jueves, 30 de abril de 2026

HAY DEUDAS PEORES QUE DEL DINERO (66)

Hay deudas peores que del dinero
HAY DEUDAS PEORES QUE DEL DINERO

Anoche, me quedé enganchado viendo Netflix hasta las dos de la madrugada.

“No importa —me dije— mañana duermo un poco más y listo”.

Al día siguiente, mi cuerpo no opinaba lo mismo.

El café no alcanzaba, la paciencia se reducía a mínimos y mi mente parecía caminar unos segundos detrás de la realidad. Como si alguien hubiese bajado levemente el voltaje de mi existencia.

Hay deudas que no figuran en ningún estado de cuenta, pero que se cobran igual. Y a veces, con intereses silenciosos.

Desde siempre, el sueño no ha sido una elección: era un acto sagrado. Las comunidades antiguas dormían con el ritmo del sol, y la noche era territorio de reposo, de historias, de reparación. No había una negociación posible con el cuerpo, porque la naturaleza marcaba el contrato. Dormir era pertenecer al orden del mundo. Velar en exceso era una anomalía, casi un desvío del equilibrio.

La modernidad, en cambio, nos ha enseñado a firmar acuerdos invisibles.
“Un capítulo más”, dice la pantalla.

“Solo hoy, me quedo trabajando hasta más tarde”, se promete Paco frente a la laptop.
“Es la única hora que tengo para mí”, justifica Tin mientras revisa su celular en la cama.

Y así, sin notarlo, aceptamos cláusulas pequeñas que terminan por hipotecar nuestro descanso.

La filosofía ya había advertido algo parecido. Pensadores como Arthur Schopenhauer entendían que el cuerpo no es un accesorio de la voluntad, sino su fundamento. Creemos que decidimos, pero muchas veces es el desgaste el que decide por nosotros: irritabilidad, juicio nublado, emociones a flor de piel, fastidio. La libertad disminuye cuando el cuerpo está en deuda.

Las neurociencias lo explican con crudeza. Dormir no es apagar el sistema, es repararlo. Durante el sueño, el cerebro limpia desechos metabólicos, consolida la memoria, regula emociones. Cuando falta, el cortisol —la hormona del estrés— se eleva, el sistema inmune se debilita, la atención se fragmenta.
Percy, por ejemplo, cree que rinde más durmiendo cinco horas. Pero empieza a olvidar nombres, reacciona mal ante pequeños contratiempos, se siente permanentemente cansado. No ha perdido capacidad: la ha hipotecado.

Y hay algo más inquietante: el sueño no se recupera del todo.
No es una cuenta donde se deposita después. Es más bien un tejido que, al desgastarse, nunca vuelve a ser exactamente el mismo.

El problema es que vivimos en una cultura que romantiza la vigilia.
El que duerme poco, “aprovecha más”.

El que responde mensajes a cualquier hora, “está comprometido”.
El que sacrifica descanso por productividad, “avanza”.

Pero ¿hacia dónde?

Quizá estamos modelando un nuevo ser humano: más conectado, pero menos presente; más activo, pero menos consciente; más estimulado, pero más agotado. Un ser que confunde estar despierto con estar realmente vivo.

La falta de sueño no llega como tragedia. Llega como una invitación amable. Como una serie con varias temporadas que no termina, como una conversación que se alarga, como un pendiente que parece urgente. Y uno acepta. Siempre, acepta. Hasta que un día el cuerpo pasa la factura.

Y esa, a diferencia de otras, no admite prórrogas.

 

 

jueves, 23 de abril de 2026

NEUROPLASTICIDAD: Cómo el cerebro se rehace paso a paso (65)


Neuroplasticidad: como el cerebro se rehace paso a paso

NEUROPLASTICIDAD: CÓMO EL CEREBRO SE REHACE PASO A PASO

La neuroplasticidad no se parece al brillo automático de un celular que sube o baja según la luz del ambiente. No actúa de manera instantánea ni responde a un comando inmediato. Es más lenta, más profunda, más artesanal. Requiere constancia, paciencia y pequeños gestos que, repetidos, van modelando algo nuevo. Así trabaja el cerebro: crea conexiones, las refuerza si las usamos y las desconecta si dejamos de hacerlo. Es un sistema vivo que se adapta a lo que hacemos, pensamos y sentimos.

Anita, siempre quiso aprender a tocar la guitarra. Al principio, sus dedos parecían de madera, torpes e inseguros. Pero, insistió: diez minutos al día, nada heroico. A la tercera semana notó que sus manos ya no se trababan tanto. No era magia: eran nuevas conexiones neuronales que se estaban fortaleciendo. Aristóteles estaría satisfecho; las neurociencias también.

O, veamos a Jorge, que quería caminar todos los días por su salud, pero se sentía abrumado por la idea de una rutina exigente. Decidió empezar con cinco minutos diarios. Solo, cinco. Ese gesto mínimo activó circuitos de recompensa y bienestar. A la quinta semana ya camina veinte minutos sin darse cuenta. Paso a paso, neurona a neurona.

Eso es la neuroplasticidad: la capacidad del cerebro para cambiar su estructura y funcionamiento según la experiencia. Cuando repetimos una acción, esa vía neuronal se consolida, se fortifica; cuando la abandonamos, se debilita, se desune. Somos escultores de nuestra propia mente, aunque no siempre lo sepamos.

¿Cómo activarla? Pues, con algo simple, comenzar con algo pequeño, fácil.
La neuroplasticidad prefiere la constancia a la intensidad. Prefiere, diez minutos todos los días antes que dos horas un domingo. Prefiere, la atención enfocada y la emoción asociada: aquello que nos importa, el cerebro lo guarda.

Si Lucía quiere reducir su dependencia del celular, no necesita una guerra. Solo, empezar por dejarlo lejos mientras almuerza. Esa pequeña decisión debilita circuitos de dopamina inmediata y fortalece los del autocontrol. Si Christian desea escribir más, basta con un párrafo al día. Su cerebro, agradecido, irá reforzando las rutas de lenguaje, atención y creatividad.

Sostener e incrementar estos cambios requiere tres ingredientes: repetición, para consolidar; atención, para enfocar; emoción, para que permanezca.

