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jueves, 14 de mayo de 2026

“MEMORIA: ESE RELATO QUE NUNCA TERMINA” (68)

“Memoria: ese relato que nunca termina”

“Memoria: ese relato que nunca termina”

A veces, creemos que recordar es volver. Como si la memoria fuera una puerta que se abre y nos deja entrar, intactos, a lo que fuimos. Pero no. La memoria no es una puerta: es un taller.

Con los años, no solo olvidamos: reescribimos.

La ciencia lo explica sin dramatismos. Cada vez que evocamos un recuerdo, este se vuelve moldeable. No regresa como una fotografía, sino como un borrador que se ajusta antes de volver a guardarse. A ese proceso se le conoce como reconsolidación. Dicho en sencillo: cada recuerdo que contamos ya no es exactamente el mismo que vivimos.

Y, no es un error. Es una necesidad.

El cerebro no busca fidelidad absoluta, busca coherencia. Necesita que lo vivido encaje con quien somos hoy. Por eso, sin darnos cuenta, suavizamos ciertas escenas, acentuamos otras, eliminamos aristas que incomodan. No mentimos: organizamos.

Piense en esas historias familiares que se repiten en cada reunión. La anécdota es la misma, pero cambia el tono. Uno exagera, otro corrige, alguien calla un detalle. Y, sin embargo, todos sienten que hablan de lo mismo. En realidad, cada uno protege su lugar en ese pequeño universo compartido.

La antropología lo ha observado desde siempre. En muchas comunidades, el pasado no es un archivo rígido, sino un relato vivo que se ajusta para sostener valores, vínculos, identidades. No importa tanto la precisión del dato como el sentido que construye. También la filosofía lo intuyó. Friedrich Nietzsche advertía que recordamos en función de lo que nos permite vivir. Y Paul Ricoeur fue más allá: somos, en gran medida, la historia que nos contamos sobre nosotros mismos.

Basta mirar la vida cotidiana. Aquella ruptura amorosa que, en su momento, parecía devastadora, con el tiempo se convierte en aprendizaje. El padre severo de la infancia, años después, aparece con matices: ya no solo dureza, también esfuerzo, contexto, límites de época. No cambiaron los hechos. Cambió la mirada.

Reescribir no es falsificar. Es darle al pasado una forma habitable.

Claro que hay riesgos. Podemos idealizar, negar, deformar. Pero en su justa medida, este ejercicio silencioso nos permite seguir adelante sin quedar atrapados en lo que fuimos.

Quizá por eso conviene desconfiar un poco de quien afirma recordar todo tal como ocurrió. No porque mienta, sino porque nadie tiene acceso directo a lo vivido. La memoria no conserva, interpreta.

Y en ese acto, casi imperceptible, vamos editando la única historia que realmente nos pertenece: la de nosotros mismos.



lunes, 25 de agosto de 2025

LA OSADÍA DE ESCRIBIR: ¿Acto de libertad o locura sin cartón’? 30

“La osadía de escribir: ¿Acto de libertad o locura sin ‘cartón’?”

https://diarioviral.pe/opinion/la-osadia-de-escribir-acto-de-libertad-o-locura-sin-carton-45542


¡Voy a ser escritor! Planta la cara Mario ¡Horror! Grita la mamá y el papá echa furia por los ojos. La exclamación, que bien podría ser sacada de alguna telenovela, resuena hoy, con una mezcla de osadía y vértigo. La sociedad moderna, pragmática hasta la médula, nos interroga con el ceño fruncido: ¿Escritor? ¿Acaso no aspiras a la seguridad de tener un "cartón", a una profesión respetable?

Filosóficamente, esta inquietud nos remonta a la eterna tensión entre el poiesis aristotélico, el acto creativo que moldea la realidad, y la necesidad de una función socialmente reconocida. Desde la neurociencia, comprendemos que el impulso escritural reside en intrincadas redes neuronales, un anhelo por ordenar el caos interno, por dar forma lingüística a las confusiones de la conciencia. Es una pulsión que desafía la lógica lineal del hemisferio izquierdo, buscando la expansión metafórica y emocional que reside en el derecho.

¿Por qué, entonces esta "irresistible" necesidad? Quizás, porque la escritura es un acto de profunda libertad, una rebelión silenciosa contra los barrotes del miedo y la autocensura. Cada palabra trazada es un intento de comprender y compartir la intrincada red de emociones que nos define como humanos. El escritor se aventura en un territorio incierto, lanzando mensajes al éter sin garantía de resonancia. Pero, es en esa entrega, en ese acto de "prestar" el mundo interior, donde reside una forma singular de trascendencia. Al final, la escritura no busca un certificado, sino la improbable alquimia de tocar, aunque sea fugazmente, el alma de otro.

 

EL CEREBRO FABRICA ESTADOS (P-09)

EL CEREBRO FABRICA ESTADOS https://www.prensamerica.com/retazos/el-cerebro-fabrica-estados Francesca mira el reloj por quinta vez en menos d...