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jueves, 3 de septiembre de 2026

LA PALABRA DEJÓ DE NECESITAR LA VOZ PARA EXISTIR (84)

 LA PALABRA DEJÓ DE NECESITAR LA VOZ PARA EXISTIR



Hay silencios que no están vacíos. Al contrario, están llenos de pensamientos.

Hace muchos años, cuando estudiaba en los claustros de San Agustín en Arequipa, estaba con Iris, Nelia, Yris, Maya y Claudia, compañeras de la universidad, en una de nuestras bancas preferidas. En eso, me quedé atrapado bajo una de las bóvedas de sillar que circundan la pileta. Sin más, me introduje en la escena.

San Agustín levanta una ceja al observar a Ambrosio, obispo de Milán, leyendo un libro sin mover los labios, en una rústica mesa que recoge los últimos rayos de sol. Para nosotros aquello resulta absolutamente natural. Tomamos un libro, recorremos sus páginas con los ojos y las palabras aparecen dentro de nuestra cabeza. Pero, entonces no era tan habitual. San Agustín había visto algo nuevo: un hombre que leía en silencio.

La escena puede parecer insignificante, pero contiene una de esas pequeñas revoluciones que cambian para siempre nuestra relación con el conocimiento. La palabra dejó de necesitar la voz para existir. El lector podía entrar en un texto sin que nadie más escuchara lo que estaba leyendo.

Y con ello comenzó a hacerse más grande un territorio que todos poseemos, pero que hoy parece estar perdiendo extensión: la vida interior.

Leer silenciosamente no es solamente pasar los ojos sobre unas líneas. Es detenerse. Permitir que una idea llegue, permanezca unos segundos y encuentre otras ideas dentro de nosotros. Es conversar con alguien que quizá murió hace siglos y, sin embargo, consigue hablarnos.

Quizá por eso me impresiona aquella escena. Porque, hoy vivimos casi en el extremo opuesto. Estamos rodeados de palabras, sonidos, imágenes, notificaciones y videos breves que reclaman nuestra atención. Saltamos de una noticia a otra, de una imagen a otra, de una opinión a otra. Consumimos información con una velocidad que pocas veces nos permite convertirla en pensamiento.

La lectura silenciosa exige otra actitud. Exige demora. Y la demora no está de moda. Cuando desaparece la necesidad de pronunciar las palabras, aparece además una posibilidad extraordinaria: nadie tiene que saber qué estamos leyendo y, por tanto, nadie tiene que saber qué estamos pensando. Quizá allí comienza una de las formas más profundas de libertad.

El pensamiento necesita intimidad para crecer. Una idea recién nacida es frágil. Necesita tiempo para equivocarse, contradecirse y regresar sobre sí misma. Nuestro tiempo, en cambio, parece exigirnos reaccionar inmediatamente, tomar posición y mostrarla.

Platón ya sospechaba del poder de la escritura. En el Fedro, Sócrates advierte que un texto puede hablar, pero cuando se le pregunta no puede responder. La paradoja es hermosa: la escritura terminó creando otra forma de diálogo, uno que ocurre sin pronunciar una palabra.

El lector pregunta. El libro responde. Y, en algún momento, quizá la respuesta ya no está en el libro, sino dentro de quien lee.

Pienso nuevamente en aquellos pasillos alrededor de la pileta. San Agustín mirando a Ambrosio. No escucha su voz. Solamente ve sus ojos recorrer las páginas. Está contemplando cómo el pensamiento puede convertirse en una experiencia íntima. Siglos después, en otra ciudad y otro tiempo, yo ingresaba a esa escena en Arequipa. Hoy vuelvo a ella.

Quizá uno de los grandes lujos de nuestro tiempo sea poder permanecer en silencio sin sentir que estamos perdiéndonos algo. Porque, cuando todo reclama nuestra atención, leer también es elegir: una página, una idea, quedarnos un momento más.

Y quizá, finalmente, elegirnos a nosotros mismos. Porque, leer en silencio es también aprender a pensar en silencio.

Y pensar, de verdad, siempre necesita un poco de tiempo.

jueves, 25 de junio de 2026

¿POR QUÉ YA NO NOS MIRAMOS A LOS OJOS?: El verdugo del índice (74)

 ¿POR QUÉ YA NO NOS MIRAMOS A LOS OJOS?: El verdugo del índice




—¡Mírame cuando te hablo! —

No hacerlo era casi un acto de rebeldía en los años sesenta. Una falta de respeto. Un pequeño motín familiar contra las buenas costumbres. En muchos lugares del Perú, las llamadas telefónicas pasaban por una central, el telegrama seguía vigente y no todos tenían teléfono en casa. Por eso, la comunicación interpersonal era intensa, inevitablemente humana.