Al final, la neuroplasticidad nos recuerda algo esencial: nunca estamos terminados. Somos seres en construcción continua. Y el cambio no empieza con grandes decisiones, sino con pequeños actos que, sumados, transforman el mapa de nuestro cerebro… y el de nuestra vida.

jueves, 16 de abril de 2026

CUANDO EL BOLSILLO LATE SIN CORAZÓN (64)

CUAND0 EL BOLSILLO LATE SIN CORAZÓN

“Vamos por partes y cucharadas”, decía la tía Simona, cuando quería explicarnos el mundo sin apuros. Y quizá habría que repetirlo hoy, en estos tiempos donde la gente anda con la cabeza gacha, como si la pantalla fuese una brújula infalible. Apenas uno sube a un bus o al metropolitano, la escena se despliega sola:
La chica del gorro oversized que no escucha su paradero por los audífonos gigantes; el muchacho del casacón urbano que escribe sin dejar de avanzar; la señora de leggings fosforescentes que revisa por décima vez si su pedido ya salió; el estudiante que sostiene el celular como si fuese un talismán. Todos atrapados, todos desconectados del entorno, todos mirando un mundo que no es precisamente el que pisan.

En medio de ese paisaje digitalizado aparece, cómo no, el Zurdo Araníbar. Hoy salió sin su celular y lo descubrió recién en la esquina, cuando el bolsillo —vacío— le pareció un abismo. No regresó a casa. No tenía tiempo. Pero, la angustia le cayó encima como baldazo de agua fría. Pasará todo el día sintiendo que está fuera del mundo. Que algo ocurre y él no está allí para enterarse. Su rendimiento será bajo, su ánimo precario. Sentirá, incluso, vibraciones fantasmas: ese truco del cerebro acostumbrado a la gratificación intermitente de las notificaciones. Un engaño neuronal que delata nuestra dependencia.

El Zurdo no es caso único.

El Chino Chávez revisa compulsivamente la pantalla en la cola del banco “por si lo han llamado”. El ‘Titi’ camina en zigzag por el pasaje mientras deja audios eternos. El ‘Halconcito’ atraviesa la plaza sin ver un solo rostro, como si el barrio fuese apenas un decorado. Escenas replicadas: el niño que no oye a su madre, el adulto que no escucha un saludo, la pareja que comparte mesa, pero no miradas.

La antropología advierte que el ser humano es lo que mira. Y si dejamos de mirar, dejamos de ser un poco. Filósofos contemporáneos hablan del sujeto aumentado: un individuo que delega memoria, orientación, conversación y hasta validación emocional en un dispositivo externo. Una prótesis simbólica que amplía capacidades, pero paradójicamente, reduce nuestra presencia real en el mundo.

Aun así, la vida insiste. A veces, basta levantar la mirada.
Ver a la señora que vende flores con una sonrisa que rescata mañanas; al anciano que ofrece un “buenos días” que reconcilia el ánimo; al niño que ríe primero con los ojos. Presencias que no vibran en el bolsillo, pero sí en el alma.

Quizá sea hora de mirarlos.

De recordar que ningún avance tecnológico debe robarnos el milagro cotidiano —y profundamente humano— de reconocer al otro.

martes, 14 de abril de 2026

EL DIAL (63)

 EL DIAL

EL DIAL

Había una hora del día —casi siempre al caer la tarde— en que la casa parecía contener la respiración. La luz entraba en ráfagas suaves por las cortinas, algunos haces se quedaban entre las cañas del techo, tenía la parsimonia de un rito antiguo. Las casas de entonces vivían con un ritmo propio: más pausado, quietud de nobleza, con esa consciencia que de la dignidad de cada minuto. Nada urgía. Todo tenía ese donaire que hoy confundimos con lentitud, pero que era en realidad propiedad del tiempo.

 

En la sala, con olor a madera envejecida y a petróleo para dar brillo al piso, reposaba el radio sobre una pequeña mesa mesita de centro, regiamente adornada por un tapete hecho a crochet. No era un aparato: era un miembro más de la familia. Su presencia contenía una autoridad silenciosa. No cualquiera podía encenderlo; había que pedir permiso o esperar a que papá o mamá lo hicieran. Ese gesto inauguraba una ceremonia: la casa quedaba en posición de escucha.

Minutos antes de las siete, el ambiente adoptaba una religiosidad doméstica. Yo fingía distraerme, pero la ansiedad me recorría el pecho. Papá miraba el reloj. Todo estaba por ocurrir. Y entonces, el pequeño milagro: la perilla del dial empezaba su danza. Las manos de mi padre, con un pulso que aún hoy recuerdo como una forma de sabiduría, movían la perilla milímetro a milímetro. El aire dibujaba escalas para nuestro coro de susurros y chasquidos, como si estuviéramos navegando en un océano de ondas invisibles.

De pronto emergía la marcha del Himno de las Américas, imponente. Yo me emocionaba: era la misma que cantábamos en mi escuelita 9611 los lunes, después del Himno del Perú, firmes, creyendo que la vida tenía un orden claro. Esa música, al sonar en casa, me atravesaba como un llamado a algo grande. Y luego, la voz: Óscar Artacho iniciando Pregón Deportivo. Una voz que no solo informaba: ingresaba al hogar como entra un oráculo, cargada de autoridad y cercanía. Era una cita sagrada, un instante irrepetible.

Sintonizar la radio era una filosofía práctica: para alcanzar la claridad, primero había que atravesar la interferencia. Ajustar, retroceder, avanzar un milímetro. Heráclito lo habría celebrado: del caos nacía el orden.

Hoy, con la digitalización y la personalización absoluta, hemos ganado comodidad, sí; pero hemos perdido la pedagogía de la espera, ese sublime instante donde el mundo se detiene, la experiencia compartida, esa luz con el amarillo sonoro del foco que atesoraba unos cuantos watts, pero que reunía a la familia. La radio acompaña, pero ya no convoca. Otros tiempos, otras costumbres.

Sin embargo, algo en mí sigue sosteniendo que fuimos más familia cuando todos buscábamos juntos la frecuencia exacta donde el corazón escucha.

 





MI CELULAR ¿ME LEE LA MENTE? (62)

Mi celular ¿lee mi mente?

MI CELULAR ¿LEE MI MENTE?

Magalli estaba pensando en comprar una nueva refrigeradora. No lo había comentado en voz alta, no había escrito la palabra en ningún buscador. Apenas, era una idea en estado de borrador mental, una inquietud doméstica flotando entre la cocina y el presupuesto. Y, sin embargo, esa misma tarde su teléfono comenzó a mostrarle ofertas, modelos, descuentos irresistibles. Pantallas brillantes exhibiendo, exactamente aquello que ella creía haber pensado en silencio.

