lunes, 5 de octubre de 2026

CUANDO LAS CARTAS LLEGABAN A PIE (P-17)

 CUANDO LAS CARTAS LLEGABAN A PIE


CUANDO LAS CARTAS LLEGABAN CAMINANDO

Hay personas cuya manera de caminar termina formando parte del paisaje.

Durante años vi a un hombre recorrer las calles de Salamanca y de mi urbanización Los Recaudadores con unas largas zancadas que parecían ir siempre un poco más aprisa que el resto del mundo.

Vestía un pantalón azul que dejaba ver los tobillos, camisa beige de mangas largas, corbata azul y un quepí que apenas lograba contener su abundante cabello ensortijado. Algunos rizos rebeldes escapaban constantemente y bailaban con el viento, como si también ellos disfrutaran del recorrido. En la oreja izquierda llevaba siempre un lapicero. Del hombro colgaba un enorme maletín de cuero. No era un simple adorno; era un pequeño universo de sobres, postales, giros y esperanzas. Sus zapatos negros, de gruesas suelas de cuero, parecían pesar más que él mismo. Sin embargo, jamás perdían el compás de aquella caminata que era casi una carrera. Me hacía recordar las largas zancadas de Lorenzo Parachoques.

Era cerca del mediodía y llegaba de la Universidad Ricardo Palma, todavía con la imagen de la guapa señora con la que me había cruzado. Los años setenta tenían un sabor distinto y peculiar, como si el tiempo transcurriera con otra música. A esa hora las calles eran un remanso de tranquilidad. Apenas se escuchaba algún motor a la distancia, el ladrido ocasional de un perro o el canto persistente de un canario escondido entre los jardines.

Las señoras regaban las plantas de sus casas. El vendedor de huevos avanzaba lentamente empujando su carretilla de madera. Un poco más tarde aparecía la señora de las frutas y verduras anunciando su presencia con esa voz que todos reconocíamos desde varias cuadras antes. Los chicos jugaban sin prisa y los vecinos sabían perfectamente quién vivía en cada casa, quién recibía visitas y hasta quién necesitaba una taza de azúcar o una mano para empujar el automóvil que se negaba a arrancar.

El cartero era parte de ese paisaje.

Saludaba a todos.

—Don Andrés, hoy tampoco hay carta.

Don Andrés levantaba la mano mientras seguía ayudando a Adrián, el mecánico de la cuadra, a poner en marcha su viejo Ford Taunus.

Unos pasos más adelante inclinaban apenas el quepí.

—No se preocupe, doña Elvira. Seguro la próxima semana escribe Giuliana y le cuenta cómo le está yendo en Estados Unidos.

Doña Elvira sonreía con una mezcla de esperanza y resignación. Luego aparecía doña Violeta camino a comprar huevos. Mujer de pocas palabras y gesto permanentemente severo. Sin embargo, bastaba el saludo cordial del cartero para que aquella rigidez se transformara, aunque fuera por unos segundos, en una tímida media sonrisa. Después encontraba a mi mami saliendo de casa. Seguro iba a visitar a la señora Paquita.

—Doña Estelita, todavía no llega carta de Pacasmayo. Ya no debe tardar mucho.

Siempre me pregunté cómo sabía tanto de cada familia. Nunca lo vi abrir una carta. Tampoco hacía falta. Después de recorrer tantos años las mismas calles, había aprendido algo que hoy parece extraordinario: conocía a las personas. Sabía quién esperaba noticias de un hijo, quién tenía un hermano trabajando lejos, quién aguardaba una respuesta para un empleo o quién contaba los días para recibir una fotografía enviada desde otro continente.

Mientras lo observaba alejarse, con la corbata moviéndose al ritmo del viento y aquellos rizos escapando del quepí, tenía la impresión de que la alegría caminaba por la vereda.

En Navidad y Fiestas Patrias debía agregar un pequeño costal a su equipaje. Allí guardaba los panetones, las botellas, las cajas de chocolates y los pequeños obsequios que los vecinos le entregaban espontáneamente. Nunca los pedía. Nadie se los debía. Eran simplemente una forma de agradecerle por algo mucho más valioso que repartir correspondencia. Porque, el cartero no transportaba únicamente cartas. Era el puente entre quienes estaban lejos y quienes permanecían esperando.

