DEJANDO
ESPACIO
Papá
partió hace seis meses. Noventa y cinco años no amortiguan el vacío; lo
ensanchan. El silencio que dejó tiene un peso específico: si lo miro de frente,
me mareo.
Durante
los últimos dieciocho años caminamos juntos todos los días. No eran simples
paseos, eran travesías por su memoria y la mía. Yo le leía mis borradores
—conferencias temblorosas, poemas en gestación— y él escuchaba con esa
paciencia que solo concede el amor sin prisa. Fue mi primer público. El más
fiel. Después era mi turno de escucharlo, de perseguir esa presa inapreciable
de sus recuerdos. A los noventa escribió su libro. El piano, su eterno amigo,
seguía acompañándolo. Nos quedamos a mitad de nuestro último proyecto: Libro
con papá. El título permanece. Falta su voz.
O
eso creía.
Sin
advertirlo, empecé a transitar los mismos espacios de la casa. Del dormitorio a
la sala, de la sala a la ventana. Acomodo objetos, reviso puertas, repito
recorridos que antes le reclamaba por innecesarios. Le pedía que tuviera
cuidado, temía un traspié. Hoy hago exactamente esos mismos movimientos.
Yo
no usaba reloj. Él insistía en que utilizara el suyo. Me negaba: “No es
necesario, papá, todo está en el celular”. Ahora, cada mañana, abro el
cofrecito de la mesa de noche con su misma parsimonia. Tomo el reloj. Lo
sostengo un instante. Y me lo coloco siguiendo un ritual que no me pertenece
del todo. Hay momentos en que siento —estoy seguro— que es él quien se pone el
reloj: la mano, el giro de la muñeca, el tono idéntico de nuestra piel.
En
cada paso voy comprendiendo la profundidad de su alma y el amor paciente que
tuvo frente a mis apresuradas ligerezas. Yo quería llegar; él sabía quedarse.
Hoy entiendo que lo importante no es arribar, sino habitar el ahora.
Las
neurociencias explican que no heredamos, solo rasgos físicos. También
internalizamos modos de afrontar la vida. La memoria emocional y los patrones
aprendidos nos habitan. No es metáfora: es continuidad biológica y afectiva.
Quizá
el duelo consista en eso: dejar espacio. No para que el ausente regrese, sino
para reconocer que sigue actuando en nosotros.
Me
sigue enseñando.
Y
su presencia —lo juro— se vuelve tangible en cada pequeño gesto del día.