Me escribió alarmada: “Chalo, esto ya es telepatía”.

La tentación de creerlo es comprensible. Desde tiempos antiguos el ser humano ha sospechado que hay fuerzas invisibles que lo observan. Hoy esas fuerzas no llevan túnica ni oráculo: llevan algoritmos. No es magia; es perfilado masivo de datos. Plataformas como Meta o Google no necesitan escuchar nuestros pensamientos. Les basta con registrar nuestros hábitos: ubicación, horarios, pausas frente a una imagen, velocidad del desplazamiento del dedo. Miles de variables construyen una silueta digital más precisa de lo que imaginamos.

Desde la neurociencia sabemos que el cerebro es una máquina predictiva. Anticipa el mundo para ahorrar energía. Curiosamente, los algoritmos hacen algo semejante: predicen lo que probablemente desearemos basándose en patrones colectivos. Si personas con comportamientos similares al de Magalli terminaron comprando una refrigeradora, el sistema le mostrará refrigeradoras antes de que ella formule la búsqueda. No lee su mente; modela su probabilidad.

Luego, interviene un fenómeno psicológico bien conocido: el sesgo de confirmación. Recordamos con intensidad los aciertos y olvidamos los múltiples errores del algoritmo. Cuando coincide con nuestro pensamiento, lo sentimos como revelación. Cuando no, simplemente deslizamos el dedo y seguimos.

El problema no es esotérico, es antropológico. Nuestra atención —esa capacidad profundamente humana de elegir a qué mirar— se ha convertido en mercancía. Los sistemas no buscan comprendernos por compasión, sino retenernos. Y al hacerlo, refuerzan creencias, afinan gustos, estrechan horizontes. La célebre polémica de Cambridge Analytica demostró que la manipulación puede escalar desde lo comercial hasta lo político.

¿Estamos indefensos? No del todo. La conciencia es el primer acto de libertad. Revisar permisos, diversificar fuentes, preguntarnos si realmente deseamos lo que aparece en pantalla. Tal vez, la pregunta no sea si el celular lee nuestra mente, sino si nosotros estamos leyendo críticamente lo que él nos propone.

Entender el mecanismo no disuelve el misterio del todo, pero nos devuelve algo esencial: la posibilidad de elegir.

jueves, 26 de marzo de 2026

LA NIEBLA DEL CANSANCIO EMOCIONAL (61)

La niebla del cansancio emocional

LA NIEBLA DEL CANSANCIO EMOCIONAL 


Son las 5:03 AM, casi bailando caen unas cuantas gotas de verano y “el Chino César” ya se puso sus zapatillas. Su rutina matutina es impecable, pero hoy cada paso pesa como si caminara bajo el agua. Durmió ocho horas, pero su fatiga es más profunda que la física; tiene agotada el alma. Byung-Chul Han susurraría que, en esta sociedad del rendimiento, el peor enemigo es uno mismo.

Liz mira, sin atención la plancha fría sobre la tabla. Antes, este ritual dominical la llenaba de calma. Hoy, solo piensa "¿Para qué?". El mundo ha perdido su color. Su cerebro, exhausto por el cortisol constante, ha desactivado los circuitos del placer. Lo que antes liberaba dopamina, ahora pasa inadvertido.

En la cocina, Coco ve humear las tostadas. Un contratiempo mínimo, pero siente un nudo en la garganta y las lágrimas asoman. Séneca le diría al oído que no llora por el pan carbonizado, sino por todo lo reprimido que finalmente desborda la presa. Su amígdala cerebral, en alerta máxima, ya no distingue entre crisis reales y minucias.

Anita frente a la pantalla lee la misma línea por décima vez. Simone Weil definiría su agotada atención como "una generosidad que ya no puede donarse". Su córtex prefrontal, inundado de estrés, lucha por enfocarse en lo simple.

Elena siente esa presión familiar en el pecho, aunque el médico asegura que su corazón está bien. Nietzsche asentiría: el cuerpo grita lo que el alma silencia. Su sistema nervioso ha convertido la angustia en tensión muscular real, un nudo físico de emociones no resueltas.

Esta niebla emocional no es defecto, sino señal. El cerebro nos habla mediante síntomas: cuando el cansancio se instala en los huesos, pide pausa. La filosofía y la neurociencia coinciden: necesitamos escuchar estos mensajes. No con grandes gestos, sino con pequeños actos de cuidado. Recuperar un ritual, permitir una lágrima, dividir una tarea en partes mínimas.

La niebla se disipa cuando dejamos de forcejear y encendemos, con paciencia, las pequeñas luces internas que nos guían de vuelta a casa.

jueves, 19 de marzo de 2026

PLACER EXPRÉS... CON INTERESES (60)


Placer exprés con intereses

El cerebro —ese contable silencioso— aprende rápido. Si Martha se siente sola y abre Tinder, anota: soledad = compañía digital. Si Edgard, ansioso por la reunión del lunes, corre hacia el azúcar, registra: ansiedad = pastel. Si Claudia no puede dormir y se desliza por videos infinitos, queda asentado: insomnio = distracción luminosa. La ecuación parece inofensiva. El problema es que la factura no llega de inmediato.

La dopamina —esa sustancia que nos hace sentir placer— empieza a liberarse con facilidad. Al comienzo usamos el celular, el dulce o la distracción para sentirnos mejor. Pero, poco a poco cambia el motivo: ya no lo hacemos para estar bien, sino para no estar mal. Es decir, dejamos de buscar alegría y empezamos simplemente a huir de la incomodidad. Sin darnos cuenta, el gusto se convierte en escape. Y como toda recompensa exprés, viene con intereses: irritabilidad, vacío, fragilidad ante la mínima incomodidad. Todo molesta. Todo aburre. Todo duele un poco más.

No es el dolor lo que nos debilita —ha acompañado siempre a la condición humana—, sino nuestra impaciencia para escucharlo. Preferimos anestesiar antes que comprender. En el restaurante, el flaco Andrés conversa con su esposa mientras su teléfono vibra como un pequeño oráculo moderno. Él cree decidir cuándo mirarlo; en realidad, obedece. Hemos delegado la gestión de nuestras emociones a la notificación más cercana.

Quizá la primera ruptura del circuito sea simple: esperar diez minutos. Antes de abrir la aplicación o buscar el dulce, demorarse. El impulso tiene una curva; si no se alimenta, desciende. Diez minutos de respiración consciente pueden devolvernos el gobierno interior.

