"UN SUSURRO QUE ME ATRAJO"
La primera vez que llegué a la Calle Puente Bolognesi no
sabía que estaba entrando en un territorio que reclama a quienes lo pisan. Era
febrero de 1981 y Arequipa, recién revelada, me dejaba perderme con su luz
oblicua, esa que transforma cada muro de sillar en una página para leer. Me
desvié “sin querer queriendo”, doblé donde no debía y terminé descendiendo
hacia un puente que no había oído nombrar, tres enhiestos arcos antiguos
“saltan” sobre el curso del enérgico río Chili, como si estuviera ahí solo para
esperarme.
Con los años entendí que hay calles que no se caminan: se
escuchan. Puente Bolognesi murmura con cada adoquín, retiene silencios
coloniales en el sillar y respira una memoria que no solo pertenece a la
ciudad, sino también a quienes la descubren desde el desconcierto.
En una de esas tardes claras y románticas, cuando la luz cae
como un suspiro sobre la piedra, entré a una panadería pequeña. Iba acompañado
de una jovencita a la que pretendía impresionar, llevando en el bolsillo un
ímpetu juvenil que confundía humor con encanto. Una señora irrumpió apurada:
—¿Cuánto cuestan los cachitos?
Y yo, queriendo lucirme, respondí antes que el dependiente:
—¡Señora, los cachos son gratis!
Su mirada me cayó encima como un portazo. Me borró la
sonrisa, el orgullo y hasta el aire. Nervioso no me atreví a mirar a mi amiga
(sabía que había quedado pésimo). Fue una lección instantánea: el humor también
tiene paisaje, clima y hora; hay palabras que no se deben lanzar en el templo
de la dignidad ajena. Aquella tarde aprendí más de mí mismo que en muchas
clases de la UNSA.
Pero el puente, testigo de todo, no juzga. Ni mis torpezas,
ni las de nadie. Ese es su encanto.
Hoy, lo veo atraer personas de todas las almas posibles:
enamorados que buscan un rincón donde el Chili les hable en voz baja; viajeros
que no saben qué buscan, pero sienten que allí algo se acomoda; melancólicos
que dejan que el río les ordene los pensamientos; estudiantes apresurados,
turistas hechizados, vecinos que simplemente atraviesan el día. Todos llegan
por una razón distinta, pero todos —sin excepción— quedan atrapados por su
belleza: esa forma en que el sol se derrama sobre el sillar y vuelve dorado
incluso lo que duele.
Han pasado cuarenta y cuatro años desde aquella primera
noche en que me perdí para encontrarlo. Hoy camino, otra vez por la misma
vereda, como quien regresa a una página que nunca termina de revelar lo que
guarda. El puente sigue entero, con latente vida, custodio de todos los pasos:
los enamorados, sí, pero también los que buscan claridad, los que cargan dudas,
los que se preguntan quién fueron y quiénes pueden ser.
Porque, Puente Bolognesi no une solo dos extremos: une
tiempos, historias, respiraciones.
No es un cruce: es un llamado. Un sitio donde cada persona
deja una parte de lo que trae, y recibe algo que no sabía que necesitaba.
Y por eso —quizá por eso— siempre regresamos.

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