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jueves, 30 de abril de 2026

HAY DEUDAS PEORES QUE DEL DINERO (66)

Hay deudas peores que del dinero
HAY DEUDAS PEORES QUE DEL DINERO

Anoche, me quedé enganchado viendo Netflix hasta las dos de la madrugada.

“No importa —me dije— mañana duermo un poco más y listo”.

Al día siguiente, mi cuerpo no opinaba lo mismo.

El café no alcanzaba, la paciencia se reducía a mínimos y mi mente parecía caminar unos segundos detrás de la realidad. Como si alguien hubiese bajado levemente el voltaje de mi existencia.

Hay deudas que no figuran en ningún estado de cuenta, pero que se cobran igual. Y a veces, con intereses silenciosos.

Desde siempre, el sueño no ha sido una elección: era un acto sagrado. Las comunidades antiguas dormían con el ritmo del sol, y la noche era territorio de reposo, de historias, de reparación. No había una negociación posible con el cuerpo, porque la naturaleza marcaba el contrato. Dormir era pertenecer al orden del mundo. Velar en exceso era una anomalía, casi un desvío del equilibrio.

La modernidad, en cambio, nos ha enseñado a firmar acuerdos invisibles.
“Un capítulo más”, dice la pantalla.

“Solo hoy, me quedo trabajando hasta más tarde”, se promete Paco frente a la laptop.
“Es la única hora que tengo para mí”, justifica Tin mientras revisa su celular en la cama.

Y así, sin notarlo, aceptamos cláusulas pequeñas que terminan por hipotecar nuestro descanso.

La filosofía ya había advertido algo parecido. Pensadores como Arthur Schopenhauer entendían que el cuerpo no es un accesorio de la voluntad, sino su fundamento. Creemos que decidimos, pero muchas veces es el desgaste el que decide por nosotros: irritabilidad, juicio nublado, emociones a flor de piel, fastidio. La libertad disminuye cuando el cuerpo está en deuda.

Las neurociencias lo explican con crudeza. Dormir no es apagar el sistema, es repararlo. Durante el sueño, el cerebro limpia desechos metabólicos, consolida la memoria, regula emociones. Cuando falta, el cortisol —la hormona del estrés— se eleva, el sistema inmune se debilita, la atención se fragmenta.
Percy, por ejemplo, cree que rinde más durmiendo cinco horas. Pero empieza a olvidar nombres, reacciona mal ante pequeños contratiempos, se siente permanentemente cansado. No ha perdido capacidad: la ha hipotecado.

Y hay algo más inquietante: el sueño no se recupera del todo.
No es una cuenta donde se deposita después. Es más bien un tejido que, al desgastarse, nunca vuelve a ser exactamente el mismo.

El problema es que vivimos en una cultura que romantiza la vigilia.
El que duerme poco, “aprovecha más”.

El que responde mensajes a cualquier hora, “está comprometido”.
El que sacrifica descanso por productividad, “avanza”.

Pero ¿hacia dónde?

Quizá estamos modelando un nuevo ser humano: más conectado, pero menos presente; más activo, pero menos consciente; más estimulado, pero más agotado. Un ser que confunde estar despierto con estar realmente vivo.

La falta de sueño no llega como tragedia. Llega como una invitación amable. Como una serie con varias temporadas que no termina, como una conversación que se alarga, como un pendiente que parece urgente. Y uno acepta. Siempre, acepta. Hasta que un día el cuerpo pasa la factura.

Y esa, a diferencia de otras, no admite prórrogas.

 

 

jueves, 26 de febrero de 2026

ELOGIO AL CHICLE (o cómo la mandíbula también piensa) (57)

Elogio del chicle (o cómo la mandíbula también piensa)

ELOGIO DEL CHICLE (O CÓMO LA MANDÍBULA TAMBIÉN PIENSA)

Cuando era niño me decían que masticar chicle era cosa de grandes.
Una promesa aplazada que desesperaba. El chicle no era golosina: era futuro. El Chalo niño aún reclama esa postergación absurda: ¿por qué, lo placentero debía esperar hasta tener un credencial de adulto?

Mucho antes de mis ansias infantiles, otros ya masticaban. El chicle es americanísimo: los pueblos originarios de Mesoamérica extraían del chicozapote una resina llamada tzictli. No era moda, era higiene, sed calmada, concentración en la caminata. Los antiguos mascaban savias naturales, porque intuían que la boca también organiza el pensamiento. Sin papers, sin resonancias magnéticas: cuerpo puro.

Siglos después, la industria convirtió aquella resina ritual en producto empaquetado. Azúcar, colores, publicidad, daba clase. De gesto corporal pasó a mercancía. Y cuando por fin fui “grande”, masticar chicle era detalle, caché, una forma de caminar con suficiencia. El Chalo adolescente protesta hoy: no sabíamos si mascábamos chicle o inseguridades.

Luego, llegó la advertencia médica. Que desalinea dientes. Que provoca gastritis. Que engaña al estómago. El chicle pasó al banquillo de los acusados. Y el Chalo adulto comenzó a sospechar: ¿de verdad una goma de menta era más peligrosa que el estrés crónico, la prisa permanente, la mala digestión de la vida?

Años después leo a la neurocientífica Nazareth Castellanos y el personaje regresa rehabilitado. Masticar activa el nervio trigémino, aumenta ligeramente el flujo sanguíneo cerebral, mejora por breves momentos la atención. Un chicle sin azúcar, de menta, un minuto antes de estudiar. No es un milagro. No, no es una pócima mágica. Apenas, un gesto mínimo que ayuda.

Y aquí el Chalo filósofo interviene: nunca estudiamos, solo con el cerebro. Aprendemos con la postura, con la respiración, con la saliva que anticipa, con la mandíbula que marca ritmo. El pensamiento no es aséptico; es corporal.

Quizá el error no fue masticar. Quizá fue desterrar al cuerpo del acto de conocer. El chicle —resinoso, americanísimo, terco— nos recuerda que pensar también es un movimiento.

Mientras escribo, no mastico. Pero, mi boca se mueve. Porque pensar, al final, es masticar el mundo despacio, sin tragárselo entero, dejando que la mandíbula también tenga la palabra.



EL CEREBRO TAMBIÉN COME P-14

  EL CEREBRO TAMBIÉN COME Hace unos días, César Emilio y yo decidimos ir a visitar el pueblo tradicional de Chiguata y dar una, casi tortu...