La segunda es más antigua y difícil: nombrar la emoción. “Estoy ansioso”. “Estoy triste”. Ponerle palabras reduce su intensidad. La filosofía clásica ya advertía que la virtud no consiste en reprimir, sino en ordenar lo que sentimos.

Te propongo, además un discreto ayuno de dopamina: una tarde sin redes, una caminata sin audífonos, un café sin pantalla. Descubrir que el cielo gris también conversa si uno le concede silencio. Recuperar la contemplación no como lujo místico, sino como higiene mental. Sentarse con uno mismo sin escapar.

Y, algo más profundamente humano: rituales de cierre. Escribir una carta que no se enviará. Agradecer lo aprendido de una herida. Las culturas sabias sabían que el dolor necesita ceremonia, no distracción.

El placer no es enemigo; lo es su versión barata. La vida no promete ausencia de malestar, pero sí la posibilidad de significado. Y el significado no vibra ni hace ruido. Se construye despacio, sin intereses acumulados, en ese territorio íntimo donde aprendemos a estar bien con nosotros mismos antes de buscar consuelo en la pantalla.


 

jueves, 12 de marzo de 2026

LOS COLORES NO EXISTEN (59)

Los colores no existen

LOS COLORES NO EXISTEN


Cuando dictaba clases decía: “Los colores no existen”, mis estudiantes me miraban con una mezcla de cariño e incredulidad. Bajaban la vista a sus plumones desparramados sobre el pupitre —rojos encendidos, verdes fosforescentes, azules oceánicos—, miraban las láminas brillantes, alguno hasta evocaba los colores del aura que juraba haber visto en algún concierto, y volvían a mirarme como preguntando: “Profesor, ¿está usted seguro de lo que ve… o de lo que no ve?”. La evidencia parecía gritar desde sus cartucheras. ¿Cómo negar aquello que literalmente tenían frente a los ojos?

Pero no. Lo que existe son ondas electromagnéticas. Energía viajando en distintas longitudes. Los objetos no “poseen” color: absorben ciertas ondas y rechazan otras. Ese rebote luminoso entra por la retina, se traduce en impulsos eléctricos y llega al cerebro. Y allí, en el discreto taller y asombrosa arquitectura neuronal, ocurre el milagro: el cerebro pinta.

El rojo no está en la rosa. Está en nosotros.

Las neurociencias lo explican sin poesía, aunque el fenómeno sea profundamente poético: nuestros conos retinianos responden a determinadas longitudes de onda —aproximadamente asociadas al azul, verde y rojo— y es la combinación de esas señales lo que el cerebro interpreta como color. El rosado, por ejemplo, no existe como longitud de onda propia en el espectro visible. Es una solución creativa cuando llegan simultáneamente señales del rojo y del azul. El cerebro no se equivoca: resuelve.

Vivimos, entonces, en una realidad interpretada.

Una abeja percibe patrones ultravioleta invisibles para nosotros. Una serpiente “ve” el calor. Cada sistema nervioso construye su mundo con las herramientas que posee. Nosotros, apenas captamos una franja diminuta del vasto espectro electromagnético y, con esa porción reducida, armamos nuestro universo cromático.

Y aquí aparece, sutil pero firme, nuestra petulancia.

Con tres tipos de conos y un cerebro que traduce impulsos eléctricos en colores imaginados, solemos comportarnos como si fuéramos notarios de la verdad absoluta. “Así son las cosas”, decimos. Porque, así las vemos. Convertimos nuestra percepción en norma, nuestra interpretación en dogma. Si lo “veo” así, entonces es así. Y quien no coincida, simplemente está equivocado.

Resulta casi enternecedor: apenas percibimos una minúscula parte de lo real, pero dictaminamos como si poseyéramos el espectro completo.

Si aceptáramos que solo captamos una pequeña fracción de lo que existe, comprenderíamos que estamos más cerca del error que del acierto. Y tal vez, desde esa humilde conciencia, escucharíamos con mayor apertura las realidades ajenas. Porque, cada cerebro construye su versión del mundo; cada mirada amplía el mapa.

El mundo no viene pintado de fábrica. Lo coloreamos nosotros.

Y quizá la verdadera madurez consista en sospechar, con elegancia, que nuestro color no es el único posible… aunque lo veamos con absoluta claridad.

jueves, 5 de marzo de 2026

DEJANDO ESPACIO (58)

Dejando espacio

DEJANDO ESPACIO

Papá partió hace seis meses. Noventa y cinco años no amortiguan el vacío; lo ensanchan. El silencio que dejó tiene un peso específico: si lo miro de frente, me mareo.

Durante los últimos dieciocho años caminamos juntos todos los días. No eran simples paseos, eran travesías por su memoria y la mía. Yo le leía mis borradores —conferencias temblorosas, poemas en gestación— y él escuchaba con esa paciencia que solo concede el amor sin prisa. Fue mi primer público. El más fiel. Después era mi turno de escucharlo, de perseguir esa presa inapreciable de sus recuerdos. A los noventa escribió su libro. El piano, su eterno amigo, seguía acompañándolo. Nos quedamos a mitad de nuestro último proyecto: Libro con papá. El título permanece. Falta su voz.

O eso creía.

Sin advertirlo, empecé a transitar los mismos espacios de la casa. Del dormitorio a la sala, de la sala a la ventana. Acomodo objetos, reviso puertas, repito recorridos que antes le reclamaba por innecesarios. Le pedía que tuviera cuidado, temía un traspié. Hoy hago exactamente esos mismos movimientos.

Yo no usaba reloj. Él insistía en que utilizara el suyo. Me negaba: “No es necesario, papá, todo está en el celular”. Ahora, cada mañana, abro el cofrecito de la mesa de noche con su misma parsimonia. Tomo el reloj. Lo sostengo un instante. Y me lo coloco siguiendo un ritual que no me pertenece del todo. Hay momentos en que siento —estoy seguro— que es él quien se pone el reloj: la mano, el giro de la muñeca, el tono idéntico de nuestra piel.

En cada paso voy comprendiendo la profundidad de su alma y el amor paciente que tuvo frente a mis apresuradas ligerezas. Yo quería llegar; él sabía quedarse. Hoy entiendo que lo importante no es arribar, sino habitar el ahora.

Las neurociencias explican que no heredamos, solo rasgos físicos. También internalizamos modos de afrontar la vida. La memoria emocional y los patrones aprendidos nos habitan. No es metáfora: es continuidad biológica y afectiva.

Quizá el duelo consista en eso: dejar espacio. No para que el ausente regrese, sino para reconocer que sigue actuando en nosotros.

