DEJA
DE HACERTE LA VÍCTIMA
Rubén
“el loco” Cáceres no parecía un personaje trágico. No había perdido nada
extraordinario, no arrastraba una historia de novela. Sin embargo, mientras se
peina cada mañana frente al espejo, ensayaba la misma frase con disciplina casi
religiosa: “otro día más o vamos sobreviviendo”. Lo decía con naturalidad, como
quien comenta el clima. Y así, sin darse cuenta, fue convirtiendo su vida en un
parte diario de resignación.
Un
día —no por iluminación, sino por cansancio— decidió hacer algo diferente:
escucharse. No hacia afuera, donde solemos cuidar las palabras, sino hacia
adentro, donde podemos ser brutales, aquí no podemos engañarnos. Descubrió que
su diálogo interno era una suma de pequeñas derrotas anticipadas. Nada grave
por separado, pero devastador en conjunto.
Ese
fue el inicio de su viaje. No hubo maletas ni aeropuertos, pero sí un
desplazamiento más complejo: pasar de la queja automática a la observación
consciente. Al principio, todo le sonaba impostado. Cambiar “no puedo” por “voy
a intentarlo” le parecía un gesto casi tonto, como si estuviera engañándose. Y,
sin embargo, persistió. No porque creyera en fórmulas mágicas, sino porque
empezó a sospechar que su manera de hablarse no era inocente.
La
filosofía ya había dejado pistas. Epicteto advertía que no son los hechos los
que nos perturban, sino la interpretación que hacemos de ellos. El Loco Cáceres
no podía cambiar todo lo que le ocurría, pero sí la narrativa con la que lo
enfrentaba. Y eso, aunque parezca menor, alteraba su disposición a actuar.
Más
adelante, casi como quien tropieza con una idea en una conversación con Rosendo,
se encontró con el concepto del “cuidado de sí” de Michel Foucault. No era un
permiso para la compasión, sino una exigencia: tratarse con dignidad, incluso
cuando uno falla. Sobre todo, cuando uno falla.
La
ciencia, por su parte, no desmintió su intuición. La neuroplasticidad le daba
una base concreta: repetir una forma de pensamiento no es bueno; deja huella,
crea caminos, facilita que esa misma ruta se recorra otra vez. El Loco Cáceres entendió,
entonces que su antiguo “sobreviviendo” no era solo una palabra: era un
entrenamiento.
Pero,
no todo fue lineal. Hubo días en que volvió a su viejo libreto con una
precisión admirable. “No sirvo para esto”, “otra vez igual”, “para qué
intento”. La diferencia es que ahora lo notaba. Y en ese pequeño acto de notar,
algo cambiaba. Ya no era un reflejo automático; era una elección en disputa.
Con
el tiempo, su lenguaje empezó a cambiar. No hacia un optimismo ingenuo —no se
repetía “todo está perfecto”—, sino hacia una honestidad menos cruel. “Esto no
salió bien, pero puedo corregirlo”. “Hoy avancé poco, pero avancé”. Frases
modestas, casi discretas, pero que iban reordenando su relación consigo mismo.
Curiosamente,
nada espectacular ocurrió afuera. El mundo siguió siendo el mismo: exigente,
impredecible, a veces ingrato. Lo que cambió fue la forma en que Rubén “el
loco” Cáceres se habitaba. Dejó de tratarse como un problema y empezó a
tratarse como un proceso.
Y
eso, aunque no se anuncie en titulares, tiene consecuencias. Porque, dejar de
hacerse la víctima no es negar el dolor ni maquillar la dificultad. Es dejar de
convertir cada tropiezo en identidad. Es mirarse sin complacencia, pero también
sin desprecio. Es, en el fondo, una forma de respeto.
El
Loco Cáceres no se volvió extraordinario. Pero, dejó de decir “sobrevivo” como
si fuera una condena. Ahora, cuando le preguntan cómo está, a veces responde
—con una media sonrisa, casi irónica—: “aprendiendo”.
Y
quizá, en ese verbo, haya más verdad que en todas sus antiguas certezas.

No hay comentarios:
Publicar un comentario