jueves, 25 de diciembre de 2025

GESTOS Y MEMORIAS DEL CUERPO (48)


Julio pasó años criticando los pequeños rituales de su padre: al sacarse el reloj y sortijas con sumo cuidado y alinearlos en su joyero, en el desayuno cortar con el cuchillo las puntas del plátano y el huevo pasado y hacerlos rodajas para comerlos. “Yo no seré así”, juraba. Pero el tiempo, ese escultor silencioso, hizo su trabajo. Hoy, a sus sesenta, Julio se sorprende a sí mismo repitiendo, con una exactitud que le estremece, aquellos mismos gestos que antes le resultaban tan ajenos. Su padre lleva meses muerto, pero habita en la memoria muscular de su hijo. No es falta de carácter; es la huella profunda del amor, grabada en el sistema nervioso. Heredamos más que rasgos físicos: heredamos formas de habitar el mundo.

Esta herencia somática toma formas aún más misteriosas. En una charla íntima, Rosario, la esposa de Julio, compartió su historia. A los diez años, en plena clase, un frío y dolor insólito la dobló en dos. La llevaron a la enfermería escolar. En ese preciso instante, a kilómetros de distancia, su padre moría en un accidente en los patios del ferrocarril donde trabajaba. Su cuerpo supo lo que su mente ignoraba. No fue un presagio sobrenatural; fue la manifestación extrema de un vínculo invisible. La ciencia llama a esto ‘interocepción exacerbada por el trauma’ o ‘sincronización afectiva’, donde el estrés agudo de un ser querido puede resonar, de modos aún no del todo explicados, en nuestro organismo.

Las anécdotas de Julio y Rosario nos revelan una verdad conmovedora: no somos islas. Estamos tejidos con los hilos de quienes nos precedieron. Los gestos de Julio son un diálogo póstumo con su padre; el dolor súbito de Rosario fue la primera herida del duelo. El cuerpo, en su sabiduría silenciosa, guarda registros que la razón no cataloga. Llevamos fantasmas vivos en nuestros hábitos y en nuestras corazonadas. No son espectros que atormentan, sino presencias que nos recuerdan que el amor y la conexión dejan marcas indelebles, más allá de la muerte. Reconocer estos ecos no nos debilita; nos humaniza, mostrándonos como seres profundamente vinculados, portadores de un legado que se expresa, a veces, en un simple gesto o en un escalofrío inexplicable.




Gestos y memorias del cuerpo


miércoles, 17 de diciembre de 2025

LA BANCA QUE NOS INCOMODA: El misterio de sentarse junto a un desconocido (47)

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LA BANCA QUE NOS INCOMODA: El misterio de sentarse junto a un desconocido



En los parques hay un objeto discreto que casi nadie mira, pero que todos evitamos: la banca. Basta acercarse para notar un comportamiento universal. Si alguien ya está sentado, buscamos el extremo opuesto; si hay otra banca vacía, mejor aún. Esa resistencia silenciosa parece nueva, pero quizá es antigua como el primer tronco en el que un grupo primitivo se sentó a descansar sin bajar la guardia. Sentarse alineados obligaba a mirar al frente y confiar la espalda al otro. No era lo mismo que un círculo, donde la tribu se reconocía con la mirada y el fuego daba un pacto de presencia. La banca moderna conserva esa linealidad ancestral, pero ha perdido el ritual que daba sentido a compartir.

Lo recordé una tarde cualquiera. Me senté en una banca algo cansado, y una señora ocupó el otro extremo. Ambos hicimos el mismo movimiento: un leve encogimiento del cuerpo, como queriendo reducir la invasión involuntaria del espacio ajeno. No hablamos, pero después de unos minutos nuestros ritmos respiratorios se acompasaron sin intención. Como si el cuerpo, más sabio que las costumbres, supiera que la proximidad también regula, también calma.

