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lunes, 6 de julio de 2026

¿QUIÉN SOY YO? (P-08)


¿Quién soy yo?

Hay preguntas que no envejecen ni pasan de moda. No importa cuántos siglos transcurran ni cuántos avances tecnológicos acumulen las sociedades. Permanecen allí, discretas, esperando el momento oportuno para aparecer. Una de ellas suele visitarnos cuando menos lo esperamos: mientras observamos una película, cuando regresamos solos a casa o en esos instantes en que el silencio parece tener algo que decirnos.

¿Quién soy yo?

La respuesta inmediata parece obvia. Soy quien ama a mis hijos, el que se preocupa por las cuentas del mes, el que se emociona cuando escucho una vieja canción o quien se asusta ante una mala noticia. Sin embargo, basta prestar un poco más de atención para advertir algo curioso.

Imagina a Hermi, que espera los resultados de un examen médico. La preocupación aparece y le oprime el pecho. O, a William, que acaba de discutir con un amigo y siente hervir la indignación. Ambos, experimentan emociones reales e intensas. Pero, al mismo tiempo, pueden reconocerlas. Pueden decir: “Estoy preocupada” o “Estoy molesto”.

Y aquí, surge una grieta fascinante en nuestra aparente certeza.

Si puedo observar mi preocupación, ¿soy únicamente esa preocupación?

Si puedo reconocer mi enojo, ¿soy solamente ese enojo?

Sabemos que nuestro cerebro es una extraordinaria maquinaria de interpretación. Procesa información, anticipa escenarios, construye recuerdos y genera emociones con una eficacia asombrosa. Pero, también nos permite tomar distancia de lo que sentimos y poder observarlo. Es una capacidad tan cotidiana que, pocas veces nos detenemos a admirarla.

Sobre este misterio reflexionó durante décadas el sabio hindú Ramana Maharshi. Su propuesta era desconcertantemente simple. Cuando alguien decía: “Tengo miedo”, él preguntaba: “¿Quién tiene miedo?”. Y cuando la persona respondía “yo”, volvía a preguntar: “¿Quién soy yo?”.

No buscaba una definición académica ni una explicación filosófica. Invitaba a dirigir la mirada hacia quien experimenta la experiencia.

Tal vez, por eso la pregunta resulta tan inquietante. Porque, cada respuesta parece abrir una puerta nueva.

¿Soy mis recuerdos? Si fuera así, ¿quién sería cuando algunos comiencen a desvanecerse? ¿Soy mis emociones? Entonces, ¿por qué cambian tantas veces en un mismo día? ¿Soy mi profesión? ¿Mi nombre? ¿Mi historia?

Quizá somos, al mismo tiempo, el actor y el espectador. El que ríe y el que advierte que está riéndose. El que sufre y el que observa su propio sufrimiento.

Hay tardes en que un cimbreante viento mueve las ramas de un árbol y nadie le presta atención. Sin embargo, quien observa con calma descubre que detrás de ese movimiento sencillo hay algo profundamente revelador: todo cambia. Las hojas cambian, caen, las estaciones cambian, nosotros cambiamos.

Y, aun así, permanece la pregunta.

Tal vez, esa sea su verdadera función. No ofrecer una respuesta definitiva, sino mantener despierta la curiosidad. Recordarnos que, detrás de las rutinas, los apuros y las certezas de cada día, existe un territorio inexplorado que llevamos con nosotros desde el nacimiento.

Un territorio que comienza con tres palabras sencillas y extraordinarias:

¿Quién soy yo?

  

jueves, 15 de enero de 2026

EL ECO FAMILIAR EN LA MESA DEL DOMINGO (51)

El eco familiar en la mesa del domingo

El Eco Familiar en la Mesa del Domingo

Esta mañana, al abrir el periódico de papel y oler su tinta, sentí el abrazo patrimonial de mi padre. Por años cuestioné su costumbre: Lo fastidiaba diciéndole: ‘Para qué, si internet lo actualiza al instante, prácticamente son noticias de ayer’. Hoy, buscando obituarios, comprendí que no compraba noticias, adquiría rituales.

La neurociencia y la epigenética sugieren que heredamos más que rasgos físicos: heredamos arquitecturas de afrontamiento, formas de regular la emoción. Mi padre, pianista, ejecutivo y escritor, enfrentaba el caos con rituales de enfoque: el arte, la escritura, esta lectura pausada. Yo resistí ese patrón, hasta que mi propia mente lo anheló.

Filosóficamente, es el concepto ‘enactivo’ de la cognición: no solo recordamos, sino que ‘re-creamos’ al ausente al repetir sus gestos. La costumbre no es el fantasma; es el puente neural donde su esencia se actualiza. Al principio imitamos por amor; luego, el hábito talla en nosotros un nuevo carácter.

Y ahora, en el silencio dominical, siento una mirada. Es Morgana, mi nieta, observando con esos ojos claros que antes iluminaron a su bisabuelo. Ella me mira doblar la página con cuidado, seguir una columna con el dedo, suspender la lectura en un suspiro. No dice nada. Aprende.

En su mirada curiosa, el ciclo se completa. Mi padre labró, en ella, un amor por las historias. Yo, sin planearlo, enactúo ante ella el mismo ritual de presencia y calma que él me legó. Ella no heredará, quizás, el periódico de papel. Pero, está heredando la postura, el espacio mental, la forma de habitar un momento con atención plena. La costumbre se transmute, pero su esencia—ese refugio consciente frente al ruido del mundo—persiste.

Así, en la mesa, tres generaciones se encuentran. Él, en mi gesto. Yo, en su mirada. Y ella, en el aprendizaje silencioso de que algunas herencias no se llevan en la sangre, sino en el acto sencillo y repetido de crear significado, juntos, en el ahora. La bisnieta observa, y el puente se extiende hacia un futuro que su bisabuelo no verá, pero que su costumbre, curiosamente, ayudará a formar.

¿CUANDO DEJAMOS DE COMER JUNTOS? P-12

  Hay recuerdos que no tienen fecha, pero conservan intacto su aroma. A veces basta el olor de un humeante arroz con carne recién servido, e...