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miércoles, 26 de noviembre de 2025

EL CALLEJERO (C-02) "UN SUSURRO QUE ME ATRAJO"

"UN SUSURRO QUE ME ATRAJO"



La primera vez que llegué a la Calle Puente Bolognesi no sabía que estaba entrando en un territorio que reclama a quienes lo pisan. Era febrero de 1981 y Arequipa, recién revelada, me dejaba perderme con su luz oblicua, esa que transforma cada muro de sillar en una página para leer. Me desvié “sin querer queriendo”, doblé donde no debía y terminé descendiendo hacia un puente que no había oído nombrar, tres enhiestos arcos antiguos “saltan” sobre el curso del enérgico río Chili, como si estuviera ahí solo para esperarme.

Con los años entendí que hay calles que no se caminan: se escuchan. Puente Bolognesi murmura con cada adoquín, retiene silencios coloniales en el sillar y respira una memoria que no solo pertenece a la ciudad, sino también a quienes la descubren desde el desconcierto.

En una de esas tardes claras y románticas, cuando la luz cae como un suspiro sobre la piedra, entré a una panadería pequeña. Iba acompañado de una jovencita a la que pretendía impresionar, llevando en el bolsillo un ímpetu juvenil que confundía humor con encanto. Una señora irrumpió apurada:

—¿Cuánto cuestan los cachitos?

Y yo, queriendo lucirme, respondí antes que el dependiente:

—¡Señora, los cachos son gratis!

Su mirada me cayó encima como un portazo. Me borró la sonrisa, el orgullo y hasta el aire. Nervioso no me atreví a mirar a mi amiga (sabía que había quedado pésimo). Fue una lección instantánea: el humor también tiene paisaje, clima y hora; hay palabras que no se deben lanzar en el templo de la dignidad ajena. Aquella tarde aprendí más de mí mismo que en muchas clases de la UNSA.

Pero el puente, testigo de todo, no juzga. Ni mis torpezas, ni las de nadie. Ese es su encanto.

Hoy, lo veo atraer personas de todas las almas posibles: enamorados que buscan un rincón donde el Chili les hable en voz baja; viajeros que no saben qué buscan, pero sienten que allí algo se acomoda; melancólicos que dejan que el río les ordene los pensamientos; estudiantes apresurados, turistas hechizados, vecinos que simplemente atraviesan el día. Todos llegan por una razón distinta, pero todos —sin excepción— quedan atrapados por su belleza: esa forma en que el sol se derrama sobre el sillar y vuelve dorado incluso lo que duele.

Han pasado cuarenta y cuatro años desde aquella primera noche en que me perdí para encontrarlo. Hoy camino, otra vez por la misma vereda, como quien regresa a una página que nunca termina de revelar lo que guarda. El puente sigue entero, con latente vida, custodio de todos los pasos: los enamorados, sí, pero también los que buscan claridad, los que cargan dudas, los que se preguntan quién fueron y quiénes pueden ser.

Porque, Puente Bolognesi no une solo dos extremos: une tiempos, historias, respiraciones.

No es un cruce: es un llamado. Un sitio donde cada persona deja una parte de lo que trae, y recibe algo que no sabía que necesitaba.

Y por eso —quizá por eso— siempre regresamos.

  

domingo, 5 de octubre de 2025

SONRISA FORZADA O GRITO SILENCIOSO (37)

SONRISA FORZADA O GRITO SILENCIOSO


En una sociedad que valora la productividad y la alegría constante, a menudo pasamos por alto una forma sutil y engañosa de sufrimiento: la depresión silenciosa. No es la tristeza obvia que todos podemos reconocer. Es un susurro, una sombra que se esconde detrás de una sonrisa forzada y una vida aparentemente normal.

Imagina a Javier, un colega que siempre parece ocupado. Siempre, está en la oficina y cumple con sus plazos. Sin embargo, lo que no ven es que cada tarea es una lucha monumental. Ha dejado de jugar fulbito los fines de semana y rechaza las invitaciones a tomar algo. Cuando se le pregunta, solo dice: "Estoy cansado". No es una mentira, es la verdad de su agotamiento mental.

Piensa en Patricia, una amiga que parece tenerlo todo bajo control. Se ríe en las reuniones y hace bromas, pero su sonrisa no llega a sus ojos. En el fondo, una voz interna despiadada le susurra: "No eres suficiente. Nada de esto importa". Se levanta por la mañana con el mismo cansancio con el que se acostó. Ha dejado de cocinar, algo que amaba, y ahora se conforma con cualquier cosa, o incluso no come.

La depresión silenciosa se manifiesta a través de señales que a menudo se disfrazan de simple apatía o mal humor. Es la pérdida de interés en lo que antes nos apasionaba, la fatiga constante que no mejora con el descanso, los cambios en el apetito y el sueño, y un aislamiento gradual, no por elección, sino por la carga que supone interactuar con otros. Es la irritabilidad que surge de la nada, una sensación de estar fastidiado con el mundo.

El peso de “la máscara” nos habla de una profunda desconexión entre el ser auténtico y la persona que el mundo exige que seamos. Jean-Paul Sartre argumentaba que a menudo actuamos de mala fe (mauvaise foi), negando nuestra propia libertad y autenticidad para encajar en los roles que la sociedad nos asigna. La "sonrisa forzada" es el epítome de esta mala fe: una máscara que nos colocamos para ocultar, incluso a nosotros mismos, el vacío o el dolor que sentimos. Nos convencemos de que "estamos bien" porque es lo que se espera, pero, ese acto de negación incrementa la alienación y el sufrimiento. El grito silencioso es, entonces, la protesta del alma aprisionada, que anhela ser escuchada detrás de la fachada de normalidad.

Si te identificas con Javier o Patricia, es hora de reconocer que tu dolor es real.

El primer paso es validar tus propios sentimientos. El siguiente es romper el silencio: habla con alguien de confianza, busca ayuda profesional. Un terapeuta puede ofrecerte herramientas para entender y manejar estos sentimientos. No necesitas una crisis para pedir ayuda. Los pequeños actos de autocuidado, también cuentan. Sal a dar un paseo corto, bebe un vaso de agua, come algo nutritivo. Cada uno de estos gestos es una pequeña victoria que te acerca a recuperar tu luz interior.

 


 

EL CEREBRO FABRICA ESTADOS (P-09)

EL CEREBRO FABRICA ESTADOS https://www.prensamerica.com/retazos/el-cerebro-fabrica-estados Francesca mira el reloj por quinta vez en menos d...