La gente se saludaba de vereda a vereda. Las calles tenían menos ruido y más rostros. A las damas y a los mayores se les cedía el lado de la pared. Había tiempo para reconocer quién venía caminando a lo lejos. Las conversaciones gozaban de algo que hoy parece artículo de museo: atención sostenida. Uno escuchaba y esperaba prudentemente el turno para hablar.

Hoy, la escena es distinta.

Caminamos rápido. Vemos, pero no miramos. Mucho menos contemplamos. Cabeza gacha, ojos clavados en el celular, avanzamos por cualquier lado de la vereda como si la ciudad fuera una pista de obstáculos. Los mayores incomodan, porque avanzan lento. Don Gonzalo intenta cruzar la calle mientras un ejército de jóvenes lo esquiva sin levantar la vista de la pantalla.

El índice se ha convertido en verdugo profesional: pasa inmisericordemente de noticia en noticia, de video en video, de aplicación en aplicación. Somos como aquellas piedrecitas planas que lanzábamos al mar para ver cuántas veces rebotaban antes de hundirse. Solo que, ahora el rebote ocurre dentro de nuestra cabeza.

¿Hay conversaciones? Más bien, hay ansiedad.

Basta escuchar el sonido de una notificación para que el cuerpo entre en alerta. La neurociencia explica que cada mensaje activa circuitos de recompensa relacionados con la dopamina, neurotransmisor vinculado al placer y la expectativa. El cerebro aprende rápidamente que detrás de cada vibración podría venir una sorpresa. Y queda atrapado buscando la siguiente.

Por eso, nos cuesta sostener la atención. La corteza prefrontal, encargada de concentrarse y reflexionar, termina fatigada por el exceso de estímulos. Saltamos de un tema a otro sin profundizar en ninguno. Sabemos de todo un poco y comprendemos cada vez menos.

El filósofo Byung-Chul Han sostiene que vivimos en una sociedad agotada por la hiperestimulación. Yo sospecho que también vivimos en una sociedad incapaz de quedarse quieta, siempre está ansiosa. Blaise Pascal decía que gran parte de los problemas humanos nacen de no saber permanecer solos en silencio dentro de una habitación. Hoy, ni siquiera entramos al baño sin llevar el celular.

¿Y el saludo? ¿Y la contemplación del mundo?

Las pantallas nos han absorbido lentamente. Mientras tanto, la tarde sigue cayendo hermosa sobre la ciudad… aunque, ya casi nadie levante la mirada para verla.

 

jueves, 28 de mayo de 2026

DEJA DE HACERTE LA VÍCTIMA (70)

Deja de hacerte la víctima

DEJA DE HACERTE LA VÍCTIMA



Rubén “el loco” Cáceres no parecía un personaje trágico. No había perdido nada extraordinario, no arrastraba una historia de novela. Sin embargo, mientras se peina cada mañana frente al espejo, ensayaba la misma frase con disciplina casi religiosa: “otro día más o vamos sobreviviendo”. Lo decía con naturalidad, como quien comenta el clima. Y así, sin darse cuenta, fue convirtiendo su vida en un parte diario de resignación.

Un día —no por iluminación, sino por cansancio— decidió hacer algo diferente: escucharse. No hacia afuera, donde solemos cuidar las palabras, sino hacia adentro, donde podemos ser brutales, aquí no podemos engañarnos. Descubrió que su diálogo interno era una suma de pequeñas derrotas anticipadas. Nada grave por separado, pero devastador en conjunto.

Ese fue el inicio de su viaje. No hubo maletas ni aeropuertos, pero sí un desplazamiento más complejo: pasar de la queja automática a la observación consciente. Al principio, todo le sonaba impostado. Cambiar “no puedo” por “voy a intentarlo” le parecía un gesto casi tonto, como si estuviera engañándose. Y, sin embargo, persistió. No porque creyera en fórmulas mágicas, sino porque empezó a sospechar que su manera de hablarse no era inocente.

La filosofía ya había dejado pistas. Epicteto advertía que no son los hechos los que nos perturban, sino la interpretación que hacemos de ellos. El Loco Cáceres no podía cambiar todo lo que le ocurría, pero sí la narrativa con la que lo enfrentaba. Y eso, aunque parezca menor, alteraba su disposición a actuar.