Cada sobre reunía a la familia alrededor de la mesa. La carta se abría con cuidado. Se leía despacio. A veces alguien repetía un párrafo para quien no había escuchado bien. Después comenzaban los comentarios, las risas, alguna lágrima silenciosa y los inevitables planes para responder cuanto antes.

Las cartas tenían un extraño poder: suspendían el tiempo.

Mientras alguien las leía, el reloj parecía resignarse a esperar.

Quizá por eso conservo, desde aquellos años, una pequeña costumbre. Cuando camino, al bajar de la vereda a la pista y volver a subir, doy un pequeño salto. Lo hacía a los diecisiete años y, sin proponérmelo, sigo haciéndolo ahora.

Es apenas un instante.

Una pequeña rebeldía contra la gravedad.

Me gusta sentir ese impulso. Como si al volver a poner los pies sobre la vereda inaugurara un nuevo acorde y la vida cambiara discretamente de compás.

Aquella mañana volví a hacerlo.

Bajé de la vereda a la pista.

Salté.

Y al volver a subir, algo cambió.

El cartero seguía alejándose.

Sus largas zancadas parecían llevarlo cada vez más lejos. La corbata azul danzaba con el viento y los rizos rebeldes saltaban fuera del quepí. El enorme maletín golpeaba suavemente contra su costado.

Sentí deseos de llamarlo.

—¡Señor...!

No sé si la palabra salió de mis labios.

Tampoco sé quién quiso llamarlo.

Quizá aquel muchacho de diecisiete años que regresaba de la universidad.

Quizá este hombre que, muchos años después, caminaba por las mismas calles.

El aire tenía una bondad particular. Era un aire tibio, limpio, de aquellos años en que las tardes parecían tener más espacio. Entonces, como si llegara desde una ventana cercana, comenzó a filtrarse una melodía: Reflexiones de mi vida.

Estoy casi seguro de que venía de la radiola de mi amiga Soledad.

La canción se mezcló con el viento, con el canto de los canarios, con el rumor de los jardines y con el acompasado sonido de aquellos pesados zapatos de cuero. Por un instante todo pareció formar una sola música.

El cartero, la calle, la canción, el muchacho, el hombre, el pasado el presente.

En eso sonó el celular.

Una notificación.

Levanté la vista.

Seguía caminando por los parques y las calles de mi urbanización, cumpliendo, como cada mañana, mis treinta minutos de ejercicio.

Miré el reloj.

No habían transcurrido más que unos pocos minutos. Pero, yo acababa de regresar de un viaje de más de medio siglo.

Fue entonces cuando comprendí que recordar y memoria no son exactamente lo mismo. Solemos emplearlas como si fueran sinónimos, pero existe entre ambas una diferencia secreta.

Recordar es un acto de la voluntad. Uno decide buscar un nombre, una fecha o un episodio.

La memoria, en cambio, posee voluntad propia. Permanece silenciosa durante años hasta que un aroma, una calle, una melodía, una voz o un pequeño salto pueden abrir una puerta que ignorábamos que seguía allí.

Tal vez por eso los recuerdos no regresan cuando nosotros queremos.

Regresan cuando encuentran el camino.

El antropólogo Robin Dunbar sostiene que el cerebro humano evolucionó para vivir en comunidades donde el reconocimiento mutuo y la confianza eran esenciales para la cooperación. Las neurociencias han mostrado, además, la importancia de los vínculos sociales, de las conversaciones y de esos pequeños encuentros cotidianos para nuestro bienestar emocional.

Aquellos saludos que hoy parecen insignificantes tenían un valor enorme.

Conocíamos al vendedor de huevos.

A la señora de las frutas.

Al mecánico.

Al vecino.

Al cartero.

Sabíamos quién esperaba una carta y quién esperaba una visita.

Hoy un mensaje tarda apenas unos segundos en cruzar el planeta. Podemos conversar por videollamada con alguien que vive al otro lado del océano. Nunca habíamos dispuesto de tanta tecnología para comunicarnos y, sin embargo, pocas veces nos habíamos sentido tan distantes.

Hemos multiplicado los contactos, pero reducido los encuentros.

Las conversaciones se han convertido muchas veces en notificaciones. Las puertas permanecen cerradas y los nombres se reemplazan por números de departamento o nombres de usuario.

Antes, una carta podía tardar semanas en llegar y, paradójicamente, nos hacía sentir más cerca. Tal vez porque la comunicación no depende únicamente de la velocidad con que viaja un mensaje. Depende también de cuánto tiempo estamos dispuestos a permanecer con él.

