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jueves, 18 de junio de 2026

EL "NO" QUE SALVA SILENCIOSAMENTE TU VIDA (73)


El “NO” que salva silenciosamente tu vida

Iba en el bus junto a mi amiga Liliana Bianco, salíamos de Pacasmayo rumbo a Trujillo. Afuera, el paisaje costeño parecía avanzar con esa calma engañosa de las carreteras largas, mientras dentro del vehículo la conversación tomaba otro rumbo. De pronto, Liliana me preguntó:

—¿Qué pasa con nuestro cerebro cuando escucha la palabra “NO”? ¿Es bueno… o es malo?

Me quedé mirando las interminables dunas del desierto norteño mientras buscaba una respuesta. Porque, el “NO” tiene mala fama. Desde niños lo asociamos al castigo, a la prohibición, al rechazo. “No hagas eso”. “No corras”. “No toques” o el terrible “No puedes”. Quizá por eso muchos adultos crecen intentando evitarlo, como si decir “NO” fuera una forma de violencia silenciosa.

Pero, el cerebro humano no siempre lo interpreta así. A veces, el “NO” es un acto de supervivencia.

Si alguien grita: “¡NO CRUCES!”, mientras un automóvil se aproxima, la mente no se detiene a debatir significados. Allí actúa la amígdala cerebral, esa antigua centinela emocional que reacciona antes que la razón. El “NO” se convierte en un freno biológico instantáneo. En esos segundos, no es una palabra negativa: es un salvavidas. Sin embargo, fuera del peligro físico, el “NO” adquiere otra dimensión más profunda y cotidiana. Aprender a decirlo es una forma de cuidar la propia salud mental. Hay personas que aceptan todo: favores interminables, reuniones innecesarias, conversaciones invasivas, compromisos que no desean. Y cada “sí” obligado va dejando pequeñas grietas invisibles en el cerebro emocional.

La neurociencia ha demostrado que el estrés sostenido no proviene solamente de los grandes problemas, sino también de esas renuncias diarias a uno mismo. Curiosamente, el pequeño malestar de decir:

“Te agradezco, pero esta vez no podré”, produce menos desgaste emocional que soportar en silencio aquello que no queremos hacer.

Decir “NO” no siempre es rechazar al otro. A veces, es rescatarse a uno mismo.

Existe además una hermosa paradoja: cada vez que pronunciamos un “NO” consciente, en realidad estamos diciendo un enorme “SÍ”.

“No” a quedarnos atrapados trabajando hasta la madrugada, es “Sí” a caminar tranquilos al atardecer.

“No” a relaciones que asfixian, es “Sí” a la paz interior.

“No” al ruido constante, es “Sí” al silencio donde uno vuelve a escucharse.

Quizá. la sabiduría no consista en vivir diciendo no a todo, ni tampoco en regalarle el sí al mundo entero. El verdadero equilibrio está en comprender que el “NO” también puede ser una forma de amor: amor propio, amor al tiempo, amor a la calma.

Porque, hay palabras que cierran puertas.

Pero, también existen “NO” que abren la posibilidad de vivir bajo nuestros propios términos.


 

jueves, 22 de enero de 2026

CUANDO LA MENTE SE CRUZA EN EL CAMINO (52)

 Cuando la mente se cruza en el camino: Pensamientos intrusivos

Pascual conduce sin prisa, va camino al club para jugar su partido de fulbito. El tráfico es el de siempre y la ciudad parece repetir sus gestos con mecánica paciencia. En el cruce entre las avenidas Angamos y Caminos del Inca, al girar el volante con precisión aprendida, un pensamiento lo asalta sin previo aviso. No guarda relación con la maniobra ni con el semáforo. Es una imagen breve, incómoda, casi absurda. Pascual frunce el ceño. ¿Por qué ahora?, se pregunta. ¿De dónde ha salido eso?

El auto sigue su curso, pero el pensamiento se queda unos metros más. Pascual intenta apartarlo, piensa en el partido que va a jugar, se concentra en la música, en el ruido del motor, en la ruta. Inútil. Cuanto más lo intenta, más nítido se vuelve. Entonces, ocurre algo revelador: comprende que no ha elegido pensar eso. La mente, como un copiloto caprichoso, ha tomado la palabra sin pedir permiso.

Horas después, terminado el partido de fulbito, sentados en la mesa del bar y cuando el sol avanza oblicuo y la conversación avanza ligera, entre bromas y recuerdos, Pascual suelta la pregunta, como quien deja la pelota dando botecitos.

—Chalo ¿los pensamientos intrusivos se pueden erradicar?

Chalo sonríe. Mueve la cabeza antes de responder, como si también él escuchara el murmullo de sus propios desvíos mentales. Dice que tal vez no se trate de expulsarlos, sino de observar qué los convoca. Que la mente, incluso en calma, ensaya escenas que no ha pedido, como si practicara para un peligro que nunca llega. A veces —añade— son restos de cansancio, miedos antiguos o simples ecos que regresan sin tocar la puerta.

Mientras conversan, Chalo recuerda a Epicteto, el filósofo estoico, quien decía que no nos perturban las cosas, sino lo que pensamos sobre ellas. No todo pensamiento es una verdad, ni una orden. Algunos, son apenas visitantes ruidosos que, si no se les ofrece conversación ni rechazo, terminan marchándose por su cuenta.

Pascual entiende entonces que erradicarlos, quizá sea una batalla estéril. Resistirlos con furia suele darles más cuerpo. En cambio, mirarlos pasar, sin juicio, los vuelve frágiles. Como nubes: existen, cambian de forma, pero no definen el cielo.

Antes de salir del club, Pascual respira hondo. Piensa que, tal vez esos pensamientos no llegaron para quedarse, sino para ser advertidos y luego soltarlos. No siempre lo logra, lo sabe. Piensa en Montaigne, cuando sugería que la mente humana vaga sin rumbo si no se le concede cierta indulgencia. Y vivir —aprende Pascual, todavía en ello— también consiste en practicar el arte de “no creer todo lo que uno piensa”.

EL CEREBRO FABRICA ESTADOS (P-09)

EL CEREBRO FABRICA ESTADOS https://www.prensamerica.com/retazos/el-cerebro-fabrica-estados Francesca mira el reloj por quinta vez en menos d...