cambian tantas veces en un mismo día? ¿Soy mi profesión? ¿Mi nombre?
¿Mi historia?
Quizá somos, al mismo tiempo, el actor y el espectador. El que ríe y el que advierte que está riéndose. El que sufre y el que observa su propio sufrimiento.
Hay tardes en que un cimbreante viento
mueve las ramas de un árbol y nadie le presta atención. Sin embargo, quien
observa con calma descubre que detrás de ese movimiento sencillo hay algo
profundamente revelador: todo cambia. Las hojas cambian, caen, las estaciones
cambian, nosotros cambiamos.
Y, aun así, permanece la pregunta.
Tal vez, esa sea su verdadera función.
No ofrecer una respuesta definitiva, sino mantener despierta la curiosidad.
Recordarnos que, detrás de las rutinas, los apuros y las certezas de cada día,
existe un territorio inexplorado que llevamos con nosotros desde el nacimiento.
Un territorio que comienza con tres palabras sencillas y extraordinarias:
¿Quién soy yo?
jueves, 2 de julio de 2026
MIS CÉLULAS ME ESTABAN ESCUCHANDO (75)
MIS CÉLULAS ME ESTABAN ESCUCHANDO
Antes de que la rabia tomara completamente el volante, apareció una canción. Iba camino a recoger a mi nieta Morgana al colegio Weberbauer. La congestión en la avenida Canadá para ingresar al trébol de la avenida Javier Prado era, como tantas veces, una batalla urbana. Ómnibus atravesándose sin aviso, colectivos piratas jugando a inventar carriles, motocicletas apareciendo por donde físicamente parecía imposible. Un cuento de nunca acabar.
El
tráfico en Lima tiene algo de examen psicológico. Basta avanzar unos metros
para descubrir quiénes somos realmente cuando sentimos que el otro invade
nuestro espacio. Y, allí estaba yo, atrapado entre bocinazos, humo y una lenta
procesión de impaciencia humana, sintiendo cómo comenzaban a mezclarse
emociones poco elegantes: enojo, irritación, revancha. Sí, revancha. Porque
cuando alguien mete violentamente su vehículo en tu carril, una parte primitiva
del cerebro deja de pensar en normas y empieza a pensar en territorio.
Entonces
en la radio sonó “Reflexiones de mi vida”, del grupo Mermelada. Hay canciones
que no llegan como música, sino como memoria. Y, mientras avanzaba apenas unos
centímetros, regresó a mi mente un video del médico y conferencista español
Mario Alonso Puig diciendo: “Las células escuchan nuestros pensamientos”.
Y
me sentí descubierto.
Porque,
mientras escuchaba aquella idea, mi cuerpo entero estaba haciendo exactamente
lo contrario a lo que necesitaba. Mis manos endurecidas sobre el timón. La
mandíbula tensionada. El corazón acelerando innecesariamente. El cerebro
liberando sustancias químicas como si estuviera escapando de un depredador y no
simplemente intentando cruzar una avenida limeña a las tres de la tarde.
Qué
contradicción tan humana: saber algo y no poder aplicarlo inmediatamente.
La
neurociencia explica que el cerebro no distingue tan fácilmente entre un
peligro real y uno interpretado emocionalmente. Para nuestras neuronas, aquel
conductor invasivo puede convertirse, durante unos segundos, en una amenaza
directa. El cuerpo responde entonces con cortisol, adrenalina, tensión muscular
y pensamientos defensivos. Es decir, nuestras células escuchan no solo lo que
pensamos, sino también cómo interpretamos el mundo.
Y
Lima, hay que decirlo, interpreta nuestra paciencia todos los días.
Pensé
entonces en algo curioso: quizá el verdadero tráfico no estaba afuera sino
dentro de mí. Afuera había autos disputándose centímetros; dentro, emociones
disputándose el control. La ira queriendo acelerar. La prudencia intentando
respirar. La memoria musical tratando de suavizar el instante. Y una frase
persistente recordándome que cada pensamiento deja una pequeña huella
biológica. Tal vez, por eso envejecemos también desde ciertas emociones. No es
casual que muchas personas vivan cansadas incluso sin haber hecho demasiado
esfuerzo físico. El resentimiento agota. La tensión continua enferma. El miedo
sostenido desgasta silenciosamente. El cuerpo escucha todo: incluso aquello que
fingimos manejar bien.
