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jueves, 21 de mayo de 2026

NO TODOS VAN A APLAUDIRTE (69)

No todos van a aplaudirte



NO TODOS VAN A APLAUDIRTE

Hay un instante —breve, casi imperceptible— en el que uno termina algo que le importa. Puede ser un texto, una decisión, un gesto que costó años de cavilaciones y maduración. Y, entonces ocurre: ese silencio. Nadie dice nada. Nadie aplaude. Nadie parece haber estado allí.

Ese silencio, que debería ser neutro, se vuelve un animal incómodo, te aplasta, se instala en el pecho y comienza a preguntar con una voz que no es del todo nuestra: ¿y si no era tan bueno?

No es el trabajo lo que tambalea ¿será nuestra mirada?  O, mejor dicho, la ausencia de miradas.

Nos han enseñado —con una paciencia, casi cruel— a medirnos en reflejos. En cuántos ojos se detienen, en cuántos gestos aprueban, en cuántos dedos virtuales (lumpas – lumpas del cyberespacio) se levantan como pequeños jurados cotidianos. Y así, sin darnos cuenta, el viejo “qué dirán” ha mutado. Ya no es la tía en la sobremesa ni el vecino curioso: ahora es una multitud silenciosa que cabe en una pantalla y que, paradójicamente, nunca termina de estar.

Ese, es el monstruo: no tiene una sola cabeza. Tiene muchas. Y cada una susurra algo distinto. Una duda. Otra sospecha. Otra compara. Todas coinciden en lo mismo: hacerte depender. Porque, el aplauso no solo celebra; también domestica.

Cuando llega, nos acostumbra. Cuando falta, nos desarma.

Entonces, aparece ese cansancio raro: no el del esfuerzo, sino el de la espera. Hacer algo y, al mismo tiempo, estar aguardando su validación. Como si la obra no terminara en lo que hicimos, sino en cómo será recibida. Como si el sentido estuviera siempre un paso más allá, en manos de otros.

Pero, hay una trampa en todo esto. Una ironía casi elegante.

La mayoría de las personas a las que les cedemos ese poder tampoco está mirando. Están ocupadas haciendo lo mismo que nosotros: esperando ser vistas.

Así, se sostiene esta coreografía absurda: todos actuando, pocos observando, nadie realmente presente.

Y tal vez, solo tal vez, el verdadero ruido no esté en la falta de aplausos, sino en la cantidad de voces a las que hemos decidido escuchar.

Hay algo antiguo latiendo en ese impulso por ser vistos. No es únicamente vanidad ni fragilidad moderna. Desde la filosofía, ya se sospechaba que el ser humano no se basta a sí mismo: necesita del otro para confirmarse. No para existir —eso sería demasiado dramático—, pero sí para narrarse. Como si cada mirada ajena fuera un espejo que, más que reflejar, termina editando.

Sin embargo, esa dependencia nunca fue inocente. Siempre hubo una tensión entre lo que somos y lo que mostramos. Entre la vida vivida y la vida interpretada. Y en esa grieta, sutil pero persistente, se filtra una pregunta incómoda: ¿cuánto de lo que hacemos responde a una convicción y cuánto a una expectativa?

Las neurociencias, con su lenguaje menos poético pero no menos revelador, sugieren algo similar. El cerebro humano está diseñado para registrar la aprobación. No como lujo, sino como mecanismo de supervivencia. En algún punto remoto de nuestra historia, ser aceptado por el grupo no era un asunto emocional, sino vital. Quedar fuera significaba peligro. Y esa huella, aunque disfrazada de modernidad, no ha desaparecido.

Por eso el reconocimiento produce ese breve destello de bienestar. Una suerte de recompensa química que no pide permiso para instalarse. Y por eso también su ausencia incomoda más de lo que admitiríamos. No porque el trabajo carezca de valor, sino porque el sistema que lo evalúa —ese entramado invisible entre cultura y biología— sigue esperando una señal externa.

Lo curioso es que, a pesar de entenderlo, seguimos cayendo. No por ingenuidad, sino por hábito.

Tal vez la diferencia no esté en eliminar esa necesidad —sería una forma elegante de negarse a lo humano—, sino en observarla sin rendirse a ella. Reconocer que existe, que condiciona, que insiste… pero que no define.

Porque, en algún punto, la construcción más silenciosa —esa que no tiene testigos ni aplausos— también va moldeando algo más profundo: una relación menos dependiente con la mirada ajena.

Y ahí, casi sin anuncio, ocurre un pequeño desplazamiento.

No dejamos de escuchar el ruido, pero deja de gobernarnos.

 

jueves, 5 de marzo de 2026

DEJANDO ESPACIO (58)

Dejando espacio

DEJANDO ESPACIO

Papá partió hace seis meses. Noventa y cinco años no amortiguan el vacío; lo ensanchan. El silencio que dejó tiene un peso específico: si lo miro de frente, me mareo.

