MONTCAFÉ
Un
grupo de turistas españoles a mi espalda comenta lo hermosa que es Lima. El
aire ha comenzado a refrescar y los rayos de sol se cuelan a través del cielo
gris. El café con leche está estupendo, cada vez es más difícil encontrar uno
malo.
Hay
algo en el aire de la Plaza de Armas, una quietud más profunda que el simple
silencio. Es el tipo de quietud que pocos intuyen, pero yo la percibo. Te veo
sentado en esa mesa, con el rostro absorto en la pantalla de tu laptop,
capturado por la fantasía de las palabras que escribes. Vas trazando retazos de
una estela que te lleva a un lugar que solo tú conoces. El vapor de tu “cortadito”
se eleva, un aroma que es una amalgama de recuerdos, una presencia que se ha
vuelto tangible en su ausencia.
Observas
la plaza con minuciosa atención, y la ves como un microcosmos de tu duelo. Miras
a los paseantes, pero no los ves del todo; cada uno es un fragmento de tu
propia pena. Un señor sexagenario habla solo, quizás a un compañero invisible
como el que te observa. Otro, sin cuidado, pasa un billete de cien soles de un
bolsillo a otro, con una premura que es espejo de la tuya. El estudiante
universitario con su "mochila de preocupaciones" es el reflejo de la
pesada carga que hoy llevas. La señora que transpira a pesar del frío es un eco
de la agitación interna que te consume. La anciana con su gorra y bufanda,
arrastrando los años, es un recordatorio de que la vida continúa su marcha,
inmutable.
Pasan
varios grupos de escolares con sus respectivos profesores y guías, conociendo y
reconociendo su ciudad. Te invaden sutiles vientos de nostalgia y recuerdas a
tu hermano Henry con la misma fuerza con la que evocas esas tardes de caminatas
junto a él y sus estudiantes. Hablas de una hermandad que se forjó al guiar y
cuidar a esos jóvenes. Henry, con su "impresionante alocución", los
tenía embelesados con sus historias, llevándolos por una especie de
"montaña rusa" al contarles los secretos de cada calle limeña.
Mientras, tú, su "seguridad", los mantenías alineados, contándolos y
protegiéndolos de cualquier riesgo. Juntos eran una unidad, un faro de guía
para los escolares, un tándem que se complementaba a la perfección. Una labor
que, sin saberlo, te preparaba para el desafío de hoy: guiar a tus propios
recuerdos a través del laberinto de la ausencia.
En
ese momento, el mensaje de tu hermana Adita te devuelve al epicentro del dolor.
Te habla de un sobre lacrado, amarillento por el tiempo, que ha dejado papá
para ser abierto después de su partida. Al verlo, ella sintió pena y sus ojos
se humedecieron. Lo llevarán a la notaría para que el notario lo abra. Al
imaginar la caligrafía de tu papá —sobria, elegante, firme— que perfila su
potente imagen de amor y autoridad, te estremeces.
En
ese instante, las campanas de la catedral comienzan a sonar, marcando las
11:45. Su tañido es diferente a cuando marcó la media hora. Estás atento a que
marquen el mediodía. Esta es tu segunda salida sin él, y se hace difícil. Miras
la silla vacía, pero en lugar de ver la ausencia, ves su esencia, y su sonrisa
y mirada te acogen.
Los
paseantes siguen desfilando por la pasarela de tu ventana. Hay turistas que
consultan el Waze para ubicarse, avanzando y retrocediendo hasta encontrar el
rumbo. Pasa un joven de unos treinta años que camina lento, con la paciencia de
quien analiza una situación difícil; su rostro refleja una preocupación ya
vencida. Dos amigas pasan sin conversar, con las miradas fijas en sus
celulares. Un par de jóvenes de barba hirsuta y ligeramente obesos avanzan con
un compás sincopado que les da el peso de más. Pasa un grupo de reporteros con
cámaras, focos y poca paciencia en busca de una noticia. Una joven ejecutiva
camina con paso seguro y elegante. Pasa una persona fumando, algo inusual. Dos
policías municipales caminan dueños del portal. La gente lleva abrigos, gorras,
zapatillas, carteras bien aseguradas y bufandas. Los zapatos van quedando
rezagados. Falta poco para las doce, y estás inquieto por escuchar las
campanadas que te dirán que ya es hora de regresar.
Las
campanas del mediodía suenan. No puedes contenerte y tu mirada se dirige de
nuevo a la silla vacía. Y en medio de todo este escrito, hay un susurro, una
voz que no es la tuya, pero que te habla al oído lo que ya sabes en lo más
profundo de tu corazón:
"Escribe.
No te detengas. Sigue, que yo te leo y te acompaño."


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