Mientras
avanzaba lentamente, comprendí que no podía controlar el caos vehicular.
Tampoco, la imprudencia ajena. Pero, sí podía decidir qué conversación tendrían
mis células conmigo aquella tarde. Entonces aflojé las manos del volante. La
canción seguía sonando. Pensé en Morgana esperando la salida del colegio. Pensé
en papá diciéndome que uno siempre termina pareciéndose demasiado a aquello que
repite todos los días. Pensé que, quizá, vivir también consiste en aprender a
no convertir cada pequeño desorden cotidiano en una guerra personal. Llegué
algunos minutos después. La ciudad seguía siendo la misma.
Pero
yo, ya no.
lunes, 29 de junio de 2026
¿QUÉ NOS ESTÁ PASANDO? Cuando el mundo corre más rápido que la mente. (P-07)
¿QUÉ NOS ESTÁ PASANDO? Cuando el mundo corre más rápido que la mente.
Hace algunos días en Lima, circuló en las noticias, algo insólito e inquietante. Un joven cliente enfurecido atacó a golpes a dos barberos, porque no le agradó el corte de cabello que le habían realizado. No se limitó a reclamar. Golpeó a uno de los trabajadores y su furia arreció contra el segundo, utilizó un ventilador y un secador de cabello, provocó destrozos en el local y dejó a uno de los barberos con lesiones de consideración en el hospital.
La
pregunta surge de inmediato: ¿qué puede llevar a una persona a reaccionar de
manera tan desproporcionada por algo tan trivial?
No
se trata de un caso aislado. Basta observar cualquier ciudad. Dos
automovilistas rozan sus vehículos y en cuestión de segundos la discusión
escala a insultos, amenazas o incluso agresiones físicas. Jaime pierde la
paciencia en una fila. Robert enfrenta a un trabajador, porque el vuelo se
retrasó. Situaciones pequeñas producen reacciones gigantescas.
El
problema no parece estar en el corte de cabello ni en el roce de los
automóviles. Como suele ocurrir, la causa profunda se encuentra en otro lugar.
Vivimos
una época marcada por la ansiedad, la incertidumbre y la sobrecarga emocional.
El cerebro humano no fue diseñado para procesar la cantidad de estímulos que
recibe diariamente. Sin embargo, cada mañana abrimos los ojos y antes de
levantarnos ya estamos revisando WhatsApp, Facebook, TikTok, Instagram, X o
alguna de las nuevas aplicaciones que aparecen casi semanalmente.
Hubo
un tiempo en que Quelo necesitaba resolver una duda y acudía a los tomos de la
Enciclopedia Temática, la Enciclopedia ´Lo sé todo´ o al Diccionario Larrouse.
La información llegaba lentamente. Había que buscarla, leerla y reflexionarla.
Hoy,
Jonny despierta y en menos de diez minutos ha consumido más información que la
que una persona promedio recibía en varios días hace apenas unas décadas.
Noticias, videos, opiniones, rumores, publicidad, escándalos, recomendaciones,
alertas y mensajes compiten simultáneamente por su atención.
La
paradoja es sorprendente: nunca habíamos tenido tanto acceso al conocimiento y,
sin embargo, nunca había sido tan fácil estar desinformados.
Titi
escucha a sus nietos hablar de ChatGPT, Gemini, Claude, DeepSeek o Perplexity.
Apenas comienza a familiarizarse con una tecnología cuando ya aparece otra.
Muchas personas sienten que el mundo corre delante de ellas. No porque carezcan
de capacidad intelectual, sino porque la velocidad del cambio supera la
capacidad humana de adaptación.
A
ello, se suma un problema aún más serio. Gran parte de la información que
circula carece de filtros rigurosos. Antes, un libro pasaba por editores,
correctores y especialistas. Hoy, cualquiera puede grabar un video de treinta
segundos y presentarse como experto en medicina, economía, política o
psicología.
