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jueves, 11 de junio de 2026

¿QUÉ PIENSAS CUANDO TÚ PIENSAS? (72)

¿Qué piensas cuando tú piensas?


¿QUÉ PIENSAS CUANDO TÚ PIENSAS?

Oswaldo salió temprano de casa. Mientras caminaba hacia la bodega, sacó automáticamente el celular. No sabía exactamente qué quería revisar, pero terminó viendo videos, leyendo titulares alarmantes y molestándose por una noticia que ni siquiera había buscado. Minutos después, ya con el café en la mano, comentó:

—Últimamente, todo el mundo piensa igual.

Quizá sin saberlo, acababa de rozar una de las preguntas más inquietantes de nuestra época:

¿Cuánto de lo que creemos decidir, realmente nace en nosotros?

La llamada “ingeniería social” suele sonar a conspiración o manipulación secreta. Sin embargo, la ciencia la entiende de manera más compleja y cotidiana. La psicología cognitiva, la economía conductual y la neurociencia llevan años demostrando que el cerebro humano utiliza atajos mentales para ahorrar energía. Pensar profundamente cada decisión sería agotador. Por eso, automatizamos conductas, nos ponemos en ‘modo automático’ para repetir hábitos y reaccionamos emocionalmente antes de reflexionar.

Daniel Kahneman explicó que gran parte de nuestras decisiones proviene de un sistema mental rápido, intuitivo y automático. Y, allí aparece el verdadero terreno de influencia.

Vilma entra al supermercado convencida de comprar solo pan y leche. Sale con chocolates, ofertas “increíbles” y productos colocados estratégicamente a la altura de sus ojos. No es casualidad. Existe toda una arquitectura diseñada para orientar comportamientos sin prohibir opciones.

Algo parecido ocurre en las redes sociales. Los algoritmos descubren qué nos emociona, qué nos gusta, qué nos fastidia y cuánto tiempo permanecemos mirando una publicación. Cada clic deja rastros. Poco a poco, las plataformas aprenden nuestros gustos, temores y afinidades. No controlan completamente nuestras decisiones, pero sí aumentan la probabilidad de conocer ciertas reacciones nuestras.

La ciencia respalda esto. También, respalda otra verdad incómoda: somos mucho más emocionales de lo que creemos.

Por eso, las discusiones políticas en una reunión familiar terminan muchas veces en trincheras afectivas más que en debates racionales. Ya no defendemos solo ideas; defendemos identidades, pertenencias y emociones.

Pero, tampoco debemos caer en el extremo de pensar que somos simples marionetas manipuladas por pantallas. El cerebro humano posee algo extraordinario: capacidad de conciencia y reflexión. Podemos detener automatismos, revisar prejuicios y cuestionar estímulos.

Tal vez, allí resida hoy la verdadera libertad.

No en vivir libres de influencia —eso es imposible—, sino, en desarrollar la capacidad de reconocer cuándo alguien intenta decidir por nosotros sin que lo notemos.

Porque, la ingeniería social más peligrosa no siempre obliga.
A veces simplemente nos evita el esfuerzo de pensar.

 

jueves, 25 de diciembre de 2025

GESTOS Y MEMORIAS DEL CUERPO (48)


Julio pasó años criticando los pequeños rituales de su padre: al sacarse el reloj y sortijas con sumo cuidado y alinearlos en su joyero, en el desayuno cortar con el cuchillo las puntas del plátano y el huevo pasado y hacerlos rodajas para comerlos. “Yo no seré así”, juraba. Pero el tiempo, ese escultor silencioso, hizo su trabajo. Hoy, a sus sesenta, Julio se sorprende a sí mismo repitiendo, con una exactitud que le estremece, aquellos mismos gestos que antes le resultaban tan ajenos. Su padre lleva meses muerto, pero habita en la memoria muscular de su hijo. No es falta de carácter; es la huella profunda del amor, grabada en el sistema nervioso. Heredamos más que rasgos físicos: heredamos formas de habitar el mundo.

Esta herencia somática toma formas aún más misteriosas. En una charla íntima, Rosario, la esposa de Julio, compartió su historia. A los diez años, en plena clase, un frío y dolor insólito la dobló en dos. La llevaron a la enfermería escolar. En ese preciso instante, a kilómetros de distancia, su padre moría en un accidente en los patios del ferrocarril donde trabajaba. Su cuerpo supo lo que su mente ignoraba. No fue un presagio sobrenatural; fue la manifestación extrema de un vínculo invisible. La ciencia llama a esto ‘interocepción exacerbada por el trauma’ o ‘sincronización afectiva’, donde el estrés agudo de un ser querido puede resonar, de modos aún no del todo explicados, en nuestro organismo.

Las anécdotas de Julio y Rosario nos revelan una verdad conmovedora: no somos islas. Estamos tejidos con los hilos de quienes nos precedieron. Los gestos de Julio son un diálogo póstumo con su padre; el dolor súbito de Rosario fue la primera herida del duelo. El cuerpo, en su sabiduría silenciosa, guarda registros que la razón no cataloga. Llevamos fantasmas vivos en nuestros hábitos y en nuestras corazonadas. No son espectros que atormentan, sino presencias que nos recuerdan que el amor y la conexión dejan marcas indelebles, más allá de la muerte. Reconocer estos ecos no nos debilita; nos humaniza, mostrándonos como seres profundamente vinculados, portadores de un legado que se expresa, a veces, en un simple gesto o en un escalofrío inexplicable.




Gestos y memorias del cuerpo


EL CEREBRO FABRICA ESTADOS (P-09)

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