La antropología sostiene que la distancia interpersonal es un lenguaje, tan claro como la voz; la banca lo altera porque nos coloca cerca, sin código previo. Y el cerebro, fiel al mandato evolutivo, reacciona: la amígdala se activa apenas detecta la presencia del desconocido. Es un aviso antiguo: “Atento”. Pero, la corteza prefrontal, nuestra parte más civilizada, tarda apenas segundos en evaluar que no hay peligro, y entonces baja el pulso, afloja los hombros, devuelve la serenidad. En ese instante, surge una diminuta alianza que no pedimos, pero que ocurre: compartir un espacio sin conflicto.

Quizá, por eso hay tan pocas bancas en los parques modernos. No favorecen el tránsito rápido ni la eficiencia urbana. Son, en el fondo, pequeñas provocaciones: invitan a detenerse, a observar, incluso a convivir con quien no elegimos. Y eso, incomoda a ciudades diseñadas para no conversar.

Sin embargo, pienso que cada banca es un recordatorio de algo esencial. La humanidad no empieza cuando hablamos, sino cuando aceptamos compartir un silencio. Sentarse al lado de un desconocido es un ensayo mínimo de confianza. Una prueba modesta de que, pese a nuestras alertas internas, el otro rara vez es una amenaza. A veces, es solo un compañero fugaz bajo el mismo cielo.

 

jueves, 11 de diciembre de 2025

LAS HOJAS QUE AÚN ME QUEDAN POR ESCRIBIR (46)

LAS HOJAS QUE AÚN ME QUEDAN POR ESCRIBIR

En la escuela primaria hubo un cuaderno que siempre me produjo un leve temblor en las manos: el de caligrafía. A doble línea, exigente, implacable. Había que trazar morisquetas que, en teoría, “soltaban la mano” y nos encaminaban hacia “tener una buena letra”. Una tarde, cuando la campana de salida ya se preparaba para tañer, me faltaba más de media página de aquellas letras “O” entrelazadas. A mí me salían torres altísimas, pulgas diminutas —como decía mi maestro—, carrizos flacos o sandías desbordadas. Y entonces, comenzaba el suplicio: pensaba “no me van a salir” y, como profecía autocumplida, salían peor.

El segundo tormento era el borrador. Cuando lo tenía, dejaba el papel lleno de nubes grises; cuando no, lo había perdido o, peor aún, me lo había comido, distraído entre trompos, bolitas, run run y los mandados que debía hacer. Esa tarde, mientras mis compañeros ya habían salido, yo veía por la ventana cómo las pardelitas emprendían vuelo rumbo al mirador o al techo de la iglesia. Y yo seguía allí, atrapado entre mis monstruosas oes.

En la desesperación, humedecí mi dedo y comencé a frotar la hoja. Salieron pequeños rizos negros, como los “gallinazos” que se desprendían de mis pies al bañarme. Hasta que ¡horror!: apareció un hueco perfecto, un blanco impoluto que dejaba ver la hoja siguiente. ¿Y ahora? En ese instante comprendí que había un límite para borrar, que el afán de corregir también destruye.

Han pasado más de sesenta años desde aquella tarde. Y, en el crepúsculo de mi vida, regresa aquel Chalito de seis años, tembloroso, pidiéndome ayuda. Hoy puedo decirle que no tema: que la vida, como ese cuaderno, siempre ofrece nuevas páginas para equivocarse y seguir escribiendo. Que, no existe infancia sin tachaduras ni adultez sin huecos.

Kierkegaard decía que la vida solo puede entenderse mirando hacia atrás, pero debe vivirse hacia adelante. Y la neurociencia confirma que incluso, ahora el cerebro sigue trazando caminos nuevos, que cada error crea un aprendizaje y cada intento fortalece un circuito. Somos, en el fondo, un cuaderno vivo que se reescribe hasta el último día.

Pero, entonces surge la pregunta inevitable: ¿a mí me quedan todavía hojas? Quisiera creer que sí. Y que, al igual que aquel niño, puedo seguir escribiendo sin miedo a que alguna letra salga torcida. Porque, al final, la página más valiosa es siempre la que aún no se ha llenado.


