jueves, 19 de marzo de 2026

PLACER EXPRÉS... CON INTERESES (60)


Placer exprés con intereses

El cerebro —ese contable silencioso— aprende rápido. Si Martha se siente sola y abre Tinder, anota: soledad = compañía digital. Si Edgard, ansioso por la reunión del lunes, corre hacia el azúcar, registra: ansiedad = pastel. Si Claudia no puede dormir y se desliza por videos infinitos, queda asentado: insomnio = distracción luminosa. La ecuación parece inofensiva. El problema es que la factura no llega de inmediato.

La dopamina —esa sustancia que nos hace sentir placer— empieza a liberarse con facilidad. Al comienzo usamos el celular, el dulce o la distracción para sentirnos mejor. Pero, poco a poco cambia el motivo: ya no lo hacemos para estar bien, sino para no estar mal. Es decir, dejamos de buscar alegría y empezamos simplemente a huir de la incomodidad. Sin darnos cuenta, el gusto se convierte en escape. Y como toda recompensa exprés, viene con intereses: irritabilidad, vacío, fragilidad ante la mínima incomodidad. Todo molesta. Todo aburre. Todo duele un poco más.

No es el dolor lo que nos debilita —ha acompañado siempre a la condición humana—, sino nuestra impaciencia para escucharlo. Preferimos anestesiar antes que comprender. En el restaurante, el flaco Andrés conversa con su esposa mientras su teléfono vibra como un pequeño oráculo moderno. Él cree decidir cuándo mirarlo; en realidad, obedece. Hemos delegado la gestión de nuestras emociones a la notificación más cercana.

Quizá la primera ruptura del circuito sea simple: esperar diez minutos. Antes de abrir la aplicación o buscar el dulce, demorarse. El impulso tiene una curva; si no se alimenta, desciende. Diez minutos de respiración consciente pueden devolvernos el gobierno interior.

La segunda es más antigua y difícil: nombrar la emoción. “Estoy ansioso”. “Estoy triste”. Ponerle palabras reduce su intensidad. La filosofía clásica ya advertía que la virtud no consiste en reprimir, sino en ordenar lo que sentimos.

Te propongo, además un discreto ayuno de dopamina: una tarde sin redes, una caminata sin audífonos, un café sin pantalla. Descubrir que el cielo gris también conversa si uno le concede silencio. Recuperar la contemplación no como lujo místico, sino como higiene mental. Sentarse con uno mismo sin escapar.

Y, algo más profundamente humano: rituales de cierre. Escribir una carta que no se enviará. Agradecer lo aprendido de una herida. Las culturas sabias sabían que el dolor necesita ceremonia, no distracción.

El placer no es enemigo; lo es su versión barata. La vida no promete ausencia de malestar, pero sí la posibilidad de significado. Y el significado no vibra ni hace ruido. Se construye despacio, sin intereses acumulados, en ese territorio íntimo donde aprendemos a estar bien con nosotros mismos antes de buscar consuelo en la pantalla.


 

jueves, 12 de marzo de 2026

LOS COLORES NO EXISTEN (59)

Los colores no existen

LOS COLORES NO EXISTEN


Cuando dictaba clases decía: “Los colores no existen”, mis estudiantes me miraban con una mezcla de cariño e incredulidad. Bajaban la vista a sus plumones desparramados sobre el pupitre —rojos encendidos, verdes fosforescentes, azules oceánicos—, miraban las láminas brillantes, alguno hasta evocaba los colores del aura que juraba haber visto en algún concierto, y volvían a mirarme como preguntando: “Profesor, ¿está usted seguro de lo que ve… o de lo que no ve?”. La evidencia parecía gritar desde sus cartucheras. ¿Cómo negar aquello que literalmente tenían frente a los ojos?