Y entonces recordé a aquella hermosa mujer con la que me había cruzado al comenzar la caminata.

Ahora sospecho que quizá no era una mujer cualquiera.

Los antiguos griegos llamaron Mnemosine a la diosa de la memoria. Tal vez caminó a mi lado aquella mañana sin decirme quién era. Quizá fue ella quien abrió aquella puerta. O tal vez todo fue simplemente una coincidencia.

Pero hay coincidencias que llegan con demasiada precisión para no despertar sospechas.

Volví a escuchar, dentro de mí, la canción Reflexiones de mi vida.

Volví a ver al cartero.

La corbata azul.

Los rizos escapando del quepí.

El enorme maletín de cuero.

Y aquellos zapatos que parecían pesar más que él mismo y que, sin embargo, caminaban como si conocieran perfectamente el camino.

Guardé el teléfono en el bolsillo y seguí andando.

Mientras avanzaba hacia mi casa —esa donde ya no están mi mami ni papá— pensé que quizá la memoria se parece al agua cuando cae sobre una tierra seca, herida y sedienta.

Nunca sigue un solo surco.

Abre caminos, se detiene, se desvía.

Desaparece.

Vuelve a aparecer unos centímetros más allá. Sin que sepamos cómo, termina encontrando su cauce.

Quizá por eso las cartas nunca dejaron de llegar caminando.

Solo cambiaron de destino.

Ahora vienen desde el pasado.

Y algunas, como esta, llegan justo cuando uno está caminando hacia casa.


jueves, 1 de octubre de 2026

LOS BORDES DEL TIEMPO


***LOS BORDES DEL TIEMPO***





Hay vidas ilusas que se empeñan en avanzar en línea recta, pero la memoria no sabe de cronologías. La memoria es un pasaje, un patio de luz, una aguja sobre el vinilo o un tejado victoriano donde los años no se suceden unos a otros: se superponen, se rozan en los bordes y, de pronto, se encienden.

En 1974, el tiempo parecía medirse en el trayecto de dos autobuses para cruzar la ciudad. Tenía dieciocho años y la urgencia luminosa de quien va al encuentro de un amor primero. Al cruzar la puerta de la Quinta Raizla en Magdalena del Mar, el mundo abría sus brazos entre la elegancia serena de una madre, la música de un salón y el alboroto transparente de unos niños. En esa casa no había prisas ni teorías; había risas, trabalenguas y una fascinación repentina por la portada de un disco de acetato con una palabra gigante y disparatada: supercalifragilisticoespialodoso. Es la inefable tapa de las canciones de la famosa película de Mary Popins.

A esa edad, uno no sabe que está cimentando su destino. Uno cree que solo está intentando agradar, conversar, ser uno mismo. Pero mientras los acordes de Imagine o las melodías de Paul Anka edificaban lazos en el aire, el lenguaje hacía crecer raíces. Las palabras no nacieron en la rigidez de un aula, sino en la soltura del juego, en la libertad con la que aquellos niños tropezaban con los vocablos y los volvían a inventar.

Y entonces, el tiempo da un salto sin pedir permiso.

Casi cincuenta años después, la geografía cambia, pero el centro permanece. Al pisar las calles de Westminster en Londres en 2023 y alzar la mirada hacia las hileras de edificios, aparecen las chimeneas. Cajas de ladrillo y estuco que alguna vez exhalaron el hollín de la Revolución Industrial y presenciaron el sacrificio de los antiguos deshollinadores. Para cualquiera, sería solo un paisaje histórico; para quien guarda una emoción en estado de latencia, es una chispa sobre la madera seca del recuerdo. En un solo segundo, la distancia se colapsa. El humo denso del pasado colectivo y el hollín de los años se disipan en el aire. Las chimeneas grises pierden su peso de piedra y se convierten en un escenario vivo. Ahí, en ese borde donde 1974 y el presente se tocan, ocurre la magia: los niños de aquella quinta en Lima, Carlos, Mónica, Pilar y Roberto salen a saltar de tejado en tejado sobre el cielo de Londres. Juegan con las sombras de una película jamás vista, se ríen entre las cornisas y bailan sobre el aire limpio. La nostalgia deja de ser una herida que lacera para convertirse en una contemplación pura, en la certeza de que nada de lo sentido con intensidad se ha perdido realmente.