Luchito
abre una red social para distraerse unos minutos. Encuentra un supuesto
especialista que afirma que el café es perjudicial para la salud. Minutos
después otro asegura exactamente lo contrario. Más tarde, aparece un tercero
que sostiene que ambos forman parte de una conspiración internacional. Después
de media hora, Luchito termina más confundido que informado.
La
lectura también ha cambiado. Leemos titulares, fragmentos, frases aisladas y
comentarios breves. Escaneamos contenidos en lugar de profundizar en ellos.
Sabemos muchas cosas superficialmente, pero comprendemos pocas con verdadera
profundidad.
Las
consecuencias se reflejan en nuestras conversaciones. Cada vez resulta más
difícil escuchar argumentos distintos sin reaccionar emocionalmente. Víctor
comparte una noticia convencido de que es cierta. Días después, aparecen
evidencias contundentes que demuestran que era falsa. Sin embargo, continúa
defendiéndola. No, necesariamente por mala fe. El cerebro humano tiende a
aferrarse a las ideas que refuerzan sus creencias previas y rechaza aquello que
las contradice.
Cambiar
de opinión exige algo que escasea en estos tiempos: humildad intelectual.
La
situación se agrava cuando observamos el escenario social. La mentira pública
ya no parece generar el rechazo que producía antes. Los eufemismos sustituyen a
las palabras directas. Un error grave se convierte en una simple
"falta". Una falsedad evidente pasa a llamarse "otra
narrativa". Los hechos se relativizan y las certezas se vuelven borrosas.
Todo
ello genera una sensación permanente de inseguridad. Y la incertidumbre es uno
de los mayores generadores de ansiedad que conoce el cerebro humano.
Quizá,
el hombre que golpeó a los barberos no reaccionó únicamente por un mal corte de
cabello. Tal vez, llevaba consigo preocupaciones económicas, tensiones
familiares, frustraciones laborales, miedos acumulados y una mente saturada por
miles de estímulos que jamás encontró tiempo para procesar. Nada de ello
justifica la violencia. Pero, sí ayuda a comprender el contexto en que vivimos.
La
verdadera pregunta no es qué le ocurrió a aquel cliente enfurecido. La pregunta
es qué nos está ocurriendo como sociedad.
Hemos
aprendido a producir información a velocidades extraordinarias. Hemos creado
tecnologías capaces de responder preguntas en segundos. Podemos comunicarnos
instantáneamente con cualquier lugar del planeta. Pero, todavía no aprendemos
algo mucho más importante: cómo convivir con semejante abundancia de
información sin sacrificar nuestra serenidad, nuestra capacidad de reflexión y
nuestra salud mental.
Quizá,
el desafío más urgente de nuestro tiempo no sea acceder a más datos, sino
recuperar la pausa. Porque, una sociedad que recibe millones de mensajes cada
día, pero que rara vez encuentra tiempo para pensar sobre ellos, corre el
riesgo de saber cada vez más y entender cada vez menos.
domingo, 28 de junio de 2026
EL ÁNGULO QUE DESPIERTA (C-04)
EL ÁNGULO QUE DESPIERTA
El ángulo
que despierta
Camino hasta
que el tiempo, con esa autoridad que solo tiene cuando se cansa, me pide
quedarme. Aquella tarde obedecí.
Ya lo sabía
—aunque finja sorpresa—: esas casonas no fueron levantadas solo para alojar
cuerpos dóciles. Los arquitectos, magos con regla y ego bien planchado, dejaron
trampas de belleza, ecuaciones de espera. Construyeron esquinas que miran de
reojo, curvas que fingen nostalgia, ángulos que practican una paciencia mineral
hasta que alguien —cualquiera— los termina con su paso.
El oponente
vivía allí desde hacía décadas. Tenía forma corpórea, aunque nadie se molestaba
en nombrarlo. ‘El Ángulo Muerto’.
Una esquina
levemente fuera de escuadra, de esas que no salen en las postales ni en los
mapas turísticos. Se desplazaba cuando nadie la miraba —como hacen las cosas
importantes—. Hecha de sombra y cal, se alimentaba del Olvido. No del olvido
trágico, no: del melifluo, del cómodo.
Los que pasaban
creían que la ciudad se volvía bella. En realidad, se volvía inofensiva.