Pero no. Lo que existe son ondas electromagnéticas. Energía viajando en distintas longitudes. Los objetos no “poseen” color: absorben ciertas ondas y rechazan otras. Ese rebote luminoso entra por la retina, se traduce en impulsos eléctricos y llega al cerebro. Y allí, en el discreto taller y asombrosa arquitectura neuronal, ocurre el milagro: el cerebro pinta.

El rojo no está en la rosa. Está en nosotros.

Las neurociencias lo explican sin poesía, aunque el fenómeno sea profundamente poético: nuestros conos retinianos responden a determinadas longitudes de onda —aproximadamente asociadas al azul, verde y rojo— y es la combinación de esas señales lo que el cerebro interpreta como color. El rosado, por ejemplo, no existe como longitud de onda propia en el espectro visible. Es una solución creativa cuando llegan simultáneamente señales del rojo y del azul. El cerebro no se equivoca: resuelve.

Vivimos, entonces, en una realidad interpretada.

Una abeja percibe patrones ultravioleta invisibles para nosotros. Una serpiente “ve” el calor. Cada sistema nervioso construye su mundo con las herramientas que posee. Nosotros, apenas captamos una franja diminuta del vasto espectro electromagnético y, con esa porción reducida, armamos nuestro universo cromático.

Y aquí aparece, sutil pero firme, nuestra petulancia.

Con tres tipos de conos y un cerebro que traduce impulsos eléctricos en colores imaginados, solemos comportarnos como si fuéramos notarios de la verdad absoluta. “Así son las cosas”, decimos. Porque, así las vemos. Convertimos nuestra percepción en norma, nuestra interpretación en dogma. Si lo “veo” así, entonces es así. Y quien no coincida, simplemente está equivocado.

Resulta casi enternecedor: apenas percibimos una minúscula parte de lo real, pero dictaminamos como si poseyéramos el espectro completo.

Si aceptáramos que solo captamos una pequeña fracción de lo que existe, comprenderíamos que estamos más cerca del error que del acierto. Y tal vez, desde esa humilde conciencia, escucharíamos con mayor apertura las realidades ajenas. Porque, cada cerebro construye su versión del mundo; cada mirada amplía el mapa.

El mundo no viene pintado de fábrica. Lo coloreamos nosotros.

Y quizá la verdadera madurez consista en sospechar, con elegancia, que nuestro color no es el único posible… aunque lo veamos con absoluta claridad.

jueves, 5 de marzo de 2026

DEJANDO ESPACIO (58)

Dejando espacio

DEJANDO ESPACIO

Papá partió hace seis meses. Noventa y cinco años no amortiguan el vacío; lo ensanchan. El silencio que dejó tiene un peso específico: si lo miro de frente, me mareo.

Durante los últimos dieciocho años caminamos juntos todos los días. No eran simples paseos, eran travesías por su memoria y la mía. Yo le leía mis borradores —conferencias temblorosas, poemas en gestación— y él escuchaba con esa paciencia que solo concede el amor sin prisa. Fue mi primer público. El más fiel. Después era mi turno de escucharlo, de perseguir esa presa inapreciable de sus recuerdos. A los noventa escribió su libro. El piano, su eterno amigo, seguía acompañándolo. Nos quedamos a mitad de nuestro último proyecto: Libro con papá. El título permanece. Falta su voz.

O eso creía.

Sin advertirlo, empecé a transitar los mismos espacios de la casa. Del dormitorio a la sala, de la sala a la ventana. Acomodo objetos, reviso puertas, repito recorridos que antes le reclamaba por innecesarios. Le pedía que tuviera cuidado, temía un traspié. Hoy hago exactamente esos mismos movimientos.

Yo no usaba reloj. Él insistía en que utilizara el suyo. Me negaba: “No es necesario, papá, todo está en el celular”. Ahora, cada mañana, abro el cofrecito de la mesa de noche con su misma parsimonia. Tomo el reloj. Lo sostengo un instante. Y me lo coloco siguiendo un ritual que no me pertenece del todo. Hay momentos en que siento —estoy seguro— que es él quien se pone el reloj: la mano, el giro de la muñeca, el tono idéntico de nuestra piel.

