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jueves, 12 de febrero de 2026

ENDEREZAR LA ESPALDA: Una forma discreta de ordenar la vida (55)

“Enderezar la espalda: una forma discreta de ordenar la vida”

Desde pequeño, mi padre se preocupó obsesivamente por mi postura. No era un asunto estético: era, según él, una cuestión de carácter. Recuerdo con nitidez aquel rudimentario —y hoy impensable— método correctivo: un pedazo de palo de escoba colocado a lo largo de la espalda, sujetado con los brazos, obligándome a caminar recto, casi marcial. Yo obedecía con resignación infantil, sin entender del todo por qué ese empeño.

Mi padre, además, tenía frases lapidarias. Si me veía cabizbajo, mirando el suelo, soltaba con sorna:

—¿Se te ha perdido algo que paras mirando abajo?

Lo decía riéndose, pero había ciencia en su ironía. Repetía un refrán que le salía del alma y de la experiencia: árbol que crece torcido ya no se endereza. Y no hablaba solo de la espalda. Hablaba de normas, de valores, de la manera de estar en el mundo.

Mucho después, ya adulto, descubrí que aquel padre intuitivo tenía aliados inesperados: la filosofía y la neurociencia. El cuerpo no es un mero transporte de la mente; es un interlocutor permanente. Nuestra postura envía mensajes constantes al cerebro. Caminar encorvados, con los hombros caídos y la mirada baja, refuerza estados de ánimo asociados al cansancio, la tristeza o la indefensión. En cambio, una postura erguida activa circuitos neuronales vinculados a la confianza, la energía y la regulación emocional. No es magia: es biología.

La filosofía estoica ya lo intuía. Epicteto hablaba de la dignidad corporal como reflejo del alma. No se trataba de soberbia, sino de coherencia: el cuerpo acompaña al pensamiento, y el pensamiento moldea al cuerpo.

Confieso que no siempre es fácil. Hay días de agotamiento real: después de un partidazo sufrido hasta el último minuto, de caminar largos trechos, o de jornadas laborales que dejan el cuerpo pidiendo tregua. Sin embargo, incluso en esos momentos, hago un esfuerzo consciente por caminar erguido. Tal vez, porque no soy alto y, al ir recto, me siento mejor. Más presente. Más yo.

Alguna vez, Mónica lo resumió con humor brutal:

—Chalo puede estar cansado, casi muerto, pero siempre camina bien paradito… parece muñequito de torta.

Reímos, claro. Pero, tenía razón. La postura no solo sostiene el cuerpo: sostiene la identidad. Y a veces, enderezar la espalda es la primera forma silenciosa de enderezar el ánimo.


 

jueves, 8 de enero de 2026

LA MIEL Y LA MEMORIA DEL TIEMPO (50)

La miel y la memoria del tiempo

LA MIEL Y LA MEMORIA DEL TIEMPO

Cuando alguien pronuncia la palabra miel, no pienso primero en el frasco sobre la mesa, ni en el ritual del desayuno. Vuelvo, sin pedir permiso, a Cocachacra, a 1965, a la casa de mi amiguito del colegio al que le decíamos “Torata”. Él me aseguró, con la convicción de quien custodia un secreto que, en el árbol frente a su puerta vivía un panal. Yo no le creí. Por eso, me llevó a verlo.

Ahí estaba: la colmena colgaba de una rama pretenciosa, con un color de oro viejo que parecía haber sido pulido por el sol. El zumbido de las abejas no era ruido: era el sonido de una ciudad en pleno funcionamiento, una armonía seductora, ordenada, viva. Para no mortificarlas —así, me dijo Torata— no bajamos el panal. Comimos la miel colgados de la rama, suspendidos entre el miedo y el asombro, como si el árbol nos hubiera concedido una tregua.

Arrancamos pequeños pedazos. La miel brotaba espesa, tibia, todavía con rastros del trabajo incansable de esas “pequeñas gorditas” trabajadoras. La probé. No era solo dulce: tenía una profundidad difícil de explicar, como si contuviera tiempo, sol y paciencia. Hasta hoy, me pregunto por qué nos dejaron hacerlo. ¿Por qué no nos atacaron? ¿Acaso eran amigas de Torata? Tal vez, la amistad —como la miel— tiene un lenguaje que no necesita palabras.

Años después, supe que aquella sensación no era solo poética. La miel es, químicamente, un prodigio del tiempo. Su bajísimo contenido de agua y su acidez natural impiden el crecimiento de bacterias. Las abejas, además, incorporan una enzima —la glucosa oxidasa— que produce pequeñas cantidades de peróxido de hidrógeno, dotándola de propiedades antibacterianas. No es casualidad que frascos de miel hallados en tumbas del Antiguo Egipto sigan siendo comestibles tras miles de años. La miel no se apura: resiste.

Desde la filosofía, Aristóteles observó en las abejas un modelo de comunidad y propósito. Mucho después, Bergson hablaría del tiempo como duración viva. La miel parece confirmarlo: es trabajo acumulado, memoria que no se corrompe, pasado que sigue ofreciendo algo al presente.

Las neurociencias explican por qué este recuerdo persiste con tanta nitidez. El sabor intenso, ligado a la infancia y a la emoción, activa el sistema límbico, donde se anudan memoria y afecto. Por eso, cada vez que pruebo miel, mi cerebro no solo reconoce un gusto: reconstruye una escena entera, con ramas, zumbidos y sol.

Hace pocos días, mi amiga Roxana me invitó un café y lo endulzamos con miel. Fue un placer casi divino. Entendí entonces, que la miel no es solo alimento: es una forma de vínculo. Tal vez, por eso las abejas nos perdonaron aquel atrevimiento infantil. Porque, al final, la amistad —como la miel— también es dulce, se construye con cuidado y, cuando es auténtica, sabe atravesar el tiempo sin perder su esencia.

 

EL CEREBRO FABRICA ESTADOS (P-09)

EL CEREBRO FABRICA ESTADOS https://www.prensamerica.com/retazos/el-cerebro-fabrica-estados Francesca mira el reloj por quinta vez en menos d...