Durante los últimos dieciocho años caminamos juntos todos los días. No eran simples paseos, eran travesías por su memoria y la mía. Yo le leía mis borradores —conferencias temblorosas, poemas en gestación— y él escuchaba con esa paciencia que solo concede el amor sin prisa. Fue mi primer público. El más fiel. Después era mi turno de escucharlo, de perseguir esa presa inapreciable de sus recuerdos. A los noventa escribió su libro. El piano, su eterno amigo, seguía acompañándolo. Nos quedamos a mitad de nuestro último proyecto: Libro con papá. El título permanece. Falta su voz.

O eso creía.

Sin advertirlo, empecé a transitar los mismos espacios de la casa. Del dormitorio a la sala, de la sala a la ventana. Acomodo objetos, reviso puertas, repito recorridos que antes le reclamaba por innecesarios. Le pedía que tuviera cuidado, temía un traspié. Hoy hago exactamente esos mismos movimientos.

Yo no usaba reloj. Él insistía en que utilizara el suyo. Me negaba: “No es necesario, papá, todo está en el celular”. Ahora, cada mañana, abro el cofrecito de la mesa de noche con su misma parsimonia. Tomo el reloj. Lo sostengo un instante. Y me lo coloco siguiendo un ritual que no me pertenece del todo. Hay momentos en que siento —estoy seguro— que es él quien se pone el reloj: la mano, el giro de la muñeca, el tono idéntico de nuestra piel.

En cada paso voy comprendiendo la profundidad de su alma y el amor paciente que tuvo frente a mis apresuradas ligerezas. Yo quería llegar; él sabía quedarse. Hoy entiendo que lo importante no es arribar, sino habitar el ahora.

Las neurociencias explican que no heredamos, solo rasgos físicos. También internalizamos modos de afrontar la vida. La memoria emocional y los patrones aprendidos nos habitan. No es metáfora: es continuidad biológica y afectiva.

Quizá el duelo consista en eso: dejar espacio. No para que el ausente regrese, sino para reconocer que sigue actuando en nosotros.

Me sigue enseñando.

Y su presencia —lo juro— se vuelve tangible en cada pequeño gesto del día.

 

viernes, 15 de agosto de 2025

LA SABIDURÍA DE LA SILLA TAMBALEANTE. POR UN APRENDIZ DE 69 AÑOS (25)

Esta mañana, mientras el mundo sigue atrapado en su vorágine, yo cometí un acto de insumisión: estaba sentado en la silla del comedor y la incliné hasta apoyarla solo en dos patas. Por un instante, quedé suspendido, el riesgo de caer se convirtió en alegría pura. No era euforia, sino algo más profundo: la certeza de que, a veces, desobedecer las reglas del ‘deber ser’ es el camino más directo hacia uno mismo. 

 A mis 69 años, ese gesto aparentemente infantil me reveló algo esencial: el bienestar no es un destino, sino la artesanía de vivir despierto. No se encuentra en grandes conquistas, sino en estos pequeños atajos, donde el tiempo se quiebra y todas nuestras edades convergen: el niño curioso, el joven rebelde, el anciano que sabe que la vida es frágil y hermosa. 

 Nos han vendido el bienestar como un lugar: "Llegarás cuando tengas X, cuando logres Y". Pero, yo les digo, desde mi silla tambaleante: es una forma de caminar. Es la decisión de: 

- Buscar grietas en la rutina (como saborear el café y hacer eterno el primer sorbo). 

- Escuchar el coro de tus propias voces interiores (esa soledad, donde te sientes más acompañado). 

- Regalarte alegrías sin justificación (bailar solo, reírte de nada, equilibrar sillas). 

 Esta insumisión no es violencia, sino poesía práctica. Es rebelarse contra la tiranía de lo establecido: contra quienes dicen ‘a tu edad, eso no se hace’. ¿Acaso no es más absurdo envejecer como mueble arrinconado, sin desafiar la gravedad? 

Hoy propongo un manifiesto mínimo: 

1. Practica micro-rebeliones: rompe un hábito trivial (usa calcetines distintos, escribe con la mano izquierda). 

2. Habita tus grietas: cuando la nostalgia llame, no la ahuyentes. Invita a tu yo de 10 años a conversar con el de hoy. 

3. Regálate existencia: la alegría más verdadera es la que nace de darte permiso para ser. 

Al levantarme de la silla, comprendí que no buscaba equilibrio, sino la libertad de tambalearme sin miedo. El bienestar no es una meta: es el arte de caer hacia arriba o ver que las raíces hacen cosquillas al cielo. 

¿Te atreves a desestabilizarte? 

 

 

EL CEREBRO FABRICA ESTADOS (P-09)

EL CEREBRO FABRICA ESTADOS https://www.prensamerica.com/retazos/el-cerebro-fabrica-estados Francesca mira el reloj por quinta vez en menos d...