En cada paso voy comprendiendo la profundidad de su alma y el amor paciente que tuvo frente a mis apresuradas ligerezas. Yo quería llegar; él sabía quedarse. Hoy entiendo que lo importante no es arribar, sino habitar el ahora.

Las neurociencias explican que no heredamos, solo rasgos físicos. También internalizamos modos de afrontar la vida. La memoria emocional y los patrones aprendidos nos habitan. No es metáfora: es continuidad biológica y afectiva.

Quizá el duelo consista en eso: dejar espacio. No para que el ausente regrese, sino para reconocer que sigue actuando en nosotros.

Me sigue enseñando.

Y su presencia —lo juro— se vuelve tangible en cada pequeño gesto del día.

 

jueves, 26 de febrero de 2026

ELOGIO AL CHICLE (o cómo la mandíbula también piensa) (57)

Elogio del chicle (o cómo la mandíbula también piensa)

ELOGIO DEL CHICLE (O CÓMO LA MANDÍBULA TAMBIÉN PIENSA)

Cuando era niño me decían que masticar chicle era cosa de grandes.
Una promesa aplazada que desesperaba. El chicle no era golosina: era futuro. El Chalo niño aún reclama esa postergación absurda: ¿por qué, lo placentero debía esperar hasta tener un credencial de adulto?

Mucho antes de mis ansias infantiles, otros ya masticaban. El chicle es americanísimo: los pueblos originarios de Mesoamérica extraían del chicozapote una resina llamada tzictli. No era moda, era higiene, sed calmada, concentración en la caminata. Los antiguos mascaban savias naturales, porque intuían que la boca también organiza el pensamiento. Sin papers, sin resonancias magnéticas: cuerpo puro.

Siglos después, la industria convirtió aquella resina ritual en producto empaquetado. Azúcar, colores, publicidad, daba clase. De gesto corporal pasó a mercancía. Y cuando por fin fui “grande”, masticar chicle era detalle, caché, una forma de caminar con suficiencia. El Chalo adolescente protesta hoy: no sabíamos si mascábamos chicle o inseguridades.

Luego, llegó la advertencia médica. Que desalinea dientes. Que provoca gastritis. Que engaña al estómago. El chicle pasó al banquillo de los acusados. Y el Chalo adulto comenzó a sospechar: ¿de verdad una goma de menta era más peligrosa que el estrés crónico, la prisa permanente, la mala digestión de la vida?

Años después leo a la neurocientífica Nazareth Castellanos y el personaje regresa rehabilitado. Masticar activa el nervio trigémino, aumenta ligeramente el flujo sanguíneo cerebral, mejora por breves momentos la atención. Un chicle sin azúcar, de menta, un minuto antes de estudiar. No es un milagro. No, no es una pócima mágica. Apenas, un gesto mínimo que ayuda.

Y aquí el Chalo filósofo interviene: nunca estudiamos, solo con el cerebro. Aprendemos con la postura, con la respiración, con la saliva que anticipa, con la mandíbula que marca ritmo. El pensamiento no es aséptico; es corporal.

Quizá el error no fue masticar. Quizá fue desterrar al cuerpo del acto de conocer. El chicle —resinoso, americanísimo, terco— nos recuerda que pensar también es un movimiento.

Mientras escribo, no mastico. Pero, mi boca se mueve. Porque pensar, al final, es masticar el mundo despacio, sin tragárselo entero, dejando que la mandíbula también tenga la palabra.



viernes, 20 de febrero de 2026

INEMURI: PENSAMIENTOS QUE VIAJAN SENTADOS (56)