Me sigue enseñando.

Y su presencia —lo juro— se vuelve tangible en cada pequeño gesto del día.

 

jueves, 26 de febrero de 2026

ELOGIO AL CHICLE (o cómo la mandíbula también piensa) (57)

Elogio del chicle (o cómo la mandíbula también piensa)

ELOGIO DEL CHICLE (O CÓMO LA MANDÍBULA TAMBIÉN PIENSA)

Cuando era niño me decían que masticar chicle era cosa de grandes.
Una promesa aplazada que desesperaba. El chicle no era golosina: era futuro. El Chalo niño aún reclama esa postergación absurda: ¿por qué, lo placentero debía esperar hasta tener un credencial de adulto?

Mucho antes de mis ansias infantiles, otros ya masticaban. El chicle es americanísimo: los pueblos originarios de Mesoamérica extraían del chicozapote una resina llamada tzictli. No era moda, era higiene, sed calmada, concentración en la caminata. Los antiguos mascaban savias naturales, porque intuían que la boca también organiza el pensamiento. Sin papers, sin resonancias magnéticas: cuerpo puro.

Siglos después, la industria convirtió aquella resina ritual en producto empaquetado. Azúcar, colores, publicidad, daba clase. De gesto corporal pasó a mercancía. Y cuando por fin fui “grande”, masticar chicle era detalle, caché, una forma de caminar con suficiencia. El Chalo adolescente protesta hoy: no sabíamos si mascábamos chicle o inseguridades.

Luego, llegó la advertencia médica. Que desalinea dientes. Que provoca gastritis. Que engaña al estómago. El chicle pasó al banquillo de los acusados. Y el Chalo adulto comenzó a sospechar: ¿de verdad una goma de menta era más peligrosa que el estrés crónico, la prisa permanente, la mala digestión de la vida?

Años después leo a la neurocientífica Nazareth Castellanos y el personaje regresa rehabilitado. Masticar activa el nervio trigémino, aumenta ligeramente el flujo sanguíneo cerebral, mejora por breves momentos la atención. Un chicle sin azúcar, de menta, un minuto antes de estudiar. No es un milagro. No, no es una pócima mágica. Apenas, un gesto mínimo que ayuda.

Y aquí el Chalo filósofo interviene: nunca estudiamos, solo con el cerebro. Aprendemos con la postura, con la respiración, con la saliva que anticipa, con la mandíbula que marca ritmo. El pensamiento no es aséptico; es corporal.

Quizá el error no fue masticar. Quizá fue desterrar al cuerpo del acto de conocer. El chicle —resinoso, americanísimo, terco— nos recuerda que pensar también es un movimiento.

Mientras escribo, no mastico. Pero, mi boca se mueve. Porque pensar, al final, es masticar el mundo despacio, sin tragárselo entero, dejando que la mandíbula también tenga la palabra.



viernes, 20 de febrero de 2026

INEMURI: PENSAMIENTOS QUE VIAJAN SENTADOS (56)



INEMURI: pensamientos que viajan sentados

Mis primeros viajes en bus fueron cuando iba al colegio. Tomaba dos ómnibus 
cada mañana y, aunque el trayecto era siempre el mismo, nunca era igual. Iba 
sentado junto a la ventana, con mis cuadernos entre las piernas, y la mente en 
otro lugar. En esos recorridos ensayé mis primeras estrategias vitales: cómo 
“declarar” mi amor —con torpeza heroica— a la chica más linda del barrio, cómo 
iba a driblear a Nano, grandote él, o cómo inventar una excusa creíble para no 
hacer los mandados de mamá, pedir a mi papi, permiso a última hora o pedirle 
propina. El bus avanzaba; yo ya estaba viviendo otra escena.
Muchos años después, sigo viajando en ómnibus, pero ahora con el cansancio 
del trabajo, las preocupaciones acumuladas y ese agotamiento que se posa en 
los párpados sin pedir permiso. Es entonces cuando aparece el inemuri: ese 
dormir sin irse del todo. El cuerpo se afloja, la cabeza bambolea con el ritmo del 
vehículo, y uno parece ausente… aunque, no lo está.
Desde las neurociencias sabemos que el cerebro, en esos estados de 
somnolencia, no se apaga. Cambia de frecuencia. Aparecen las ondas alfa y 
theta, vinculadas a la imaginación, la memoria y la creatividad. El sistema 
reticular sigue vigilante: reconoce el trayecto, calcula el tiempo, registra las 
curvas y frenazos. Por eso, despertamos —casi milagrosamente— en el 
paradero exacto.
William James decía que la conciencia es un flujo, no un interruptor. Y en ese 
flujo hay momentos donde la razón descansa y la intuición asume el rol 
protagónico. No es casual que tantas ideas emerjan cuando dejamos de 
forzarlas. Einstein confiaba en esos estados de relajación; Poincaré los 
consideraba decisivos para el hallazgo creativo.
Antropológicamente, el inemuri no es evasión culpable, sino una pausa 
funcional. En Japón se interpreta como señal de entrega; en nuestros buses, es 
una forma silenciosa de resistencia cotidiana. El trabajador, el estudiante, el 
viajero confían su cuerpo al trayecto y su mente a un orden más profundo.
Voy dormitando. El ómnibus frena. Abro los ojos. Es mi paradero. Me levanto con 
la certeza extraña de haber pensado —o soñado— todo esto mientras me 
balanceaba, aparentemente ausente, pero íntimamente despierto. Mejor lo 
escribo antes que me olvide



jueves, 12 de febrero de 2026

ENDEREZAR LA ESPALDA: Una forma discreta de ordenar la vida (55)

“Enderezar la espalda: una forma discreta de ordenar la vida”

Desde pequeño, mi padre se preocupó obsesivamente por mi postura. No era un asunto estético: era, según él, una cuestión de carácter. Recuerdo con nitidez aquel rudimentario —y hoy impensable— método correctivo: un pedazo de palo de escoba colocado a lo largo de la espalda, sujetado con los brazos, obligándome a caminar recto, casi marcial. Yo obedecía con resignación infantil, sin entender del todo por qué ese empeño.

Mi padre, además, tenía frases lapidarias. Si me veía cabizbajo, mirando el suelo, soltaba con sorna:

—¿Se te ha perdido algo que paras mirando abajo?

Lo decía riéndose, pero había ciencia en su ironía. Repetía un refrán que le salía del alma y de la experiencia: árbol que crece torcido ya no se endereza. Y no hablaba solo de la espalda. Hablaba de normas, de valores, de la manera de estar en el mundo.

