lunes, 13 de julio de 2026

EL CEREBRO FABRICA ESTADOS (P-09)

EL CEREBRO FABRICA ESTADOS

https://www.prensamerica.com/retazos/el-cerebro-fabrica-estados

Francesca mira el reloj por quinta vez en menos de diez minutos. Antes de que termine el día debe entregar un modelo financiero que permita canalizar las donaciones económicas destinadas a miles de damnificados por los terremotos ocurridos en Venezuela. No es un informe cualquiera. De él dependerá que gobiernos, empresas y ciudadanos puedan aportar recursos con transparencia y rapidez.

Pero, mientras intenta organizar cifras, proyecciones y escenarios, su laptop no deja de recibir mensajes. Tiene pendientes varias tareas de su trabajo habitual. Prometió acompañar a su mamá para ver un departamento. Su sobrina espera ir con ella para comprar zapatillas. El banco le recuerda el vencimiento de una cuota. El grupo familiar de WhatsApp acumula decenas de mensajes.

Entonces, ocurre algo curioso.

Ninguno de esos acontecimientos representa un peligro para su vida. Sin embargo, su cerebro comienza a comportarse como si un depredador estuviera escondido detrás de la puerta. El corazón se acelera. La respiración cambia. Los pensamientos empiezan a competir unos con otros. La atención se fragmenta. La ansiedad ocupa el primer asiento.

Nuestro cerebro fabrica estados. Biológicamente estamos programados para ello. Durante cientos de miles de años sobrevivieron aquellos cerebros que sospechaban antes de confiar, que imaginaban el peligro antes que la tranquilidad. Era un extraordinario mecanismo de supervivencia cuando nuestros antepasados debían distinguir entre un arbusto movido por el viento y un felino dispuesto a atacar.

El problema es que el cerebro moderno sigue utilizando el mismo software para enfrentar amenazas muy distintas. Una reunión de trabajo, un examen universitario, una entrevista laboral o una llamada inesperada pueden activar circuitos muy parecidos a los que, hace miles de años, nos preparaban para escapar de un animal salvaje.

Nuestro cerebro, en cierto modo, exagera. Fabrica escenarios antes de que ocurran. Ensaya derrotas que jamás sucederán. Nos hace sentir que todo puede derrumbarse cuando, en realidad, solo estamos frente a una tarea difícil. Pero, aquí aparece una de las noticias más esperanzadoras que nos ofrece la neurociencia.

No somos simples espectadores de esos estados internos.

Podemos dirigirlos.

Aceptar la incomodidad es una de las formas más eficaces de entrenar al cerebro. Cuando enfrentamos una situación nueva —aunque produzca incertidumbre— obligamos al cerebro a buscar soluciones distintas. Activa conexiones que utilizaba poco, fortalece otras y comienza a reorganizarse. Es lo que conocemos como plasticidad neuronal.

Por eso, equivocarse deja de ser un fracaso para convertirse en entrenamiento.

Cada vez que Francesca decide continuar, aunque no tenga todas las respuestas, su cerebro empieza a construir nuevos caminos. Tal vez, el primer modelo financiero no sea perfecto. Quizá, deba corregirlo varias veces. Pero, habrá conseguido algo mucho más valioso: demostrarle a su propio cerebro que es capaz de atravesar territorios desconocidos y vencer sus miedos.

Y ese descubrimiento permanece.

La próxima vez que aparezca una situación semejante, el cerebro ya no encontrará un vacío, sino una experiencia almacenada. Recordará que aquella incomodidad no terminó en desastre, sino en aprendizaje.

Tal vez, esa sea una de las lecciones más hermosas de la neurociencia contemporánea: nuestro cerebro puede fabricar miedo, ansiedad o incertidumbre, pero también puede fabricar confianza.

La diferencia no siempre está en las circunstancias. Muchas veces, está en la decisión de permanecer unos minutos más dentro de esa incómoda frontera donde, silenciosamente, comienza a construirse una versión mejor de nosotros mismos.

 

jueves, 9 de julio de 2026

¿Y, SI EL QUE NECESITA CARGARSE SOY YO? (76)

¿Y, si el que necesita cargarse soy yo?

¿Y, SI EL QUE NECESITA CARGARSE SOY YO?




Me recosté un momento al mediodía y aproveché para conectar el celular. Cada vez, la batería dura menos. Apenas, unas horas de uso y el pequeño icono rojo comienza a advertirme que la energía se está agotando.

Mientras enchufaba el cargador, tuve una sensación extraña. Por un instante, sentí que no era el teléfono el que se estaba conectando, sino yo.

La idea me sorprendió.

¿Qué pasaría si dentro de una o dos horas debo salir y el celular sigue con poca batería? No podría recibir llamadas importantes. Tendría dificultades para comunicarme. No podría usar mi billetera electrónica ni acceder a muchas de las pequeñas herramientas digitales que hoy sostienen nuestra vida cotidiana.

Entonces, una fantasmal pregunta comenzó a abrazarme.

¿Estaría realmente en el mundo o sentiría que he desaparecido un poco de él?

Vivimos una época paradójica. Nunca habíamos estado tan conectados y, sin embargo, nunca habíamos temido tanto la desconexión. Ya Martin Heidegger advertía que la tecnología podía llegar a moldear nuestra forma de habitar la realidad. A veces, pareciera que nuestra presencia depende de la señal de un mensaje, una pantalla o un porcentaje de carga.

Las neurociencias aportan una mirada complementaria. El cerebro es un órgano extraordinario, pero también limitado. Consume una enorme cantidad de energía y necesita pausas para restaurarse. Sin descanso, sin momentos de silencio o contemplación, disminuye nuestra capacidad de atención, creatividad y regulación emocional.

Sin embargo, solemos cuidar más la batería del celular que nuestra propia energía.

Si el teléfono llega al diez por ciento, buscamos un enchufe. Pero, podemos pasar semanas con la paciencia agotada, la mente saturada o el ánimo debilitado sin detenernos a recargarnos.

Los antiguos filósofos hablaban del cuidado de sí mismo. No como un acto de egoísmo, sino de sabiduría. Comprendían que nadie puede ofrecer claridad, afecto o serenidad si vive permanentemente agotado.

Mientras observaba el celular cargándose, pensé que quizá nos estamos pareciendo demasiado a nuestros dispositivos: siempre encendidos, siempre disponibles, siempre respondiendo.

Pero, ni las máquinas ni las personas fueron diseñadas para vivir así.

Aquella tarde, comprendí que quien necesitaba conectarse era yo. No a internet. No a una aplicación. Sino a una conversación sincera, a una buena lectura, a los afectos, a los recuerdos, a esos pequeños momentos que devuelven profundidad a la existencia.

Porque, la verdadera desconexión no ocurre cuando se apaga el celular.

Ocurre cuando dejamos de alimentar aquello que da sentido a nuestra vida.

Y entonces, aunque aparezcamos en línea para todos, comenzamos a estar ausentes de nosotros mismos.

 

lunes, 6 de julio de 2026

¿QUIÉN SOY YO? (P-08)


¿Quién soy yo?

Hay preguntas que no envejecen ni pasan de moda. No importa cuántos siglos transcurran ni cuántos avances tecnológicos acumulen las sociedades. Permanecen allí, discretas, esperando el momento oportuno para aparecer. Una de ellas suele visitarnos cuando menos lo esperamos: mientras observamos una película, cuando regresamos solos a casa o en esos instantes en que el silencio parece tener algo que decirnos.

¿Quién soy yo?