La vida no es una línea que se apaga; es una danza de momentos que se buscan. Lo que nació como un viaje de juventud en dos autobuses termina por darle ritmo a toda una vida de escritura. Al final, el tiempo no borra: limpia la atmósfera, ahuyenta el humo y nos devuelve intacto el asombro de estar vivos.

  

EL OTRO CAMBIA, Y NOSOTROS TAMBIÉN (88)

 EL OTRO CAMBIA, Y NOSOTROS TAMBIÉN



—Ya no siento lo mismo.

La frase cayó entre los dos con la violencia silenciosa de aquello que uno nunca quiere escuchar. Se habían amado profundamente. Habían compartido viajes, secretos, noches de conversación e imaginado juntos el futuro. Por eso, él no lograba comprender.

—¿Qué hice mal?, piensa Raúl.

Comenzó a revisar la historia como quien busca una grieta en una pared: una palabra que no debió decir, un olvido, una ausencia, algún momento preciso en que pudo haber empezado el final. Pero, quizá la respuesta no estuviera en lo que hizo.

Quizá Lina, sencillamente, ya no era la misma.

Y él tampoco.

Vivimos aferrados a una ilusión: creemos que las personas permanecen. Reconocemos su rostro, su voz, sus gestos, y suponemos que detrás continúa intacto aquel ser que conocimos. Pero, la vida trabaja silenciosamente sobre nosotros. Una decepción, una pérdida, un viaje, un libro, una conversación, una canción, un amor o una traición pueden modificar nuestra manera de mirar el mundo.

Heráclito decía que nadie entra dos veces en el mismo río. No solo porque el agua continúa corriendo, sino porque quien vuelve tampoco es exactamente el mismo. Podríamos extender su intuición: no encontramos dos veces a la misma persona, ni siquiera cuando volvemos a encontrarnos con nosotros mismos.

La neurociencia lo confirma de manera fascinante. Nuestro cerebro posee plasticidad: cambia con la experiencia. Aprendemos, olvidamos, reinterpretamos. Las vivencias dejan huellas y modifican nuestra manera de percibir y responder. No somos una estatua terminada. Somos una obra que la vida continúa modelando.

Por eso, después de algunos años, cuando Paco y Pepe Velasco se encuentran, descubren que aquella cercanía se ha desvanecido. Ya no tienen los mismos intereses ni las mismas preguntas. En cambio, alguien que apenas conocíamos puede empezar a resultarnos profundamente cercano. Las personas que somos hoy han encontrado un puente que las que fuimos no necesitaban o no sabían construir.

También ocurre con quien viaja, ve otros mundos y regresa al pueblo natal. Las mismas calles empedradas siguen allí, quizá la vieja plaza conserva el mismo nombre. Pero, quien vuelve trae otras experiencias. Ha confrontado ideas, conocido otras vidas, sufrido pérdidas. Mira lo conocido con otros ojos.

Porque, realmente, somos otros.

Pero, el encuentro más desconcertante puede ser el que tenemos frente a nosotros mismos. Abrimos una vieja caja y encontramos fotografías, cartas o un cuaderno escrito décadas atrás. Reconocemos nuestra letra y, sin embargo, sentimos que estamos leyendo a alguien diferente.

—¿Así pensaba yo?

Sí. Lo pensabas. Ese también eras tú.

Somos la suma de distintos «yo»: el niño, el adolescente, el joven que creyó saberlo todo, el adulto que se equivocó, el que tuvo miedo, el que amó y tuvo que levantarse después de caer. Incluso somos los «yo» que se perdieron en el camino: sueños incumplidos, posibilidades abandonadas, caminos que no tomamos.

Pero, ninguno pasó en vano. Cada «yo» entregó algo al siguiente: una ilusión, una herida, una pregunta o una lección. Aquel, que hoy quizá nos avergüenza hizo lo que pudo con lo que sabía y con las circunstancias que tuvo. Sin él, tampoco habríamos llegado hasta aquí.

Por eso no dejemos de tener expectativas. Ni de aprender. Ni de forjarnos.

Podemos cambiar de opinión, descubrir una pasión, tender puentes inesperados y seguir construyendo nuevas versiones de nosotros mismos. Como escribió José Ortega y Gasset, somos también nuestra circunstancia; y nuestras circunstancias nunca dejan de cambiar.

