martes, 14 de abril de 2026

EL DIAL (63)

 EL DIAL

EL DIAL

Había una hora del día —casi siempre al caer la tarde— en que la casa parecía contener la respiración. La luz entraba en ráfagas suaves por las cortinas, algunos haces se quedaban entre las cañas del techo, tenía la parsimonia de un rito antiguo. Las casas de entonces vivían con un ritmo propio: más pausado, quietud de nobleza, con esa consciencia que de la dignidad de cada minuto. Nada urgía. Todo tenía ese donaire que hoy confundimos con lentitud, pero que era en realidad propiedad del tiempo.

 

En la sala, con olor a madera envejecida y a petróleo para dar brillo al piso, reposaba el radio sobre una pequeña mesa mesita de centro, regiamente adornada por un tapete hecho a crochet. No era un aparato: era un miembro más de la familia. Su presencia contenía una autoridad silenciosa. No cualquiera podía encenderlo; había que pedir permiso o esperar a que papá o mamá lo hicieran. Ese gesto inauguraba una ceremonia: la casa quedaba en posición de escucha.

Minutos antes de las siete, el ambiente adoptaba una religiosidad doméstica. Yo fingía distraerme, pero la ansiedad me recorría el pecho. Papá miraba el reloj. Todo estaba por ocurrir. Y entonces, el pequeño milagro: la perilla del dial empezaba su danza. Las manos de mi padre, con un pulso que aún hoy recuerdo como una forma de sabiduría, movían la perilla milímetro a milímetro. El aire dibujaba escalas para nuestro coro de susurros y chasquidos, como si estuviéramos navegando en un océano de ondas invisibles.

De pronto emergía la marcha del Himno de las Américas, imponente. Yo me emocionaba: era la misma que cantábamos en mi escuelita 9611 los lunes, después del Himno del Perú, firmes, creyendo que la vida tenía un orden claro. Esa música, al sonar en casa, me atravesaba como un llamado a algo grande. Y luego, la voz: Óscar Artacho iniciando Pregón Deportivo. Una voz que no solo informaba: ingresaba al hogar como entra un oráculo, cargada de autoridad y cercanía. Era una cita sagrada, un instante irrepetible.

Sintonizar la radio era una filosofía práctica: para alcanzar la claridad, primero había que atravesar la interferencia. Ajustar, retroceder, avanzar un milímetro. Heráclito lo habría celebrado: del caos nacía el orden.

Hoy, con la digitalización y la personalización absoluta, hemos ganado comodidad, sí; pero hemos perdido la pedagogía de la espera, ese sublime instante donde el mundo se detiene, la experiencia compartida, esa luz con el amarillo sonoro del foco que atesoraba unos cuantos watts, pero que reunía a la familia. La radio acompaña, pero ya no convoca. Otros tiempos, otras costumbres.

Sin embargo, algo en mí sigue sosteniendo que fuimos más familia cuando todos buscábamos juntos la frecuencia exacta donde el corazón escucha.

 





MI CELULAR ¿ME LEE LA MENTE? (62)

Mi celular ¿lee mi mente?

MI CELULAR ¿LEE MI MENTE?

Magalli estaba pensando en comprar una nueva refrigeradora. No lo había comentado en voz alta, no había escrito la palabra en ningún buscador. Apenas, era una idea en estado de borrador mental, una inquietud doméstica flotando entre la cocina y el presupuesto. Y, sin embargo, esa misma tarde su teléfono comenzó a mostrarle ofertas, modelos, descuentos irresistibles. Pantallas brillantes exhibiendo, exactamente aquello que ella creía haber pensado en silencio.

Me escribió alarmada: “Chalo, esto ya es telepatía”.