La respuesta inmediata parece obvia. Soy quien ama a mis hijos, el que se preocupa por las cuentas del mes, el que se emociona cuando escucho una vieja canción o quien se asusta ante una mala noticia. Sin embargo, basta prestar un poco más de atención para advertir algo curioso.

Imagina a Hermi, que espera los resultados de un examen médico. La preocupación aparece y le oprime el pecho. O, a William, que acaba de discutir con un amigo y siente hervir la indignación. Ambos, experimentan emociones reales e intensas. Pero, al mismo tiempo, pueden reconocerlas. Pueden decir: “Estoy preocupada” o “Estoy molesto”.

Y aquí, surge una grieta fascinante en nuestra aparente certeza.

Si puedo observar mi preocupación, ¿soy únicamente esa preocupación?

Si puedo reconocer mi enojo, ¿soy solamente ese enojo?

Sabemos que nuestro cerebro es una extraordinaria maquinaria de interpretación. Procesa información, anticipa escenarios, construye recuerdos y genera emociones con una eficacia asombrosa. Pero, también nos permite tomar distancia de lo que sentimos y poder observarlo. Es una capacidad tan cotidiana que, pocas veces nos detenemos a admirarla.

Sobre este misterio reflexionó durante décadas el sabio hindú Ramana Maharshi. Su propuesta era desconcertantemente simple. Cuando alguien decía: “Tengo miedo”, él preguntaba: “¿Quién tiene miedo?”. Y cuando la persona respondía “yo”, volvía a preguntar: “¿Quién soy yo?”.

No buscaba una definición académica ni una explicación filosófica. Invitaba a dirigir la mirada hacia quien experimenta la experiencia.

Tal vez, por eso la pregunta resulta tan inquietante. Porque, cada respuesta parece abrir una puerta nueva.

¿Soy mis recuerdos? Si fuera así, ¿quién sería cuando algunos comiencen a desvanecerse? ¿Soy mis emociones? Entonces, ¿por qué cambian tantas veces en un mismo día? ¿Soy mi profesión? ¿Mi nombre? ¿Mi historia?

Quizá somos, al mismo tiempo, el actor y el espectador. El que ríe y el que advierte que está riéndose. El que sufre y el que observa su propio sufrimiento.

Hay tardes en que un cimbreante viento mueve las ramas de un árbol y nadie le presta atención. Sin embargo, quien observa con calma descubre que detrás de ese movimiento sencillo hay algo profundamente revelador: todo cambia. Las hojas cambian, caen, las estaciones cambian, nosotros cambiamos.

Y, aun así, permanece la pregunta.

Tal vez, esa sea su verdadera función. No ofrecer una respuesta definitiva, sino mantener despierta la curiosidad. Recordarnos que, detrás de las rutinas, los apuros y las certezas de cada día, existe un territorio inexplorado que llevamos con nosotros desde el nacimiento.

Un territorio que comienza con tres palabras sencillas y extraordinarias:

¿Quién soy yo?

  

jueves, 2 de julio de 2026

MIS CÉLULAS ME ESTABAN ESCUCHANDO (75)

 MIS CÉLULAS ME ESTABAN ESCUCHANDO



Antes de que la rabia tomara completamente el volante, apareció una canción. Iba camino a recoger a mi nieta Morgana al colegio Weberbauer. La congestión en la avenida Canadá para ingresar al trébol de la avenida Javier Prado era, como tantas veces, una batalla urbana. Ómnibus atravesándose sin aviso, colectivos piratas jugando a inventar carriles, motocicletas apareciendo por donde físicamente parecía imposible. Un cuento de nunca acabar.

El tráfico en Lima tiene algo de examen psicológico. Basta avanzar unos metros para descubrir quiénes somos realmente cuando sentimos que el otro invade nuestro espacio. Y, allí estaba yo, atrapado entre bocinazos, humo y una lenta procesión de impaciencia humana, sintiendo cómo comenzaban a mezclarse emociones poco elegantes: enojo, irritación, revancha. Sí, revancha. Porque cuando alguien mete violentamente su vehículo en tu carril, una parte primitiva del cerebro deja de pensar en normas y empieza a pensar en territorio.

Entonces en la radio sonó “Reflexiones de mi vida”, del grupo Mermelada. Hay canciones que no llegan como música, sino como memoria. Y, mientras avanzaba apenas unos centímetros, regresó a mi mente un video del médico y conferencista español Mario Alonso Puig diciendo: “Las células escuchan nuestros pensamientos”.

Y me sentí descubierto.

Porque, mientras escuchaba aquella idea, mi cuerpo entero estaba haciendo exactamente lo contrario a lo que necesitaba. Mis manos endurecidas sobre el timón. La mandíbula tensionada. El corazón acelerando innecesariamente. El cerebro liberando sustancias químicas como si estuviera escapando de un depredador y no simplemente intentando cruzar una avenida limeña a las tres de la tarde.

Qué contradicción tan humana: saber algo y no poder aplicarlo inmediatamente.

La neurociencia explica que el cerebro no distingue tan fácilmente entre un peligro real y uno interpretado emocionalmente. Para nuestras neuronas, aquel conductor invasivo puede convertirse, durante unos segundos, en una amenaza directa. El cuerpo responde entonces con cortisol, adrenalina, tensión muscular y pensamientos defensivos. Es decir, nuestras células escuchan no solo lo que pensamos, sino también cómo interpretamos el mundo.

Y Lima, hay que decirlo, interpreta nuestra paciencia todos los días.

Pensé entonces en algo curioso: quizá el verdadero tráfico no estaba afuera sino dentro de mí. Afuera había autos disputándose centímetros; dentro, emociones disputándose el control. La ira queriendo acelerar. La prudencia intentando respirar. La memoria musical tratando de suavizar el instante. Y una frase persistente recordándome que cada pensamiento deja una pequeña huella biológica. Tal vez, por eso envejecemos también desde ciertas emociones. No es casual que muchas personas vivan cansadas incluso sin haber hecho demasiado esfuerzo físico. El resentimiento agota. La tensión continua enferma. El miedo sostenido desgasta silenciosamente. El cuerpo escucha todo: incluso aquello que fingimos manejar bien.

Mientras avanzaba lentamente, comprendí que no podía controlar el caos vehicular. Tampoco, la imprudencia ajena. Pero, sí podía decidir qué conversación tendrían mis células conmigo aquella tarde. Entonces aflojé las manos del volante. La canción seguía sonando. Pensé en Morgana esperando la salida del colegio. Pensé en papá diciéndome que uno siempre termina pareciéndose demasiado a aquello que repite todos los días. Pensé que, quizá, vivir también consiste en aprender a no convertir cada pequeño desorden cotidiano en una guerra personal. Llegué algunos minutos después. La ciudad seguía siendo la misma.

Pero yo, ya no.

lunes, 29 de junio de 2026

¿QUÉ NOS ESTÁ PASANDO? Cuando el mundo corre más rápido que la mente. (P-07)

 ¿QUÉ NOS ESTÁ PASANDO? Cuando el mundo corre más rápido que la mente.

Hace algunos días en Lima, circuló en las noticias, algo insólito e inquietante. Un joven cliente enfurecido atacó a golpes a dos barberos, porque no le agradó el corte de cabello que le habían realizado. No se limitó a reclamar. Golpeó a uno de los trabajadores y su furia arreció contra el segundo, utilizó un ventilador y un secador de cabello, provocó destrozos en el local y dejó a uno de los barberos con lesiones de consideración en el hospital.

