lunes, 13 de julio de 2026

EL CEREBRO FABRICA ESTADOS (P-09)

EL CEREBRO FABRICA ESTADOS

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Francesca mira el reloj por quinta vez en menos de diez minutos. Antes de que termine el día debe entregar un modelo financiero que permita canalizar las donaciones económicas destinadas a miles de damnificados por los terremotos ocurridos en Venezuela. No es un informe cualquiera. De él dependerá que gobiernos, empresas y ciudadanos puedan aportar recursos con transparencia y rapidez.

Pero, mientras intenta organizar cifras, proyecciones y escenarios, su laptop no deja de recibir mensajes. Tiene pendientes varias tareas de su trabajo habitual. Prometió acompañar a su mamá para ver un departamento. Su sobrina espera ir con ella para comprar zapatillas. El banco le recuerda el vencimiento de una cuota. El grupo familiar de WhatsApp acumula decenas de mensajes.

Entonces, ocurre algo curioso.

Ninguno de esos acontecimientos representa un peligro para su vida. Sin embargo, su cerebro comienza a comportarse como si un depredador estuviera escondido detrás de la puerta. El corazón se acelera. La respiración cambia. Los pensamientos empiezan a competir unos con otros. La atención se fragmenta. La ansiedad ocupa el primer asiento.

Nuestro cerebro fabrica estados. Biológicamente estamos programados para ello. Durante cientos de miles de años sobrevivieron aquellos cerebros que sospechaban antes de confiar, que imaginaban el peligro antes que la tranquilidad. Era un extraordinario mecanismo de supervivencia cuando nuestros antepasados debían distinguir entre un arbusto movido por el viento y un felino dispuesto a atacar.

El problema es que el cerebro moderno sigue utilizando el mismo software para enfrentar amenazas muy distintas. Una reunión de trabajo, un examen universitario, una entrevista laboral o una llamada inesperada pueden activar circuitos muy parecidos a los que, hace miles de años, nos preparaban para escapar de un animal salvaje.

Nuestro cerebro, en cierto modo, exagera. Fabrica escenarios antes de que ocurran. Ensaya derrotas que jamás sucederán. Nos hace sentir que todo puede derrumbarse cuando, en realidad, solo estamos frente a una tarea difícil. Pero, aquí aparece una de las noticias más esperanzadoras que nos ofrece la neurociencia.

No somos simples espectadores de esos estados internos.

Podemos dirigirlos.

Aceptar la incomodidad es una de las formas más eficaces de entrenar al cerebro. Cuando enfrentamos una situación nueva —aunque produzca incertidumbre— obligamos al cerebro a buscar soluciones distintas. Activa conexiones que utilizaba poco, fortalece otras y comienza a reorganizarse. Es lo que conocemos como plasticidad neuronal.

Por eso, equivocarse deja de ser un fracaso para convertirse en entrenamiento.

Cada vez que Francesca decide continuar, aunque no tenga todas las respuestas, su cerebro empieza a construir nuevos caminos. Tal vez, el primer modelo financiero no sea perfecto. Quizá, deba corregirlo varias veces. Pero, habrá conseguido algo mucho más valioso: demostrarle a su propio cerebro que es capaz de atravesar territorios desconocidos y vencer sus miedos.

Y ese descubrimiento permanece.

La próxima vez que aparezca una situación semejante, el cerebro ya no encontrará un vacío, sino una experiencia almacenada. Recordará que aquella incomodidad no terminó en desastre, sino en aprendizaje.

Tal vez, esa sea una de las lecciones más hermosas de la neurociencia contemporánea: nuestro cerebro puede fabricar miedo, ansiedad o incertidumbre, pero también puede fabricar confianza.

La diferencia no siempre está en las circunstancias. Muchas veces, está en la decisión de permanecer unos minutos más dentro de esa incómoda frontera donde, silenciosamente, comienza a construirse una versión mejor de nosotros mismos.

 

jueves, 9 de julio de 2026

¿Y, SI EL QUE NECESITA CARGARSE SOY YO? (76)

¿Y, si el que necesita cargarse soy yo?

¿Y, SI EL QUE NECESITA CARGARSE SOY YO?




Me recosté un momento al mediodía y aproveché para conectar el celular. Cada vez, la batería dura menos. Apenas, unas horas de uso y el pequeño icono rojo comienza a advertirme que la energía se está agotando.

Mientras enchufaba el cargador, tuve una sensación extraña. Por un instante, sentí que no era el teléfono el que se estaba conectando, sino yo.

La idea me sorprendió.

¿Qué pasaría si dentro de una o dos horas debo salir y el celular sigue con poca batería? No podría recibir llamadas importantes. Tendría dificultades para comunicarme. No podría usar mi billetera electrónica ni acceder a muchas de las pequeñas herramientas digitales que hoy sostienen nuestra vida cotidiana.