La tentación de creerlo es comprensible. Desde tiempos antiguos el ser humano ha sospechado que hay fuerzas invisibles que lo observan. Hoy esas fuerzas no llevan túnica ni oráculo: llevan algoritmos. No es magia; es perfilado masivo de datos. Plataformas como Meta o Google no necesitan escuchar nuestros pensamientos. Les basta con registrar nuestros hábitos: ubicación, horarios, pausas frente a una imagen, velocidad del desplazamiento del dedo. Miles de variables construyen una silueta digital más precisa de lo que imaginamos.

Desde la neurociencia sabemos que el cerebro es una máquina predictiva. Anticipa el mundo para ahorrar energía. Curiosamente, los algoritmos hacen algo semejante: predicen lo que probablemente desearemos basándose en patrones colectivos. Si personas con comportamientos similares al de Magalli terminaron comprando una refrigeradora, el sistema le mostrará refrigeradoras antes de que ella formule la búsqueda. No lee su mente; modela su probabilidad.

Luego, interviene un fenómeno psicológico bien conocido: el sesgo de confirmación. Recordamos con intensidad los aciertos y olvidamos los múltiples errores del algoritmo. Cuando coincide con nuestro pensamiento, lo sentimos como revelación. Cuando no, simplemente deslizamos el dedo y seguimos.

El problema no es esotérico, es antropológico. Nuestra atención —esa capacidad profundamente humana de elegir a qué mirar— se ha convertido en mercancía. Los sistemas no buscan comprendernos por compasión, sino retenernos. Y al hacerlo, refuerzan creencias, afinan gustos, estrechan horizontes. La célebre polémica de Cambridge Analytica demostró que la manipulación puede escalar desde lo comercial hasta lo político.

¿Estamos indefensos? No del todo. La conciencia es el primer acto de libertad. Revisar permisos, diversificar fuentes, preguntarnos si realmente deseamos lo que aparece en pantalla. Tal vez, la pregunta no sea si el celular lee nuestra mente, sino si nosotros estamos leyendo críticamente lo que él nos propone.

Entender el mecanismo no disuelve el misterio del todo, pero nos devuelve algo esencial: la posibilidad de elegir.

jueves, 26 de marzo de 2026

LA NIEBLA DEL CANSANCIO EMOCIONAL (61)

La niebla del cansancio emocional

LA NIEBLA DEL CANSANCIO EMOCIONAL 


Son las 5:03 AM, casi bailando caen unas cuantas gotas de verano y “el Chino César” ya se puso sus zapatillas. Su rutina matutina es impecable, pero hoy cada paso pesa como si caminara bajo el agua. Durmió ocho horas, pero su fatiga es más profunda que la física; tiene agotada el alma. Byung-Chul Han susurraría que, en esta sociedad del rendimiento, el peor enemigo es uno mismo.

Liz mira, sin atención la plancha fría sobre la tabla. Antes, este ritual dominical la llenaba de calma. Hoy, solo piensa "¿Para qué?". El mundo ha perdido su color. Su cerebro, exhausto por el cortisol constante, ha desactivado los circuitos del placer. Lo que antes liberaba dopamina, ahora pasa inadvertido.

En la cocina, Coco ve humear las tostadas. Un contratiempo mínimo, pero siente un nudo en la garganta y las lágrimas asoman. Séneca le diría al oído que no llora por el pan carbonizado, sino por todo lo reprimido que finalmente desborda la presa. Su amígdala cerebral, en alerta máxima, ya no distingue entre crisis reales y minucias.

Anita frente a la pantalla lee la misma línea por décima vez. Simone Weil definiría su agotada atención como "una generosidad que ya no puede donarse". Su córtex prefrontal, inundado de estrés, lucha por enfocarse en lo simple.

Elena siente esa presión familiar en el pecho, aunque el médico asegura que su corazón está bien. Nietzsche asentiría: el cuerpo grita lo que el alma silencia. Su sistema nervioso ha convertido la angustia en tensión muscular real, un nudo físico de emociones no resueltas.

Esta niebla emocional no es defecto, sino señal. El cerebro nos habla mediante síntomas: cuando el cansancio se instala en los huesos, pide pausa. La filosofía y la neurociencia coinciden: necesitamos escuchar estos mensajes. No con grandes gestos, sino con pequeños actos de cuidado. Recuperar un ritual, permitir una lágrima, dividir una tarea en partes mínimas.