La pregunta surge de inmediato: ¿qué puede llevar a una persona a reaccionar de manera tan desproporcionada por algo tan trivial?

No se trata de un caso aislado. Basta observar cualquier ciudad. Dos automovilistas rozan sus vehículos y en cuestión de segundos la discusión escala a insultos, amenazas o incluso agresiones físicas. Jaime pierde la paciencia en una fila. Robert enfrenta a un trabajador, porque el vuelo se retrasó. Situaciones pequeñas producen reacciones gigantescas.

El problema no parece estar en el corte de cabello ni en el roce de los automóviles. Como suele ocurrir, la causa profunda se encuentra en otro lugar.

Vivimos una época marcada por la ansiedad, la incertidumbre y la sobrecarga emocional. El cerebro humano no fue diseñado para procesar la cantidad de estímulos que recibe diariamente. Sin embargo, cada mañana abrimos los ojos y antes de levantarnos ya estamos revisando WhatsApp, Facebook, TikTok, Instagram, X o alguna de las nuevas aplicaciones que aparecen casi semanalmente.

Hubo un tiempo en que Quelo necesitaba resolver una duda y acudía a los tomos de la Enciclopedia Temática, la Enciclopedia ´Lo sé todo´ o al Diccionario Larrouse. La información llegaba lentamente. Había que buscarla, leerla y reflexionarla.

Hoy, Jonny despierta y en menos de diez minutos ha consumido más información que la que una persona promedio recibía en varios días hace apenas unas décadas. Noticias, videos, opiniones, rumores, publicidad, escándalos, recomendaciones, alertas y mensajes compiten simultáneamente por su atención.

La paradoja es sorprendente: nunca habíamos tenido tanto acceso al conocimiento y, sin embargo, nunca había sido tan fácil estar desinformados.

Titi escucha a sus nietos hablar de ChatGPT, Gemini, Claude, DeepSeek o Perplexity. Apenas comienza a familiarizarse con una tecnología cuando ya aparece otra. Muchas personas sienten que el mundo corre delante de ellas. No porque carezcan de capacidad intelectual, sino porque la velocidad del cambio supera la capacidad humana de adaptación.

A ello, se suma un problema aún más serio. Gran parte de la información que circula carece de filtros rigurosos. Antes, un libro pasaba por editores, correctores y especialistas. Hoy, cualquiera puede grabar un video de treinta segundos y presentarse como experto en medicina, economía, política o psicología.

Luchito abre una red social para distraerse unos minutos. Encuentra un supuesto especialista que afirma que el café es perjudicial para la salud. Minutos después otro asegura exactamente lo contrario. Más tarde, aparece un tercero que sostiene que ambos forman parte de una conspiración internacional. Después de media hora, Luchito termina más confundido que informado.

La lectura también ha cambiado. Leemos titulares, fragmentos, frases aisladas y comentarios breves. Escaneamos contenidos en lugar de profundizar en ellos. Sabemos muchas cosas superficialmente, pero comprendemos pocas con verdadera profundidad.

Las consecuencias se reflejan en nuestras conversaciones. Cada vez resulta más difícil escuchar argumentos distintos sin reaccionar emocionalmente. Víctor comparte una noticia convencido de que es cierta. Días después, aparecen evidencias contundentes que demuestran que era falsa. Sin embargo, continúa defendiéndola. No, necesariamente por mala fe. El cerebro humano tiende a aferrarse a las ideas que refuerzan sus creencias previas y rechaza aquello que las contradice.

Cambiar de opinión exige algo que escasea en estos tiempos: humildad intelectual.

La situación se agrava cuando observamos el escenario social. La mentira pública ya no parece generar el rechazo que producía antes. Los eufemismos sustituyen a las palabras directas. Un error grave se convierte en una simple "falta". Una falsedad evidente pasa a llamarse "otra narrativa". Los hechos se relativizan y las certezas se vuelven borrosas.

Todo ello genera una sensación permanente de inseguridad. Y la incertidumbre es uno de los mayores generadores de ansiedad que conoce el cerebro humano.

Quizá, el hombre que golpeó a los barberos no reaccionó únicamente por un mal corte de cabello. Tal vez, llevaba consigo preocupaciones económicas, tensiones familiares, frustraciones laborales, miedos acumulados y una mente saturada por miles de estímulos que jamás encontró tiempo para procesar. Nada de ello justifica la violencia. Pero, sí ayuda a comprender el contexto en que vivimos.

La verdadera pregunta no es qué le ocurrió a aquel cliente enfurecido. La pregunta es qué nos está ocurriendo como sociedad.

Hemos aprendido a producir información a velocidades extraordinarias. Hemos creado tecnologías capaces de responder preguntas en segundos. Podemos comunicarnos instantáneamente con cualquier lugar del planeta. Pero, todavía no aprendemos algo mucho más importante: cómo convivir con semejante abundancia de información sin sacrificar nuestra serenidad, nuestra capacidad de reflexión y nuestra salud mental.

Quizá, el desafío más urgente de nuestro tiempo no sea acceder a más datos, sino recuperar la pausa. Porque, una sociedad que recibe millones de mensajes cada día, pero que rara vez encuentra tiempo para pensar sobre ellos, corre el riesgo de saber cada vez más y entender cada vez menos.

 

domingo, 28 de junio de 2026

EL ÁNGULO QUE DESPIERTA (C-04)

 EL ÁNGULO QUE DESPIERTA

Un par de personas caminando en la calle

El contenido generado por IA puede ser incorrecto.

El ángulo que despierta

Camino hasta que el tiempo, con esa autoridad que solo tiene cuando se cansa, me pide quedarme. Aquella tarde obedecí.

Ya lo sabía —aunque finja sorpresa—: esas casonas no fueron levantadas solo para alojar cuerpos dóciles. Los arquitectos, magos con regla y ego bien planchado, dejaron trampas de belleza, ecuaciones de espera. Construyeron esquinas que miran de reojo, curvas que fingen nostalgia, ángulos que practican una paciencia mineral hasta que alguien —cualquiera— los termina con su paso.

El oponente vivía allí desde hacía décadas. Tenía forma corpórea, aunque nadie se molestaba en nombrarlo. ‘El Ángulo Muerto’.

Una esquina levemente fuera de escuadra, de esas que no salen en las postales ni en los mapas turísticos. Se desplazaba cuando nadie la miraba —como hacen las cosas importantes—. Hecha de sombra y cal, se alimentaba del Olvido. No del olvido trágico, no: del melifluo, del cómodo.

Los que pasaban creían que la ciudad se volvía bella. En realidad, se volvía inofensiva.

Entonces llegó Nelia. Arequipeña. Electricidad volcánica bajo la piel y una calma que desmiente incendios. Nació en equinoccio —23 de septiembre—, cuando el mundo ensaya el equilibrio y casi siempre falla. Su andar pausado activó proporciones dormidas. Las fachadas respiraron, a regañadientes. La luz, como si entendiera algo tarde, cambió de tono.

El Ángulo Muerto se tensó. Se vio impelido a salir de su escondite: una arista negra desprendida de un palacio, un pliegue de piedra con hambre antigua.

No hubo grito.

Nunca lo hay cuando ocurre lo verdadero.

La sombra avanzó, convencida de su oficio. Pero, al tocarla sucedió lo incómodo: la electricidad de su origen no quemó. Ordenó.

El ángulo se alineó, casi con vergüenza. La esquina recordó su sitio. El Olvido, sorprendido, perdió densidad y se volvió polvo de luz —esa forma elegante de desaparecer.

