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sábado, 14 de junio de 2025

CUANDO LOS LBROS NOS LEEN: Una tumba, un renacimiento. (21)

Cuando los libros nos leen: una tumba, un renacimiento

**CUANDO LOS LIBROS NOS LEEN**. 

Entre el polvo de la biblioteca paterna, un viejo ejemplar de ‘Miguel Strogoff’ me detuvo en seco. Lo tomé para descartarlo —"ocupa espacio", "nadie lo lee"—, pero al abrirlo, el aroma del papel y mis torpes firmas de adolescente quebraron el tiempo. Reviví vecinos ya idos, partidos de fútbol, el vértigo de bailes juveniles donde rozar una mano era una epopeya. 

 



Estudios del University College London revelan que los olores y texturas activan la ‘corteza piriforme’, una región cerebral vinculada a la memoria emocional. Este libro no era solo papel: era una llave neuronal. Cada firma, cada mancha en sus páginas, funcionaba como un "punto de anclaje" que reactivaba redes completas de recuerdos. La neurocientífica Charan Ranganath explica en ‘Why We Remember’ (2024) que estos objetos actúan como ‘disparadores episódicos’, reconstruyendo no solo escenas, sino la esencia de quienes fuimos.  El antropólogo francés Marc Augé decía que los objetos cotidianos se vuelven ‘lugares de memoria’ cuando trascienden su función utilitaria. Mi padre, a sus 95 años, lo sabe: conservarlo no es acumulación, sino ‘resistencia´’. 

En la era de lo digital efímero, objetos como este —un libro subrayado, una carta— son quipus modernos que tejen pasado y presente. Mis firmas infantiles me enfrentaron a la identidad narrativa: aquel adolescente no soy yo, pero habita en mí, como escribió Pessoa.  El libro era un ‘espejo temporal’, testigo de todas mis versiones. Y en sus páginas resonaba la paradoja de Octavio Paz: “Al recordarnos, nos inventamos”. 

Hoy, cuando el ‘streaming’ y los algoritmos nos encadenan al presente, invito a buscar ese objeto —un juguete, un diario, un disco— que nos obligue a detenernos. No por nostalgia, sino por ‘soberanía cognitiva’. Como diría Hannah Arendt, "el único antídoto contra la tiranía del ahora es la memoria". 

Y, a mi padre, le diré algo distinto: "Guárdalo todo. Cada libro es una tumba y un renacimiento". 

 

 

 


martes, 20 de mayo de 2025

CUANDO EL ESPEJO MIENTE Y LA SABIDURÍA NO ALCANZA (16)

Cuando el espejo miente y la sabiduría no alcanza


Cuando el espejo miente y la sabiduría no alcanza

Estaba con Juan, los dos con más de seis décadas encima, exhaustos al borde de la canchita de fulbito. Entre sorbos de agua y bromas ácidas, enumeramos lo que el tiempo nos robó: velocidad en las piernas, pelo en la cabeza, respeto en la mirada de los jóvenes. Hasta mis propios amigos de la universidad no me reconocieron en una reunión —confiesa Juan—. Dijeron que ya no era el galán de antes. Leí en una obra de Eduardo Congrains que dos grandes amigos comenzaron a envejecer... uno de ellos, se vació los ojos para recordarse siempre jóvenes. Eran Demócrito e Hipócrates.

Lo miro sorprendido. ¿Arrancarse los ojos? ¿Para no ver cómo el tiempo desdibuja los rostros queridos?  ¿Para fijar en la mente la imagen eterna de la juventud?

Ese gesto brutal me hace reflexionar: ¿por qué tememos tanto envejecer? ¿Por qué, incluso hoy, hay quienes arriesgan su vida para parecer más jóvenes?

Demócrito se arrancó los ojos para negar la decadencia física y “ver” más, por eso, propuso la teoría atómica. Hoy, en cambio, “nos arrancamos arrugas con ácido hialurónico” para negar lo mismo, pero sin buscar sabiduría. 

Vivimos en una cultura que idolatra la imagen. Lo bello es joven, y lo viejo se vuelve invisible. La vejez —que antes era respeto— hoy incomoda, se esconde, se maquilla. Se olvida que, los años, traen sabiduría, calma y la libertad de no tener que demostrar nada. Un estudio de la Universidad de Yale (2022) reveló que el 73% de adultos mayores sienten que son invisibles en espacios públicos. En Japón, los ancianos superan el 30% de la población, se les venera; en Occidente, se les esconde en “residencias”. 

Quizás, como Demócrito, haya que cegar los ojos del cuerpo para abrir los del alma. O quizás, baste con aprender a mirar diferente. Ver la belleza en lo vivido, en lo que permanece cuando todo lo demás cambia.

Porque, hay amistades que, aunque el tiempo las desgaste, siguen jugando el mismo fulbito de siempre. Solo que ahora, los goles se celebran con carcajadas o recuerdos.

UN DÍA GIRAMOS LA CABEZA Y YA NO ESTÁN LAS BOLITAS (86)

  —Apunta bien, no vayas a fallar. Las bolitas estaban en el suelo y alrededor, como un pequeño tribunal, Coco, Pepe García, Nano, Kike y el...