INEMURI: pensamientos que viajan sentados

Mis primeros viajes en bus fueron cuando iba al colegio. Tomaba dos ómnibus 
cada mañana y, aunque el trayecto era siempre el mismo, nunca era igual. Iba 
sentado junto a la ventana, con mis cuadernos entre las piernas, y la mente en 
otro lugar. En esos recorridos ensayé mis primeras estrategias vitales: cómo 
“declarar” mi amor —con torpeza heroica— a la chica más linda del barrio, cómo 
iba a driblear a Nano, grandote él, o cómo inventar una excusa creíble para no 
hacer los mandados de mamá, pedir a mi papi, permiso a última hora o pedirle 
propina. El bus avanzaba; yo ya estaba viviendo otra escena.
Muchos años después, sigo viajando en ómnibus, pero ahora con el cansancio 
del trabajo, las preocupaciones acumuladas y ese agotamiento que se posa en 
los párpados sin pedir permiso. Es entonces cuando aparece el inemuri: ese 
dormir sin irse del todo. El cuerpo se afloja, la cabeza bambolea con el ritmo del 
vehículo, y uno parece ausente… aunque, no lo está.
Desde las neurociencias sabemos que el cerebro, en esos estados de 
somnolencia, no se apaga. Cambia de frecuencia. Aparecen las ondas alfa y 
theta, vinculadas a la imaginación, la memoria y la creatividad. El sistema 
reticular sigue vigilante: reconoce el trayecto, calcula el tiempo, registra las 
curvas y frenazos. Por eso, despertamos —casi milagrosamente— en el 
paradero exacto.
William James decía que la conciencia es un flujo, no un interruptor. Y en ese 
flujo hay momentos donde la razón descansa y la intuición asume el rol 
protagónico. No es casual que tantas ideas emerjan cuando dejamos de 
forzarlas. Einstein confiaba en esos estados de relajación; Poincaré los 
consideraba decisivos para el hallazgo creativo.
Antropológicamente, el inemuri no es evasión culpable, sino una pausa 
funcional. En Japón se interpreta como señal de entrega; en nuestros buses, es 
una forma silenciosa de resistencia cotidiana. El trabajador, el estudiante, el 
viajero confían su cuerpo al trayecto y su mente a un orden más profundo.
Voy dormitando. El ómnibus frena. Abro los ojos. Es mi paradero. Me levanto con 
la certeza extraña de haber pensado —o soñado— todo esto mientras me 
balanceaba, aparentemente ausente, pero íntimamente despierto. Mejor lo 
escribo antes que me olvide



jueves, 12 de febrero de 2026

ENDEREZAR LA ESPALDA: Una forma discreta de ordenar la vida (55)

“Enderezar la espalda: una forma discreta de ordenar la vida”

Desde pequeño, mi padre se preocupó obsesivamente por mi postura. No era un asunto estético: era, según él, una cuestión de carácter. Recuerdo con nitidez aquel rudimentario —y hoy impensable— método correctivo: un pedazo de palo de escoba colocado a lo largo de la espalda, sujetado con los brazos, obligándome a caminar recto, casi marcial. Yo obedecía con resignación infantil, sin entender del todo por qué ese empeño.

Mi padre, además, tenía frases lapidarias. Si me veía cabizbajo, mirando el suelo, soltaba con sorna:

—¿Se te ha perdido algo que paras mirando abajo?

Lo decía riéndose, pero había ciencia en su ironía. Repetía un refrán que le salía del alma y de la experiencia: árbol que crece torcido ya no se endereza. Y no hablaba solo de la espalda. Hablaba de normas, de valores, de la manera de estar en el mundo.

Mucho después, ya adulto, descubrí que aquel padre intuitivo tenía aliados inesperados: la filosofía y la neurociencia. El cuerpo no es un mero transporte de la mente; es un interlocutor permanente. Nuestra postura envía mensajes constantes al cerebro. Caminar encorvados, con los hombros caídos y la mirada baja, refuerza estados de ánimo asociados al cansancio, la tristeza o la indefensión. En cambio, una postura erguida activa circuitos neuronales vinculados a la confianza, la energía y la regulación emocional. No es magia: es biología.