¡Ahí entendí el legado!

No era un objeto ni una herencia que se exhibe. Era una facultad incómoda: la capacidad de devolver sentido donde la forma se ha vaciado; de reconciliar lo humano con lo construido, sin pedir permiso; de caminar y, sin proponérselo, desmentir la ciudad.

Nelia siguió su camino sin saberlo —como hacen los verdaderos operadores del milagro—. El paseo recuperó su ruido, su prisa, su selfie.

Yo me quedé un segundo más, guardando el ahora, que es un acto subversivo.

Desde entonces, cuando una presencia justa cruza una esquina precisa, Barcelona duda de sí misma. Y yo, callejero, sonrío con ironía tranquila: los magos acertaron.

El legado no se hereda.

Camina.

 

jueves, 25 de junio de 2026

¿POR QUÉ YA NO NOS MIRAMOS A LOS OJOS?: El verdugo del índice (74)

 ¿POR QUÉ YA NO NOS MIRAMOS A LOS OJOS?: El verdugo del índice




—¡Mírame cuando te hablo! —

No hacerlo era casi un acto de rebeldía en los años sesenta. Una falta de respeto. Un pequeño motín familiar contra las buenas costumbres. En muchos lugares del Perú, las llamadas telefónicas pasaban por una central, el telegrama seguía vigente y no todos tenían teléfono en casa. Por eso, la comunicación interpersonal era intensa, inevitablemente humana.

La gente se saludaba de vereda a vereda. Las calles tenían menos ruido y más rostros. A las damas y a los mayores se les cedía el lado de la pared. Había tiempo para reconocer quién venía caminando a lo lejos. Las conversaciones gozaban de algo que hoy parece artículo de museo: atención sostenida. Uno escuchaba y esperaba prudentemente el turno para hablar.

Hoy, la escena es distinta.

Caminamos rápido. Vemos, pero no miramos. Mucho menos contemplamos. Cabeza gacha, ojos clavados en el celular, avanzamos por cualquier lado de la vereda como si la ciudad fuera una pista de obstáculos. Los mayores incomodan, porque avanzan lento. Don Gonzalo intenta cruzar la calle mientras un ejército de jóvenes lo esquiva sin levantar la vista de la pantalla.

El índice se ha convertido en verdugo profesional: pasa inmisericordemente de noticia en noticia, de video en video, de aplicación en aplicación. Somos como aquellas piedrecitas planas que lanzábamos al mar para ver cuántas veces rebotaban antes de hundirse. Solo que, ahora el rebote ocurre dentro de nuestra cabeza.

¿Hay conversaciones? Más bien, hay ansiedad.

Basta escuchar el sonido de una notificación para que el cuerpo entre en alerta. La neurociencia explica que cada mensaje activa circuitos de recompensa relacionados con la dopamina, neurotransmisor vinculado al placer y la expectativa. El cerebro aprende rápidamente que detrás de cada vibración podría venir una sorpresa. Y queda atrapado buscando la siguiente.

Por eso, nos cuesta sostener la atención. La corteza prefrontal, encargada de concentrarse y reflexionar, termina fatigada por el exceso de estímulos. Saltamos de un tema a otro sin profundizar en ninguno. Sabemos de todo un poco y comprendemos cada vez menos.

El filósofo Byung-Chul Han sostiene que vivimos en una sociedad agotada por la hiperestimulación. Yo sospecho que también vivimos en una sociedad incapaz de quedarse quieta, siempre está ansiosa. Blaise Pascal decía que gran parte de los problemas humanos nacen de no saber permanecer solos en silencio dentro de una habitación. Hoy, ni siquiera entramos al baño sin llevar el celular.

¿Y el saludo? ¿Y la contemplación del mundo?

Las pantallas nos han absorbido lentamente. Mientras tanto, la tarde sigue cayendo hermosa sobre la ciudad… aunque, ya casi nadie levante la mirada para verla.

 

lunes, 22 de junio de 2026

DECIR LA VERDAD ES MOLESTO (P-06)

 *Crónica de una incomodidad compartida*



Hay verdades que entran a una habitación como una ráfaga de viento. No rompen nada, pero desordenan. Mueven las cortinas de las costumbres, levantan el polvo de las creencias y obligan a mirar aquello que preferíamos mantener oculto. Quizá por eso decir la verdad suele resultar incómodo. No porque sea agresiva, sino porque tiene la extraña costumbre de iluminar rincones que muchos preferirían conservar en penumbra.

El despertador suena a las 6:30 a.m. En la cocina, Rosa pregunta: «¿César, me queda bien este pantalón?». Sabe que la respuesta honesta desatará un silencio gélido, así que dice “te ves genial”. En la oficina, el jefe presenta una idea catastrófica. Todos asienten como muñecos. Jorge susurra “es una locura”, pero nadie lo dice en voz alta.

¿Por qué nos cuesta tanto la honestidad? Porque decir la verdad es un acto profundamente molesto.

Durante miles de años, sobrevivir dependía de mantener el grupo unido. Decir algo que generara conflicto podía significar quedar fuera del círculo, y quedar fuera del círculo, en la prehistoria, podía significar morir de hambre o ser presa fácil. Por eso, evolutivamente, mentir un poco —o callar mucho— se volvió una estrategia de cohesión social más que un defecto moral. La evolución nos diseñó para encajar, no para tener la razón.

La antropología responde: supervivencia. Miles de años manteniendo el grupo unido. Una verdad incómoda podía costar el destierro.

Las neurociencias lo confirman. Cuando anticipamos decir algo desagradable, se activa la ínsula, la misma región que procesa el dolor físico. Y al escuchar una verdad cruda, se activa la amígdala, la zona del pánico. Literalmente, una verdad incómoda duele como un golpe, ya sea que la digamos o la recibamos.

Pienso en Platón y su alegoría de la caverna: al que baja a decir que solo ven sombras, lo destierran. Hoy no nos destierran, pero aplican la ley del hielo o la cancelación en redes. Si tomaran un café Nietzsche y Sam Harris coincidirían en que la mentira social funciona como un lubricante: permite que la maquinaria humana funcione sin fricciones constantes. Pero, ese lubricante tiene un costo. Cada mentira pequeña —"no pasa nada", "todo bien"— construye una distancia microscópica entre las personas, que con el tiempo se acumula.

Y aquí, entra la intuición colectiva, esa sabiduría de la calle. El panadero, la cajera, el taxista, el amigo que dice “se ve increíble” sobre un platillo que salió mal: todos operamos bajo el mismo pacto tácito de amabilidades prefabricadas. Porque, la verdad desnuda exige un gasto emocional que nadie quiere pagar un lunes por la mañana.

Pero, esa verdad no desaparece por evitarla; se acumula. Como dice doña Enriqueta en el mercado, mientras pela tomates: “La verdad es como el ají: pica, pero a veces te limpia la garganta”. Quizás, el secreto no sea ser brutalmente honestos, sino aprender a sostenerla con un poco de compasión. Esa honestidad cotidiana, dicha casi en un susurro, es quizá la más valiente de todas.

jueves, 18 de junio de 2026

EL "NO" QUE SALVA SILENCIOSAMENTE TU VIDA (73)


El “NO” que salva silenciosamente tu vida

Iba en el bus junto a mi amiga Liliana Bianco, salíamos de Pacasmayo rumbo a Trujillo. Afuera, el paisaje costeño parecía avanzar con esa calma engañosa de las carreteras largas, mientras dentro del vehículo la conversación tomaba otro rumbo. De pronto, Liliana me preguntó:

—¿Qué pasa con nuestro cerebro cuando escucha la palabra “NO”? ¿Es bueno… o es malo?