La niebla se disipa cuando dejamos de forcejear y encendemos, con paciencia, las pequeñas luces internas que nos guían de vuelta a casa.

jueves, 19 de marzo de 2026

PLACER EXPRÉS... CON INTERESES (60)


Placer exprés con intereses

El cerebro —ese contable silencioso— aprende rápido. Si Martha se siente sola y abre Tinder, anota: soledad = compañía digital. Si Edgard, ansioso por la reunión del lunes, corre hacia el azúcar, registra: ansiedad = pastel. Si Claudia no puede dormir y se desliza por videos infinitos, queda asentado: insomnio = distracción luminosa. La ecuación parece inofensiva. El problema es que la factura no llega de inmediato.

La dopamina —esa sustancia que nos hace sentir placer— empieza a liberarse con facilidad. Al comienzo usamos el celular, el dulce o la distracción para sentirnos mejor. Pero, poco a poco cambia el motivo: ya no lo hacemos para estar bien, sino para no estar mal. Es decir, dejamos de buscar alegría y empezamos simplemente a huir de la incomodidad. Sin darnos cuenta, el gusto se convierte en escape. Y como toda recompensa exprés, viene con intereses: irritabilidad, vacío, fragilidad ante la mínima incomodidad. Todo molesta. Todo aburre. Todo duele un poco más.

No es el dolor lo que nos debilita —ha acompañado siempre a la condición humana—, sino nuestra impaciencia para escucharlo. Preferimos anestesiar antes que comprender. En el restaurante, el flaco Andrés conversa con su esposa mientras su teléfono vibra como un pequeño oráculo moderno. Él cree decidir cuándo mirarlo; en realidad, obedece. Hemos delegado la gestión de nuestras emociones a la notificación más cercana.

Quizá la primera ruptura del circuito sea simple: esperar diez minutos. Antes de abrir la aplicación o buscar el dulce, demorarse. El impulso tiene una curva; si no se alimenta, desciende. Diez minutos de respiración consciente pueden devolvernos el gobierno interior.

La segunda es más antigua y difícil: nombrar la emoción. “Estoy ansioso”. “Estoy triste”. Ponerle palabras reduce su intensidad. La filosofía clásica ya advertía que la virtud no consiste en reprimir, sino en ordenar lo que sentimos.

Te propongo, además un discreto ayuno de dopamina: una tarde sin redes, una caminata sin audífonos, un café sin pantalla. Descubrir que el cielo gris también conversa si uno le concede silencio. Recuperar la contemplación no como lujo místico, sino como higiene mental. Sentarse con uno mismo sin escapar.

Y, algo más profundamente humano: rituales de cierre. Escribir una carta que no se enviará. Agradecer lo aprendido de una herida. Las culturas sabias sabían que el dolor necesita ceremonia, no distracción.

El placer no es enemigo; lo es su versión barata. La vida no promete ausencia de malestar, pero sí la posibilidad de significado. Y el significado no vibra ni hace ruido. Se construye despacio, sin intereses acumulados, en ese territorio íntimo donde aprendemos a estar bien con nosotros mismos antes de buscar consuelo en la pantalla.


 

jueves, 12 de marzo de 2026

LOS COLORES NO EXISTEN (59)

Los colores no existen

LOS COLORES NO EXISTEN


Cuando dictaba clases decía: “Los colores no existen”, mis estudiantes me miraban con una mezcla de cariño e incredulidad. Bajaban la vista a sus plumones desparramados sobre el pupitre —rojos encendidos, verdes fosforescentes, azules oceánicos—, miraban las láminas brillantes, alguno hasta evocaba los colores del aura que juraba haber visto en algún concierto, y volvían a mirarme como preguntando: “Profesor, ¿está usted seguro de lo que ve… o de lo que no ve?”. La evidencia parecía gritar desde sus cartucheras. ¿Cómo negar aquello que literalmente tenían frente a los ojos?

