EL ARTE DE
SUFRIR POR ADELANTADO
A
veces, me descubro habitando futuros que nunca llegan.
No es algo excepcional. Es, más bien, una pésima costumbre silenciosa. Una
forma de estar en el mundo donde la mente se adelanta a la vida y ensaya
tragedias que no han sido convocadas.
Recuerdo
a Patty, mi amiga profesora que, ante la ausencia de un estudiante empieza a
tejer hipótesis sombrías. La imaginación, diligente, no se detiene en lo
probable: salta directamente a lo inquietante. O, en Anita, mi tía enfermera,
que siente un dolor leve y, en cuestión de minutos, ya ha recorrido el catálogo
completo de enfermedades graves. Como si el cuerpo fuera menos real que el
temor.
He
visto también a Jorge, emprendedor, desanimarse frente al silencio inicial de
una publicación. Hoy, el juicio no lo dicta un sabio ni un consejo: lo dictan
unos cuantos segundos sin respuesta. Y en ese vacío, la mente —adiestrada por
la inmediatez— sentencia fracaso.
No
es muy distinto a lo que ocurre con los “likes”, esa nueva moneda emocional.
Hay quienes —y me incluyo— miramos una publicación personal o corporativa como
si allí se jugara algo más que una reacción fugaz: afectos, adhesiones,
lealtades. Un pulgar arriba parece confirmar cercanía; su ausencia, en cambio,
insinúa distancia. Y así, sin darnos cuenta, convertimos un algoritmo en
oráculo y una métrica en medida del afecto.
Olga,
mientras tanto, espera a Miguel, su hijo. El teléfono no responde. Y entonces
aparece ese mecanismo antiguo, casi primitivo, que no tolera la incertidumbre.
La escena se puebla de sombras. Minutos después, la realidad llega con una
explicación simple, Miguel estaba con los amigos y se olvidó del celular.
Jeremy
revisa una y otra vez un correo ya enviado. Como si pudiera corregir el pasado
desde la insistencia. Y Karina, frente a un escueto “tenemos que hablar” de su
jefe, se sumerge en una inquietud que no tiene sustento, pero sí una extraña
consistencia emocional.
Todo
esto no es casual. El cerebro —dicen las neurociencias— opera bajo la lógica de
la codificación predictiva. Anticipa, modela, intenta adelantarse al mundo para
protegernos. Pero, en ese noble intento, confunde posibilidad con destino.
Y
ahí aparece la ironía: queremos certeza, pero fabricamos incertidumbre.
Buscamos control, pero terminamos presos de nuestras propias conjeturas.
Quizá,
como insinuaba Séneca, sufrimos más en la imaginación que en la realidad. Y no
es una frase ligera: es casi un diagnóstico.
He
empezado a sospechar que vivir no es anticipar cada desenlace, sino permitir
que los hechos tengan la dignidad de ocurrir por sí mismos.
Lo
demás —esa ansiedad que se adelanta, ese pensamiento que dramatiza—
no es vida.
Es
apenas un borrador innecesario del dolor.