Mucho después, ya adulto, descubrí que aquel padre intuitivo tenía aliados inesperados: la filosofía y la neurociencia. El cuerpo no es un mero transporte de la mente; es un interlocutor permanente. Nuestra postura envía mensajes constantes al cerebro. Caminar encorvados, con los hombros caídos y la mirada baja, refuerza estados de ánimo asociados al cansancio, la tristeza o la indefensión. En cambio, una postura erguida activa circuitos neuronales vinculados a la confianza, la energía y la regulación emocional. No es magia: es biología.

La filosofía estoica ya lo intuía. Epicteto hablaba de la dignidad corporal como reflejo del alma. No se trataba de soberbia, sino de coherencia: el cuerpo acompaña al pensamiento, y el pensamiento moldea al cuerpo.

Confieso que no siempre es fácil. Hay días de agotamiento real: después de un partidazo sufrido hasta el último minuto, de caminar largos trechos, o de jornadas laborales que dejan el cuerpo pidiendo tregua. Sin embargo, incluso en esos momentos, hago un esfuerzo consciente por caminar erguido. Tal vez, porque no soy alto y, al ir recto, me siento mejor. Más presente. Más yo.

Alguna vez, Mónica lo resumió con humor brutal:

—Chalo puede estar cansado, casi muerto, pero siempre camina bien paradito… parece muñequito de torta.

Reímos, claro. Pero, tenía razón. La postura no solo sostiene el cuerpo: sostiene la identidad. Y a veces, enderezar la espalda es la primera forma silenciosa de enderezar el ánimo.


 

viernes, 6 de febrero de 2026

¿ABU CÓMO SE LLEGA A VIEJO? (54)

 


¿ABU CÓMO SE LLEGA A VIEJO?

La pregunta me cayó sin aviso, como caen las preguntas importantes: en medio de la tarde, mientras hacíamos nada. O, mejor dicho, mientras hacíamos eso que los adultos solemos subestimar y que para los niños es un acto mayor: compartir el tiempo.

—Abu, ¿cómo se llega a viejo?

No supe responder de inmediato. Y quizá eso ya era parte de la respuesta. (Tengo casi 70 años y no siempre me pongo en el grupo de los “viejos”.

Llegar a viejo no es simplemente acumular años, pensé. No es una carrera de resistencia ni una lotería genética. Sabemos —y la vida se encarga de recordárnoslo con cierta crudeza— que no todos llegan. Algunos se quedan en la curva, otros se bajan antes de tiempo, y muchos parten sin haber sido escuchados. Por eso, más que llegar, la vejez se construye.

Alguien, alguna vez me habló de una expresión en inglés que, traducida libremente, decía algo así como que las canas son relámpagos de sabiduría. Me gustó la imagen. El relámpago no ilumina siempre, pero cuando lo hace, revela el paisaje completo, incluso aquello que preferíamos no ver. Así son las canas: destellos breves de experiencia que, si aprendimos algo, nos permiten mirar con mayor amplitud y menos urgencia.

Sabemos que el cerebro envejece, sí, pero también se reorganiza. La plasticidad no desaparece: cambia. Disminuye la velocidad, pero aumenta la capacidad de integrar experiencias, de leer contextos, de anticipar consecuencias. No es casual que la impulsividad ceda paso a la reflexión, ni que el silencio gane terreno a la palabra innecesaria. El cerebro viejo, bien cuidado, es menos veloz, pero más sabio.

Conocemos que, en muchas culturas originarias, los viejos no eran una carga, sino una brújula. Eran la memoria viva del grupo, los guardianes del relato común. Hoy, en cambio, solemos medir el valor en productividad y juventud, olvidando que la experiencia no cotiza en bolsa, pero sostiene comunidades.

Llegar a viejo, entonces, no es solo sobrevivir es un acto de heroicidad. Es haber amado, errado, pedido perdón, escuchado más de lo que se habló. Es haber aprendido a disfrutar lo simple: un aromático café, una conversación sin prisa, la risa de la nieta que pregunta sin saber que acaba de interpelar toda una vida.

Al final, le respondí lo único honesto:

—Se llega viviendo, cuidando el cuerpo, la mente… y abriendo el corazón.

Morgana asintió, como si hubiera entendido. Tal vez lo hizo. Yo, al menos, sigo aprendiendo.

jueves, 29 de enero de 2026

CUANDO LA BOCA HABLA ANTES QUE NOSOTROS (53)




CUANDO LA BOCA HABLA ANTES QUE NOSOTROS

Clive sigue frente a la pantalla, pero ya no está ahí. Piensa en el almuerzo que lo espera en casa: un sabroso arroz con pato, ese olor que anuncia descanso y sobremesa. Sin darse cuenta, traga saliva. La boca se le humedece. No hay comida aún, pero el cuerpo se adelanta al placer. El lenguaje popular lo dice mejor que cualquier tratado: se me hace agua la boca. La expectativa ya activó la calma.

Beto sube las escaleras detrás de la bella Natalia con el corazón fuera de compás. Cada peldaño es una promesa. La cercanía, el perfume, la invitación a subir. En la gracia de su hermosura, Natalia lo tiene rendido. La saliva fluye generosa: el cuerpo anticipa caricias, palabras bajas, un desenlace largamente imaginado. Pero, algo se quiebra en el aire. Una frase ambigua, una sonrisa que se vuelve prudente, un gesto que marca distancia. Beto lo comprende sin que nadie se lo diga. La boca empieza a secarse. El cuerpo entiende antes que la razón: no habrá encuentro. La saliva se retira en silencio, como quien apaga las luces de una fiesta que nunca empezó.

Margott camina por el pasillo de la oficina. “El jefe quiere verte”. No sabe por qué, pero lo intuye todo. Los hombros se tensan, el estómago se contrae, la garganta se le seca. Carraspea. La saliva no llega. El cuerpo ha activado la alerta: no es tiempo de digerir, es tiempo de protegerse. El miedo apaga la humedad.

Albertín está atrapado en balances contables que no cuadran. El reloj avanza, el plazo se acorta. Respira rápido, aprieta la mandíbula, traga en seco. El estrés se acumula y se refleja en su boca. Hasta que se detiene. Afloja los hombros, respira lento, masajea su rostro. No ha resuelto las cifras, pero algo se destraba: la saliva vuelve. El cuerpo envía otro mensaje: no hay peligro inmediato. Pensar vuelve a ser posible.