Pero no. Lo que existe son ondas electromagnéticas. Energía viajando en distintas longitudes. Los objetos no “poseen” color: absorben ciertas ondas y rechazan otras. Ese rebote luminoso entra por la retina, se traduce en impulsos eléctricos y llega al cerebro. Y allí, en el discreto taller y asombrosa arquitectura neuronal, ocurre el milagro: el cerebro pinta.

El rojo no está en la rosa. Está en nosotros.

Las neurociencias lo explican sin poesía, aunque el fenómeno sea profundamente poético: nuestros conos retinianos responden a determinadas longitudes de onda —aproximadamente asociadas al azul, verde y rojo— y es la combinación de esas señales lo que el cerebro interpreta como color. El rosado, por ejemplo, no existe como longitud de onda propia en el espectro visible. Es una solución creativa cuando llegan simultáneamente señales del rojo y del azul. El cerebro no se equivoca: resuelve.

Vivimos, entonces, en una realidad interpretada.

Una abeja percibe patrones ultravioleta invisibles para nosotros. Una serpiente “ve” el calor. Cada sistema nervioso construye su mundo con las herramientas que posee. Nosotros, apenas captamos una franja diminuta del vasto espectro electromagnético y, con esa porción reducida, armamos nuestro universo cromático.

Y aquí aparece, sutil pero firme, nuestra petulancia.

Con tres tipos de conos y un cerebro que traduce impulsos eléctricos en colores imaginados, solemos comportarnos como si fuéramos notarios de la verdad absoluta. “Así son las cosas”, decimos. Porque, así las vemos. Convertimos nuestra percepción en norma, nuestra interpretación en dogma. Si lo “veo” así, entonces es así. Y quien no coincida, simplemente está equivocado.

Resulta casi enternecedor: apenas percibimos una minúscula parte de lo real, pero dictaminamos como si poseyéramos el espectro completo.

Si aceptáramos que solo captamos una pequeña fracción de lo que existe, comprenderíamos que estamos más cerca del error que del acierto. Y tal vez, desde esa humilde conciencia, escucharíamos con mayor apertura las realidades ajenas. Porque, cada cerebro construye su versión del mundo; cada mirada amplía el mapa.

El mundo no viene pintado de fábrica. Lo coloreamos nosotros.

Y quizá la verdadera madurez consista en sospechar, con elegancia, que nuestro color no es el único posible… aunque lo veamos con absoluta claridad.

jueves, 5 de marzo de 2026

DEJANDO ESPACIO (58)

Dejando espacio

DEJANDO ESPACIO

Papá partió hace seis meses. Noventa y cinco años no amortiguan el vacío; lo ensanchan. El silencio que dejó tiene un peso específico: si lo miro de frente, me mareo.

Durante los últimos dieciocho años caminamos juntos todos los días. No eran simples paseos, eran travesías por su memoria y la mía. Yo le leía mis borradores —conferencias temblorosas, poemas en gestación— y él escuchaba con esa paciencia que solo concede el amor sin prisa. Fue mi primer público. El más fiel. Después era mi turno de escucharlo, de perseguir esa presa inapreciable de sus recuerdos. A los noventa escribió su libro. El piano, su eterno amigo, seguía acompañándolo. Nos quedamos a mitad de nuestro último proyecto: Libro con papá. El título permanece. Falta su voz.

O eso creía.

Sin advertirlo, empecé a transitar los mismos espacios de la casa. Del dormitorio a la sala, de la sala a la ventana. Acomodo objetos, reviso puertas, repito recorridos que antes le reclamaba por innecesarios. Le pedía que tuviera cuidado, temía un traspié. Hoy hago exactamente esos mismos movimientos.

