He visto a Juan, amigo de años, quedarse mirando su teléfono con una mezcla de sorpresa y desconsuelo. Sus antiguos compañeros del colegio habían formado un grupo de WhatsApp para recordar anécdotas y organizar un reencuentro. A él, no lo añadieron. No hubo mala intención, quizá solo olvido, pero el efecto fue inmediato: se sintió fuera de una historia que también era suya.
Betsy,
en cambio, me confesó que la sacaron del chat familiar. “Dicen que no
participaba mucho”, comenta intentando restarle importancia. Sin embargo, el
gesto dolió. Hay quienes odian estar en grupos, pero no saben cómo salir de
ellos sin generar malestar; otros querrían quedarse, pero no los dejan. En ese
vaivén, el mundo digital se mete cada vez más en nuestras emociones, en
nuestros hábitos, en la forma en que nos vinculamos.
Podría
parecer un asunto menor —una simple omisión en el universo de las pantallas—
pero, no lo es. Los grupos virtuales son prolongaciones de la vida afectiva:
allí se celebran logros, se comparten penas, se bromea, se discute y, sobre
todo, se confirma la pertenencia. Estar o no estar equivale, a veces, a existir
o a ser borrado del mapa emocional.
No
todos reaccionamos igual. Los jóvenes suelen vivir la exclusión como una herida
abierta; los mayores, como una decepción silenciosa. Hay, quienes lo
relativizan y siguen su día, y quienes lo sienten como una traición mínima,
pero punzante. La psicología explica que el cerebro procesa el rechazo social
del mismo modo que el dolor físico. Quizás, por eso duele tanto.
Y,
sin embargo, lo digital, aunque parezca impersonal, es profundamente humano.
Allí, también nos mostramos, nos ocultamos, buscamos reconocimiento o afecto.
Tal vez, no vivimos en dos mundos —virtual y físico—, sino en uno solo que se
ha expandido. El segundo no es ajeno: es nuestra creación, nuestra nueva piel.
¿Podremos
todos adaptarnos a ella? Quizá depende de la generación. Coexistimos la
Silenciosa, los Baby Boomers, la X, los Millennials, los Z y los Alfa. Cada una
busca su modo de comunicarse, de pertenecer, de no quedar fuera.
Pero,
más allá de la pantalla, sigue latiendo el mismo anhelo: ser mirados, ser
escuchados, ser parte. Porque, las verdaderas conversaciones —esas que sanan,
que cobijan, que nos devuelven al otro— siguen ocurriendo, todavía, en el
territorio cálido del encuentro humano.

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