 

jueves, 4 de diciembre de 2025

TE DEJARON FUERA DEL CHAT (45)

 


TE DEJARON FUERA DEL CHAT

He visto a Juan, amigo de años, quedarse mirando su teléfono con una mezcla de sorpresa y desconsuelo. Sus antiguos compañeros del colegio habían formado un grupo de WhatsApp para recordar anécdotas y organizar un reencuentro. A él, no lo añadieron. No hubo mala intención, quizá solo olvido, pero el efecto fue inmediato: se sintió fuera de una historia que también era suya.

Betsy, en cambio, me confesó que la sacaron del chat familiar. “Dicen que no participaba mucho”, comenta intentando restarle importancia. Sin embargo, el gesto dolió. Hay quienes odian estar en grupos, pero no saben cómo salir de ellos sin generar malestar; otros querrían quedarse, pero no los dejan. En ese vaivén, el mundo digital se mete cada vez más en nuestras emociones, en nuestros hábitos, en la forma en que nos vinculamos.

Podría parecer un asunto menor —una simple omisión en el universo de las pantallas— pero, no lo es. Los grupos virtuales son prolongaciones de la vida afectiva: allí se celebran logros, se comparten penas, se bromea, se discute y, sobre todo, se confirma la pertenencia. Estar o no estar equivale, a veces, a existir o a ser borrado del mapa emocional.

No todos reaccionamos igual. Los jóvenes suelen vivir la exclusión como una herida abierta; los mayores, como una decepción silenciosa. Hay, quienes lo relativizan y siguen su día, y quienes lo sienten como una traición mínima, pero punzante. La psicología explica que el cerebro procesa el rechazo social del mismo modo que el dolor físico. Quizás, por eso duele tanto.

Y, sin embargo, lo digital, aunque parezca impersonal, es profundamente humano. Allí, también nos mostramos, nos ocultamos, buscamos reconocimiento o afecto. Tal vez, no vivimos en dos mundos —virtual y físico—, sino en uno solo que se ha expandido. El segundo no es ajeno: es nuestra creación, nuestra nueva piel.

¿Podremos todos adaptarnos a ella? Quizá depende de la generación. Coexistimos la Silenciosa, los Baby Boomers, la X, los Millennials, los Z y los Alfa. Cada una busca su modo de comunicarse, de pertenecer, de no quedar fuera.

Pero, más allá de la pantalla, sigue latiendo el mismo anhelo: ser mirados, ser escuchados, ser parte. Porque, las verdaderas conversaciones —esas que sanan, que cobijan, que nos devuelven al otro— siguen ocurriendo, todavía, en el territorio cálido del encuentro humano.


jueves, 27 de noviembre de 2025

CONVERSANDO CON EL SOSIEGO (44)

 CONVERSANDO CON EL SOSIEGO




Emilio llega a casa exhausto. El tráfico, facturas por cobrar, las noticias —huelgas, asesinatos, extorsiones, delincuencia— le pesan como un saco invisible. Arequipa ruge allá afuera, pero él solo quiere silencio. Apaga la televisión, deja el celular a un lado, y se sienta en la penumbra del comedor. Por primera vez en días, no quiere oír nada: ni reclamos, ni quejas, ni su propio pensamiento corriendo detrás del reloj.

Al principio, el ruido interno no se detiene. Su mente sigue girando como un ventilador encendido: cuentas, trabajo, hijos. Pero, poco a poco, “el silencio que ha elegido” empieza a hacer su trabajo. Dentro de su cerebro, el sistema de alerta baja la guardia; la corteza prefrontal —el centro que gobierna la razón y las decisiones— recupera el timón. El cuerpo se aquieta, la respiración se vuelve más lenta. Desde la neurociencia, se sabe que el silencio no apaga el cerebro: lo reorganiza. Archiva emociones, cierra pensamientos pendientes, integra lo vivido. Es como si alguien ordenara el escritorio mental sin mover un dedo.

Para la filosofía, este instante tiene otro nombre: regreso al ser. Los estoicos lo entendían como un acto de dominio interior; los orientales, como el inicio de la conciencia plena. Heidegger decía que solo cuando el habla se detiene, el pensamiento puede ser auténtico. Emilio no lo sabe, pero en ese silencio está ejercitando su libertad: deja de reaccionar y empieza a comprender.