Quizá esa sea la verdadera aventura de vivir: aceptar que llevamos dentro a todos los que fuimos, mientras hacemos espacio para quienes todavía podemos llegar a ser.

Porque somos quienes hemos sido. Pero, mientras tengamos vida, todavía no hemos terminado de ser.

 

domingo, 27 de septiembre de 2026

UN DOMINGO EN IV CENTENARIO

 ***Un domingo en IV Centenario***



Un domingo radiante de pleno azul, donde el sol arequipeño saca un látigo furibundo, trenzado con el resplandor ciego del sillar, obligando a cualquiera a bajar la cerviz. Sobre la azotea de IV Centenario, las camisas y pantalones que acabo de lavar se agitan como lienzos al viento. El aire vibra con el calor, y en el alféizar de la ventana, el tocacasete deja salir las notas de Elvis Presley sobre la tranquilidad del mediodía. Comprar esa cinta costó el sacrificio de un par de tardes en el Café Granada —frente a las Galerías Gamesa—, pero la voz de Elvis atenúa la escena con una cadencia dorada. La espalda pica bajo un sol implacable que invita a balancearse casi sin querer, mientras la música le cambia el ritmo a mi soledad.

Era 1985 y no fue un domingo cualquiera. La soledad a los veinticinco años duraba apenas lo que tarda un destello en la retina. En Lima, la gran mesa familiar estaría servida con un suculento arroz con carne o el seco de cabrito que prepara mamá y el infaltable cebiche de papá, pero en el pecho no había pena. Quizá un anhelo noble, de esos que se disuelven al alzar la vista y contemplar los tres volcanes recortados contra el cielo, prometiendo un horizonte lleno de caminos por andar.




Temprano le había hecho el favor a doña Sofi de conducir su auto hasta Bellapampa para visitar a sus amigas las monjitas. Todo el trayecto transcurrió en un respetuoso silencio, y al regresar no me dijo una sola palabra sobre el almuerzo (seguro que habría adobo). Entre sus ochenta años de disciplina y mis veinticinco de ímpetu existía una pugna silente: por un lado, mi pensamiento de haber hecho el mérito suficiente para ganarme un sitio en su mesa; por el otro, su arraigado sentido de humanidad enfrenado por el recelo de que la gentileza se volviera costumbre. Doña Sofi sabía que sin rectitud perdería el dominio de la casa; por eso mantenía las reglas claras, advirtiéndome con firmeza que nada de chicas en el cuarto y fiscalizando cada llamada telefónica, a lo que yo respondía contándole solo lo que me convenía, parapetado tras mi mejor sonrisa amigable. Una constante tensión entre el cariño, el límite y la complicidad.

Desde el pretil, con los zapatos agamuzados garotas, la camisa a cuadros, el jean Wrangler y la boina, la mirada volvía hacia abajo. Junto al vitral que filtraba la luz, doña Sofi continuaba tejiendo en absoluta quietud. Por ratos, le bajaba el volumen al tocacasete y daba unos pasos en silencio. Ese ir y venir en la azotea frente a la calma de su bordado iba hilando una complicidad transparente. Probablemente ella pensaba: «¿A qué hora terminará de lavar este muchacho? Creo que voy a invitar al pobre Chalo, que está tan solo»; mientras yo me debatía entre irme al centro a ver gente, presenciar el izamiento de la bandera en la plaza de Armas y tratar de encontrar un restaurante abierto para comer mi menú, o aguardar un minuto más.

Y en medio de ese juego mudo, la voz de doña Sofi rompió el aire:

—¿Chalo, estás allí?

Tragando saliva y haciéndome el inocente, respondí de inmediato:

—Sí, doña Sofi, dígame.

—¿Quieres bajar a almorzar?

Me tomé un prudencial e imperceptible lapso de dos milésimas de segundo antes de contestar con entusiasmo controlado:

—¡Sí, doña Sofi!

De dos trancos devoré los escalones y ya estaba frente a ella. En ese instante, nuestras miradas se cruzaron y dos sonrisas pícaras se encontraron en un abrazo silencioso. Una complicidad inocente que parecía decirnos, en el mejor de los sentidos, qué bien sabíamos interpretar nuestro papel en esa comedia amable del domingo.

¡FELIZ CUMPLEAÑOS, NELIA!

 ¡FELIZ CUMPLEAÑOS, NELIA!



El regalo de la memoria

Si pudiera abrir las cortinas del tiempo en un rayo primaveral, hijita mía, solo buscaría tus ojos.