Más adelante, casi como quien tropieza con una idea en una conversación con Rosendo, se encontró con el concepto del “cuidado de sí” de Michel Foucault. No era un permiso para la compasión, sino una exigencia: tratarse con dignidad, incluso cuando uno falla. Sobre todo, cuando uno falla.

La ciencia, por su parte, no desmintió su intuición. La neuroplasticidad le daba una base concreta: repetir una forma de pensamiento no es bueno; deja huella, crea caminos, facilita que esa misma ruta se recorra otra vez. El Loco Cáceres entendió, entonces que su antiguo “sobreviviendo” no era solo una palabra: era un entrenamiento.

Pero, no todo fue lineal. Hubo días en que volvió a su viejo libreto con una precisión admirable. “No sirvo para esto”, “otra vez igual”, “para qué intento”. La diferencia es que ahora lo notaba. Y en ese pequeño acto de notar, algo cambiaba. Ya no era un reflejo automático; era una elección en disputa.

Con el tiempo, su lenguaje empezó a cambiar. No hacia un optimismo ingenuo —no se repetía “todo está perfecto”—, sino hacia una honestidad menos cruel. “Esto no salió bien, pero puedo corregirlo”. “Hoy avancé poco, pero avancé”. Frases modestas, casi discretas, pero que iban reordenando su relación consigo mismo.

Curiosamente, nada espectacular ocurrió afuera. El mundo siguió siendo el mismo: exigente, impredecible, a veces ingrato. Lo que cambió fue la forma en que Rubén “el loco” Cáceres se habitaba. Dejó de tratarse como un problema y empezó a tratarse como un proceso.

Y eso, aunque no se anuncie en titulares, tiene consecuencias. Porque, dejar de hacerse la víctima no es negar el dolor ni maquillar la dificultad. Es dejar de convertir cada tropiezo en identidad. Es mirarse sin complacencia, pero también sin desprecio. Es, en el fondo, una forma de respeto.

El Loco Cáceres no se volvió extraordinario. Pero, dejó de decir “sobrevivo” como si fuera una condena. Ahora, cuando le preguntan cómo está, a veces responde —con una media sonrisa, casi irónica—: “aprendiendo”.

Y quizá, en ese verbo, haya más verdad que en todas sus antiguas certezas.

martes, 14 de abril de 2026

EL DIAL (63)

 EL DIAL

EL DIAL

Había una hora del día —casi siempre al caer la tarde— en que la casa parecía contener la respiración. La luz entraba en ráfagas suaves por las cortinas, algunos haces se quedaban entre las cañas del techo, tenía la parsimonia de un rito antiguo. Las casas de entonces vivían con un ritmo propio: más pausado, quietud de nobleza, con esa consciencia que de la dignidad de cada minuto. Nada urgía. Todo tenía ese donaire que hoy confundimos con lentitud, pero que era en realidad propiedad del tiempo.

 

En la sala, con olor a madera envejecida y a petróleo para dar brillo al piso, reposaba el radio sobre una pequeña mesa mesita de centro, regiamente adornada por un tapete hecho a crochet. No era un aparato: era un miembro más de la familia. Su presencia contenía una autoridad silenciosa. No cualquiera podía encenderlo; había que pedir permiso o esperar a que papá o mamá lo hicieran. Ese gesto inauguraba una ceremonia: la casa quedaba en posición de escucha.

Minutos antes de las siete, el ambiente adoptaba una religiosidad doméstica. Yo fingía distraerme, pero la ansiedad me recorría el pecho. Papá miraba el reloj. Todo estaba por ocurrir. Y entonces, el pequeño milagro: la perilla del dial empezaba su danza. Las manos de mi padre, con un pulso que aún hoy recuerdo como una forma de sabiduría, movían la perilla milímetro a milímetro. El aire dibujaba escalas para nuestro coro de susurros y chasquidos, como si estuviéramos navegando en un océano de ondas invisibles.

De pronto emergía la marcha del Himno de las Américas, imponente. Yo me emocionaba: era la misma que cantábamos en mi escuelita 9611 los lunes, después del Himno del Perú, firmes, creyendo que la vida tenía un orden claro. Esa música, al sonar en casa, me atravesaba como un llamado a algo grande. Y luego, la voz: Óscar Artacho iniciando Pregón Deportivo. Una voz que no solo informaba: ingresaba al hogar como entra un oráculo, cargada de autoridad y cercanía. Era una cita sagrada, un instante irrepetible.

Sintonizar la radio era una filosofía práctica: para alcanzar la claridad, primero había que atravesar la interferencia. Ajustar, retroceder, avanzar un milímetro. Heráclito lo habría celebrado: del caos nacía el orden.

