EL
OLOR DEL REGRESO
Hoy
es domingo. El reloj marcaba las 8:30 de la mañana cuando unas cuantas
preocupaciones suspendidas en el aire me hicieron a salir. Mi rutina suele ser
predecible: camino de lunes a viernes, juego mi partidito de fulbito los
sábados y los domingos acostumbro a concederle descanso al cuerpo. Sin embargo,
algo distinto ocurría esta mañana. El clima en Lima está cambiando; el sol
había decidido postergar su aparición y una atmósfera gris, templada y
silenciosa parecía cubrir la ciudad con una manta ligera. Sentí entonces un
llamado difícil de explicar, una invitación discreta que me condujo hacia el
parque grande de mi urbanización.
Salí
sin rumbo fijo. Dejé que fueran los pasos quienes tomaran las decisiones.
Caminé entre las zonas verdes observando y tocando los árboles, senderos y
algunas personas que parecían compartir el mismo deseo de encontrarse con la
mañana. Fue entonces cuando un aroma me detuvo en seco: acababan de cortar el
pasto.
Ese
olor, que siempre ha ejercido una atracción magnética sobre mí, abrió una
puerta que la tenía un poco olvidada. En cuestión de segundos ya no estaba en
Lima. Me vi de nuevo en el pequeño jardín de mi casa, regando descalzo sobre la
tierra húmeda. Sentí el agua escurriéndose entre los dedos de los pies y la
textura irregular del suelo bajo la planta. Aquella sensación, a su vez, me
llevó mucho más lejos, hasta las playas de mi Pacasmayo natal, donde aprendí a
reconocer el contraste entre la arena caliente y el frescor que dejaba el mar
al retirarse.
Tuve
la fortuna de crecer entre valles y chacras. Salté acequias, perseguí
mariposas, trepé árboles y arranqué higos y guayabas directamente de las ramas.
Más adelante, la vida me llevó por Pucallpa y Yurimaguas, donde descubrí otra
forma de relación con la naturaleza: el calor intenso, la exuberancia vegetal,
la humedad que parece abrazarlo todo. Hoy, a mis setenta años, comprendo que
aquellas experiencias no fueron simples recuerdos de infancia. Fueron los
ladrillos invisibles con los que se construyó mi arquitectura emocional.
Quizá,
por eso el olor del pasto recién cortado tiene sobre mí un efecto tan poderoso.
No despierta únicamente recuerdos; despierta una manera de estar en el mundo.
Vivimos
en ciudades donde el concreto ocupa cada vez más espacio y donde las pantallas
median buena parte de nuestras relaciones. Hemos aprendido a dominar
tecnologías extraordinarias, pero muchas veces hemos olvidado algo elemental:
somos una especie nacida al aire libre. Durante cientos de miles de años
nuestros sentidos evolucionaron escuchando el viento, observando horizontes
abiertos, sintiendo la lluvia sobre la piel y reconociendo aromas que
anunciaban alimento, refugio o peligro.
Sin
darnos cuenta, nos hemos convertido en una suerte de analfabetos sensoriales.
Sabemos interpretar gráficos, códigos y algoritmos, pero hemos perdido práctica
para leer las señales del mundo natural. Y el cerebro, aunque se adapte
admirablemente a los cambios, sigue necesitando aquello para lo que fue
diseñado.
Los
antiguos filósofos intuían esta verdad. Los estoicos hablaban de vivir de
acuerdo con la naturaleza. Los pensadores griegos concebían al ser humano como
un microcosmos que reflejaba el orden del universo. Siglos después, la
fenomenología insistiría en la importancia de regresar a la experiencia
directa, a las cosas mismas, antes de que las cubramos con interpretaciones y
distracciones.
La
neurociencia contemporánea parece dialogar con ellos desde otro lenguaje. Hoy,
sabemos que el aroma del pasto cortado contiene compuestos orgánicos que las
plantas liberan como respuesta a una agresión. Paradójicamente, aquello que
para la planta es una señal de resiliencia produce en nosotros una disminución
del cortisol, la hormona asociada al estrés. El olor a tierra mojada, conocido
como petricor, activa regiones cerebrales vinculadas con la memoria y las
emociones, provocando una sensación de bienestar difícil de describir con
palabras.
El
olfato realiza este viaje sin intermediarios. Pero, el tacto tampoco se queda
atrás. La planta del pie contiene miles de terminaciones nerviosas que informan
constantemente al cerebro sobre la superficie que pisamos. Caminar descalzo
sobre la arena, el césped o la tierra húmeda incrementa la propiocepción,
mejora la percepción corporal y favorece la liberación de sustancias asociadas
al bienestar. Es como si el cuerpo recordara algo que la mente había olvidado.
Incluso
la mirada encuentra alivio en la naturaleza. Las hojas de los árboles, las
ramas, las nubes o las olas del mar presentan patrones fractales que el cerebro
procesa con especial eficiencia. Al observarlos disminuye la fatiga mental y
aparece una sensación que algunos investigadores denominan “fascinación suave”:
una atención tranquila que descansa sin desconectarse.
Mientras
caminaba por aquel parque limeño comprendí que muchas veces buscamos respuestas
complejas para problemas que tienen necesidades sencillas. Queremos combatir el
estrés acumulando más actividades. Buscamos serenidad en aplicaciones que nos
enseñan a respirar. Anhelamos equilibrio mientras nos alejamos de aquello que
naturalmente nos equilibra.
Tal
vez, por eso esta mañana no fue un simple paseo. Fue un recordatorio.
No
estamos sobre la Tierra como quien ocupa una propiedad ajena. Somos parte de
ella. La misma química que circula por la savia de un árbol comparte elementos
con la que sostiene nuestra vida. El mismo sol que alimenta los bosques marca
nuestros ritmos biológicos. El mismo aire que mueve las hojas entra y sale de
nuestros pulmones.
Practicar
esta resistencia consciente mediante pequeñas pausas activas —caminar entre
árboles, tocar una corteza, respirar profundamente una tarde gris o sentir el
suelo bajo los pies— no es un ejercicio de nostalgia. Es una forma de higiene
emocional. Es salud. Es cordura.
Y
quizá, en tiempos donde todo parece exigir velocidad, productividad y urgencia,
volver a escuchar el lenguaje silencioso de la naturaleza sea una de las formas
más profundas de recordar quiénes somos.
Porque,
al final, sintonizar con el latido del mundo no es regresar a ningún lugar
lejano.
Es,
simplemente, volver a casa.

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