jueves, 5 de marzo de 2026

DEJANDO ESPACIO (58)

Dejando espacio

DEJANDO ESPACIO

Papá partió hace seis meses. Noventa y cinco años no amortiguan el vacío; lo ensanchan. El silencio que dejó tiene un peso específico: si lo miro de frente, me mareo.

Durante los últimos dieciocho años caminamos juntos todos los días. No eran simples paseos, eran travesías por su memoria y la mía. Yo le leía mis borradores —conferencias temblorosas, poemas en gestación— y él escuchaba con esa paciencia que solo concede el amor sin prisa. Fue mi primer público. El más fiel. Después era mi turno de escucharlo, de perseguir esa presa inapreciable de sus recuerdos. A los noventa escribió su libro. El piano, su eterno amigo, seguía acompañándolo. Nos quedamos a mitad de nuestro último proyecto: Libro con papá. El título permanece. Falta su voz.

O eso creía.

Sin advertirlo, empecé a transitar los mismos espacios de la casa. Del dormitorio a la sala, de la sala a la ventana. Acomodo objetos, reviso puertas, repito recorridos que antes le reclamaba por innecesarios. Le pedía que tuviera cuidado, temía un traspié. Hoy hago exactamente esos mismos movimientos.

Yo no usaba reloj. Él insistía en que utilizara el suyo. Me negaba: “No es necesario, papá, todo está en el celular”. Ahora, cada mañana, abro el cofrecito de la mesa de noche con su misma parsimonia. Tomo el reloj. Lo sostengo un instante. Y me lo coloco siguiendo un ritual que no me pertenece del todo. Hay momentos en que siento —estoy seguro— que es él quien se pone el reloj: la mano, el giro de la muñeca, el tono idéntico de nuestra piel.

En cada paso voy comprendiendo la profundidad de su alma y el amor paciente que tuvo frente a mis apresuradas ligerezas. Yo quería llegar; él sabía quedarse. Hoy entiendo que lo importante no es arribar, sino habitar el ahora.

Las neurociencias explican que no heredamos, solo rasgos físicos. También internalizamos modos de afrontar la vida. La memoria emocional y los patrones aprendidos nos habitan. No es metáfora: es continuidad biológica y afectiva.

Quizá el duelo consista en eso: dejar espacio. No para que el ausente regrese, sino para reconocer que sigue actuando en nosotros.

Me sigue enseñando.

Y su presencia —lo juro— se vuelve tangible en cada pequeño gesto del día.

 

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