¿POR QUÉ YA NO NOS MIRAMOS A LOS OJOS?: El verdugo del índice
—¡Mírame
cuando te hablo! —
No
hacerlo era casi un acto de rebeldía en los años sesenta. Una falta de respeto.
Un pequeño motín familiar contra las buenas costumbres. En muchos lugares del
Perú, las llamadas telefónicas pasaban por una central, el telegrama seguía
vigente y no todos tenían teléfono en casa. Por eso, la comunicación
interpersonal era intensa, inevitablemente humana.
La
gente se saludaba de vereda a vereda. Las calles tenían menos ruido y más
rostros. A las damas y a los mayores se les cedía el lado de la pared. Había
tiempo para reconocer quién venía caminando a lo lejos. Las conversaciones
gozaban de algo que hoy parece artículo de museo: atención sostenida. Uno
escuchaba y esperaba prudentemente el turno para hablar.
Hoy,
la escena es distinta.
Caminamos
rápido. Vemos, pero no miramos. Mucho menos contemplamos. Cabeza gacha, ojos
clavados en el celular, avanzamos por cualquier lado de la vereda como si la
ciudad fuera una pista de obstáculos. Los mayores incomodan, porque avanzan
lento. Don Gonzalo intenta cruzar la calle mientras un ejército de jóvenes lo
esquiva sin levantar la vista de la pantalla.
El
índice se ha convertido en verdugo profesional: pasa inmisericordemente de
noticia en noticia, de video en video, de aplicación en aplicación. Somos como
aquellas piedrecitas planas que lanzábamos al mar para ver cuántas veces
rebotaban antes de hundirse. Solo que, ahora el rebote ocurre dentro de nuestra
cabeza.
¿Hay
conversaciones? Más bien, hay ansiedad.
Basta
escuchar el sonido de una notificación para que el cuerpo entre en alerta. La
neurociencia explica que cada mensaje activa circuitos de recompensa
relacionados con la dopamina, neurotransmisor vinculado al placer y la
expectativa. El cerebro aprende rápidamente que detrás de cada vibración podría
venir una sorpresa. Y queda atrapado buscando la siguiente.
Por
eso, nos cuesta sostener la atención. La corteza prefrontal, encargada de
concentrarse y reflexionar, termina fatigada por el exceso de estímulos.
Saltamos de un tema a otro sin profundizar en ninguno. Sabemos de todo un poco
y comprendemos cada vez menos.
El
filósofo Byung-Chul Han sostiene que vivimos en una sociedad agotada por la
hiperestimulación. Yo sospecho que también vivimos en una sociedad incapaz de
quedarse quieta, siempre está ansiosa. Blaise Pascal decía que gran parte de
los problemas humanos nacen de no saber permanecer solos en silencio dentro de
una habitación. Hoy, ni siquiera entramos al baño sin llevar el celular.
¿Y
el saludo? ¿Y la contemplación del mundo?
Las
pantallas nos han absorbido lentamente. Mientras tanto, la tarde sigue cayendo
hermosa sobre la ciudad… aunque, ya casi nadie levante la mirada para verla.




