MIENTRAS
DUDAS, LA VIDA SIGUE ENSAYANDO SIN TI
El
Pollito Núñez se quedó varios minutos frente a la vitrina de la panadería. No
era hambre exactamente. Era indecisión. Dudaba entre el mismo croissant de
siempre o probar ese pan nuevo, de nombre impronunciable, que alguien había
dejado estratégicamente iluminado. Detrás de él, una señora pidió sin titubeos,
pagó y se fue. Luego, un joven hizo lo mismo. Pollito Núñez seguía allí, como
si elegir un pan fuese una declaración de principios.
Finalmente,
pidió lo de siempre.
Al
salir, mientras caminaba con su bolsa tibia, tuvo una sensación incómoda: no
era el pan lo que había evitado. Era el pequeño riesgo de cambiar. Esa mínima
incomodidad que, sin hacer ruido, gobierna decisiones más grandes de las que
estamos dispuestos a admitir.
Porque,
no solemos paralizarnos en lo extraordinario. Nos detenemos en lo de siempre.
En ese mensaje que dejamos en borrador, en la llamada que postergamos “para
mañana”, en el curso que seguimos acumulando sin aplicar, en el proyecto que
“todavía no está listo”, en esa idea que preferimos seguir afinando antes que
exponerla. Y mientras tanto, alguien —no necesariamente más capaz— ya empezó:
publicó, llamó, propuso, se equivocó… y corrigió.
No
es una cuestión de talento. Es, muchas veces, una cuestión de umbral. Hay
quienes toleran mejor la incomodidad inicial. Entienden, quizá intuitivamente,
lo que ya sugería William James: que el pensamiento cobra sentido cuando se
prueba en la acción. O, lo que sostenía Jean-Paul Sartre: que somos, en última
instancia, lo que hacemos, no lo que postergamos.
El
cerebro, sin embargo, juega en contra. Prefiere lo conocido. Evalúa riesgos
donde a veces solo hay posibilidades. Nos convence de que falta un curso más,
una revisión adicional, un momento perfecto que rara vez llega. Y en ese
elegante aplazamiento, nos regala la ilusión que estamos avanzando. Pero, no
hay avance sin fricción, sin exposición, sin riesgo, sin ese ligero temblor de
no tenerlo todo bajo control.
Pollito
Núñez no fracasó por elegir el mismo pan. Pero, esa escena, tan común, tenía
algo de espejo. ¿Cuántas veces repetimos lo conocido no por convicción, sino
por evitar el pequeño vértigo de lo nuevo?
Dar
el paso no siempre es épico. A veces, es casi invisible. Es enviar ese correo
sin releerlo diez veces. Es inscribirse ¡hoy! No “cuando tenga tiempo”. Es
hablar en esa reunión, aunque la voz tiemble. Es mostrar un borrador en lugar
de esperar la obra perfecta. Es salir a caminar diez minutos cuando el cuerpo
pide quedarse. Es decir “no sé, pero puedo intentarlo”. Es empezar con una
versión mínima, imperfecta, pero real.
No
se trata de lanzarse sin pensar. Tampoco, de romantizar la improvisación. Se
trata de reconocer ese punto en el que la preparación deja de sumar y empieza a
esconder. Ese instante en que la duda ya no protege, sino que posterga. Porque,
la experiencia no se descarga: se construye.
La
vida, al final, no espera a que estemos listos. Ensaya con quienes se atreven a
empezar con lo que tienen. Y aprende con ellos.
Quizá
mañana, Pollito Núñez, vuelva a la panadería. Tal vez, pida lo mismo. O, tal
vez no. Pero si algo cambia, no será el pan. Será ese leve desplazamiento
interior —casi imperceptible, pero decisivo— que ocurre cuando uno deja de
ensayar en la cabeza y se anima, por fin, a ensayar en la vida.