Me quedé mirando las interminables dunas del desierto norteño mientras buscaba una respuesta. Porque, el “NO” tiene mala fama. Desde niños lo asociamos al castigo, a la prohibición, al rechazo. “No hagas eso”. “No corras”. “No toques” o el terrible “No puedes”. Quizá por eso muchos adultos crecen intentando evitarlo, como si decir “NO” fuera una forma de violencia silenciosa.

Pero, el cerebro humano no siempre lo interpreta así. A veces, el “NO” es un acto de supervivencia.

Si alguien grita: “¡NO CRUCES!”, mientras un automóvil se aproxima, la mente no se detiene a debatir significados. Allí actúa la amígdala cerebral, esa antigua centinela emocional que reacciona antes que la razón. El “NO” se convierte en un freno biológico instantáneo. En esos segundos, no es una palabra negativa: es un salvavidas. Sin embargo, fuera del peligro físico, el “NO” adquiere otra dimensión más profunda y cotidiana. Aprender a decirlo es una forma de cuidar la propia salud mental. Hay personas que aceptan todo: favores interminables, reuniones innecesarias, conversaciones invasivas, compromisos que no desean. Y cada “sí” obligado va dejando pequeñas grietas invisibles en el cerebro emocional.

La neurociencia ha demostrado que el estrés sostenido no proviene solamente de los grandes problemas, sino también de esas renuncias diarias a uno mismo. Curiosamente, el pequeño malestar de decir:

“Te agradezco, pero esta vez no podré”, produce menos desgaste emocional que soportar en silencio aquello que no queremos hacer.

Decir “NO” no siempre es rechazar al otro. A veces, es rescatarse a uno mismo.

Existe además una hermosa paradoja: cada vez que pronunciamos un “NO” consciente, en realidad estamos diciendo un enorme “SÍ”.

“No” a quedarnos atrapados trabajando hasta la madrugada, es “Sí” a caminar tranquilos al atardecer.

“No” a relaciones que asfixian, es “Sí” a la paz interior.

“No” al ruido constante, es “Sí” al silencio donde uno vuelve a escucharse.

Quizá. la sabiduría no consista en vivir diciendo no a todo, ni tampoco en regalarle el sí al mundo entero. El verdadero equilibrio está en comprender que el “NO” también puede ser una forma de amor: amor propio, amor al tiempo, amor a la calma.

Porque, hay palabras que cierran puertas.

Pero, también existen “NO” que abren la posibilidad de vivir bajo nuestros propios términos.


 

domingo, 14 de junio de 2026

LOS TELÓMEROS: O CÓMO EL TÓXICO DE TURNO TE ROBA HASTA EL ADN (P-05)

LOS TELÓMEROS: O CÓMO EL TÓXICO DE TURNO TE ROBA HASTA EL ADN


Hay personas que con solo aparecer en la habitación —o peor, en tu pantalla— logran que malogren tu día en cuestión de segundos. No es magia negra ni exageración tuya. Es neurociencia pura y dura.

Cuando alguien nos humilla, nos juzga o nos empuja fuera de nuestra zona de confort, el cerebro activa la amígdala —ese pequeño vigilante prehistórico que vive en tu cerebro— y ordena una avalancha de cortisol, la hormona del estrés. El cuerpo entra en alerta máxima: sube la presión, se tensa la musculatura, se altera la microbiota intestinal —ese segundo cerebro que vive en tu barriga y que resulta ser más sabio de lo que creíamos—. Todo por culpa de alguien que, en el fondo, probablemente tampoco es muy feliz.

Pero, aquí viene lo que la mayoría no sabe, y que la Dra. Elizabeth Blackburn —premio Nobel de Medicina 2009— confirmó con investigación rigurosa: el estrés crónico acorta los telómeros, esos pequeños "capuchones" que protegen los extremos de nuestros cromosomas, como la puntita de plástico que evita que el cordón del zapato se deshilache. Cada vez que la célula se divide, el telómero se acorta un poco. Es el reloj biológico del envejecimiento. Por eso, cuando tenemos un estrés sostenido lo va a erosionar más rápido de lo normal, el resultado es demoledor: enfermedades cardiovasculares, mayor vulnerabilidad al cáncer, deterioro cognitivo temprano. Se han medido telómeros de personas de 45 años con una longitud equivalente a la de alguien de 63. Casi, veinte años robados. Sin pedirlos prestados.

La buena noticia —porque siempre hay una, aunque cueste encontrarla— es que existe una enzima llamada telomerasa que puede reparar y alargar los telómeros dañados. Y su activación depende, entre otras cosas, de reducir el estrés crónico, dormir bien, hacer ejercicio moderado y cultivar vínculos emocionalmente nutritivos. La biología, por una vez, está de nuestro lado.

Entonces, la pregunta no es si el tóxico está afectando tu vida. Sino ¿cuánto poder le estás entregando? Porque, cuando permites que su mirada de desprecio, su comentario envenenado o su silencio calculado te revuelva las entrañas durante horas, no solo sufres emocionalmente. Estás envejeciendo en tiempo real.

Ponerse un impermeable psicológico no es indiferencia ni cobardía. Es la decisión más inteligente —y más saludable— que puedes tomar. Prepararte mentalmente para que lo que arroja ese tóxico te resbale, no se adhiera a ti, no se convierta en el rumor de fondo de tu noche. Es elegir ser dueño de tus propias células, en vez de regalarlas al primero que llegue con su malhumor cargado.

No podemos darnos el lujo de envejecer un año más por culpa ajena.

Eso, al final, es lo más subversivo que puedes hacer: negarte a que te cobren en años de vida una deuda que jamás contrajiste. 

jueves, 11 de junio de 2026

¿QUÉ PIENSAS CUANDO TÚ PIENSAS? (72)

¿Qué piensas cuando tú piensas?


¿QUÉ PIENSAS CUANDO TÚ PIENSAS?

Oswaldo salió temprano de casa. Mientras caminaba hacia la bodega, sacó automáticamente el celular. No sabía exactamente qué quería revisar, pero terminó viendo videos, leyendo titulares alarmantes y molestándose por una noticia que ni siquiera había buscado. Minutos después, ya con el café en la mano, comentó:

—Últimamente, todo el mundo piensa igual.

Quizá sin saberlo, acababa de rozar una de las preguntas más inquietantes de nuestra época:

¿Cuánto de lo que creemos decidir, realmente nace en nosotros?

La llamada “ingeniería social” suele sonar a conspiración o manipulación secreta. Sin embargo, la ciencia la entiende de manera más compleja y cotidiana. La psicología cognitiva, la economía conductual y la neurociencia llevan años demostrando que el cerebro humano utiliza atajos mentales para ahorrar energía. Pensar profundamente cada decisión sería agotador. Por eso, automatizamos conductas, nos ponemos en ‘modo automático’ para repetir hábitos y reaccionamos emocionalmente antes de reflexionar.

Daniel Kahneman explicó que gran parte de nuestras decisiones proviene de un sistema mental rápido, intuitivo y automático. Y, allí aparece el verdadero terreno de influencia.

Vilma entra al supermercado convencida de comprar solo pan y leche. Sale con chocolates, ofertas “increíbles” y productos colocados estratégicamente a la altura de sus ojos. No es casualidad. Existe toda una arquitectura diseñada para orientar comportamientos sin prohibir opciones.