Pero la saliva no solo habla hacia adentro. También habla hacia los otros. De niños lo sabíamos bien. Antes de una pelea, alguien escupía al suelo. Pepe y Jorge se miraban fijo. El primero que pisaba el escupitajo aceptaba el combate y, además, obtenía una ventaja simbólica frente a la redondela de chiquillos que ya se había formado, ansiosa, expectante, hambrienta de golpes. La saliva sellaba el pacto.

En otras escenas, más crudas, el escupitajo va directo al rostro del enemigo. Es insulto, sí, pero también es desafío. Aun atados, maniatados, vencidos en fuerza o número, escupir es a veces el último recurso para decir: no me rindo. No hay armas, no hay palabras, pero queda la saliva como gesto final de desprecio o dignidad.

Algo similar ocurre cuando alguien pasa a nuestro lado y, sin mirarlo, escupimos sobre sus pasos. No buscamos herir el cuerpo, sino marcar simbólicamente el territorio: te rechazo, te anulo, te expulso.

La saliva, silenciosa y humilde, no solo acompaña la digestión: narra nuestra vida emocional y social. Anticipa el placer, denuncia el miedo, revela el estrés y, en su forma más áspera, expresa desafío y desprecio.

Tal vez no somos tan racionales como creemos. Tal vez, antes de que la mente articule razones, la boca ya ha dicho la verdad.

 


 

jueves, 22 de enero de 2026

CUANDO LA MENTE SE CRUZA EN EL CAMINO (52)

 Cuando la mente se cruza en el camino: Pensamientos intrusivos

Pascual conduce sin prisa, va camino al club para jugar su partido de fulbito. El tráfico es el de siempre y la ciudad parece repetir sus gestos con mecánica paciencia. En el cruce entre las avenidas Angamos y Caminos del Inca, al girar el volante con precisión aprendida, un pensamiento lo asalta sin previo aviso. No guarda relación con la maniobra ni con el semáforo. Es una imagen breve, incómoda, casi absurda. Pascual frunce el ceño. ¿Por qué ahora?, se pregunta. ¿De dónde ha salido eso?

El auto sigue su curso, pero el pensamiento se queda unos metros más. Pascual intenta apartarlo, piensa en el partido que va a jugar, se concentra en la música, en el ruido del motor, en la ruta. Inútil. Cuanto más lo intenta, más nítido se vuelve. Entonces, ocurre algo revelador: comprende que no ha elegido pensar eso. La mente, como un copiloto caprichoso, ha tomado la palabra sin pedir permiso.

Horas después, terminado el partido de fulbito, sentados en la mesa del bar y cuando el sol avanza oblicuo y la conversación avanza ligera, entre bromas y recuerdos, Pascual suelta la pregunta, como quien deja la pelota dando botecitos.

—Chalo ¿los pensamientos intrusivos se pueden erradicar?

Chalo sonríe. Mueve la cabeza antes de responder, como si también él escuchara el murmullo de sus propios desvíos mentales. Dice que tal vez no se trate de expulsarlos, sino de observar qué los convoca. Que la mente, incluso en calma, ensaya escenas que no ha pedido, como si practicara para un peligro que nunca llega. A veces —añade— son restos de cansancio, miedos antiguos o simples ecos que regresan sin tocar la puerta.

Mientras conversan, Chalo recuerda a Epicteto, el filósofo estoico, quien decía que no nos perturban las cosas, sino lo que pensamos sobre ellas. No todo pensamiento es una verdad, ni una orden. Algunos, son apenas visitantes ruidosos que, si no se les ofrece conversación ni rechazo, terminan marchándose por su cuenta.

Pascual entiende entonces que erradicarlos, quizá sea una batalla estéril. Resistirlos con furia suele darles más cuerpo. En cambio, mirarlos pasar, sin juicio, los vuelve frágiles. Como nubes: existen, cambian de forma, pero no definen el cielo.

Antes de salir del club, Pascual respira hondo. Piensa que, tal vez esos pensamientos no llegaron para quedarse, sino para ser advertidos y luego soltarlos. No siempre lo logra, lo sabe. Piensa en Montaigne, cuando sugería que la mente humana vaga sin rumbo si no se le concede cierta indulgencia. Y vivir —aprende Pascual, todavía en ello— también consiste en practicar el arte de “no creer todo lo que uno piensa”.

jueves, 15 de enero de 2026

EL ECO FAMILIAR EN LA MESA DEL DOMINGO (51)

El eco familiar en la mesa del domingo

El Eco Familiar en la Mesa del Domingo

Esta mañana, al abrir el periódico de papel y oler su tinta, sentí el abrazo patrimonial de mi padre. Por años cuestioné su costumbre: Lo fastidiaba diciéndole: ‘Para qué, si internet lo actualiza al instante, prácticamente son noticias de ayer’. Hoy, buscando obituarios, comprendí que no compraba noticias, adquiría rituales.

La neurociencia y la epigenética sugieren que heredamos más que rasgos físicos: heredamos arquitecturas de afrontamiento, formas de regular la emoción. Mi padre, pianista, ejecutivo y escritor, enfrentaba el caos con rituales de enfoque: el arte, la escritura, esta lectura pausada. Yo resistí ese patrón, hasta que mi propia mente lo anheló.

Filosóficamente, es el concepto ‘enactivo’ de la cognición: no solo recordamos, sino que ‘re-creamos’ al ausente al repetir sus gestos. La costumbre no es el fantasma; es el puente neural donde su esencia se actualiza. Al principio imitamos por amor; luego, el hábito talla en nosotros un nuevo carácter.

Y ahora, en el silencio dominical, siento una mirada. Es Morgana, mi nieta, observando con esos ojos claros que antes iluminaron a su bisabuelo. Ella me mira doblar la página con cuidado, seguir una columna con el dedo, suspender la lectura en un suspiro. No dice nada. Aprende.

En su mirada curiosa, el ciclo se completa. Mi padre labró, en ella, un amor por las historias. Yo, sin planearlo, enactúo ante ella el mismo ritual de presencia y calma que él me legó. Ella no heredará, quizás, el periódico de papel. Pero, está heredando la postura, el espacio mental, la forma de habitar un momento con atención plena. La costumbre se transmute, pero su esencia—ese refugio consciente frente al ruido del mundo—persiste.

