¿Y,
SI EL QUE NECESITA CARGARSE SOY YO?
Me
recosté un momento al mediodía y aproveché para conectar el celular. Cada vez,
la batería dura menos. Apenas, unas horas de uso y el pequeño icono rojo
comienza a advertirme que la energía se está agotando.
Mientras
enchufaba el cargador, tuve una sensación extraña. Por un instante, sentí que
no era el teléfono el que se estaba conectando, sino yo.
La
idea me sorprendió.
¿Qué
pasaría si dentro de una o dos horas debo salir y el celular sigue con poca
batería? No podría recibir llamadas importantes. Tendría dificultades para
comunicarme. No podría usar mi billetera electrónica ni acceder a muchas de las
pequeñas herramientas digitales que hoy sostienen nuestra vida cotidiana.
Entonces,
una fantasmal pregunta comenzó a abrazarme.
¿Estaría
realmente en el mundo o sentiría que he desaparecido un poco de él?
Vivimos
una época paradójica. Nunca habíamos estado tan conectados y, sin embargo,
nunca habíamos temido tanto la desconexión. Ya Martin Heidegger advertía que la
tecnología podía llegar a moldear nuestra forma de habitar la realidad. A veces,
pareciera que nuestra presencia depende de la señal de un mensaje, una pantalla
o un porcentaje de carga.
Las
neurociencias aportan una mirada complementaria. El cerebro es un órgano
extraordinario, pero también limitado. Consume una enorme cantidad de energía y
necesita pausas para restaurarse. Sin descanso, sin momentos de silencio o
contemplación, disminuye nuestra capacidad de atención, creatividad y
regulación emocional.
Sin
embargo, solemos cuidar más la batería del celular que nuestra propia energía.
Si
el teléfono llega al diez por ciento, buscamos un enchufe. Pero, podemos pasar
semanas con la paciencia agotada, la mente saturada o el ánimo debilitado sin
detenernos a recargarnos.
Los
antiguos filósofos hablaban del cuidado de sí mismo. No como un acto de
egoísmo, sino de sabiduría. Comprendían que nadie puede ofrecer claridad,
afecto o serenidad si vive permanentemente agotado.
Mientras
observaba el celular cargándose, pensé que quizá nos estamos pareciendo
demasiado a nuestros dispositivos: siempre encendidos, siempre disponibles,
siempre respondiendo.
Pero,
ni las máquinas ni las personas fueron diseñadas para vivir así.
Aquella
tarde, comprendí que quien necesitaba conectarse era yo. No a internet. No a
una aplicación. Sino a una conversación sincera, a una buena lectura, a los
afectos, a los recuerdos, a esos pequeños momentos que devuelven profundidad a
la existencia.
Porque,
la verdadera desconexión no ocurre cuando se apaga el celular.
Ocurre
cuando dejamos de alimentar aquello que da sentido a nuestra vida.
Y
entonces, aunque aparezcamos en línea para todos, comenzamos a estar ausentes
de nosotros mismos.

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