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jueves, 2 de julio de 2026

MIS CÉLULAS ME ESTABAN ESCUCHANDO (75)

 MIS CÉLULAS ME ESTABAN ESCUCHANDO



Antes de que la rabia tomara completamente el volante, apareció una canción. Iba camino a recoger a mi nieta Morgana al colegio Weberbauer. La congestión en la avenida Canadá para ingresar al trébol de la avenida Javier Prado era, como tantas veces, una batalla urbana. Ómnibus atravesándose sin aviso, colectivos piratas jugando a inventar carriles, motocicletas apareciendo por donde físicamente parecía imposible. Un cuento de nunca acabar.

El tráfico en Lima tiene algo de examen psicológico. Basta avanzar unos metros para descubrir quiénes somos realmente cuando sentimos que el otro invade nuestro espacio. Y, allí estaba yo, atrapado entre bocinazos, humo y una lenta procesión de impaciencia humana, sintiendo cómo comenzaban a mezclarse emociones poco elegantes: enojo, irritación, revancha. Sí, revancha. Porque cuando alguien mete violentamente su vehículo en tu carril, una parte primitiva del cerebro deja de pensar en normas y empieza a pensar en territorio.

Entonces en la radio sonó “Reflexiones de mi vida”, del grupo Mermelada. Hay canciones que no llegan como música, sino como memoria. Y, mientras avanzaba apenas unos centímetros, regresó a mi mente un video del médico y conferencista español Mario Alonso Puig diciendo: “Las células escuchan nuestros pensamientos”.

Y me sentí descubierto.

Porque, mientras escuchaba aquella idea, mi cuerpo entero estaba haciendo exactamente lo contrario a lo que necesitaba. Mis manos endurecidas sobre el timón. La mandíbula tensionada. El corazón acelerando innecesariamente. El cerebro liberando sustancias químicas como si estuviera escapando de un depredador y no simplemente intentando cruzar una avenida limeña a las tres de la tarde.

Qué contradicción tan humana: saber algo y no poder aplicarlo inmediatamente.

La neurociencia explica que el cerebro no distingue tan fácilmente entre un peligro real y uno interpretado emocionalmente. Para nuestras neuronas, aquel conductor invasivo puede convertirse, durante unos segundos, en una amenaza directa. El cuerpo responde entonces con cortisol, adrenalina, tensión muscular y pensamientos defensivos. Es decir, nuestras células escuchan no solo lo que pensamos, sino también cómo interpretamos el mundo.

Y Lima, hay que decirlo, interpreta nuestra paciencia todos los días.

Pensé entonces en algo curioso: quizá el verdadero tráfico no estaba afuera sino dentro de mí. Afuera había autos disputándose centímetros; dentro, emociones disputándose el control. La ira queriendo acelerar. La prudencia intentando respirar. La memoria musical tratando de suavizar el instante. Y una frase persistente recordándome que cada pensamiento deja una pequeña huella biológica. Tal vez, por eso envejecemos también desde ciertas emociones. No es casual que muchas personas vivan cansadas incluso sin haber hecho demasiado esfuerzo físico. El resentimiento agota. La tensión continua enferma. El miedo sostenido desgasta silenciosamente. El cuerpo escucha todo: incluso aquello que fingimos manejar bien.

Mientras avanzaba lentamente, comprendí que no podía controlar el caos vehicular. Tampoco, la imprudencia ajena. Pero, sí podía decidir qué conversación tendrían mis células conmigo aquella tarde. Entonces aflojé las manos del volante. La canción seguía sonando. Pensé en Morgana esperando la salida del colegio. Pensé en papá diciéndome que uno siempre termina pareciéndose demasiado a aquello que repite todos los días. Pensé que, quizá, vivir también consiste en aprender a no convertir cada pequeño desorden cotidiano en una guerra personal. Llegué algunos minutos después. La ciudad seguía siendo la misma.

Pero yo, ya no.

lunes, 1 de septiembre de 2025

MONTCAFÉ - SEGUNDA SALIDA

 MONTCAFÉ

Un grupo de turistas españoles a mi espalda comenta lo hermosa que es Lima. El aire ha comenzado a refrescar y los rayos de sol se cuelan a través del cielo gris. El café con leche está estupendo, cada vez es más difícil encontrar uno malo.