Hoy, con la digitalización y la personalización absoluta, hemos ganado comodidad, sí; pero hemos perdido la pedagogía de la espera, ese sublime instante donde el mundo se detiene, la experiencia compartida, esa luz con el amarillo sonoro del foco que atesoraba unos cuantos watts, pero que reunía a la familia. La radio acompaña, pero ya no convoca. Otros tiempos, otras costumbres.

Sin embargo, algo en mí sigue sosteniendo que fuimos más familia cuando todos buscábamos juntos la frecuencia exacta donde el corazón escucha.

 





viernes, 21 de noviembre de 2025

LA INTIMIDAD MÁS PROFUNDA NO SE.TOCA CON LAS MANOS (43)

"La intimidad más profunda, no se toca con las manos"

Quince días fuera de Cuzco. Varios encuentros, varios cafés. Cada uno con su propio color. Pero hubo uno que se salió del guion. El encuentro con Elisa.

El primer encuentro fue café y trabajo. Conversaciones cordiales, protocolarias. El segundo cambió todo. Las palabras se volvieron confesionales. Ambos. Yo hablé de mis fracasos; ella, de los suyos. Frustraciones, sinsabores, esas verdades que solo se dicen cuando el alma reconoce territorio seguro. Fue una catarsis compartida, sin jueces. El tercero fue extraordinario: una misa, gestiones laborales, galería de arte, almuerzo, cervezas, café en su casa. Seis horas continuas. Fluidas, relajadas. Ya habíamos probado algo más profundo: la intimidad sin cuerpo.

 

Vivimos obsesionados con la intimidad física. Pero, existe otra, más silenciosa y duradera: la intimidad del alma desnuda. Esa, donde dos personas se muestran sin filtros, sin máscaras.

La intimidad física está atada a la belleza temporal. La piel envejece, el deseo fluctúa. Pero la intimidad confesional trasciende el tiempo. No depende de la firmeza del cuerpo, sino de la valentía del espíritu. Con Elisa no hubo roce de pieles. Hubo algo más arriesgado: el roce de verdades. Y, eso crea una conexión más profunda que mil abrazos fugaces. Porque, mostrarse vulnerable es la intimidad suprema.

Cuando dos personas se confiesan mutuamente, sus cerebros entran en sincronía neuronal. Estudios de Princeton revelan que las ondas cerebrales se alinean. La oxitocina se libera no solo con abrazos, sino con conversaciones auténticas. Por eso esas seis horas renovaron en lugar de agotar.

Martin Buber distinguía entre relaciones "Yo-Ello" (funcionales) y "Yo-Tú" (donde el otro es reconocido en su totalidad). El tercer encuentro con Elisa fue plenamente "Yo-Tú": dos presencias sin máscaras, sin seducción, sin agenda.

Emmanuel Lévinas decía que el rostro del otro es una epifanía ética. Cuando Elisa compartió sus heridas, buscaba ser vista. Yo, al compartir las mías, buscaba ser escuchado. Ese intercambio de vulnerabilidades crea lazos más fuertes que la pasión efímera.

La belleza física se marchita. Los cuerpos cambian. La pasión se apaga. Pero, cuando dos almas se han mostrado sus cicatrices, eso no envejece. Eso permanece. Puedo olvidar qué ropa llevaba Elisa. Pero no olvidaré la valentía de sus palabras. No olvidaré que me permitió ver sus heridas. Y que yo, a cambio, le mostré las mías.

Volví a Cuzco con la certeza de que, aún existen personas capaces de desnudar el alma sin quitarse la ropa. Y que esa, justamente esa, es la intimidad más profunda y duradera.

La intimidad que no depende de la juventud de los cuerpos, sino de la honestidad de las almas.

domingo, 12 de octubre de 2025

VIVIENDO TODAS MIS VIDAS: El Arte de Morir para Renacer (38)

VIVIENDO TODAS MIS VIDAS: El Arte de Morir para Renacer

 Se dice que morimos varias veces antes de la muerte final. Morimos cuando la infancia se esfuma, cuando un amor se va, cuando perdemos a quien era nuestro pilar. Cada despedida, es una pequeña muerte. Pero, he aquí el secreto: tras cada una, renacemos.