La antropología también lo explica. Desde los primeros pueblos, el ser humano ha buscado lugares de quietud para escucharse: el chamán en la cueva, el sabio en la montaña, el campesino frente a su cultivo. Hoy, en su casa mistiana, él repite ese mismo gesto ancestral. El silencio se convierte en su refugio.

De pronto, siente algo distinto. Menos ruido interno, más claridad. Ya no todo parece urgente. El cuerpo se aligera. En esa calma descubre que el mundo exterior —tan convulso y caótico— refleja lo que sucede dentro. Cuando hay desorden interior, el entorno se amplifica; cuando hay serenidad, todo se vuelve más nítido.

No es magia ni mística. Es biología haciendo espacio, filosofía volviendo al cuerpo, antropología recordando el origen. En ese instante callado, Emilio, por fin, no huye de su vida: la mira de frente, la comprende y, en silencio, empieza a habitarla.

miércoles, 26 de noviembre de 2025

EL CALLEJERO (03) - FILOSOFÍA DE UNA PEPA DE AGUAJE

 FILOSOFÍA DE UNA PEPA DE AGUAJE





Hoy es 26 de noviembre. Lo sé.
Sé también —como cualquier melómano de buena memoria— que el famoso concierto The Beatles en la azotea fue un frío día de enero. Pero ¿a quién le importa? La memoria tiene sus propias estaciones, y hoy, extrañamente, decidió abrirme la puerta de 1969 como si fuera una habitación sin calendario. Y ahí estaba: mi Yurimaguas intacta, mi pepa rodando, y los Beatles tocando atemporalmente, como siempre que algo esencial se filtra en mi alma.

La calle de aquel año tenía la manía de desafinar con estilo. Blanca, amplia, con su aire de escenario improvisado, con el sol dando botes en la pista me esperaba como quien afina guitarras invisibles. Yo, niño flaco con camisa clara y zapatos demasiado formales, me paraba en medio de su anchura con la solemnidad ingenua de quien no sabe que está siendo observado por la historia —y peor aún, por la calle, que tenía más ironía que Lennon un miércoles por la mañana.

La pepa del aguaje rodaba con un swing improbable. Rebotaba como si hubiera escuchado a McCartney en secreto. Yo la pateé, por supuesto. A esa edad patear es la forma más pura de decir “estoy vivo”. La pepa salió disparada, describiendo un giro tan absurdo que Lennon habría sonreído con media boca diciendo:
“Reality leaves a lot to the imagination… y esa pepa también.”

La calle, esa eterna mánager sin sueldo, soltó un crujido que bien pudo ser una risa. Ella sabía —siempre supo— que yo creía dirigir la escena, cuando era ella quien llevaba el tempo. Me dejaba avanzar, corregía mis pasos, desviaba la pepa con malicia. Todo con un ritmo secreto, como si tarareara “Come Together” antes de que yo supiera lo que era un acorde.

Mientras tanto, en ese enero lejano, cuatro muchachos tocaban sobre una azotea sin pensar que el mundo los escucharía medio siglo después. Sin anuncios. Sin artificio. La belleza pura de lo casual. Y aquí estoy yo, en este 26 de noviembre cualquiera, recordándolos, porque una pepa decidió aparecer en mi memoria como un “riff” de guitarra inesperado.

La foto de aquel niño en medio de la calle —yo sin saber que sería yo— tiene esa quietud engañosa de los momentos previos a una canción. Está parado con una seriedad casi cómica, como si la vida le hubiera dicho:
“Prepárate, muchacho. Aquí viene el primer acorde.”

Hoy, en el atardecer amable de los años, entiendo: no importa cuándo ocurrieron las cosas, sino cuándo regresan a tocar en nuestro pecho. A veces, vuelven un enero; a veces un 26 de noviembre. A veces, vuelven como Beatles en la azotea. A veces, como una pepa que rueda con ironía amazónica.