Aún guardo en el alma el instante en que encuadré tu sonrisa a tus nueve años. Sostuve la cámara, enfoqué tu saquito y faldita gris y tu boina que te iba tan lindo. Al presionar el obturador sentí que ese clic detenía el mundo. Fue la última foto que te tomé antes de partir. Pero hoy no solo retengo aquel recuerdo; desde este plano sutil, estoy generando uno nuevo contigo.

Te veo llegar del trabajo con esa gracia de mariposa que no se rinde ante el viento. Sé cuánto dolió perder tu horizonte de niña, pero nada se desvaneció: te convertiste en una profesional brillante, una madre ejemplar y una abuelita querendona con el temple del hierro puro y la más dulce feminidad. Tu sola presencia impone ese orden y esa elegancia sin alardes.

Hoy, la mayor alegría de tus ojos se llama Morgana, tu nieta que vive tras de ti revoloteando en cada rincón, y que curiosamente tiene hoy esos infantiles años que tenías tú cuando te tomé esa última foto. En ella renace tu infancia y la luz de nuestra historia. Claro, que Fiorella y Vannia tienen ese lugar sagrado y especial.

Veo también a tu compañero de vida desde los dieciocho años, que te admira, ríe contigo y celebra tu «fragante tersura y esa fragilidad de hierro». Me da una paz infinita saberlo a tu lado y verlos caminar juntos hacia mi tumba en Arequipa para dejarme una flor.

Siente mi presencia sutil entre las felicitaciones de tus hermanos y seres queridos. Feliz cumpleaños, mi pequeña reina. Sigue iluminando el mundo; estoy profundamente orgulloso de ti.

 

*** UN SÁBADO POR LA MAÑANA ***

*** UN SÁBADO POR LA MAÑANA ***


    



El mundo, nuestro mundo detiene su marcha apresurada solo para dejarnos contemplar lo verdaderamente esencial. El aire en “el parque” de la casa recibe ese aroma tibio del café recién pasado, la luz se filtra sin prisa entre la mampara, como si recién se hubiese despertado y la mesa guarda las huellas sencillas del desayuno, las migas cotidianas, la vida misma sucediendo en su forma más pura y compartida.

En medio de esa serenidad, la música no suena afuera: se siente adentro. Brota como un murmullo fino de notas que van tejiendo el espacio, una melodía interpretada con la delicadeza de quien sabe que cada acorde es una forma de caricia. Y ahí, en el centro de ese universo íntimo, Papá Chalo el bisabuelo abraza a la pequeña Morgana pegada a su pecho. La niña busca su regazo con la certeza natural de las criaturas que se saben a salvo; él la envuelve con esa quietud sabia que solo da el recorrido de los años, donde no hace falta decir nada porque la piel y el corazón ya lo están diciendo todo.

Es en ese instante donde la existencia misma parece explicarse a través del tacto y del sonido.

Ese cruce de brazos es una pausa suprema ante el devenir de los días, un refugio donde la fragilidad del tiempo se rinde frente a la eternidad de un momento compartido. Cuando Papá Chalo abraza a la bisnieta, no solo sostiene un cuerpo frágil; sostiene la continuidad misma de la vida, uniendo el origen con el fruto, el ayer con el mañana, en el único territorio real que poseemos, que es este presente.

En la hondura de esa escena habita también la arquitectura invisible del alma. Ese pequeño cuerpo que se acurruca sin reservas está aprendiendo para siempre lo que significa la seguridad y el amparo. El calor de ese pecho moldeará en la niña una certeza silenciosa que la acompañará cuando le toque enfrentarse a las inclemencias del mundo: la memoria inextinguible de haber sido profundamente amada.

Es la transmisión sagrada de la estirpe, el hilo invisible que une a la tribu. La herencia más valiosa no habita en las palabras ni en las cosas, sino en el gesto del cuidado, en esa memoria sutil del afecto que se transmite de generación en generación como un código secreto de identidad y pertenencia.

Y mientras ocurre ese encuentro, el cuerpo entero responde al milagro. La presión suave y constante de las manos calma el pulso, desvanece las prisas y despierta una química de serenidad profunda que aquieta la mente. Es una sinfonía íntima donde las áreas del cerebro que guardan la emoción y la empatía se encienden al mismo tiempo que la música vibra en la sala, entrelazando para siempre las notas del piano con la calidez del abrazo.