Algo parecido ocurre en las redes sociales. Los algoritmos descubren qué nos emociona, qué nos gusta, qué nos fastidia y cuánto tiempo permanecemos mirando una publicación. Cada clic deja rastros. Poco a poco, las plataformas aprenden nuestros gustos, temores y afinidades. No controlan completamente nuestras decisiones, pero sí aumentan la probabilidad de conocer ciertas reacciones nuestras.

La ciencia respalda esto. También, respalda otra verdad incómoda: somos mucho más emocionales de lo que creemos.

Por eso, las discusiones políticas en una reunión familiar terminan muchas veces en trincheras afectivas más que en debates racionales. Ya no defendemos solo ideas; defendemos identidades, pertenencias y emociones.

Pero, tampoco debemos caer en el extremo de pensar que somos simples marionetas manipuladas por pantallas. El cerebro humano posee algo extraordinario: capacidad de conciencia y reflexión. Podemos detener automatismos, revisar prejuicios y cuestionar estímulos.

Tal vez, allí resida hoy la verdadera libertad.

No en vivir libres de influencia —eso es imposible—, sino, en desarrollar la capacidad de reconocer cuándo alguien intenta decidir por nosotros sin que lo notemos.

Porque, la ingeniería social más peligrosa no siempre obliga.
A veces simplemente nos evita el esfuerzo de pensar.

 

lunes, 8 de junio de 2026

DE LA LAMPA AL ALGORITMO (P-04)

LA HISTORIA DE LAS HERRAMIENTAS QUE NOS HICIERON HUMANOS... Y AMENAZAN CON DEJARNOS SEMBRANDO A MANO


Hace diez mil años, alguien cambió un palo por una lampa. Probablemente, hubo quien protestó: "con el palo siempre fue suficiente." Ese alguien cosechó menos. La historia de la civilización es, en buena parte, la historia de las herramientas que integraron varios problemas en una sola solución —y de los que se resistieron a usarlas.

Lo que hoy vivimos no es distinto. Solo, más rápido.

En 1992, IBM presentó el Simon Personal Communicator. Era teléfono, máquina de fax, buscapersonas, correo electrónico, libreta de direcciones, calendario y calculadora, todo en un único dispositivo con pantalla táctil. Pesaba medio kilo y costaba casi novecientos dólares. Era torpe, caro y prematuro. Pero, era también el futuro.

Ocho años después, en 2001, Steve Jobs subió al escenario con algo que cabía en un bolsillo y redefinió para siempre lo que significa trabajar. El escritorio del profesional —ese caos de agendas, máquinas de escribir, calculadoras, mapas de papel y directorios telefónicos— migró a un rectángulo de vidrio. La convergencia ya no era una promesa; era una realidad cotidiana.

Y, sin embargo, cada generación de herramientas dejó a alguien rezagado. El agricultor que no aprendió a usar el tractor. El mecanógrafo que ignoró el procesador de textos. El contador que desconfió de las hojas de cálculo. No los venció la mala suerte, los venció su propia resistencia. La tecnología no es cruel: simplemente avanza, y espera a quien quiera acompañarla.

Hoy, estamos en otro umbral. Google acaba de presentar Workspace Intelligence, una nueva capa que conecta Gmail, Drive, Documentos, Hojas de cálculo y Meet en un solo tejido inteligente que entiende proyectos, relaciones entre documentos y prioridades para ejecutar tareas con mayor autonomía. Ya no se trata de tener muchas herramientas. Se trata de que las herramientas se entiendan entre sí y trabajen, mientras tú piensas.

Y la razón neurológica de esto importa más de lo que parece. La Dra. Gloria Mark, de la Universidad de California, comprobó que cada vez que interrumpimos una tarea para cambiar de aplicación o de dispositivo, el cerebro tarda 23 minutos y 15 segundos en recuperar el ritmo de concentración previo. Ese, es el peaje mental que pagamos en silencio, varias veces al día, sin que aparezca en ninguna factura.

La convergencia tecnológica no es una moda de Silicon Valley. Es la respuesta más antigua de la humanidad a un problema eterno: hacer más con menos esfuerzo, para que el tiempo que nos queda sea nuestro.

La lampa reemplazó al palo. El tractor reemplazó a la lampa. El dron abona hoy campos que antes requerían decenas de manos. Cada vez, que alguien dijo "esto no es para mí". El mundo siguió girando sin esperarle.

La pregunta no es si la tecnología va a cambiar tu forma de trabajar. Ya lo está haciendo. La pregunta es si vas a ser el que conduce el dron, o el que lo mira pasar desde la orilla del camino.

 

jueves, 4 de junio de 2026

MIENTRAS DUDAS, LA VIDA SIGUE ENSAYANDO SIN TI (71)

Mientras dudas, la vida sigue ensayando sin ti


MIENTRAS DUDAS, LA VIDA SIGUE ENSAYANDO SIN TI

El Pollito Núñez se quedó varios minutos frente a la vitrina de la panadería. No era hambre exactamente. Era indecisión. Dudaba entre el mismo croissant de siempre o probar ese pan nuevo, de nombre impronunciable, que alguien había dejado estratégicamente iluminado. Detrás de él, una señora pidió sin titubeos, pagó y se fue. Luego, un joven hizo lo mismo. Pollito Núñez seguía allí, como si elegir un pan fuese una declaración de principios.

Finalmente, pidió lo de siempre.

Al salir, mientras caminaba con su bolsa tibia, tuvo una sensación incómoda: no era el pan lo que había evitado. Era el pequeño riesgo de cambiar. Esa mínima incomodidad que, sin hacer ruido, gobierna decisiones más grandes de las que estamos dispuestos a admitir.

Porque, no solemos paralizarnos en lo extraordinario. Nos detenemos en lo de siempre. En ese mensaje que dejamos en borrador, en la llamada que postergamos “para mañana”, en el curso que seguimos acumulando sin aplicar, en el proyecto que “todavía no está listo”, en esa idea que preferimos seguir afinando antes que exponerla. Y mientras tanto, alguien —no necesariamente más capaz— ya empezó: publicó, llamó, propuso, se equivocó… y corrigió.

No es una cuestión de talento. Es, muchas veces, una cuestión de umbral. Hay quienes toleran mejor la incomodidad inicial. Entienden, quizá intuitivamente, lo que ya sugería William James: que el pensamiento cobra sentido cuando se prueba en la acción. O, lo que sostenía Jean-Paul Sartre: que somos, en última instancia, lo que hacemos, no lo que postergamos.

El cerebro, sin embargo, juega en contra. Prefiere lo conocido. Evalúa riesgos donde a veces solo hay posibilidades. Nos convence de que falta un curso más, una revisión adicional, un momento perfecto que rara vez llega. Y en ese elegante aplazamiento, nos regala la ilusión que estamos avanzando. Pero, no hay avance sin fricción, sin exposición, sin riesgo, sin ese ligero temblor de no tenerlo todo bajo control.

Pollito Núñez no fracasó por elegir el mismo pan. Pero, esa escena, tan común, tenía algo de espejo. ¿Cuántas veces repetimos lo conocido no por convicción, sino por evitar el pequeño vértigo de lo nuevo?

Dar el paso no siempre es épico. A veces, es casi invisible. Es enviar ese correo sin releerlo diez veces. Es inscribirse ¡hoy! No “cuando tenga tiempo”. Es hablar en esa reunión, aunque la voz tiemble. Es mostrar un borrador en lugar de esperar la obra perfecta. Es salir a caminar diez minutos cuando el cuerpo pide quedarse. Es decir “no sé, pero puedo intentarlo”. Es empezar con una versión mínima, imperfecta, pero real.