La filosofía estoica ya lo intuía. Epicteto hablaba de la dignidad corporal como reflejo del alma. No se trataba de soberbia, sino de coherencia: el cuerpo acompaña al pensamiento, y el pensamiento moldea al cuerpo.

Confieso que no siempre es fácil. Hay días de agotamiento real: después de un partidazo sufrido hasta el último minuto, de caminar largos trechos, o de jornadas laborales que dejan el cuerpo pidiendo tregua. Sin embargo, incluso en esos momentos, hago un esfuerzo consciente por caminar erguido. Tal vez, porque no soy alto y, al ir recto, me siento mejor. Más presente. Más yo.

Alguna vez, Mónica lo resumió con humor brutal:

—Chalo puede estar cansado, casi muerto, pero siempre camina bien paradito… parece muñequito de torta.

Reímos, claro. Pero, tenía razón. La postura no solo sostiene el cuerpo: sostiene la identidad. Y a veces, enderezar la espalda es la primera forma silenciosa de enderezar el ánimo.


 

viernes, 6 de febrero de 2026

¿ABU CÓMO SE LLEGA A VIEJO? (54)

 


¿ABU CÓMO SE LLEGA A VIEJO?

La pregunta me cayó sin aviso, como caen las preguntas importantes: en medio de la tarde, mientras hacíamos nada. O, mejor dicho, mientras hacíamos eso que los adultos solemos subestimar y que para los niños es un acto mayor: compartir el tiempo.

—Abu, ¿cómo se llega a viejo?

No supe responder de inmediato. Y quizá eso ya era parte de la respuesta. (Tengo casi 70 años y no siempre me pongo en el grupo de los “viejos”.

Llegar a viejo no es simplemente acumular años, pensé. No es una carrera de resistencia ni una lotería genética. Sabemos —y la vida se encarga de recordárnoslo con cierta crudeza— que no todos llegan. Algunos se quedan en la curva, otros se bajan antes de tiempo, y muchos parten sin haber sido escuchados. Por eso, más que llegar, la vejez se construye.

Alguien, alguna vez me habló de una expresión en inglés que, traducida libremente, decía algo así como que las canas son relámpagos de sabiduría. Me gustó la imagen. El relámpago no ilumina siempre, pero cuando lo hace, revela el paisaje completo, incluso aquello que preferíamos no ver. Así son las canas: destellos breves de experiencia que, si aprendimos algo, nos permiten mirar con mayor amplitud y menos urgencia.

Sabemos que el cerebro envejece, sí, pero también se reorganiza. La plasticidad no desaparece: cambia. Disminuye la velocidad, pero aumenta la capacidad de integrar experiencias, de leer contextos, de anticipar consecuencias. No es casual que la impulsividad ceda paso a la reflexión, ni que el silencio gane terreno a la palabra innecesaria. El cerebro viejo, bien cuidado, es menos veloz, pero más sabio.

Conocemos que, en muchas culturas originarias, los viejos no eran una carga, sino una brújula. Eran la memoria viva del grupo, los guardianes del relato común. Hoy, en cambio, solemos medir el valor en productividad y juventud, olvidando que la experiencia no cotiza en bolsa, pero sostiene comunidades.

Llegar a viejo, entonces, no es solo sobrevivir es un acto de heroicidad. Es haber amado, errado, pedido perdón, escuchado más de lo que se habló. Es haber aprendido a disfrutar lo simple: un aromático café, una conversación sin prisa, la risa de la nieta que pregunta sin saber que acaba de interpelar toda una vida.

Al final, le respondí lo único honesto:

—Se llega viviendo, cuidando el cuerpo, la mente… y abriendo el corazón.

Morgana asintió, como si hubiera entendido. Tal vez lo hizo. Yo, al menos, sigo aprendiendo.

PLACER EXPRÉS... CON INTERESES (60)

Placer exprés con intereses El cerebro —ese contable silencioso— aprende rápido. Si Martha se siente sola y abre Tinder, anota: soledad = ...