EL CEREBRO FABRICA ESTADOS
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Francesca mira el reloj por quinta vez en menos de diez minutos. Antes de que termine el día debe entregar un modelo financiero que permita canalizar las donaciones económicas destinadas a miles de damnificados por los terremotos ocurridos en Venezuela. No es un informe cualquiera. De él dependerá que gobiernos, empresas y ciudadanos puedan aportar recursos con transparencia y rapidez.
Pero,
mientras intenta organizar cifras, proyecciones y escenarios, su laptop no deja
de recibir mensajes. Tiene pendientes varias tareas de su trabajo habitual.
Prometió acompañar a su mamá para ver un departamento. Su sobrina espera ir con
ella para comprar zapatillas. El banco le recuerda el vencimiento de una cuota.
El grupo familiar de WhatsApp acumula decenas de mensajes.
Entonces,
ocurre algo curioso.
Ninguno
de esos acontecimientos representa un peligro para su vida. Sin embargo, su
cerebro comienza a comportarse como si un depredador estuviera escondido detrás
de la puerta. El corazón se acelera. La respiración cambia. Los pensamientos
empiezan a competir unos con otros. La atención se fragmenta. La ansiedad ocupa
el primer asiento.
Nuestro
cerebro fabrica estados. Biológicamente estamos programados para ello. Durante
cientos de miles de años sobrevivieron aquellos cerebros que sospechaban antes
de confiar, que imaginaban el peligro antes que la tranquilidad. Era un
extraordinario mecanismo de supervivencia cuando nuestros antepasados debían
distinguir entre un arbusto movido por el viento y un felino dispuesto a
atacar.
El
problema es que el cerebro moderno sigue utilizando el mismo software para
enfrentar amenazas muy distintas. Una reunión de trabajo, un examen
universitario, una entrevista laboral o una llamada inesperada pueden activar
circuitos muy parecidos a los que, hace miles de años, nos preparaban para
escapar de un animal salvaje.
Nuestro
cerebro, en cierto modo, exagera. Fabrica escenarios antes de que ocurran.
Ensaya derrotas que jamás sucederán. Nos hace sentir que todo puede derrumbarse
cuando, en realidad, solo estamos frente a una tarea difícil. Pero, aquí
aparece una de las noticias más esperanzadoras que nos ofrece la neurociencia.
No
somos simples espectadores de esos estados internos.
Podemos
dirigirlos.
Aceptar
la incomodidad es una de las formas más eficaces de entrenar al cerebro. Cuando
enfrentamos una situación nueva —aunque produzca incertidumbre— obligamos al
cerebro a buscar soluciones distintas. Activa conexiones que utilizaba poco,
fortalece otras y comienza a reorganizarse. Es lo que conocemos como
plasticidad neuronal.
Por
eso, equivocarse deja de ser un fracaso para convertirse en entrenamiento.
Cada
vez que Francesca decide continuar, aunque no tenga todas las respuestas, su
cerebro empieza a construir nuevos caminos. Tal vez, el primer modelo
financiero no sea perfecto. Quizá, deba corregirlo varias veces. Pero, habrá
conseguido algo mucho más valioso: demostrarle a su propio cerebro que es capaz
de atravesar territorios desconocidos y vencer sus miedos.
Y
ese descubrimiento permanece.
La
próxima vez que aparezca una situación semejante, el cerebro ya no encontrará
un vacío, sino una experiencia almacenada. Recordará que aquella incomodidad no
terminó en desastre, sino en aprendizaje.
Tal
vez, esa sea una de las lecciones más hermosas de la neurociencia
contemporánea: nuestro cerebro puede fabricar miedo, ansiedad o incertidumbre,
pero también puede fabricar confianza.
La
diferencia no siempre está en las circunstancias. Muchas veces, está en la
decisión de permanecer unos minutos más dentro de esa incómoda frontera donde,
silenciosamente, comienza a construirse una versión mejor de nosotros mismos.



