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LA
BANCA QUE NOS INCOMODA: El misterio de sentarse junto a un desconocido
En
los parques hay un objeto discreto que casi nadie mira, pero que todos
evitamos: la banca. Basta acercarse para notar un comportamiento universal. Si
alguien ya está sentado, buscamos el extremo opuesto; si hay otra banca vacía,
mejor aún. Esa resistencia silenciosa parece nueva, pero quizá es antigua como
el primer tronco en el que un grupo primitivo se sentó a descansar sin bajar la
guardia. Sentarse alineados obligaba a mirar al frente y confiar la espalda al
otro. No era lo mismo que un círculo, donde la tribu se reconocía con la mirada
y el fuego daba un pacto de presencia. La banca moderna conserva esa linealidad
ancestral, pero ha perdido el ritual que daba sentido a compartir.
Lo
recordé una tarde cualquiera. Me senté en una banca algo cansado, y una señora
ocupó el otro extremo. Ambos hicimos el mismo movimiento: un leve encogimiento
del cuerpo, como queriendo reducir la invasión involuntaria del espacio ajeno.
No hablamos, pero después de unos minutos nuestros ritmos respiratorios se
acompasaron sin intención. Como si el cuerpo, más sabio que las costumbres,
supiera que la proximidad también regula, también calma.
La
antropología sostiene que la distancia interpersonal es un lenguaje, tan claro
como la voz; la banca lo altera porque nos coloca cerca, sin código previo. Y
el cerebro, fiel al mandato evolutivo, reacciona: la amígdala se activa apenas
detecta la presencia del desconocido. Es un aviso antiguo: “Atento”. Pero, la
corteza prefrontal, nuestra parte más civilizada, tarda apenas segundos en
evaluar que no hay peligro, y entonces baja el pulso, afloja los hombros,
devuelve la serenidad. En ese instante, surge una diminuta alianza que no
pedimos, pero que ocurre: compartir un espacio sin conflicto.
Quizá,
por eso hay tan pocas bancas en los parques modernos. No favorecen el tránsito
rápido ni la eficiencia urbana. Son, en el fondo, pequeñas provocaciones:
invitan a detenerse, a observar, incluso a convivir con quien no elegimos. Y
eso, incomoda a ciudades diseñadas para no conversar.
Sin
embargo, pienso que cada banca es un recordatorio de algo esencial. La
humanidad no empieza cuando hablamos, sino cuando aceptamos compartir un
silencio. Sentarse al lado de un desconocido es un ensayo mínimo de confianza.
Una prueba modesta de que, pese a nuestras alertas internas, el otro rara vez
es una amenaza. A veces, es solo un compañero fugaz bajo el mismo cielo.

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