Entonces, una fantasmal pregunta comenzó a abrazarme.

¿Estaría realmente en el mundo o sentiría que he desaparecido un poco de él?

Vivimos una época paradójica. Nunca habíamos estado tan conectados y, sin embargo, nunca habíamos temido tanto la desconexión. Ya Martin Heidegger advertía que la tecnología podía llegar a moldear nuestra forma de habitar la realidad. A veces, pareciera que nuestra presencia depende de la señal de un mensaje, una pantalla o un porcentaje de carga.

Las neurociencias aportan una mirada complementaria. El cerebro es un órgano extraordinario, pero también limitado. Consume una enorme cantidad de energía y necesita pausas para restaurarse. Sin descanso, sin momentos de silencio o contemplación, disminuye nuestra capacidad de atención, creatividad y regulación emocional.

Sin embargo, solemos cuidar más la batería del celular que nuestra propia energía.

Si el teléfono llega al diez por ciento, buscamos un enchufe. Pero, podemos pasar semanas con la paciencia agotada, la mente saturada o el ánimo debilitado sin detenernos a recargarnos.

Los antiguos filósofos hablaban del cuidado de sí mismo. No como un acto de egoísmo, sino de sabiduría. Comprendían que nadie puede ofrecer claridad, afecto o serenidad si vive permanentemente agotado.

Mientras observaba el celular cargándose, pensé que quizá nos estamos pareciendo demasiado a nuestros dispositivos: siempre encendidos, siempre disponibles, siempre respondiendo.

Pero, ni las máquinas ni las personas fueron diseñadas para vivir así.

Aquella tarde, comprendí que quien necesitaba conectarse era yo. No a internet. No a una aplicación. Sino a una conversación sincera, a una buena lectura, a los afectos, a los recuerdos, a esos pequeños momentos que devuelven profundidad a la existencia.

Porque, la verdadera desconexión no ocurre cuando se apaga el celular.

Ocurre cuando dejamos de alimentar aquello que da sentido a nuestra vida.

Y entonces, aunque aparezcamos en línea para todos, comenzamos a estar ausentes de nosotros mismos.

 

lunes, 6 de julio de 2026

¿QUIÉN SOY YO? (P-08)


¿Quién soy yo?

Hay preguntas que no envejecen ni pasan de moda. No importa cuántos siglos transcurran ni cuántos avances tecnológicos acumulen las sociedades. Permanecen allí, discretas, esperando el momento oportuno para aparecer. Una de ellas suele visitarnos cuando menos lo esperamos: mientras observamos una película, cuando regresamos solos a casa o en esos instantes en que el silencio parece tener algo que decirnos.

¿Quién soy yo?

La respuesta inmediata parece obvia. Soy quien ama a mis hijos, el que se preocupa por las cuentas del mes, el que se emociona cuando escucho una vieja canción o quien se asusta ante una mala noticia. Sin embargo, basta prestar un poco más de atención para advertir algo curioso.

Imagina a Hermi, que espera los resultados de un examen médico. La preocupación aparece y le oprime el pecho. O, a William, que acaba de discutir con un amigo y siente hervir la indignación. Ambos, experimentan emociones reales e intensas. Pero, al mismo tiempo, pueden reconocerlas. Pueden decir: “Estoy preocupada” o “Estoy molesto”.

Y aquí, surge una grieta fascinante en nuestra aparente certeza.

Si puedo observar mi preocupación, ¿soy únicamente esa preocupación?

Si puedo reconocer mi enojo, ¿soy solamente ese enojo?

Sabemos que nuestro cerebro es una extraordinaria maquinaria de interpretación. Procesa información, anticipa escenarios, construye recuerdos y genera emociones con una eficacia asombrosa. Pero, también nos permite tomar distancia de lo que sentimos y poder observarlo. Es una capacidad tan cotidiana que, pocas veces nos detenemos a admirarla.

Sobre este misterio reflexionó durante décadas el sabio hindú Ramana Maharshi. Su propuesta era desconcertantemente simple. Cuando alguien decía: “Tengo miedo”, él preguntaba: “¿Quién tiene miedo?”. Y cuando la persona respondía “yo”, volvía a preguntar: “¿Quién soy yo?”.

No buscaba una definición académica ni una explicación filosófica. Invitaba a dirigir la mirada hacia quien experimenta la experiencia.

Tal vez, por eso la pregunta resulta tan inquietante. Porque, cada respuesta parece abrir una puerta nueva.

¿Soy mis recuerdos? Si fuera así, ¿quién sería cuando algunos comiencen a desvanecerse? ¿Soy mis emociones? Entonces, ¿por qué cambian tantas veces en un mismo día? ¿Soy mi profesión? ¿Mi nombre? ¿Mi historia?

