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jueves, 4 de junio de 2026

MIENTRAS DUDAS, LA VIDA SIGUE ENSAYANDO SIN TI (71)

Mientras dudas, la vida sigue ensayando sin ti


MIENTRAS DUDAS, LA VIDA SIGUE ENSAYANDO SIN TI

El Pollito Núñez se quedó varios minutos frente a la vitrina de la panadería. No era hambre exactamente. Era indecisión. Dudaba entre el mismo croissant de siempre o probar ese pan nuevo, de nombre impronunciable, que alguien había dejado estratégicamente iluminado. Detrás de él, una señora pidió sin titubeos, pagó y se fue. Luego, un joven hizo lo mismo. Pollito Núñez seguía allí, como si elegir un pan fuese una declaración de principios.

Finalmente, pidió lo de siempre.

Al salir, mientras caminaba con su bolsa tibia, tuvo una sensación incómoda: no era el pan lo que había evitado. Era el pequeño riesgo de cambiar. Esa mínima incomodidad que, sin hacer ruido, gobierna decisiones más grandes de las que estamos dispuestos a admitir.

Porque, no solemos paralizarnos en lo extraordinario. Nos detenemos en lo de siempre. En ese mensaje que dejamos en borrador, en la llamada que postergamos “para mañana”, en el curso que seguimos acumulando sin aplicar, en el proyecto que “todavía no está listo”, en esa idea que preferimos seguir afinando antes que exponerla. Y mientras tanto, alguien —no necesariamente más capaz— ya empezó: publicó, llamó, propuso, se equivocó… y corrigió.

No es una cuestión de talento. Es, muchas veces, una cuestión de umbral. Hay quienes toleran mejor la incomodidad inicial. Entienden, quizá intuitivamente, lo que ya sugería William James: que el pensamiento cobra sentido cuando se prueba en la acción. O, lo que sostenía Jean-Paul Sartre: que somos, en última instancia, lo que hacemos, no lo que postergamos.

El cerebro, sin embargo, juega en contra. Prefiere lo conocido. Evalúa riesgos donde a veces solo hay posibilidades. Nos convence de que falta un curso más, una revisión adicional, un momento perfecto que rara vez llega. Y en ese elegante aplazamiento, nos regala la ilusión que estamos avanzando. Pero, no hay avance sin fricción, sin exposición, sin riesgo, sin ese ligero temblor de no tenerlo todo bajo control.

Pollito Núñez no fracasó por elegir el mismo pan. Pero, esa escena, tan común, tenía algo de espejo. ¿Cuántas veces repetimos lo conocido no por convicción, sino por evitar el pequeño vértigo de lo nuevo?

Dar el paso no siempre es épico. A veces, es casi invisible. Es enviar ese correo sin releerlo diez veces. Es inscribirse ¡hoy! No “cuando tenga tiempo”. Es hablar en esa reunión, aunque la voz tiemble. Es mostrar un borrador en lugar de esperar la obra perfecta. Es salir a caminar diez minutos cuando el cuerpo pide quedarse. Es decir “no sé, pero puedo intentarlo”. Es empezar con una versión mínima, imperfecta, pero real.

No se trata de lanzarse sin pensar. Tampoco, de romantizar la improvisación. Se trata de reconocer ese punto en el que la preparación deja de sumar y empieza a esconder. Ese instante en que la duda ya no protege, sino que posterga. Porque, la experiencia no se descarga: se construye.

La vida, al final, no espera a que estemos listos. Ensaya con quienes se atreven a empezar con lo que tienen. Y aprende con ellos.

Quizá mañana, Pollito Núñez, vuelva a la panadería. Tal vez, pida lo mismo. O, tal vez no. Pero si algo cambia, no será el pan. Será ese leve desplazamiento interior —casi imperceptible, pero decisivo— que ocurre cuando uno deja de ensayar en la cabeza y se anima, por fin, a ensayar en la vida.

 

 

jueves, 19 de marzo de 2026

PLACER EXPRÉS... CON INTERESES (60)


Placer exprés con intereses

El cerebro —ese contable silencioso— aprende rápido. Si Martha se siente sola y abre Tinder, anota: soledad = compañía digital. Si Edgard, ansioso por la reunión del lunes, corre hacia el azúcar, registra: ansiedad = pastel. Si Claudia no puede dormir y se desliza por videos infinitos, queda asentado: insomnio = distracción luminosa. La ecuación parece inofensiva. El problema es que la factura no llega de inmediato.

La dopamina —esa sustancia que nos hace sentir placer— empieza a liberarse con facilidad. Al comienzo usamos el celular, el dulce o la distracción para sentirnos mejor. Pero, poco a poco cambia el motivo: ya no lo hacemos para estar bien, sino para no estar mal. Es decir, dejamos de buscar alegría y empezamos simplemente a huir de la incomodidad. Sin darnos cuenta, el gusto se convierte en escape. Y como toda recompensa exprés, viene con intereses: irritabilidad, vacío, fragilidad ante la mínima incomodidad. Todo molesta. Todo aburre. Todo duele un poco más.