Entonces llegó
Nelia. Arequipeña. Electricidad volcánica bajo la piel y una calma que
desmiente incendios. Nació en equinoccio —23 de septiembre—, cuando el mundo
ensaya el equilibrio y casi siempre falla. Su andar pausado activó proporciones
dormidas. Las fachadas respiraron, a regañadientes. La luz, como si entendiera
algo tarde, cambió de tono.
El Ángulo
Muerto se tensó. Se vio impelido a salir de su escondite: una arista negra
desprendida de un palacio, un pliegue de piedra con hambre antigua.
No hubo grito.
Nunca lo hay
cuando ocurre lo verdadero.
La sombra
avanzó, convencida de su oficio. Pero, al tocarla sucedió lo incómodo: la
electricidad de su origen no quemó. Ordenó.
El ángulo se
alineó, casi con vergüenza. La esquina recordó su sitio. El Olvido,
sorprendido, perdió densidad y se volvió polvo de luz —esa forma elegante de
desaparecer.
¡Ahí entendí el
legado!
No era un
objeto ni una herencia que se exhibe. Era una facultad incómoda: la capacidad
de devolver sentido donde la forma se ha vaciado; de reconciliar lo humano con
lo construido, sin pedir permiso; de caminar y, sin proponérselo, desmentir la
ciudad.
Nelia siguió su
camino sin saberlo —como hacen los verdaderos operadores del milagro—. El paseo
recuperó su ruido, su prisa, su selfie.
Yo me quedé un
segundo más, guardando el ahora, que es un acto subversivo.
Desde entonces,
cuando una presencia justa cruza una esquina precisa, Barcelona duda de sí
misma. Y yo, callejero, sonrío con ironía tranquila: los magos acertaron.
El legado no se
hereda.
Camina.
jueves, 25 de junio de 2026
¿POR QUÉ YA NO NOS MIRAMOS A LOS OJOS?: El verdugo del índice (74)
¿POR QUÉ YA NO NOS MIRAMOS A LOS OJOS?: El verdugo del índice
—¡Mírame
cuando te hablo! —
No
hacerlo era casi un acto de rebeldía en los años sesenta. Una falta de respeto.
Un pequeño motín familiar contra las buenas costumbres. En muchos lugares del
Perú, las llamadas telefónicas pasaban por una central, el telegrama seguía
vigente y no todos tenían teléfono en casa. Por eso, la comunicación
interpersonal era intensa, inevitablemente humana.
La
gente se saludaba de vereda a vereda. Las calles tenían menos ruido y más
rostros. A las damas y a los mayores se les cedía el lado de la pared. Había
tiempo para reconocer quién venía caminando a lo lejos. Las conversaciones
gozaban de algo que hoy parece artículo de museo: atención sostenida. Uno
escuchaba y esperaba prudentemente el turno para hablar.
Hoy,
la escena es distinta.
Caminamos
rápido. Vemos, pero no miramos. Mucho menos contemplamos. Cabeza gacha, ojos
clavados en el celular, avanzamos por cualquier lado de la vereda como si la
ciudad fuera una pista de obstáculos. Los mayores incomodan, porque avanzan
lento. Don Gonzalo intenta cruzar la calle mientras un ejército de jóvenes lo
esquiva sin levantar la vista de la pantalla.
El
índice se ha convertido en verdugo profesional: pasa inmisericordemente de
noticia en noticia, de video en video, de aplicación en aplicación. Somos como
aquellas piedrecitas planas que lanzábamos al mar para ver cuántas veces
rebotaban antes de hundirse. Solo que, ahora el rebote ocurre dentro de nuestra
cabeza.
¿Hay
conversaciones? Más bien, hay ansiedad.
Basta
escuchar el sonido de una notificación para que el cuerpo entre en alerta. La
neurociencia explica que cada mensaje activa circuitos de recompensa
relacionados con la dopamina, neurotransmisor vinculado al placer y la
expectativa. El cerebro aprende rápidamente que detrás de cada vibración podría
venir una sorpresa. Y queda atrapado buscando la siguiente.
Por
eso, nos cuesta sostener la atención. La corteza prefrontal, encargada de
concentrarse y reflexionar, termina fatigada por el exceso de estímulos.
