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lunes, 19 de octubre de 2026

DORMIR NO ES PERDER EL TIEMPO (P-20)

 DORMIR NO ES PERDER EL TIEMPO



Charito tuvo que trabajar hasta las tres de la mañana. Raúl se queda viendo una serie de Netflix hasta las dos. Manuel se fue de juerga y duerme apenas unas horas.

Al día siguiente los tres tendrán sueño. Pero no solamente estarán cansados.

Su cerebro también funcionará de otra manera.

Dormir es mucho más que cerrar los ojos. Durante el sueño ocurren procesos fundamentales para el aprendizaje, la memoria, la atención y la regulación emocional. Cuando reducimos demasiado ese tiempo, esos procesos se alteran.

Primero, se resiente la atención. Charito en su trabajo lee un informe y tiene que volver sobre el mismo párrafo. Raúl está con un cliente y pierde el hilo de la conversación. Manuel, al conducir, puede reaccionar más lentamente ante un imprevisto.

La falta de sueño aumenta esos pequeños «lapsos» en los que nuestra atención deja de funcionar con la eficiencia habitual.

También se afecta la memoria.

Podemos aprender durante el día, pero el sueño participa en la consolidación de aquello que aprendimos. Por eso, estudiar hasta la madrugada no necesariamente significa aprender más. A veces, después de estudiar, lo que necesitamos es dormir.

También se debilita el llamado control ejecutivo: la capacidad de planificar, controlar impulsos, cambiar de estrategia y tomar decisiones.

Por eso Charito puede cometer errores que normalmente no cometería, Raúl reaccionar impulsivamente y Manuel perder la paciencia.

No necesariamente se han vuelto otras personas.

Están tomando decisiones con un cerebro cansado.

Y aparece la emoción. Dormir poco puede hacernos más irritables, impulsivos y menos capaces de poner distancia entre lo que ocurre y nuestra reacción. Una discusión que normalmente terminaría con un «dejémoslo ahí» puede convertirse, después de una mala noche, en un problema mayor.

Hay algo todavía más profundo: durante el sueño el cerebro no está apagado. Está trabajando de otra manera.

Charito pasa el día aprendiendo y resolviendo problemas; mientras duerme, su cerebro ayuda a consolidar parte de esa información.

Raúl termina una jornada cargada de emociones; durante el sueño, su cerebro participa en el procesamiento y regulación de esas experiencias.

Manuel aprende algo nuevo; mientras duerme, su cerebro fortalece las conexiones relacionadas con ese aprendizaje.

Nosotros descansamos, pero el cerebro continúa trabajando silenciosamente: organiza, consolida, regula y mantiene.

Por eso, cuando recortamos el sueño, no estamos simplemente quitando horas a la cama. Estamos quitándole tiempo al cerebro para hacer aquello que necesita hacer mientras dormimos.

Por eso decir:

—No pasa nada, hoy duermo cuatro horas.

No es exactamente cierto.

Sí pasa algo.

El problema es que podemos acostumbrarnos subjetivamente al cansancio y no darnos cuenta de cuánto está disminuyendo nuestro rendimiento.

Y aquí aparece una paradoja extraordinaria:

podemos estar demasiado cansados para darnos cuenta de cuánto cansancio tenemos. Por eso dormir no debería ser considerado el tiempo que queda después de cumplir con todo.

Tal vez sea exactamente al revés.

Dormimos para poder hacer bien aquello que tendremos que hacer después.

Charito no pierde solamente horas de sueño. Puede perder atención.

Raúl no pierde solamente horas de cama. Puede perder memoria y capacidad de concentración.

Manuel no pierde solamente una noche. Puede levantarse con un cerebro menos preparado para decidir, reaccionar y controlar sus impulsos.

Entonces la pregunta cambia:

¿Cuánto de nuestro cerebro estamos dispuestos a sacrificar para tener unas horas más despiertos?

Porque, quizá dormir no sea una interrupción de nuestra vida.

Quizá sea una de las formas más importantes de prepararnos para vivirla.

 

jueves, 18 de junio de 2026

EL "NO" QUE SALVA SILENCIOSAMENTE TU VIDA (73)


El “NO” que salva silenciosamente tu vida

Iba en el bus junto a mi amiga Liliana Bianco, salíamos de Pacasmayo rumbo a Trujillo. Afuera, el paisaje costeño parecía avanzar con esa calma engañosa de las carreteras largas, mientras dentro del vehículo la conversación tomaba otro rumbo. De pronto, Liliana me preguntó:

—¿Qué pasa con nuestro cerebro cuando escucha la palabra “NO”? ¿Es bueno… o es malo?

Me quedé mirando las interminables dunas del desierto norteño mientras buscaba una respuesta. Porque, el “NO” tiene mala fama. Desde niños lo asociamos al castigo, a la prohibición, al rechazo. “No hagas eso”. “No corras”. “No toques” o el terrible “No puedes”. Quizá por eso muchos adultos crecen intentando evitarlo, como si decir “NO” fuera una forma de violencia silenciosa.

Pero, el cerebro humano no siempre lo interpreta así. A veces, el “NO” es un acto de supervivencia.

Si alguien grita: “¡NO CRUCES!”, mientras un automóvil se aproxima, la mente no se detiene a debatir significados. Allí actúa la amígdala cerebral, esa antigua centinela emocional que reacciona antes que la razón. El “NO” se convierte en un freno biológico instantáneo. En esos segundos, no es una palabra negativa: es un salvavidas. Sin embargo, fuera del peligro físico, el “NO” adquiere otra dimensión más profunda y cotidiana. Aprender a decirlo es una forma de cuidar la propia salud mental. Hay personas que aceptan todo: favores interminables, reuniones innecesarias, conversaciones invasivas, compromisos que no desean. Y cada “sí” obligado va dejando pequeñas grietas invisibles en el cerebro emocional.

La neurociencia ha demostrado que el estrés sostenido no proviene solamente de los grandes problemas, sino también de esas renuncias diarias a uno mismo. Curiosamente, el pequeño malestar de decir:

“Te agradezco, pero esta vez no podré”, produce menos desgaste emocional que soportar en silencio aquello que no queremos hacer.

Decir “NO” no siempre es rechazar al otro. A veces, es rescatarse a uno mismo.

Existe además una hermosa paradoja: cada vez que pronunciamos un “NO” consciente, en realidad estamos diciendo un enorme “SÍ”.

“No” a quedarnos atrapados trabajando hasta la madrugada, es “Sí” a caminar tranquilos al atardecer.

“No” a relaciones que asfixian, es “Sí” a la paz interior.

“No” al ruido constante, es “Sí” al silencio donde uno vuelve a escucharse.

Quizá. la sabiduría no consista en vivir diciendo no a todo, ni tampoco en regalarle el sí al mundo entero. El verdadero equilibrio está en comprender que el “NO” también puede ser una forma de amor: amor propio, amor al tiempo, amor a la calma.

Porque, hay palabras que cierran puertas.

Pero, también existen “NO” que abren la posibilidad de vivir bajo nuestros propios términos.


 

EL ARTE DE ESTAR EN TODAS PARTES Y NO ESTAR EN NINGUNA (92)

  «El arte de estar en todas partes y no estar en ninguna»   Con la taza de café humeante en la mano y el celular en la otra, Armando se...