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jueves, 20 de agosto de 2026

RECUPERAR EL ASOMBRO (82)

 RECUPERAR EL ASOMBRO


https://diarioviral.pe/opinion/recuperar-el-asombro-59647

Henrito iba corriendo y se detuvo de golpe. Frente a él avanzaba una extraña serpiente marrón que parecía deslizarse sobre la tierra. Dudó unos segundos y, vencido por la curiosidad, se arrodilló. No era una serpiente. Eran cientos, quizá miles de hormigas que caminaban en perfecta formación, cada una cargando una diminuta miga de pan.

Siguió la procesión con la mirada. Imaginó que eran soldados que regresaban de una batalla o un pueblo entero que abandonaba su ciudad para fundar otra. La columna desaparecía dentro de una estrecha grieta. "¿Cómo pueden caber tantas allí?", se preguntó. Entonces, en su mente apareció un reino subterráneo con avenidas, almacenes y túneles donde aquellas diminutas trabajadoras continuaban una vida invisible para los humanos.

Ese niño no solo estaba mirando hormigas. Estaba ejercitando la facultad más poderosa del ser humano: el asombro.

Aristóteles afirmaba que la filosofía nace del asombro. Antes de explicar el mundo, primero hay que maravillarse ante él. Todo conocimiento comienza cuando alguien se detiene y formula una pregunta.

Hoy, sin embargo, detenerse parece un acto de rebeldía.

La incesante sobreestimulación digital que nos abruma hoy en día mantiene nuestra corteza prefrontal sometida a un incesante bombardeo de notificaciones, imágenes y recompensas instantáneas. Poco a poco, esta región del cerebro —responsable de la atención, el juicio y la planificación— termina saturada. Nos acostumbramos a la dopamina fácil y dejamos de disfrutar aquello que requiere paciencia: leer, contemplar, conversar o simplemente detenernos a pensar.

Está demostrado que una atención fragmentada, también empobrece la vida emocional. Cuando el cerebro permanece demasiado tiempo en estado de alerta, interpreta la realidad de manera simplificada y polarizada. Desaparecen los matices. Todo se reduce a "estoy contigo o contra ti", "me gusta o lo rechazo". En ese terreno árido resulta difícil comprender al otro y cultivar la empatía.

Albert Einstein decía que "lo más hermoso que podemos experimentar es el misterio". Tal vez, por eso quien pierde la capacidad de sorprenderse comienza, sin advertirlo, a vivir en piloto automático.

Recuperar el asombro no significa volver a ser niños, sino recuperar la mirada del niño. Contemplar una fila de hormigas, escuchar el canto de un ave antes del amanecer, descubrir una conversación sin consultar el teléfono o detenerse a observar cómo el viento mueve las hojas de un árbol. Son instantes sencillos que devuelven al cerebro el silencio necesario para pensar con profundidad.

Hannah Arendt recordaba que pensar exige hacer una pausa. Quizá la paz interior no sea una meta lejana, sino la consecuencia de aprender a detenernos otra vez.

Henrito nunca supo que aquella tarde las hormigas le regalaron una lección para toda la vida. Los adultos, en cambio, ya conocemos esa lección, pero la hemos olvidado. Corremos detrás de pantallas cada vez más brillantes mientras dejamos escapar los pequeños milagros que ocurren frente a nosotros.

Tal vez, la paz no llegue cuando el mundo haga menos ruido. Tal vez, llegue el día en que volvamos a arrodillarnos, como Henrito, frente a una humilde columna de hormigas y descubramos que el universo todavía cabe en una grieta… siempre que conservemos la capacidad de mirar con atención y de asombrarnos.

 

jueves, 16 de abril de 2026

CUANDO EL BOLSILLO LATE SIN CORAZÓN (64)

CUAND0 EL BOLSILLO LATE SIN CORAZÓN

“Vamos por partes y cucharadas”, decía la tía Simona, cuando quería explicarnos el mundo sin apuros. Y quizá habría que repetirlo hoy, en estos tiempos donde la gente anda con la cabeza gacha, como si la pantalla fuese una brújula infalible. Apenas uno sube a un bus o al metropolitano, la escena se despliega sola:
La chica del gorro oversized que no escucha su paradero por los audífonos gigantes; el muchacho del casacón urbano que escribe sin dejar de avanzar; la señora de leggings fosforescentes que revisa por décima vez si su pedido ya salió; el estudiante que sostiene el celular como si fuese un talismán. Todos atrapados, todos desconectados del entorno, todos mirando un mundo que no es precisamente el que pisan.

En medio de ese paisaje digitalizado aparece, cómo no, el Zurdo Araníbar. Hoy salió sin su celular y lo descubrió recién en la esquina, cuando el bolsillo —vacío— le pareció un abismo. No regresó a casa. No tenía tiempo. Pero, la angustia le cayó encima como baldazo de agua fría. Pasará todo el día sintiendo que está fuera del mundo. Que algo ocurre y él no está allí para enterarse. Su rendimiento será bajo, su ánimo precario. Sentirá, incluso, vibraciones fantasmas: ese truco del cerebro acostumbrado a la gratificación intermitente de las notificaciones. Un engaño neuronal que delata nuestra dependencia.

El Zurdo no es caso único.

El Chino Chávez revisa compulsivamente la pantalla en la cola del banco “por si lo han llamado”. El ‘Titi’ camina en zigzag por el pasaje mientras deja audios eternos. El ‘Halconcito’ atraviesa la plaza sin ver un solo rostro, como si el barrio fuese apenas un decorado. Escenas replicadas: el niño que no oye a su madre, el adulto que no escucha un saludo, la pareja que comparte mesa, pero no miradas.

La antropología advierte que el ser humano es lo que mira. Y si dejamos de mirar, dejamos de ser un poco. Filósofos contemporáneos hablan del sujeto aumentado: un individuo que delega memoria, orientación, conversación y hasta validación emocional en un dispositivo externo. Una prótesis simbólica que amplía capacidades, pero paradójicamente, reduce nuestra presencia real en el mundo.

Aun así, la vida insiste. A veces, basta levantar la mirada.
Ver a la señora que vende flores con una sonrisa que rescata mañanas; al anciano que ofrece un “buenos días” que reconcilia el ánimo; al niño que ríe primero con los ojos. Presencias que no vibran en el bolsillo, pero sí en el alma.

Quizá sea hora de mirarlos.

De recordar que ningún avance tecnológico debe robarnos el milagro cotidiano —y profundamente humano— de reconocer al otro.

EL CEREBRO TAMBIÉN COME P-14

  EL CEREBRO TAMBIÉN COME Hace unos días, César Emilio y yo decidimos ir a visitar el pueblo tradicional de Chiguata y dar una, casi tortu...