La pepa desapareció.
La calle siguió cantando.
Y yo, que antes no entendía nada, hoy escucho su lección con claridad beatle:

El tiempo es un escenario sin fechas.
Los recuerdos afinan cuando quieren.
Y la vida —con ese humor de Johnn— te sorprende en cualquier día del calendario.

EL CALLEJERO (02) "UN SUSURRO QUE ME ATRAJO"

"UN SUSURRO QUE ME ATRAJO"



La primera vez que llegué a la Calle Puente Bolognesi no sabía que estaba entrando en un territorio que reclama a quienes lo pisan. Era febrero de 1981 y Arequipa, recién revelada, me dejaba perderme con su luz oblicua, esa que transforma cada muro de sillar en una página para leer. Me desvié “sin querer queriendo”, doblé donde no debía y terminé descendiendo hacia un puente que no había oído nombrar, tres enhiestos arcos antiguos “saltan” sobre el curso del enérgico río Chili, como si estuviera ahí solo para esperarme.

Con los años entendí que hay calles que no se caminan: se escuchan. Puente Bolognesi murmura con cada adoquín, retiene silencios coloniales en el sillar y respira una memoria que no solo pertenece a la ciudad, sino también a quienes la descubren desde el desconcierto.

En una de esas tardes claras y románticas, cuando la luz cae como un suspiro sobre la piedra, entré a una panadería pequeña. Iba acompañado de una jovencita a la que pretendía impresionar, llevando en el bolsillo un ímpetu juvenil que confundía humor con encanto. Una señora irrumpió apurada:

—¿Cuánto cuestan los cachitos?

Y yo, queriendo lucirme, respondí antes que el dependiente:

—¡Señora, los cachos son gratis!

Su mirada me cayó encima como un portazo. Me borró la sonrisa, el orgullo y hasta el aire. Nervioso no me atreví a mirar a mi amiga (sabía que había quedado pésimo). Fue una lección instantánea: el humor también tiene paisaje, clima y hora; hay palabras que no se deben lanzar en el templo de la dignidad ajena. Aquella tarde aprendí más de mí mismo que en muchas clases de la UNSA.

Pero el puente, testigo de todo, no juzga. Ni mis torpezas, ni las de nadie. Ese es su encanto.

Hoy, lo veo atraer personas de todas las almas posibles: enamorados que buscan un rincón donde el Chili les hable en voz baja; viajeros que no saben qué buscan, pero sienten que allí algo se acomoda; melancólicos que dejan que el río les ordene los pensamientos; estudiantes apresurados, turistas hechizados, vecinos que simplemente atraviesan el día. Todos llegan por una razón distinta, pero todos —sin excepción— quedan atrapados por su belleza: esa forma en que el sol se derrama sobre el sillar y vuelve dorado incluso lo que duele.

Han pasado cuarenta y cuatro años desde aquella primera noche en que me perdí para encontrarlo. Hoy camino, otra vez por la misma vereda, como quien regresa a una página que nunca termina de revelar lo que guarda. El puente sigue entero, con latente vida, custodio de todos los pasos: los enamorados, sí, pero también los que buscan claridad, los que cargan dudas, los que se preguntan quién fueron y quiénes pueden ser.

Porque, Puente Bolognesi no une solo dos extremos: une tiempos, historias, respiraciones.

No es un cruce: es un llamado. Un sitio donde cada persona deja una parte de lo que trae, y recibe algo que no sabía que necesitaba.

Y por eso —quizá por eso— siempre regresamos.

  

viernes, 21 de noviembre de 2025

LA INTIMIDAD MÁS PROFUNDA NO SE.TOCA CON LAS MANOS (43)

"La intimidad más profunda, no se toca con las manos"

Quince días fuera de Cuzco. Varios encuentros, varios cafés. Cada uno con su propio color. Pero hubo uno que se salió del guion. El encuentro con Elisa.