Hay algo en el aire de la Plaza de Armas, una quietud más profunda que el simple silencio. Es el tipo de quietud que pocos intuyen, pero yo la percibo. Te veo sentado en esa mesa, con el rostro absorto en la pantalla de tu laptop, capturado por la fantasía de las palabras que escribes. Vas trazando retazos de una estela que te lleva a un lugar que solo tú conoces. El vapor de tu “cortadito” se eleva, un aroma que es una amalgama de recuerdos, una presencia que se ha vuelto tangible en su ausencia.

Observas la plaza con minuciosa atención, y la ves como un microcosmos de tu duelo. Miras a los paseantes, pero no los ves del todo; cada uno es un fragmento de tu propia pena. Un señor sexagenario habla solo, quizás a un compañero invisible como el que te observa. Otro, sin cuidado, pasa un billete de cien soles de un bolsillo a otro, con una premura que es espejo de la tuya. El estudiante universitario con su "mochila de preocupaciones" es el reflejo de la pesada carga que hoy llevas. La señora que transpira a pesar del frío es un eco de la agitación interna que te consume. La anciana con su gorra y bufanda, arrastrando los años, es un recordatorio de que la vida continúa su marcha, inmutable.

Pasan varios grupos de escolares con sus respectivos profesores y guías, conociendo y reconociendo su ciudad. Te invaden sutiles vientos de nostalgia y recuerdas a tu hermano Henry con la misma fuerza con la que evocas esas tardes de caminatas junto a él y sus estudiantes. Hablas de una hermandad que se forjó al guiar y cuidar a esos jóvenes. Henry, con su "impresionante alocución", los tenía embelesados con sus historias, llevándolos por una especie de "montaña rusa" al contarles los secretos de cada calle limeña. Mientras, tú, su "seguridad", los mantenías alineados, contándolos y protegiéndolos de cualquier riesgo. Juntos eran una unidad, un faro de guía para los escolares, un tándem que se complementaba a la perfección. Una labor que, sin saberlo, te preparaba para el desafío de hoy: guiar a tus propios recuerdos a través del laberinto de la ausencia.

En ese momento, el mensaje de tu hermana Adita te devuelve al epicentro del dolor. Te habla de un sobre lacrado, amarillento por el tiempo, que ha dejado papá para ser abierto después de su partida. Al verlo, ella sintió pena y sus ojos se humedecieron. Lo llevarán a la notaría para que el notario lo abra. Al imaginar la caligrafía de tu papá —sobria, elegante, firme— que perfila su potente imagen de amor y autoridad, te estremeces.

En ese instante, las campanas de la catedral comienzan a sonar, marcando las 11:45. Su tañido es diferente a cuando marcó la media hora. Estás atento a que marquen el mediodía. Esta es tu segunda salida sin él, y se hace difícil. Miras la silla vacía, pero en lugar de ver la ausencia, ves su esencia, y su sonrisa y mirada te acogen.

Los paseantes siguen desfilando por la pasarela de tu ventana. Hay turistas que consultan el Waze para ubicarse, avanzando y retrocediendo hasta encontrar el rumbo. Pasa un joven de unos treinta años que camina lento, con la paciencia de quien analiza una situación difícil; su rostro refleja una preocupación ya vencida. Dos amigas pasan sin conversar, con las miradas fijas en sus celulares. Un par de jóvenes de barba hirsuta y ligeramente obesos avanzan con un compás sincopado que les da el peso de más. Pasa un grupo de reporteros con cámaras, focos y poca paciencia en busca de una noticia. Una joven ejecutiva camina con paso seguro y elegante. Pasa una persona fumando, algo inusual. Dos policías municipales caminan dueños del portal. La gente lleva abrigos, gorras, zapatillas, carteras bien aseguradas y bufandas. Los zapatos van quedando rezagados. Falta poco para las doce, y estás inquieto por escuchar las campanadas que te dirán que ya es hora de regresar.

Las campanas del mediodía suenan. No puedes contenerte y tu mirada se dirige de nuevo a la silla vacía. Y en medio de todo este escrito, hay un susurro, una voz que no es la tuya, pero que te habla al oído lo que ya sabes en lo más profundo de tu corazón:

"Escribe. No te detengas. Sigue, que yo te leo y te acompaño."

 

EL CEREBRO FABRICA ESTADOS (P-09)

EL CEREBRO FABRICA ESTADOS https://www.prensamerica.com/retazos/el-cerebro-fabrica-estados Francesca mira el reloj por quinta vez en menos d...