jueves, 29 de enero de 2026

CUANDO LA BOCA HABLA ANTES QUE NOSOTROS (53)




CUANDO LA BOCA HABLA ANTES QUE NOSOTROS

Clive sigue frente a la pantalla, pero ya no está ahí. Piensa en el almuerzo que lo espera en casa: un sabroso arroz con pato, ese olor que anuncia descanso y sobremesa. Sin darse cuenta, traga saliva. La boca se le humedece. No hay comida aún, pero el cuerpo se adelanta al placer. El lenguaje popular lo dice mejor que cualquier tratado: se me hace agua la boca. La expectativa ya activó la calma.

Beto sube las escaleras detrás de la bella Natalia con el corazón fuera de compás. Cada peldaño es una promesa. La cercanía, el perfume, la invitación a subir. En la gracia de su hermosura, Natalia lo tiene rendido. La saliva fluye generosa: el cuerpo anticipa caricias, palabras bajas, un desenlace largamente imaginado. Pero, algo se quiebra en el aire. Una frase ambigua, una sonrisa que se vuelve prudente, un gesto que marca distancia. Beto lo comprende sin que nadie se lo diga. La boca empieza a secarse. El cuerpo entiende antes que la razón: no habrá encuentro. La saliva se retira en silencio, como quien apaga las luces de una fiesta que nunca empezó.

Margott camina por el pasillo de la oficina. “El jefe quiere verte”. No sabe por qué, pero lo intuye todo. Los hombros se tensan, el estómago se contrae, la garganta se le seca. Carraspea. La saliva no llega. El cuerpo ha activado la alerta: no es tiempo de digerir, es tiempo de protegerse. El miedo apaga la humedad.

Albertín está atrapado en balances contables que no cuadran. El reloj avanza, el plazo se acorta. Respira rápido, aprieta la mandíbula, traga en seco. El estrés se acumula y se refleja en su boca. Hasta que se detiene. Afloja los hombros, respira lento, masajea su rostro. No ha resuelto las cifras, pero algo se destraba: la saliva vuelve. El cuerpo envía otro mensaje: no hay peligro inmediato. Pensar vuelve a ser posible.

Pero la saliva no solo habla hacia adentro. También habla hacia los otros. De niños lo sabíamos bien. Antes de una pelea, alguien escupía al suelo. Pepe y Jorge se miraban fijo. El primero que pisaba el escupitajo aceptaba el combate y, además, obtenía una ventaja simbólica frente a la redondela de chiquillos que ya se había formado, ansiosa, expectante, hambrienta de golpes. La saliva sellaba el pacto.

En otras escenas, más crudas, el escupitajo va directo al rostro del enemigo. Es insulto, sí, pero también es desafío. Aun atados, maniatados, vencidos en fuerza o número, escupir es a veces el último recurso para decir: no me rindo. No hay armas, no hay palabras, pero queda la saliva como gesto final de desprecio o dignidad.

Algo similar ocurre cuando alguien pasa a nuestro lado y, sin mirarlo, escupimos sobre sus pasos. No buscamos herir el cuerpo, sino marcar simbólicamente el territorio: te rechazo, te anulo, te expulso.

La saliva, silenciosa y humilde, no solo acompaña la digestión: narra nuestra vida emocional y social. Anticipa el placer, denuncia el miedo, revela el estrés y, en su forma más áspera, expresa desafío y desprecio.

Tal vez no somos tan racionales como creemos. Tal vez, antes de que la mente articule razones, la boca ya ha dicho la verdad.

 


 

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