No es el dolor lo que nos debilita —ha acompañado siempre a la condición humana—, sino nuestra impaciencia para escucharlo. Preferimos anestesiar antes que comprender. En el restaurante, el flaco Andrés conversa con su esposa mientras su teléfono vibra como un pequeño oráculo moderno. Él cree decidir cuándo mirarlo; en realidad, obedece. Hemos delegado la gestión de nuestras emociones a la notificación más cercana.

Quizá la primera ruptura del circuito sea simple: esperar diez minutos. Antes de abrir la aplicación o buscar el dulce, demorarse. El impulso tiene una curva; si no se alimenta, desciende. Diez minutos de respiración consciente pueden devolvernos el gobierno interior.

La segunda es más antigua y difícil: nombrar la emoción. “Estoy ansioso”. “Estoy triste”. Ponerle palabras reduce su intensidad. La filosofía clásica ya advertía que la virtud no consiste en reprimir, sino en ordenar lo que sentimos.

Te propongo, además un discreto ayuno de dopamina: una tarde sin redes, una caminata sin audífonos, un café sin pantalla. Descubrir que el cielo gris también conversa si uno le concede silencio. Recuperar la contemplación no como lujo místico, sino como higiene mental. Sentarse con uno mismo sin escapar.

Y, algo más profundamente humano: rituales de cierre. Escribir una carta que no se enviará. Agradecer lo aprendido de una herida. Las culturas sabias sabían que el dolor necesita ceremonia, no distracción.

El placer no es enemigo; lo es su versión barata. La vida no promete ausencia de malestar, pero sí la posibilidad de significado. Y el significado no vibra ni hace ruido. Se construye despacio, sin intereses acumulados, en ese territorio íntimo donde aprendemos a estar bien con nosotros mismos antes de buscar consuelo en la pantalla.


 

miércoles, 17 de diciembre de 2025

LA BANCA QUE NOS INCOMODA: El misterio de sentarse junto a un desconocido (47)

 https://diarioviral.pe/opinion/la-banca-que-nos-incomoda-el-misterio--49971

LA BANCA QUE NOS INCOMODA: El misterio de sentarse junto a un desconocido



En los parques hay un objeto discreto que casi nadie mira, pero que todos evitamos: la banca. Basta acercarse para notar un comportamiento universal. Si alguien ya está sentado, buscamos el extremo opuesto; si hay otra banca vacía, mejor aún. Esa resistencia silenciosa parece nueva, pero quizá es antigua como el primer tronco en el que un grupo primitivo se sentó a descansar sin bajar la guardia. Sentarse alineados obligaba a mirar al frente y confiar la espalda al otro. No era lo mismo que un círculo, donde la tribu se reconocía con la mirada y el fuego daba un pacto de presencia. La banca moderna conserva esa linealidad ancestral, pero ha perdido el ritual que daba sentido a compartir.

Lo recordé una tarde cualquiera. Me senté en una banca algo cansado, y una señora ocupó el otro extremo. Ambos hicimos el mismo movimiento: un leve encogimiento del cuerpo, como queriendo reducir la invasión involuntaria del espacio ajeno. No hablamos, pero después de unos minutos nuestros ritmos respiratorios se acompasaron sin intención. Como si el cuerpo, más sabio que las costumbres, supiera que la proximidad también regula, también calma.

La antropología sostiene que la distancia interpersonal es un lenguaje, tan claro como la voz; la banca lo altera porque nos coloca cerca, sin código previo. Y el cerebro, fiel al mandato evolutivo, reacciona: la amígdala se activa apenas detecta la presencia del desconocido. Es un aviso antiguo: “Atento”. Pero, la corteza prefrontal, nuestra parte más civilizada, tarda apenas segundos en evaluar que no hay peligro, y entonces baja el pulso, afloja los hombros, devuelve la serenidad. En ese instante, surge una diminuta alianza que no pedimos, pero que ocurre: compartir un espacio sin conflicto.

Quizá, por eso hay tan pocas bancas en los parques modernos. No favorecen el tránsito rápido ni la eficiencia urbana. Son, en el fondo, pequeñas provocaciones: invitan a detenerse, a observar, incluso a convivir con quien no elegimos. Y eso, incomoda a ciudades diseñadas para no conversar.

Sin embargo, pienso que cada banca es un recordatorio de algo esencial. La humanidad no empieza cuando hablamos, sino cuando aceptamos compartir un silencio. Sentarse al lado de un desconocido es un ensayo mínimo de confianza. Una prueba modesta de que, pese a nuestras alertas internas, el otro rara vez es una amenaza. A veces, es solo un compañero fugaz bajo el mismo cielo.

 

EL CEREBRO FABRICA ESTADOS (P-09)

EL CEREBRO FABRICA ESTADOS https://www.prensamerica.com/retazos/el-cerebro-fabrica-estados Francesca mira el reloj por quinta vez en menos d...