Cuando la mente se cruza en el camino: Pensamientos intrusivos
Pascual conduce sin prisa, va camino al club para jugar su partido de fulbito. El tráfico es el de siempre y la ciudad parece repetir sus gestos con mecánica paciencia. En el cruce entre las avenidas Angamos y Caminos del Inca, al girar el volante con precisión aprendida, un pensamiento lo asalta sin previo aviso. No guarda relación con la maniobra ni con el semáforo. Es una imagen breve, incómoda, casi absurda. Pascual frunce el ceño. ¿Por qué ahora?, se pregunta. ¿De dónde ha salido eso?El
auto sigue su curso, pero el pensamiento se queda unos metros más. Pascual
intenta apartarlo, piensa en el partido que va a jugar, se concentra en la
música, en el ruido del motor, en la ruta. Inútil. Cuanto más lo intenta, más
nítido se vuelve. Entonces, ocurre algo revelador: comprende que no ha elegido
pensar eso. La mente, como un copiloto caprichoso, ha tomado la palabra sin
pedir permiso.
Horas
después, terminado el partido de fulbito, sentados en la mesa del bar y cuando
el sol avanza oblicuo y la conversación avanza ligera, entre bromas y recuerdos,
Pascual suelta la pregunta, como quien deja la pelota dando botecitos.
—Chalo
¿los pensamientos intrusivos se pueden erradicar?
Chalo
sonríe. Mueve la cabeza antes de responder, como si también él escuchara el
murmullo de sus propios desvíos mentales. Dice que tal vez no se trate de
expulsarlos, sino de observar qué los convoca. Que la mente, incluso en calma,
ensaya escenas que no ha pedido, como si practicara para un peligro que nunca
llega. A veces —añade— son restos de cansancio, miedos antiguos o simples ecos
que regresan sin tocar la puerta.
Mientras
conversan, Chalo recuerda a Epicteto, el filósofo estoico, quien decía que no
nos perturban las cosas, sino lo que pensamos sobre ellas. No todo pensamiento
es una verdad, ni una orden. Algunos, son apenas visitantes ruidosos que, si no
se les ofrece conversación ni rechazo, terminan marchándose por su cuenta.
Pascual
entiende entonces que erradicarlos, quizá sea una batalla estéril. Resistirlos
con furia suele darles más cuerpo. En cambio, mirarlos pasar, sin juicio, los
vuelve frágiles. Como nubes: existen, cambian de forma, pero no definen el
cielo.
Antes
de salir del club, Pascual respira hondo. Piensa que, tal vez esos pensamientos
no llegaron para quedarse, sino para ser advertidos y luego soltarlos. No
siempre lo logra, lo sabe. Piensa en Montaigne, cuando sugería que la mente
humana vaga sin rumbo si no se le concede cierta indulgencia. Y vivir —aprende
Pascual, todavía en ello— también consiste en practicar el arte de “no creer
todo lo que uno piensa”.

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