El filósofo Nietzsche lo llamaba "aprender a morir": soltar lo que fuimos para transformarnos en una versión más fuerte. Esta idea conecta con el concepto budista del "no-yo", que plantea que no existe una identidad permanente. Lo que llamamos "yo" es un flujo constante de experiencias en transformación, y aferrarse a una identidad fija es la principal fuente de sufrimiento. Las "pequeñas muertes" que experimentamos son la prueba de este flujo natural. No somos un cuadro terminado, sino un lienzo donde las capas de pintura se superponen, se mezclan y a veces se raspan para dar espacio a nuevas formas y colores.

La vida está marcada por transformaciones constantes que funcionan como muertes y renacimientos. Gabriela, al dejar su pueblo, ve morir a la hija dependiente para dar paso a la mujer independiente. El hombre que pierde su trabajo después de veinte años entierra al profesional definido por su cargo, pudiendo renacer como emprendedor o alguien que prioriza su familia.

Estos cambios no solo ocurren en hitos grandes. La madre que se queda sola cuando su último hijo se va a la universidad entierra su rol de cuidadora full-time para renacer como la mujer que redescubre sus pasiones. El amigo decepcionado que deja de ser complaciente mata a su yo que siempre decía "sí", renaciendo como alguien con límites más sanos y auténtico. Cada final contiene la semilla de un nuevo comienzo.

El verdadero desafío no es evitar estas "pequeñas muertes", sino transitar conscientemente el duelo que provocan. Como decía el filósofo Alan Watts, aferrarse a lo que ya no es tan inútil, es como intentar atrapar el aire con la mano: solo conduce al agotamiento. Aceptar que todo cambia no es resignarse, sino liberarse.

 Aferrarse a identidades que ya no nos representan —como el "estudiante eterno" o la "novia abandonada"— nos condena a vivir como fantasmas del pasado. La sabiduría no está en olvidar quiénes fuimos, sino en integrar al niño, al adolescente y al adulto que fuimos como capítulos de un mismo libro, escuchando lo que cada uno tiene para decir sin que ninguno domine.

Estas "muertes" no nos restan, sino que suman capas a nuestra existencia. Cada final es un necesario comienzo que nos revela nuestra resiliencia. La pregunta clave es: ¿Quién debo dejar morir hoy para renacer? La respuesta nos invita a participar conscientemente en la obra de arte en evolución constante que es nuestra vida.


 

viernes, 18 de abril de 2025

PEPE JARUFE: LA VOZ QUE TRASCENDIÓ AL ÉTER (07)



MI COLUMNA - Diario Viral . AREQUIPA 29/03/2025

https://edicion.diarioviral.pe/edicion-8-3-2025 Página 15

En la memoria sonora del Arequipa, una voz vibra con singular fuerza, una voz que no cantaba, pero que tenía la melodía y el ritmo de las mejores canciones. Esa voz pertenecía a Pepe Jarufe, el hombre que, desde una cabina hizo que su programa "El Tocadiscos", transforme la radio en un oasis emocional, un espacio donde la música y la palabra se fusionaban en una experiencia íntima y trascendente.

Jarufe, a pesar de su renuencia al estrellato y su deseo de permanecer en el anonimato, se convirtió en un "rockstar" de la radiodifusión, un ícono cuya voz trascendió la mera locución para convertirse en un elemento transformador en la vida de sus oyentes. Su estilo, elegante y refinado, no se limitaba a presentar canciones; las revestía de un aura especial, creando una atmósfera cálida y vibrante que invitaba a la escucha atenta y emocionada.

La voz de Pepe Jarufe conectaba profundamente con cada oyente, acompañándolo y augurándole un futuro promisorio. Su programa, "El Tocadiscos", era un ritual donde música y palabra creaban una experiencia sonora inolvidable. La pasión de Jarufe elevaba la música, enriqueciendo el gusto de su audiencia. Más que un locutor, era un alquimista que transformaba la música en emociones y recuerdos, llevándola a un plano superior. Su voz, eterna, acompañó a sus oyentes en sus aspiraciones, augurando el éxito con cada canción.

 

La voz de Pepe Jarufe perdura en la memoria de sus oyentes, evocando recuerdos y sueños. Su legado trasciende las canciones, residiendo en la huella emocional que dejó, demostrando el poder de una voz. En un mundo de voces efímeras, la suya permanece como un recordatorio de que una voz puede ser tan poderosa como una canción, transportándonos a un universo de emociones y recuerdos perdurables.

UN DÍA GIRAMOS LA CABEZA Y YA NO ESTÁN LAS BOLITAS (86)

  —Apunta bien, no vayas a fallar. Las bolitas estaban en el suelo y alrededor, como un pequeño tribunal, Coco, Pepe García, Nano, Kike y el...