El primer encuentro fue café y trabajo. Conversaciones cordiales, protocolarias. El segundo cambió todo. Las palabras se volvieron confesionales. Ambos. Yo hablé de mis fracasos; ella, de los suyos. Frustraciones, sinsabores, esas verdades que solo se dicen cuando el alma reconoce territorio seguro. Fue una catarsis compartida, sin jueces. El tercero fue extraordinario: una misa, gestiones laborales, galería de arte, almuerzo, cervezas, café en su casa. Seis horas continuas. Fluidas, relajadas. Ya habíamos probado algo más profundo: la intimidad sin cuerpo.

 

Vivimos obsesionados con la intimidad física. Pero, existe otra, más silenciosa y duradera: la intimidad del alma desnuda. Esa, donde dos personas se muestran sin filtros, sin máscaras.

La intimidad física está atada a la belleza temporal. La piel envejece, el deseo fluctúa. Pero la intimidad confesional trasciende el tiempo. No depende de la firmeza del cuerpo, sino de la valentía del espíritu. Con Elisa no hubo roce de pieles. Hubo algo más arriesgado: el roce de verdades. Y, eso crea una conexión más profunda que mil abrazos fugaces. Porque, mostrarse vulnerable es la intimidad suprema.

Cuando dos personas se confiesan mutuamente, sus cerebros entran en sincronía neuronal. Estudios de Princeton revelan que las ondas cerebrales se alinean. La oxitocina se libera no solo con abrazos, sino con conversaciones auténticas. Por eso esas seis horas renovaron en lugar de agotar.

Martin Buber distinguía entre relaciones "Yo-Ello" (funcionales) y "Yo-Tú" (donde el otro es reconocido en su totalidad). El tercer encuentro con Elisa fue plenamente "Yo-Tú": dos presencias sin máscaras, sin seducción, sin agenda.

Emmanuel Lévinas decía que el rostro del otro es una epifanía ética. Cuando Elisa compartió sus heridas, buscaba ser vista. Yo, al compartir las mías, buscaba ser escuchado. Ese intercambio de vulnerabilidades crea lazos más fuertes que la pasión efímera.

La belleza física se marchita. Los cuerpos cambian. La pasión se apaga. Pero, cuando dos almas se han mostrado sus cicatrices, eso no envejece. Eso permanece. Puedo olvidar qué ropa llevaba Elisa. Pero no olvidaré la valentía de sus palabras. No olvidaré que me permitió ver sus heridas. Y que yo, a cambio, le mostré las mías.

Volví a Cuzco con la certeza de que, aún existen personas capaces de desnudar el alma sin quitarse la ropa. Y que esa, justamente esa, es la intimidad más profunda y duradera.

La intimidad que no depende de la juventud de los cuerpos, sino de la honestidad de las almas.

jueves, 20 de noviembre de 2025

EL VOLCÁN CELOSO (Callejero 01)


La ventana enmarcada por rejas de hierro era el único ojo del callejero. El sillar blanco de la pared, poroso y eterno, ya no era solo la materia prima de Arequipa; era su prisión. Quedó atrapado la mañana que la vio, la Dama de Sillar, cuya belleza sobrenatural se escondía tras el cristal. Sus ojos, profundos como pozos de obsidiana volcánica, lo atravesaron con una mirada que parecía conocer todos los secretos del mundo. Su cabellera negra caía como una cascada de sombras líquidas sobre sus hombros, contrastando con la palidez luminosa de su rostro. Y su figura, esbelta y perfecta como las columnas de los antiguos templos, se recortaba contra la penumbra de la habitación con una elegancia que no parecía de este mundo. Sus magníficas luces, las del sol místico que solo brilla en esta ciudad, eran ahora el único paisaje de su confinamiento.

Ella, sin saberlo, era el anzuelo del poderoso Volcán Misti, el guardián de la ciudad junto a sus hermanos. Una antigua maldición la rodeaba como un velo invisible: quien osara amarla quedaría cautivo para siempre, su alma sellada en el sillar blanco que construyó la ciudad.