No se trata de lanzarse sin pensar. Tampoco, de romantizar la improvisación. Se trata de reconocer ese punto en el que la preparación deja de sumar y empieza a esconder. Ese instante en que la duda ya no protege, sino que posterga. Porque, la experiencia no se descarga: se construye.

La vida, al final, no espera a que estemos listos. Ensaya con quienes se atreven a empezar con lo que tienen. Y aprende con ellos.

Quizá mañana, Pollito Núñez, vuelva a la panadería. Tal vez, pida lo mismo. O, tal vez no. Pero si algo cambia, no será el pan. Será ese leve desplazamiento interior —casi imperceptible, pero decisivo— que ocurre cuando uno deja de ensayar en la cabeza y se anima, por fin, a ensayar en la vida.

 

 

domingo, 31 de mayo de 2026

¿ANALFABETOS SENSORIALES? (P-03)

 

EL OLOR DEL REGRESO

Hoy es domingo. El reloj marcaba las 8:30 de la mañana cuando unas cuantas preocupaciones suspendidas en el aire me hicieron a salir. Mi rutina suele ser predecible: camino de lunes a viernes, juego mi partidito de fulbito los sábados y los domingos acostumbro a concederle descanso al cuerpo. Sin embargo, algo distinto ocurría esta mañana. El clima en Lima está cambiando; el sol había decidido postergar su aparición y una atmósfera gris, templada y silenciosa parecía cubrir la ciudad con una manta ligera. Sentí entonces un llamado difícil de explicar, una invitación discreta que me condujo hacia el parque grande de mi urbanización.

Salí sin rumbo fijo. Dejé que fueran los pasos quienes tomaran las decisiones. Caminé entre las zonas verdes observando y tocando los árboles, senderos y algunas personas que parecían compartir el mismo deseo de encontrarse con la mañana. Fue entonces cuando un aroma me detuvo en seco: acababan de cortar el pasto.

Ese olor, que siempre ha ejercido una atracción magnética sobre mí, abrió una puerta que la tenía un poco olvidada. En cuestión de segundos ya no estaba en Lima. Me vi de nuevo en el pequeño jardín de mi casa, regando descalzo sobre la tierra húmeda. Sentí el agua escurriéndose entre los dedos de los pies y la textura irregular del suelo bajo la planta. Aquella sensación, a su vez, me llevó mucho más lejos, hasta las playas de mi Pacasmayo natal, donde aprendí a reconocer el contraste entre la arena caliente y el frescor que dejaba el mar al retirarse.

Tuve la fortuna de crecer entre valles y chacras. Salté acequias, perseguí mariposas, trepé árboles y arranqué higos y guayabas directamente de las ramas. Más adelante, la vida me llevó por Pucallpa y Yurimaguas, donde descubrí otra forma de relación con la naturaleza: el calor intenso, la exuberancia vegetal, la humedad que parece abrazarlo todo. Hoy, a mis setenta años, comprendo que aquellas experiencias no fueron simples recuerdos de infancia. Fueron los ladrillos invisibles con los que se construyó mi arquitectura emocional.

Quizá, por eso el olor del pasto recién cortado tiene sobre mí un efecto tan poderoso. No despierta únicamente recuerdos; despierta una manera de estar en el mundo.

Vivimos en ciudades donde el concreto ocupa cada vez más espacio y donde las pantallas median buena parte de nuestras relaciones. Hemos aprendido a dominar tecnologías extraordinarias, pero muchas veces hemos olvidado algo elemental: somos una especie nacida al aire libre. Durante cientos de miles de años nuestros sentidos evolucionaron escuchando el viento, observando horizontes abiertos, sintiendo la lluvia sobre la piel y reconociendo aromas que anunciaban alimento, refugio o peligro.

Sin darnos cuenta, nos hemos convertido en una suerte de analfabetos sensoriales. Sabemos interpretar gráficos, códigos y algoritmos, pero hemos perdido práctica para leer las señales del mundo natural. Y el cerebro, aunque se adapte admirablemente a los cambios, sigue necesitando aquello para lo que fue diseñado.

Los antiguos filósofos intuían esta verdad. Los estoicos hablaban de vivir de acuerdo con la naturaleza. Los pensadores griegos concebían al ser humano como un microcosmos que reflejaba el orden del universo. Siglos después, la fenomenología insistiría en la importancia de regresar a la experiencia directa, a las cosas mismas, antes de que las cubramos con interpretaciones y distracciones.

La neurociencia contemporánea parece dialogar con ellos desde otro lenguaje. Hoy, sabemos que el aroma del pasto cortado contiene compuestos orgánicos que las plantas liberan como respuesta a una agresión. Paradójicamente, aquello que para la planta es una señal de resiliencia produce en nosotros una disminución del cortisol, la hormona asociada al estrés. El olor a tierra mojada, conocido como petricor, activa regiones cerebrales vinculadas con la memoria y las emociones, provocando una sensación de bienestar difícil de describir con palabras.

El olfato realiza este viaje sin intermediarios. Pero, el tacto tampoco se queda atrás. La planta del pie contiene miles de terminaciones nerviosas que informan constantemente al cerebro sobre la superficie que pisamos. Caminar descalzo sobre la arena, el césped o la tierra húmeda incrementa la propiocepción, mejora la percepción corporal y favorece la liberación de sustancias asociadas al bienestar. Es como si el cuerpo recordara algo que la mente había olvidado.

Incluso la mirada encuentra alivio en la naturaleza. Las hojas de los árboles, las ramas, las nubes o las olas del mar presentan patrones fractales que el cerebro procesa con especial eficiencia. Al observarlos disminuye la fatiga mental y aparece una sensación que algunos investigadores denominan “fascinación suave”: una atención tranquila que descansa sin desconectarse.

Mientras caminaba por aquel parque limeño comprendí que muchas veces buscamos respuestas complejas para problemas que tienen necesidades sencillas. Queremos combatir el estrés acumulando más actividades. Buscamos serenidad en aplicaciones que nos enseñan a respirar. Anhelamos equilibrio mientras nos alejamos de aquello que naturalmente nos equilibra.

Tal vez, por eso esta mañana no fue un simple paseo. Fue un recordatorio.

No estamos sobre la Tierra como quien ocupa una propiedad ajena. Somos parte de ella. La misma química que circula por la savia de un árbol comparte elementos con la que sostiene nuestra vida. El mismo sol que alimenta los bosques marca nuestros ritmos biológicos. El mismo aire que mueve las hojas entra y sale de nuestros pulmones.

Practicar esta resistencia consciente mediante pequeñas pausas activas —caminar entre árboles, tocar una corteza, respirar profundamente una tarde gris o sentir el suelo bajo los pies— no es un ejercicio de nostalgia. Es una forma de higiene emocional. Es salud. Es cordura.

Y quizá, en tiempos donde todo parece exigir velocidad, productividad y urgencia, volver a escuchar el lenguaje silencioso de la naturaleza sea una de las formas más profundas de recordar quiénes somos.

Porque, al final, sintonizar con el latido del mundo no es regresar a ningún lugar lejano.