Yo no usaba reloj. Él insistía en que utilizara el suyo. Me negaba: “No es necesario, papá, todo está en el celular”. Ahora, cada mañana, abro el cofrecito de la mesa de noche con su misma parsimonia. Tomo el reloj. Lo sostengo un instante. Y me lo coloco siguiendo un ritual que no me pertenece del todo. Hay momentos en que siento —estoy seguro— que es él quien se pone el reloj: la mano, el giro de la muñeca, el tono idéntico de nuestra piel.

En cada paso voy comprendiendo la profundidad de su alma y el amor paciente que tuvo frente a mis apresuradas ligerezas. Yo quería llegar; él sabía quedarse. Hoy entiendo que lo importante no es arribar, sino habitar el ahora.

Las neurociencias explican que no heredamos, solo rasgos físicos. También internalizamos modos de afrontar la vida. La memoria emocional y los patrones aprendidos nos habitan. No es metáfora: es continuidad biológica y afectiva.

Quizá el duelo consista en eso: dejar espacio. No para que el ausente regrese, sino para reconocer que sigue actuando en nosotros.

Me sigue enseñando.

Y su presencia —lo juro— se vuelve tangible en cada pequeño gesto del día.

 

jueves, 26 de febrero de 2026

ELOGIO AL CHICLE (o cómo la mandíbula también piensa) (57)

Elogio del chicle (o cómo la mandíbula también piensa)

ELOGIO DEL CHICLE (O CÓMO LA MANDÍBULA TAMBIÉN PIENSA)

Cuando era niño me decían que masticar chicle era cosa de grandes.
Una promesa aplazada que desesperaba. El chicle no era golosina: era futuro. El Chalo niño aún reclama esa postergación absurda: ¿por qué, lo placentero debía esperar hasta tener un credencial de adulto?

Mucho antes de mis ansias infantiles, otros ya masticaban. El chicle es americanísimo: los pueblos originarios de Mesoamérica extraían del chicozapote una resina llamada tzictli. No era moda, era higiene, sed calmada, concentración en la caminata. Los antiguos mascaban savias naturales, porque intuían que la boca también organiza el pensamiento. Sin papers, sin resonancias magnéticas: cuerpo puro.

Siglos después, la industria convirtió aquella resina ritual en producto empaquetado. Azúcar, colores, publicidad, daba clase. De gesto corporal pasó a mercancía. Y cuando por fin fui “grande”, masticar chicle era detalle, caché, una forma de caminar con suficiencia. El Chalo adolescente protesta hoy: no sabíamos si mascábamos chicle o inseguridades.

Luego, llegó la advertencia médica. Que desalinea dientes. Que provoca gastritis. Que engaña al estómago. El chicle pasó al banquillo de los acusados. Y el Chalo adulto comenzó a sospechar: ¿de verdad una goma de menta era más peligrosa que el estrés crónico, la prisa permanente, la mala digestión de la vida?

Años después leo a la neurocientífica Nazareth Castellanos y el personaje regresa rehabilitado. Masticar activa el nervio trigémino, aumenta ligeramente el flujo sanguíneo cerebral, mejora por breves momentos la atención. Un chicle sin azúcar, de menta, un minuto antes de estudiar. No es un milagro. No, no es una pócima mágica. Apenas, un gesto mínimo que ayuda.

Y aquí el Chalo filósofo interviene: nunca estudiamos, solo con el cerebro. Aprendemos con la postura, con la respiración, con la saliva que anticipa, con la mandíbula que marca ritmo. El pensamiento no es aséptico; es corporal.

Quizá el error no fue masticar. Quizá fue desterrar al cuerpo del acto de conocer. El chicle —resinoso, americanísimo, terco— nos recuerda que pensar también es un movimiento.

Mientras escribo, no mastico. Pero, mi boca se mueve. Porque pensar, al final, es masticar el mundo despacio, sin tragárselo entero, dejando que la mandíbula también tenga la palabra.



EL DIAL (63)

 EL DIAL EL DIAL Había una hora del día —casi siempre al caer la tarde— en que la casa parecía contener la respiración. La luz entraba en ...