El callejero, ajeno a maldiciones, pero encandilado por la blanca urbe, firmó su destino al verla. Cada noche, cuando las sombras se alargaban y el Misti vigilaba en silencio, él regresaba. Noche tras noche, al pie de la ventana, recitaba poemas nacidos de la mágica campiña: tan profundos como las entrañas volcánicas de la ciudad, con una tesitura rítmica como los cuentos que va deshilando el Chili en cada recodo, y tan luminosos como el sol único que lo había cegado. Y ella, detrás del cristal, lo escuchaba inmóvil. A veces, una lágrima silenciosa rodaba por su mejilla. Otras, sus dedos rozaban el vidrio como queriendo atravesarlo. Pero, las rejas permanecían infranqueables, y la distancia entre ambos, eterna.

Una noche, aun sabiendo que su vida estaba en juego, recitó su última ofrenda. Sus palabras temblaban de desesperación y anhelo. La Dama de Sillar, conmovida hasta las lágrimas, sintió cómo la maldición apretaba su pecho como garras invisibles. Intentó resistirse para salvarlo. Gritó en silencio, luchó contra las fuerzas que la ataban. Pero, fue en vano. El callejero, con un último acto de amor absoluto, sabiendo que moriría, pero que en ella viviría su gesto eterno, se arrancó el corazón y en él leyó su poema final.

Las palabras brotaron de su sangre, escritas en un lenguaje antiguo que solo el amor conoce.

Ella ya no se resistió. En un instante que detuvo el tiempo, su alma se entregó a la de él. Sus ojos de obsidiana se encontraron con los suyos por última vez, y en esa mirada habitó todo lo que nunca pudieron vivir juntos. Fue una intimidad que trascendió el cristal, las pesadas rejas, y el sillar. Su cabellera pareció flotar en el aire como si una brisa imposible la meciera, y su figura se fundió con la noche, sellando para siempre su destino con el de él.

Por eso, si caminas despacio por la calle, acércate a esta ventana. Quizás, al pegar tu oído a la piedra blanca, escuches aún el susurro eterno de un poema de amor que quedó atrapado para siempre en el corazón del sillar. Y si miras con atención, en las noches de luna llena, podrás ver la silueta de una mujer de ojos profundos y cabellera infinita, esperando todavía detrás del cristal.

 

 

domingo, 16 de noviembre de 2025

NOS GUSTA VIVIR EN NUESTRAS MENTIRAS (42)

Nos gusta vivir en nuestras mentiras


Nos gusta vivir en nuestras mentiras

La chaqueta de cuero tipo rock brillaba en el pequeño taller del Puente Bolognesi. A mis 69 años, me permití ese capricho: recuperar esa rebeldía juvenil. Mientras el artesano ajustaba las cremalleras, soltó una frase inquietante:

—Todos sabemos lo que pasa: extorsiones, sicariatos, robos. Pero, seguimos como si nada. Nos gusta vivir en nuestras mentiras.

Esas palabras me acompañaron todo el camino a casa. Una verdad incómoda sobre un fenómeno psicológico tan antiguo como peligroso.

Las neurociencias lo llaman sesgo de optimismo. El Dr. Tali Sharot explica que nuestro cerebro tiende a minimizar las amenazas difusas. Cuando el peligro es constante, pero no nos toca directamente, la corteza cingulada anterior filtra la información negativa. En términos simples: sabemos que hay peligro, pero nuestro cerebro susurra "a ti no te va a pasar".

Platón lo vio en su Alegoría de la Caverna: los prisioneros preferían las sombras conocidas antes que la luz dolorosa de la realidad. Hoy, nuestra caverna es la rutina diaria. Las noticias de violencia son sombras en la pared, algo lejano "que les pasa a otros". Hasta que un día nos toca.

Conozco a Ricardo, dueño de una ferretería. Durante meses escuchó de extorsiones. "A mí no me va a pasar", pensaba. Hasta que recibió un sobre con fotos de sus hijos. El problema de vivir en la mentira es que el despertar es siempre brutal.

Cuando la amenaza finalmente se materializa, la amígdala entra en alerta máxima, liberando cortisol y adrenalina. Pero, llevamos tanto tiempo negando la realidad que no tenemos plan. No sabemos a quién recurrir. Nos sentimos solos, traicionados por nuestra propia ilusión. Lo más peligroso es que este fenómeno es colectivo. Cuando todos vivimos en burbujas de negación, construimos una ilusión de normalidad. Esta normalidad refuerza nuestra mentira: "Si todos siguen como si nada, no debe ser tan grave".

