¿Quién soy yo?
Hay preguntas que no envejecen ni pasan
de moda. No importa cuántos siglos transcurran ni cuántos avances tecnológicos
acumulen las sociedades. Permanecen allí, discretas, esperando el momento
oportuno para aparecer. Una de ellas suele visitarnos cuando menos lo
esperamos: mientras observamos una película, cuando regresamos solos a casa o
en esos instantes en que el silencio parece tener algo que decirnos.
¿Quién soy yo?
La respuesta inmediata parece obvia. Soy
quien ama a mis hijos, el que se preocupa por las cuentas del mes, el que se
emociona cuando escucho una vieja canción o quien se asusta ante una mala
noticia. Sin embargo, basta prestar un poco más de atención para advertir algo
curioso.
Imagina a Hermi, que espera los resultados de un examen médico. La preocupación aparece y le oprime el pecho. O, a William, que acaba de discutir con un amigo y siente hervir la indignación. Ambos, experimentan emociones reales e intensas. Pero, al mismo tiempo, pueden reconocerlas. Pueden decir: “Estoy preocupada” o “Estoy molesto”.
Y aquí, surge una grieta fascinante en
nuestra aparente certeza.
Si puedo observar mi preocupación, ¿soy
únicamente esa preocupación?
Si puedo reconocer mi enojo, ¿soy
solamente ese enojo?
Sabemos que nuestro cerebro es una extraordinaria maquinaria de interpretación. Procesa información, anticipa escenarios, construye recuerdos y genera emociones con una eficacia asombrosa. Pero, también nos permite tomar distancia de lo que sentimos y poder observarlo. Es una capacidad tan cotidiana que, pocas veces nos detenemos a admirarla.
Sobre este misterio reflexionó durante décadas el sabio hindú Ramana Maharshi. Su propuesta era desconcertantemente simple. Cuando alguien decía: “Tengo miedo”, él preguntaba: “¿Quién tiene miedo?”. Y cuando la persona respondía “yo”, volvía a preguntar: “¿Quién soy yo?”.
No buscaba una definición académica ni
una explicación filosófica. Invitaba a dirigir la mirada hacia quien
experimenta la experiencia.
Tal vez, por eso la pregunta resulta tan inquietante. Porque, cada respuesta parece abrir una puerta nueva.
¿Soy mis recuerdos? Si fuera así, ¿quién
sería cuando algunos comiencen a desvanecerse? ¿Soy mis emociones? Entonces,
¿por qué cambian tantas veces en un mismo día? ¿Soy mi profesión? ¿Mi nombre?
¿Mi historia?
Quizá somos, al mismo tiempo, el actor y el espectador. El que ríe y el que advierte que está riéndose. El que sufre y el que observa su propio sufrimiento.
Hay tardes en que un cimbreante viento
mueve las ramas de un árbol y nadie le presta atención. Sin embargo, quien
observa con calma descubre que detrás de ese movimiento sencillo hay algo
profundamente revelador: todo cambia. Las hojas cambian, caen, las estaciones
cambian, nosotros cambiamos.
Y, aun así, permanece la pregunta.
Tal vez, esa sea su verdadera función.
No ofrecer una respuesta definitiva, sino mantener despierta la curiosidad.
Recordarnos que, detrás de las rutinas, los apuros y las certezas de cada día,
existe un territorio inexplorado que llevamos con nosotros desde el nacimiento.
Un territorio que comienza con tres palabras sencillas y extraordinarias:
¿Quién soy yo?
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