La pregunta me cayó sin aviso, como caen
las preguntas importantes: en medio de la tarde, mientras hacíamos nada. O,
mejor dicho, mientras hacíamos eso que los adultos solemos subestimar y que
para los niños es un acto mayor: compartir el tiempo.
—Abu, ¿cómo se llega a viejo?
No supe responder de inmediato. Y quizá
eso ya era parte de la respuesta. (Tengo casi 70 años y no siempre me pongo en
el grupo de los “viejos”.
Llegar a viejo no es simplemente
acumular años, pensé. No es una carrera de resistencia ni una lotería genética.
Sabemos —y la vida se encarga de recordárnoslo con cierta crudeza— que no todos
llegan. Algunos se quedan en la curva, otros se bajan antes de tiempo, y muchos
parten sin haber sido escuchados. Por eso, más que llegar, la vejez se
construye.
Alguien, alguna vez me habló de una
expresión en inglés que, traducida libremente, decía algo así como que las
canas son relámpagos de sabiduría. Me gustó la imagen. El relámpago no ilumina
siempre, pero cuando lo hace, revela el paisaje completo, incluso aquello que
preferíamos no ver. Así son las canas: destellos breves de experiencia que, si
aprendimos algo, nos permiten mirar con mayor amplitud y menos urgencia.
Sabemos que el cerebro envejece, sí,
pero también se reorganiza. La plasticidad no desaparece: cambia. Disminuye la
velocidad, pero aumenta la capacidad de integrar experiencias, de leer
contextos, de anticipar consecuencias. No es casual que la impulsividad ceda
paso a la reflexión, ni que el silencio gane terreno a la palabra innecesaria.
El cerebro viejo, bien cuidado, es menos veloz, pero más sabio.
Conocemos que, en muchas culturas
originarias, los viejos no eran una carga, sino una brújula. Eran la memoria
viva del grupo, los guardianes del relato común. Hoy, en cambio, solemos medir
el valor en productividad y juventud, olvidando que la experiencia no cotiza en
bolsa, pero sostiene comunidades.
Llegar a viejo, entonces, no es solo
sobrevivir es un acto de heroicidad. Es haber amado, errado, pedido perdón,
escuchado más de lo que se habló. Es haber aprendido a disfrutar lo simple: un
aromático café, una conversación sin prisa, la risa de la nieta que pregunta
sin saber que acaba de interpelar toda una vida.
Al final, le respondí lo único honesto:
—Se llega viviendo, cuidando el cuerpo,
la mente… y abriendo el corazón.
Morgana asintió, como si hubiera
entendido. Tal vez lo hizo. Yo, al menos, sigo aprendiendo.






