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viernes, 14 de agosto de 2026

VERDAD O MENTIRA (80)

 VERDAD O MENTIRA



—Ya vas a dormir con ese celular en la mano —protestó Elsa mientras acomodaba las almohadas.

—Y tú con ese noticiero —respondió Óscar sin despegar la vista de la pantalla.

Era una discusión de casi todas las noches. Elsa desconfiaba de las redes sociales; Óscar sospechaba de la televisión. Ella sostenía que en internet cualquiera inventaba una noticia. Él replicaba que los medios también habían aprendido a construir su propia versión de la realidad.

Curiosamente, ambos tenían algo de razón.

Vivimos en la era de las narrativas. Ya no siempre hace falta ocultar los hechos; basta con vestirlos de otras palabras. Un despido se convierte en una "reestructuración", una mentira en una "imprecisión", un fracaso en una "reingeniería" y un delito en una "irregularidad". Poco a poco, el lenguaje deja de describir la realidad para empezar a maquillarla.

Si esa versión se repite una y otra vez, termina instalándose en el imaginario colectivo como si siempre hubiera sido cierta.

Las neurociencias explican que el cerebro utiliza atajos para no naufragar en el océano de información que recibe cada día. Cuando una idea nos resulta familiar, tendemos a creerla con mayor facilidad. Y si, además, confirma lo que ya pensábamos, rara vez sentimos la necesidad de contrastarla. Nos gusta tener razón. Cambiar de opinión exige un esfuerzo que no siempre estamos dispuestos a realizar.

Quizá por eso recordé aquel viejo cuento del rey que desfiló desnudo convencido de llevar el traje más hermoso del mundo. Nadie se atrevía a decir la verdad, porque todos creían que los demás sí podían verla. Bastó la voz de un niño para romper el hechizo.

La manipulación comienza cuando dejamos de buscar la verdad y empezamos a defender la versión de los hechos que mejor acomoda a nuestras creencias

En tiempos de sobreinformación, la manipulación encuentra un terreno fértil. Las pantallas compiten por nuestra atención, pero la verdad no depende del número de reproducciones, de los "me gusta" o de las veces que una historia se comparte. Depende, como siempre, de los hechos.

Elsa apagó el televisor. Óscar dejó el celular sobre la mesa de noche.

—¿Quién tendrá la razón? —preguntó ella.

Óscar guardó silencio unos segundos.

—No lo sé... pero quizá los dos deberíamos desconfiar un poco más de lo que creemos.

La habitación quedó a oscuras.

Las pantallas se apagaron.

Ojalá, también descansen, por un momento, nuestros prejuicios.

martes, 14 de abril de 2026

EL DIAL (63)

 EL DIAL

EL DIAL

Había una hora del día —casi siempre al caer la tarde— en que la casa parecía contener la respiración. La luz entraba en ráfagas suaves por las cortinas, algunos haces se quedaban entre las cañas del techo, tenía la parsimonia de un rito antiguo. Las casas de entonces vivían con un ritmo propio: más pausado, quietud de nobleza, con esa consciencia que de la dignidad de cada minuto. Nada urgía. Todo tenía ese donaire que hoy confundimos con lentitud, pero que era en realidad propiedad del tiempo.

 

En la sala, con olor a madera envejecida y a petróleo para dar brillo al piso, reposaba el radio sobre una pequeña mesa mesita de centro, regiamente adornada por un tapete hecho a crochet. No era un aparato: era un miembro más de la familia. Su presencia contenía una autoridad silenciosa. No cualquiera podía encenderlo; había que pedir permiso o esperar a que papá o mamá lo hicieran. Ese gesto inauguraba una ceremonia: la casa quedaba en posición de escucha.

Minutos antes de las siete, el ambiente adoptaba una religiosidad doméstica. Yo fingía distraerme, pero la ansiedad me recorría el pecho. Papá miraba el reloj. Todo estaba por ocurrir. Y entonces, el pequeño milagro: la perilla del dial empezaba su danza. Las manos de mi padre, con un pulso que aún hoy recuerdo como una forma de sabiduría, movían la perilla milímetro a milímetro. El aire dibujaba escalas para nuestro coro de susurros y chasquidos, como si estuviéramos navegando en un océano de ondas invisibles.

De pronto emergía la marcha del Himno de las Américas, imponente. Yo me emocionaba: era la misma que cantábamos en mi escuelita 9611 los lunes, después del Himno del Perú, firmes, creyendo que la vida tenía un orden claro. Esa música, al sonar en casa, me atravesaba como un llamado a algo grande. Y luego, la voz: Óscar Artacho iniciando Pregón Deportivo. Una voz que no solo informaba: ingresaba al hogar como entra un oráculo, cargada de autoridad y cercanía. Era una cita sagrada, un instante irrepetible.

Sintonizar la radio era una filosofía práctica: para alcanzar la claridad, primero había que atravesar la interferencia. Ajustar, retroceder, avanzar un milímetro. Heráclito lo habría celebrado: del caos nacía el orden.

Hoy, con la digitalización y la personalización absoluta, hemos ganado comodidad, sí; pero hemos perdido la pedagogía de la espera, ese sublime instante donde el mundo se detiene, la experiencia compartida, esa luz con el amarillo sonoro del foco que atesoraba unos cuantos watts, pero que reunía a la familia. La radio acompaña, pero ya no convoca. Otros tiempos, otras costumbres.

Sin embargo, algo en mí sigue sosteniendo que fuimos más familia cuando todos buscábamos juntos la frecuencia exacta donde el corazón escucha.

 





LA VEJEZ ACTIVA (P-18)

  LA VEJEZ ACTIVA Adolfo pasa buena parte del día sentado en su mecedora mirando videos en el celular. Espera la hora del lonche y, despué...