Magalli
estaba pensando en comprar una nueva refrigeradora. No lo había comentado en
voz alta, no había escrito la palabra en ningún buscador. Apenas, era una idea
en estado de borrador mental, una inquietud doméstica flotando entre la cocina
y el presupuesto. Y, sin embargo, esa misma tarde su teléfono comenzó a
mostrarle ofertas, modelos, descuentos irresistibles. Pantallas brillantes
exhibiendo, exactamente aquello que ella creía haber pensado en silencio.
Me
escribió alarmada: “Chalo, esto ya es telepatía”.
La
tentación de creerlo es comprensible. Desde tiempos antiguos el ser humano ha
sospechado que hay fuerzas invisibles que lo observan. Hoy esas fuerzas no
llevan túnica ni oráculo: llevan algoritmos. No es magia; es perfilado masivo
de datos. Plataformas como Meta o Google no necesitan escuchar nuestros
pensamientos. Les basta con registrar nuestros hábitos: ubicación, horarios,
pausas frente a una imagen, velocidad del desplazamiento del dedo. Miles de
variables construyen una silueta digital más precisa de lo que imaginamos.
Desde
la neurociencia sabemos que el cerebro es una máquina predictiva. Anticipa el
mundo para ahorrar energía. Curiosamente, los algoritmos hacen algo semejante:
predicen lo que probablemente desearemos basándose en patrones colectivos. Si
personas con comportamientos similares al de Magalli terminaron comprando una
refrigeradora, el sistema le mostrará refrigeradoras antes de que ella formule
la búsqueda. No lee su mente; modela su probabilidad.
Luego,
interviene un fenómeno psicológico bien conocido: el sesgo de confirmación.
Recordamos con intensidad los aciertos y olvidamos los múltiples errores del
algoritmo. Cuando coincide con nuestro pensamiento, lo sentimos como
revelación. Cuando no, simplemente deslizamos el dedo y seguimos.
El
problema no es esotérico, es antropológico. Nuestra atención —esa capacidad
profundamente humana de elegir a qué mirar— se ha convertido en mercancía. Los
sistemas no buscan comprendernos por compasión, sino retenernos. Y al hacerlo,
refuerzan creencias, afinan gustos, estrechan horizontes. La célebre polémica
de Cambridge Analytica demostró que la manipulación puede escalar desde lo
comercial hasta lo político.
¿Estamos
indefensos? No del todo. La conciencia es el primer acto de libertad. Revisar
permisos, diversificar fuentes, preguntarnos si realmente deseamos lo que
aparece en pantalla. Tal vez, la pregunta no sea si el celular lee nuestra
mente, sino si nosotros estamos leyendo críticamente lo que él nos propone.
Entender
el mecanismo no disuelve el misterio del todo, pero nos devuelve algo esencial:
la posibilidad de elegir.
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