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miércoles, 5 de agosto de 2026

EL CEREBRO TAMBIÉN HABLA CON PALABRAS QUE OLVIDA (78)

 EL CEREBRO TAMBIÉN HABLA CON PALABRAS QUE OLVIDA




Hace unos días encontré, entre viejos documentos de cuando trabajaba en ECA.S.A. una empresa del Estado, un papel carbón. Lo sostuve unos segundos entre las manos. Era una hoja delgada, rojo obscuro, que durante muchos años permitió obtener copias cuando las máquinas de escribir eran las reinas de las oficinas.

En ese momento pasó Morgana, mi nieta.

—¿Qué es eso, Abu?

Le expliqué que servía para sacar copias antes de que existieran las impresoras y las fotocopiadoras de hoy. Me escuchó con atención, pero su mirada decía otra cosa: intentaba comprender un objeto perteneciente a un mundo que nunca había habitado. Entonces caí en la cuenta de que no solo desaparecen los objetos. También desaparecen las palabras que los nombraban.

Papel carbón, papel calca, mimeógrafo, diskette, rollo fotográfico, buscapersonas, videocasetera, guía telefónica... Durante años fueron palabras cotidianas. Hoy, muchas de ellas apenas sobreviven en la memoria de quienes las usamos. Los objetos se fueron y el lenguaje comenzó, silenciosamente, a despedirse de ellos.

El cerebro organiza la realidad mediante categorías. Las palabras son una de sus herramientas más extraordinarias. No solo sirven para comunicarnos; también nos ayudan a reconocer, recordar y comprender aquello que nos rodea. Cuando una palabra desaparece porque el objeto dejó de existir, también desaparece una pequeña manera de mirar el mundo.

Cada generación hereda un vocabulario diferente, porque cada época enfrenta desafíos distintos. Mi papá hablaba de pluma fuente, papel sello sexto, vitrolas y telegramas con absoluta naturalidad. Morgana crecerá rodeada de algoritmos, inteligencia artificial, asistentes virtuales y computación en la nube. Ninguna generación posee el lenguaje definitivo. Cada una recibe el suyo y, sin darse cuenta, comienza a transformarlo.

Quizá, por eso dos personas de edades distintas pueden contemplar el mismo objeto y descubrir cosas completamente diferentes. Yo vi un recuerdo; Morgana vio un misterio. Mi cerebro activó experiencias, olores, oficinas, máquinas de escribir y compañeros de trabajo. El suyo no encontró ninguna referencia. Aquella palabra todavía no tenía un lugar donde vivir.

Las neurociencias sostienen que el cerebro interpreta el presente apoyándose en lo que ya conoce. Por eso, aprender palabras nuevas no consiste únicamente en enriquecer el vocabulario. Significa construir nuevas conexiones neuronales, ampliar nuestras categorías mentales y descubrir aspectos de la realidad que antes pasaban inadvertidos.

Tal vez, por eso una de las señales más hermosas de seguir vivos sea conservar la curiosidad. No para aferrarnos a las palabras que el tiempo inevitablemente se llevará, sino para recibir con entusiasmo las que están llegando. Porque, mientras nuestro cerebro continúe aprendiendo nuevos nombres, seguirá encontrando nuevas maneras de comprender el mundo.

Y quizá ese fue el verdadero regalo escondido en la pregunta de Morgana. No me estaba preguntando qué era un papel carbón. Sin saberlo, me estaba recordando que cada generación escribe su propio diccionario. Y que, mientras unas palabras se despiden con la elegancia de los viejos amigos, otras llegan para abrir ventanas hacia mundos que todavía estamos aprendiendo a imaginar.

jueves, 4 de junio de 2026

MIENTRAS DUDAS, LA VIDA SIGUE ENSAYANDO SIN TI (71)

Mientras dudas, la vida sigue ensayando sin ti


MIENTRAS DUDAS, LA VIDA SIGUE ENSAYANDO SIN TI

El Pollito Núñez se quedó varios minutos frente a la vitrina de la panadería. No era hambre exactamente. Era indecisión. Dudaba entre el mismo croissant de siempre o probar ese pan nuevo, de nombre impronunciable, que alguien había dejado estratégicamente iluminado. Detrás de él, una señora pidió sin titubeos, pagó y se fue. Luego, un joven hizo lo mismo. Pollito Núñez seguía allí, como si elegir un pan fuese una declaración de principios.

Finalmente, pidió lo de siempre.

Al salir, mientras caminaba con su bolsa tibia, tuvo una sensación incómoda: no era el pan lo que había evitado. Era el pequeño riesgo de cambiar. Esa mínima incomodidad que, sin hacer ruido, gobierna decisiones más grandes de las que estamos dispuestos a admitir.

Porque, no solemos paralizarnos en lo extraordinario. Nos detenemos en lo de siempre. En ese mensaje que dejamos en borrador, en la llamada que postergamos “para mañana”, en el curso que seguimos acumulando sin aplicar, en el proyecto que “todavía no está listo”, en esa idea que preferimos seguir afinando antes que exponerla. Y mientras tanto, alguien —no necesariamente más capaz— ya empezó: publicó, llamó, propuso, se equivocó… y corrigió.

No es una cuestión de talento. Es, muchas veces, una cuestión de umbral. Hay quienes toleran mejor la incomodidad inicial. Entienden, quizá intuitivamente, lo que ya sugería William James: que el pensamiento cobra sentido cuando se prueba en la acción. O, lo que sostenía Jean-Paul Sartre: que somos, en última instancia, lo que hacemos, no lo que postergamos.

El cerebro, sin embargo, juega en contra. Prefiere lo conocido. Evalúa riesgos donde a veces solo hay posibilidades. Nos convence de que falta un curso más, una revisión adicional, un momento perfecto que rara vez llega. Y en ese elegante aplazamiento, nos regala la ilusión que estamos avanzando. Pero, no hay avance sin fricción, sin exposición, sin riesgo, sin ese ligero temblor de no tenerlo todo bajo control.

Pollito Núñez no fracasó por elegir el mismo pan. Pero, esa escena, tan común, tenía algo de espejo. ¿Cuántas veces repetimos lo conocido no por convicción, sino por evitar el pequeño vértigo de lo nuevo?

Dar el paso no siempre es épico. A veces, es casi invisible. Es enviar ese correo sin releerlo diez veces. Es inscribirse ¡hoy! No “cuando tenga tiempo”. Es hablar en esa reunión, aunque la voz tiemble. Es mostrar un borrador en lugar de esperar la obra perfecta. Es salir a caminar diez minutos cuando el cuerpo pide quedarse. Es decir “no sé, pero puedo intentarlo”. Es empezar con una versión mínima, imperfecta, pero real.

No se trata de lanzarse sin pensar. Tampoco, de romantizar la improvisación. Se trata de reconocer ese punto en el que la preparación deja de sumar y empieza a esconder. Ese instante en que la duda ya no protege, sino que posterga. Porque, la experiencia no se descarga: se construye.

La vida, al final, no espera a que estemos listos. Ensaya con quienes se atreven a empezar con lo que tienen. Y aprende con ellos.

Quizá mañana, Pollito Núñez, vuelva a la panadería. Tal vez, pida lo mismo. O, tal vez no. Pero si algo cambia, no será el pan. Será ese leve desplazamiento interior —casi imperceptible, pero decisivo— que ocurre cuando uno deja de ensayar en la cabeza y se anima, por fin, a ensayar en la vida.

 

 

EL CEREBRO TAMBIÉN COME P-14

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