Quizá somos, al mismo tiempo, el actor y el espectador. El que ríe y el que advierte que está riéndose. El que sufre y el que observa su propio sufrimiento.

Hay tardes en que un cimbreante viento mueve las ramas de un árbol y nadie le presta atención. Sin embargo, quien observa con calma descubre que detrás de ese movimiento sencillo hay algo profundamente revelador: todo cambia. Las hojas cambian, caen, las estaciones cambian, nosotros cambiamos.

Y, aun así, permanece la pregunta.

Tal vez, esa sea su verdadera función. No ofrecer una respuesta definitiva, sino mantener despierta la curiosidad. Recordarnos que, detrás de las rutinas, los apuros y las certezas de cada día, existe un territorio inexplorado que llevamos con nosotros desde el nacimiento.

Un territorio que comienza con tres palabras sencillas y extraordinarias:

¿Quién soy yo?

  

jueves, 2 de julio de 2026

MIS CÉLULAS ME ESTABAN ESCUCHANDO (75)

 MIS CÉLULAS ME ESTABAN ESCUCHANDO



Antes de que la rabia tomara completamente el volante, apareció una canción. Iba camino a recoger a mi nieta Morgana al colegio Weberbauer. La congestión en la avenida Canadá para ingresar al trébol de la avenida Javier Prado era, como tantas veces, una batalla urbana. Ómnibus atravesándose sin aviso, colectivos piratas jugando a inventar carriles, motocicletas apareciendo por donde físicamente parecía imposible. Un cuento de nunca acabar.

El tráfico en Lima tiene algo de examen psicológico. Basta avanzar unos metros para descubrir quiénes somos realmente cuando sentimos que el otro invade nuestro espacio. Y, allí estaba yo, atrapado entre bocinazos, humo y una lenta procesión de impaciencia humana, sintiendo cómo comenzaban a mezclarse emociones poco elegantes: enojo, irritación, revancha. Sí, revancha. Porque cuando alguien mete violentamente su vehículo en tu carril, una parte primitiva del cerebro deja de pensar en normas y empieza a pensar en territorio.

Entonces en la radio sonó “Reflexiones de mi vida”, del grupo Mermelada. Hay canciones que no llegan como música, sino como memoria. Y, mientras avanzaba apenas unos centímetros, regresó a mi mente un video del médico y conferencista español Mario Alonso Puig diciendo: “Las células escuchan nuestros pensamientos”.

Y me sentí descubierto.

Porque, mientras escuchaba aquella idea, mi cuerpo entero estaba haciendo exactamente lo contrario a lo que necesitaba. Mis manos endurecidas sobre el timón. La mandíbula tensionada. El corazón acelerando innecesariamente. El cerebro liberando sustancias químicas como si estuviera escapando de un depredador y no simplemente intentando cruzar una avenida limeña a las tres de la tarde.

Qué contradicción tan humana: saber algo y no poder aplicarlo inmediatamente.

La neurociencia explica que el cerebro no distingue tan fácilmente entre un peligro real y uno interpretado emocionalmente. Para nuestras neuronas, aquel conductor invasivo puede convertirse, durante unos segundos, en una amenaza directa. El cuerpo responde entonces con cortisol, adrenalina, tensión muscular y pensamientos defensivos. Es decir, nuestras células escuchan no solo lo que pensamos, sino también cómo interpretamos el mundo.

Y Lima, hay que decirlo, interpreta nuestra paciencia todos los días.

Pensé entonces en algo curioso: quizá el verdadero tráfico no estaba afuera sino dentro de mí. Afuera había autos disputándose centímetros; dentro, emociones disputándose el control. La ira queriendo acelerar. La prudencia intentando respirar. La memoria musical tratando de suavizar el instante. Y una frase persistente recordándome que cada pensamiento deja una pequeña huella biológica. Tal vez, por eso envejecemos también desde ciertas emociones. No es casual que muchas personas vivan cansadas incluso sin haber hecho demasiado esfuerzo físico. El resentimiento agota. La tensión continua enferma. El miedo sostenido desgasta silenciosamente. El cuerpo escucha todo: incluso aquello que fingimos manejar bien.

Mientras avanzaba lentamente, comprendí que no podía controlar el caos vehicular. Tampoco, la imprudencia ajena. Pero, sí podía decidir qué conversación tendrían mis células conmigo aquella tarde. Entonces aflojé las manos del volante. La canción seguía sonando. Pensé en Morgana esperando la salida del colegio. Pensé en papá diciéndome que uno siempre termina pareciéndose demasiado a aquello que repite todos los días. Pensé que, quizá, vivir también consiste en aprender a no convertir cada pequeño desorden cotidiano en una guerra personal. Llegué algunos minutos después. La ciudad seguía siendo la misma.

Pero yo, ya no.

NUESTRA ATENCIÓN ESTÁ SECUESTRADA (81)

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