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jueves, 26 de febrero de 2026

ELOGIO AL CHICLE (o cómo la mandíbula también piensa) (57)

Elogio del chicle (o cómo la mandíbula también piensa)

ELOGIO DEL CHICLE (O CÓMO LA MANDÍBULA TAMBIÉN PIENSA)

Cuando era niño me decían que masticar chicle era cosa de grandes.
Una promesa aplazada que desesperaba. El chicle no era golosina: era futuro. El Chalo niño aún reclama esa postergación absurda: ¿por qué, lo placentero debía esperar hasta tener un credencial de adulto?

Mucho antes de mis ansias infantiles, otros ya masticaban. El chicle es americanísimo: los pueblos originarios de Mesoamérica extraían del chicozapote una resina llamada tzictli. No era moda, era higiene, sed calmada, concentración en la caminata. Los antiguos mascaban savias naturales, porque intuían que la boca también organiza el pensamiento. Sin papers, sin resonancias magnéticas: cuerpo puro.

Siglos después, la industria convirtió aquella resina ritual en producto empaquetado. Azúcar, colores, publicidad, daba clase. De gesto corporal pasó a mercancía. Y cuando por fin fui “grande”, masticar chicle era detalle, caché, una forma de caminar con suficiencia. El Chalo adolescente protesta hoy: no sabíamos si mascábamos chicle o inseguridades.

Luego, llegó la advertencia médica. Que desalinea dientes. Que provoca gastritis. Que engaña al estómago. El chicle pasó al banquillo de los acusados. Y el Chalo adulto comenzó a sospechar: ¿de verdad una goma de menta era más peligrosa que el estrés crónico, la prisa permanente, la mala digestión de la vida?

Años después leo a la neurocientífica Nazareth Castellanos y el personaje regresa rehabilitado. Masticar activa el nervio trigémino, aumenta ligeramente el flujo sanguíneo cerebral, mejora por breves momentos la atención. Un chicle sin azúcar, de menta, un minuto antes de estudiar. No es un milagro. No, no es una pócima mágica. Apenas, un gesto mínimo que ayuda.

Y aquí el Chalo filósofo interviene: nunca estudiamos, solo con el cerebro. Aprendemos con la postura, con la respiración, con la saliva que anticipa, con la mandíbula que marca ritmo. El pensamiento no es aséptico; es corporal.

Quizá el error no fue masticar. Quizá fue desterrar al cuerpo del acto de conocer. El chicle —resinoso, americanísimo, terco— nos recuerda que pensar también es un movimiento.

Mientras escribo, no mastico. Pero, mi boca se mueve. Porque pensar, al final, es masticar el mundo despacio, sin tragárselo entero, dejando que la mandíbula también tenga la palabra.



lunes, 1 de septiembre de 2025

LA CIENCIA DETRÁS DE LOS ÚLTIMOS ADIOSES Y LOS ABRAZOS QUE SALVAN - 32

La ciencia detrás de últimos adioses y los abrazos que salvan

La neurocientífica Nazareth Castellanos nos invita a ver la comunicación humana con una mirada más amplia. Va más allá de las palabras; es una danza de cuerpos que se sintonizan. Corazones, cerebros y sistemas endocrinos entran en resonancia, creando un eco biológico que fortalece la conexión. Esta sincronía no es un concepto etéreo, sino una realidad palpable que se manifiesta en los momentos más cruciales de nuestra existencia.

El reciente adiós a mi padre, a sus 96 años, fue un testimonio de ello. Tras un infarto cerebral, su mirada se había perdido en la distancia, su voz silenciada. Pero en los minutos finales, mientras sostenía su mano y le hablaba al oído de nuestros paseos compartidos, algo extraordinario ocurrió. Su mirada, antes vacía, recobró un brillo de lucidez. Me miró, sorprendido, y pronunció una palabra clara e imperativa: “No”. Un suspiro largo y profundo siguió a esa sílaba, y la paz volvió a su rostro. Pienso en ese “no” como una última sincronía, un mensaje que trascendía la debilidad física, un puente entre su partida y mi continuidad. Fue su manera de decirme que me quedara, de liberar el vínculo para que yo siguiera mi camino.

Esta misma resonancia se manifiesta en la vida cotidiana. Pensemos en un niño afectado por el acoso escolar. Su cuerpo, tenso y asustado, recibe el abrazo de su profesora. En ese acto, no solo hay consuelo psicológico, sino una sincronía de ritmos cardíacos y hormonales que devuelven la calma. La oxitocina, hormona del vínculo, fluye. O, en el hombro solidario de un amigo tras un desamor. No hacen falta palabras. La mano en el hombro comunica empatía, sincronizando el sistema nervioso y brindando un refugio ante el dolor.

La ciencia de Castellanos nos recuerda que somos seres de conexión. Nuestros cuerpos están diseñados para sentir, para resonar y para sanar juntos. En un mundo cada vez más digital, estos lazos profundos nos anclan a nuestra humanidad.

UN DÍA GIRAMOS LA CABEZA Y YA NO ESTÁN LAS BOLITAS (86)

  —Apunta bien, no vayas a fallar. Las bolitas estaban en el suelo y alrededor, como un pequeño tribunal, Coco, Pepe García, Nano, Kike y el...