Por eso, la melodía que Papá Chalo interpreta finamente no es solo una pieza musical: es una conversación que no terminará jamás.

Vendrán los años, el tiempo seguirá su curso inevitable y la vida transformará las presencias físicas. Pero cuando la memoria vuelva a este sábado, cuando la voz de esa música vuelva a vibrar en el aire, Morgana y toda su familia no solo recordarán la escena: volverán a sentir la presión tibia de sus brazos. Porque hay abrazos que no se quedan en la piel; se quedan a vivir en lo más hondo de la memoria, conversándonos en silencio, cobiPAUSjándonos siempre y devolviéndonos, intacta y luminosa, la infinita ternura de este instante.

FONDO MUSICAL: "Dos gardenias" interpretada por CHalo Rodriguez Gutti

 

 
 



viernes, 25 de septiembre de 2026

EL FALSO ALTAR DEL «RESPETO TU OPINIÓN» (87)

 EL FALSO ALTAR DEL «RESPETO TU OPINIÓN»



(O la elegante cobardía de no discutir)

Lunes en la mañana, faltan minutos para comenzar la jornada laboral en ECA.S.A. La conversación en la esquina del Almacén Central se calienta a despecho del frío matutino. El Loco Rubén escucha con atención a "La lora”, quien suelta con convicción de iluminado: "Bueno, 'el alcalde' habrá robado varios millones, pero al menos hizo las pistas, puentes y las canchitas de fulbito, hay que reconocerlo". Se produce un silencio breve, incómodo. Nadie quiere comenzar mal el día. El Loco, sin ganas de pelear, zanja: "Yo respeto tu opinión, pero no estoy de acuerdo".

Todos asienten aliviados. La diplomacia del lunes ha sido salvada. Sin embargo, en el fondo, acabamos de presenciar un acto de elegante cobardía.

Nos han vendido que la frase "respeto tu opinión" es lo máximo de la tolerancia. Se usa como escudo mágico para desactivar el debate y salir del paso sin despeinarse. Pero, confundimos el derecho inalienable de la persona a expresarse con la obligación de otorgarle valor moral al contenido de lo que dice. No todas las ideas son respetables; muchas son simplemente aberrantes, tramposas o fruto de la pura pereza mental.

¿Se debe «respetar» una opinión que relativiza la corrupción, justifica el fraude porque "todos lo hacen" o valida el maltrato por costumbre? ¿Acaso debemos sonreír condescendientes ante alegatos que pretenden normalizar matrimonios infantiles bajo la coartada de tradiciones culturales, o aceptar ese sesgado concepto de derechos humanos que exige todas las garantías para el delincuente mientras condena al olvido y la indefensión a la víctima? Tolerar la falta de honradez por no incomodar al interlocutor no es educación: es complacencia.

Si Karl Popper hubiera estado en la reunión, habría advertido: "Si una sociedad es tolerante sin límites, su capacidad de ser tolerante terminará destruida por los intolerantes". Y, si por ahí pasara la filósofa Adela Cortina, añadiría que en una convivencia sana existen mínimos morales —honestidad, integridad, dignidad humana— que no son negociables.

 

Existe un deber ético previo a la palabra: investigar antes de emitir un juicio. Hablar por hablar no es libertad; es una falta de respeto al conocimiento y al oyente. Curiosamente, la historia une extremos impensados. Mao Tse-Tung sentenció: «Quien no ha investigado no tiene derecho a hablar». Y en la Biblia, Proverbios (18:13) susurra lo mismo: «Al que responde antes de escuchar, la palabra le es fatiga y oprobio». Para opinar no basta con tener boca; hace falta rigor, lectura y honestidad intelectual.

Suelo recordar a mi papi cuando veía a alguien hablar sobre temas que desconocía. Sonreía despacio, apuraba su café con leche y decía: "Estos creen que porque pueden hablar tienen la razón".

Respetar al ser humano es un imperativo; pero preguntar y no conceder tregua a las opiniones que atentan contra la ética es un ejercicio de salud mental colectiva. La próxima vez que alguien pretenda “hacer pasar” un disparate disfrazado de «punto de vista», lo más honesto no será la sonrisa condescendiente, sino recordar con firmeza que las ideas, a diferencia de las personas, tienen que ganarse el respeto con pruebas en la mano.

 

CUANDO LAS CARTAS LLEGABAN A PIE (P-17)

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