Saltamos de un tema a otro sin profundizar en ninguno. Sabemos de todo un poco
y comprendemos cada vez menos.
El
filósofo Byung-Chul Han sostiene que vivimos en una sociedad agotada por la
hiperestimulación. Yo sospecho que también vivimos en una sociedad incapaz de
quedarse quieta, siempre está ansiosa. Blaise Pascal decía que gran parte de
los problemas humanos nacen de no saber permanecer solos en silencio dentro de
una habitación. Hoy, ni siquiera entramos al baño sin llevar el celular.
¿Y
el saludo? ¿Y la contemplación del mundo?
Las
pantallas nos han absorbido lentamente. Mientras tanto, la tarde sigue cayendo
hermosa sobre la ciudad… aunque, ya casi nadie levante la mirada para verla.
lunes, 22 de junio de 2026
DECIR LA VERDAD ES MOLESTO (P-06)
*Crónica de una incomodidad compartida*
Hay
verdades que entran a una habitación como una ráfaga de viento. No rompen nada,
pero desordenan. Mueven las cortinas de las costumbres, levantan el polvo de
las creencias y obligan a mirar aquello que preferíamos mantener oculto. Quizá
por eso decir la verdad suele resultar incómodo. No porque sea agresiva, sino
porque tiene la extraña costumbre de iluminar rincones que muchos preferirían
conservar en penumbra.
El
despertador suena a las 6:30 a.m. En la cocina, Rosa pregunta: «¿César, me
queda bien este pantalón?». Sabe que la respuesta honesta desatará un silencio
gélido, así que dice “te ves genial”. En la oficina, el jefe presenta una idea
catastrófica. Todos asienten como muñecos. Jorge susurra “es una locura”, pero
nadie lo dice en voz alta.
¿Por
qué nos cuesta tanto la honestidad? Porque decir la verdad es un acto
profundamente molesto.
Durante
miles de años, sobrevivir dependía de mantener el grupo unido. Decir algo que
generara conflicto podía significar quedar fuera del círculo, y quedar fuera
del círculo, en la prehistoria, podía significar morir de hambre o ser presa
fácil. Por eso, evolutivamente, mentir un poco —o callar mucho— se volvió una
estrategia de cohesión social más que un defecto moral. La evolución nos diseñó
para encajar, no para tener la razón.
La
antropología responde: supervivencia. Miles de años manteniendo el grupo unido.
Una verdad incómoda podía costar el destierro.
Las
neurociencias lo confirman. Cuando anticipamos decir algo desagradable, se
activa la ínsula, la misma región que procesa el dolor físico. Y al escuchar
una verdad cruda, se activa la amígdala, la zona del pánico. Literalmente, una
verdad incómoda duele como un golpe, ya sea que la digamos o la recibamos.
Pienso
en Platón y su alegoría de la caverna: al que baja a decir que solo ven
sombras, lo destierran. Hoy no nos destierran, pero aplican la ley del hielo o
la cancelación en redes. Si tomaran un café Nietzsche y Sam Harris coincidirían
en que la mentira social funciona como un lubricante: permite que la maquinaria
humana funcione sin fricciones constantes. Pero, ese lubricante tiene un costo.
Cada mentira pequeña —"no pasa nada", "todo bien"—
construye una distancia microscópica entre las personas, que con el tiempo se
acumula.
Y
aquí, entra la intuición colectiva, esa sabiduría de la calle. El panadero, la
cajera, el taxista, el amigo que dice “se ve increíble” sobre un platillo que
salió mal: todos operamos bajo el mismo pacto tácito de amabilidades
prefabricadas. Porque, la verdad desnuda exige un gasto emocional que nadie
quiere pagar un lunes por la mañana.
Pero,
esa verdad no desaparece por evitarla; se acumula. Como dice doña Enriqueta en
el mercado, mientras pela tomates: “La verdad es como el ají: pica, pero a
veces te limpia la garganta”. Quizás, el secreto no sea ser brutalmente
honestos, sino aprender a sostenerla con un poco de compasión. Esa honestidad
cotidiana, dicha casi en un susurro, es quizá la más valiente de todas.
¿Y, si el que necesita cargarse soy yo?
¿Y, si el que necesita cargarse soy yo?
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