Es, simplemente, volver a casa.

jueves, 28 de mayo de 2026

DEJA DE HACERTE LA VÍCTIMA (70)

Deja de hacerte la víctima

DEJA DE HACERTE LA VÍCTIMA



Rubén “el loco” Cáceres no parecía un personaje trágico. No había perdido nada extraordinario, no arrastraba una historia de novela. Sin embargo, mientras se peina cada mañana frente al espejo, ensayaba la misma frase con disciplina casi religiosa: “otro día más o vamos sobreviviendo”. Lo decía con naturalidad, como quien comenta el clima. Y así, sin darse cuenta, fue convirtiendo su vida en un parte diario de resignación.

Un día —no por iluminación, sino por cansancio— decidió hacer algo diferente: escucharse. No hacia afuera, donde solemos cuidar las palabras, sino hacia adentro, donde podemos ser brutales, aquí no podemos engañarnos. Descubrió que su diálogo interno era una suma de pequeñas derrotas anticipadas. Nada grave por separado, pero devastador en conjunto.

Ese fue el inicio de su viaje. No hubo maletas ni aeropuertos, pero sí un desplazamiento más complejo: pasar de la queja automática a la observación consciente. Al principio, todo le sonaba impostado. Cambiar “no puedo” por “voy a intentarlo” le parecía un gesto casi tonto, como si estuviera engañándose. Y, sin embargo, persistió. No porque creyera en fórmulas mágicas, sino porque empezó a sospechar que su manera de hablarse no era inocente.

La filosofía ya había dejado pistas. Epicteto advertía que no son los hechos los que nos perturban, sino la interpretación que hacemos de ellos. El Loco Cáceres no podía cambiar todo lo que le ocurría, pero sí la narrativa con la que lo enfrentaba. Y eso, aunque parezca menor, alteraba su disposición a actuar.

Más adelante, casi como quien tropieza con una idea en una conversación con Rosendo, se encontró con el concepto del “cuidado de sí” de Michel Foucault. No era un permiso para la compasión, sino una exigencia: tratarse con dignidad, incluso cuando uno falla. Sobre todo, cuando uno falla.

La ciencia, por su parte, no desmintió su intuición. La neuroplasticidad le daba una base concreta: repetir una forma de pensamiento no es bueno; deja huella, crea caminos, facilita que esa misma ruta se recorra otra vez. El Loco Cáceres entendió, entonces que su antiguo “sobreviviendo” no era solo una palabra: era un entrenamiento.

Pero, no todo fue lineal. Hubo días en que volvió a su viejo libreto con una precisión admirable. “No sirvo para esto”, “otra vez igual”, “para qué intento”. La diferencia es que ahora lo notaba. Y en ese pequeño acto de notar, algo cambiaba. Ya no era un reflejo automático; era una elección en disputa.

Con el tiempo, su lenguaje empezó a cambiar. No hacia un optimismo ingenuo —no se repetía “todo está perfecto”—, sino hacia una honestidad menos cruel. “Esto no salió bien, pero puedo corregirlo”. “Hoy avancé poco, pero avancé”. Frases modestas, casi discretas, pero que iban reordenando su relación consigo mismo.

Curiosamente, nada espectacular ocurrió afuera. El mundo siguió siendo el mismo: exigente, impredecible, a veces ingrato. Lo que cambió fue la forma en que Rubén “el loco” Cáceres se habitaba. Dejó de tratarse como un problema y empezó a tratarse como un proceso.

Y eso, aunque no se anuncie en titulares, tiene consecuencias. Porque, dejar de hacerse la víctima no es negar el dolor ni maquillar la dificultad. Es dejar de convertir cada tropiezo en identidad. Es mirarse sin complacencia, pero también sin desprecio. Es, en el fondo, una forma de respeto.

El Loco Cáceres no se volvió extraordinario. Pero, dejó de decir “sobrevivo” como si fuera una condena. Ahora, cuando le preguntan cómo está, a veces responde —con una media sonrisa, casi irónica—: “aprendiendo”.

Y quizá, en ese verbo, haya más verdad que en todas sus antiguas certezas.

viernes, 22 de mayo de 2026

*NO VEMOS LAS COSAS COMO SON, SINO COMO SOMOS* (P-02)


Lo que ves no es lo que hay. Es lo que traes.

 


Raúl y Josefina están en el sofá, viendo Netflix. En la pantalla, un personaje toma una decisión difícil: deja su trabajo estable para perseguir un sueño incierto. Raúl suelta un "qué valiente". Josefina, al mismo tiempo, dice "qué irresponsable". Se miran. La discusión no tarda en llegar. No hay mala intención. Nadie miente. Solo que cada uno vio una película distinta en la misma escena.

La pelea empieza por nada —un comentario, un tono de voz, una palabra con muchas interpretaciones— pero, debajo hay algo enorme: dos historias completas que no logran traducirse. Raúl creció en una casa donde aplaudían los riesgos. Josefina, en una donde lo tradicional y la estabilidad lo era todo. Ninguno está equivocado. Ambos, ven con los ojos que la vida les formó.

La ciencia lo explica bonito: nuestro cerebro no es una cámara que graba la realidad. Es más bien un traductor que inventa lo que vemos. En milésimas de segundo, mezcla lo que pasa afuera con todo lo que hemos vivido: nuestras heridas, nuestras ganas, nuestra forma de querer. Por eso, nunca vemos el mundo directamente. Siempre, lo contamos desde adentro.

La escritora Anaïs Nin lo dejó claro hace tiempo: "No vemos las cosas como son, sino como somos". Nietzsche, más radical, decía que ni siquiera existen hechos, solo interpretaciones. Hoy, los neurocientíficos les dan la razón, pero con escáneres y gráficas. Lo que percibimos es, en buena medida, nuestra propia biografía.

Pongamos un ejemplo más claro. Imagina a Nelson viendo la misma discusión en una reunión familiar. Para él, el silencio de su padre es respeto. Para Abel, es indiferencia. Los dos tienen razón. Los dos crecieron en mundos distintos. El problema no es que vean distinto: es que creen que ven igual.

O, pensemos en el amor. ¿Queremos a la persona que está enfrente, o queremos la versión que nuestro cerebro construyó de ella? Porque, a veces discutimos más con esa versión imaginaria que con la persona real.

Y, esto no es nuevo. En otras épocas, tener un amante no era escándalo: era, para muchas mujeres, una forma de sobrevivir. Compañía, techo, acceso a un mundo cerrado. No era rebeldía, era inteligencia práctica. La antropología lo dice bonito: los vínculos humanos siempre han sido negociaciones de recursos, pertenencia y seguridad. Cambia el disfraz, pero el baile de fondo es el mismo.

Hoy vemos futbolistas millonarios con contratos enormes, pero también con sus bienes a nombre de la mamá. Es fácil pensar que es solo por impuestos. Pero hay algo más profundo: el cerebro sigue buscando el lugar donde no hay trampa. El origen. Lo que nunca negocia.

Las leyes cambian. Las modas, también. Pero, la necesidad de sentirse en casa, de pertenecer, de que alguien no te falle… eso sigue intacto. Solo que cada época le pone su ropa.

Así que, la próxima vez que pelees por una palabra o un gesto, recuerda: tal vez ninguno está loco. Solo están viendo el mismo momento con ojos que aprendieron a mirar distinto. Y quizá, solo quizá, el amor no sea ver lo mismo, sino tener la paciencia de asomarse a la ventana del otro.

 

EL CEREBRO FABRICA ESTADOS (P-09)

EL CEREBRO FABRICA ESTADOS https://www.prensamerica.com/retazos/el-cerebro-fabrica-estados Francesca mira el reloj por quinta vez en menos d...