Así, en la mesa, tres generaciones se encuentran. Él, en mi gesto. Yo, en su mirada. Y ella, en el aprendizaje silencioso de que algunas herencias no se llevan en la sangre, sino en el acto sencillo y repetido de crear significado, juntos, en el ahora. La bisnieta observa, y el puente se extiende hacia un futuro que su bisabuelo no verá, pero que su costumbre, curiosamente, ayudará a formar.

jueves, 8 de enero de 2026

LA MIEL Y LA MEMORIA DEL TIEMPO (50)

La miel y la memoria del tiempo

LA MIEL Y LA MEMORIA DEL TIEMPO

Cuando alguien pronuncia la palabra miel, no pienso primero en el frasco sobre la mesa, ni en el ritual del desayuno. Vuelvo, sin pedir permiso, a Cocachacra, a 1965, a la casa de mi amiguito del colegio al que le decíamos “Torata”. Él me aseguró, con la convicción de quien custodia un secreto que, en el árbol frente a su puerta vivía un panal. Yo no le creí. Por eso, me llevó a verlo.

Ahí estaba: la colmena colgaba de una rama pretenciosa, con un color de oro viejo que parecía haber sido pulido por el sol. El zumbido de las abejas no era ruido: era el sonido de una ciudad en pleno funcionamiento, una armonía seductora, ordenada, viva. Para no mortificarlas —así, me dijo Torata— no bajamos el panal. Comimos la miel colgados de la rama, suspendidos entre el miedo y el asombro, como si el árbol nos hubiera concedido una tregua.

Arrancamos pequeños pedazos. La miel brotaba espesa, tibia, todavía con rastros del trabajo incansable de esas “pequeñas gorditas” trabajadoras. La probé. No era solo dulce: tenía una profundidad difícil de explicar, como si contuviera tiempo, sol y paciencia. Hasta hoy, me pregunto por qué nos dejaron hacerlo. ¿Por qué no nos atacaron? ¿Acaso eran amigas de Torata? Tal vez, la amistad —como la miel— tiene un lenguaje que no necesita palabras.

Años después, supe que aquella sensación no era solo poética. La miel es, químicamente, un prodigio del tiempo. Su bajísimo contenido de agua y su acidez natural impiden el crecimiento de bacterias. Las abejas, además, incorporan una enzima —la glucosa oxidasa— que produce pequeñas cantidades de peróxido de hidrógeno, dotándola de propiedades antibacterianas. No es casualidad que frascos de miel hallados en tumbas del Antiguo Egipto sigan siendo comestibles tras miles de años. La miel no se apura: resiste.

Desde la filosofía, Aristóteles observó en las abejas un modelo de comunidad y propósito. Mucho después, Bergson hablaría del tiempo como duración viva. La miel parece confirmarlo: es trabajo acumulado, memoria que no se corrompe, pasado que sigue ofreciendo algo al presente.

Las neurociencias explican por qué este recuerdo persiste con tanta nitidez. El sabor intenso, ligado a la infancia y a la emoción, activa el sistema límbico, donde se anudan memoria y afecto. Por eso, cada vez que pruebo miel, mi cerebro no solo reconoce un gusto: reconstruye una escena entera, con ramas, zumbidos y sol.

Hace pocos días, mi amiga Roxana me invitó un café y lo endulzamos con miel. Fue un placer casi divino. Entendí entonces, que la miel no es solo alimento: es una forma de vínculo. Tal vez, por eso las abejas nos perdonaron aquel atrevimiento infantil. Porque, al final, la amistad —como la miel— también es dulce, se construye con cuidado y, cuando es auténtica, sabe atravesar el tiempo sin perder su esencia.

 

domingo, 4 de enero de 2026

TRES HÁBITOS PERNICIOSOS ANTES DE DORMIR (49)

Tres hábitos perniciosos antes de dormir: dormir no siempre es descansar


TRES HÁBITOS PERNICIOSOS ANTES DE DORMIR

DORMIR NO SIEMPRE ES DESCANSAR

El Flaco Andrés ha tenido un día complicado, como casi todos nosotros. Ha logrado subir al bus lleno de gente, después de esperar un rato. El humor de la gente y el cansancio de ellos se le impregna en la ropa. No ve las horas de estar en su casa, comer e irse a dormir a descansar.

Justo cuando se va a dormir y quiere tener un descanso pleno, él solito comienza a jugar en contra. Es que Andrés tiene tres hábitos perniciosos, que van a impedir, hacer lo que desea, descansar y reparar energías para el día siguiente.

1.- Come con ansias y mucho, a veces cena muy tarde, entonces el cuerpo se dedica a digerir en vez de estar descansando y reparando energías.

2.- Antes de poner a cargar su celular mira la pantalla azul, el color engaña al cerebro y le hace creer que es de día e inhibe la producción de la melatonina y el sueño se le escapa y comienza a dar vueltas como pollo a la brasa, sin poder conciliar el sueño.

3.- Andrés se acuerda que tiene que enviar un WhatsApp y se queda unos minutos revisando trabajos y redes sociales. Eso, hace que su mente se active y siga resolviendo situaciones, en vez de desconectarse y tener un buen descanso.

A estos hábitos se suma otro detalle que parece inofensivo, pero no lo es: el Flaco Andrés duerme con el celular muy cerca, casi al alcance de la mano, sobre la mesa de noche. Aunque no lo esté usando, el solo hecho de tenerlo ahí mantiene al cerebro en estado de alerta, como si algo importante pudiera ocurrir en cualquier momento. El descanso, entonces, deja de ser profundo; se vuelve fragmentado, liviano, insuficiente. El cuerpo no logra entrar del todo en ese silencio reparador que necesita.

Estos malos hábitos no solo le roban horas de sueño, también deterioran la calidad del descanso. Dormir mal afecta la memoria, el estado de ánimo, la concentración y hasta la salud emocional. Al día siguiente, Andrés se levanta cansado, irritable, con la sensación de no haber dormido nada, y el círculo se repite. Dormir no siempre es descansar, y descansar exige, a veces, decisiones pequeñas pero conscientes: cenar con calma, apagar pantallas a tiempo, dejar el celular lejos y permitir que la noche vuelva a ser noche.

El Flaco Andrés tiene que romper estos hábitos si quiere regalarle a su cuerpo y a su mente lo que más reclaman en silencio: noches verdaderamente reparadoras.

 

HAY DEUDAS PEORES QUE DEL DINERO (66)

Hay deudas peores que del dinero HAY DEUDAS PEORES QUE DEL DINERO Anoche, me quedé enganchado viendo Netflix hasta las dos de la madrugada....