Los estoicos hablaban de la premeditatio malorum: reconocer conscientemente las amenazas reales. No vivir con miedo paralizante, sino preguntarse: "Si mañana me extorsionan, ¿qué haría?" Esta incomodidad preventiva es más saludable que la negación.

Viktor Frankl escribió: "Entre el estímulo y la respuesta hay un espacio donde está nuestro poder de elegir". Hoy, el estímulo es claro: la violencia está aquí. ¿Elegiremos seguir negándola hasta que sea demasiado tarde?

Salí del taller con mi chaqueta de cuero. Pero ahora sé que el verdadero lujo no es darse un gusto material, sino tener la valentía de mirar de frente la realidad.

La comodidad de la mentira es seductora. Pero su factura, es brutal.



sábado, 15 de noviembre de 2025

VIBRACIONES DE UNA SONORA SOLEDAD

 El vals peruano "Idolatría" es una joya de la música criolla que gira en torno al culto del amor romántico. Sin embargo, su melodía es tan profundamente evocadora que, más allá de la letra, me transporta a una devoción profunda, respetuosa y eterna: la que siento por mi padre.

Mi papi, en el Club Pacasmayo en Lima, se encontraba sumergido en el piano. Un momento que, siendo público, se torna íntimo y poderosamente sensible. Cómodo en su arte, él estaba sobre una alfombra roja de admiración. Su imagen reflejada en el fondo es el duplicado de quien él es y de quien queda para replicar infinitamente este instante en mi memoria.

Papá se sumerge entre las blancas y negras, y en delirios de pases mágicos, sus dedos hacen aflojar estas magníficas armonías. Él no solo toca; interpreta con su vibrante alma la música que se convierte en el pentagrama de sus propias emociones. Mientras grabo, una profunda nostalgia me captura.

Siento el vals "como si fuera el trinar de pajaritos en libertad reciente que dejan su jaula por su nueva libertad, pero añoranza por la jaula que los cobijó."

Papá sigue libre añorando su nido terrenal, y su sonora ausencia llena mi soledad. Es un melódico eco que persiste tras su partida. Su "toque personal" convierte su música en un legado emocional imperecedero.

Escucharlo, es sentir la brisa de la tarde pacasmayina que se pasea por el malecón: es suave y absolutamente reconfortante.


jueves, 6 de noviembre de 2025

NUESTROS FATÍDICOS 15 MINUTOS: La vida en la encrucijada (41)

**Nuestros Fatídicos 15 Minutos: La Vida en la Encrucijada**

En el café de la esquina cada semana escucho historias que tienen ese tinte filosófico. Como la de mi vecina Patty, arquitecta meticulosa que aceptó una jefatura por presión familiar. Sus "15 minutos de gloria corporativa" duraron tres meses, dejándole insomnio y ansiedad. Al escucharla, recordé a mi primo Lalo, ingeniero sistemático que transfirió sus ahorros a un falso ejecutivo bancario. 

Estas decisiones impulsivas que luego lamentamos comparten una causa neurocientífica: en momentos de alta presión, nuestra amígdala (centro emocional) secuestra la corteza prefrontal (nuestra voz racional). Son esos "15 minutos de vulnerabilidad" donde el piloto automático anula al piloto experto.

Mi amiga Marlene vivió su versión en un romance adolescente. Cediendo a los ruegos de su novio y a sus propias emociones, tuvo una relación sexual sin protección. Esos minutos de intimidad, guiados más por el deseo y la presión que por la razón, resultaron en un embarazo que transformó completamente su proyecto de vida.

Estos momentos críticos han proliferado en el ámbito digital. Mi sobrino Álvaro, un universitario que se presume hábil con la tecnología, hizo clic en un enlace que ofrecía un "iPhone gratis" y en segundos comprometió todas sus cuentas. Sus breves minutos de descuido le costaron semanas recuperando sus redes sociales y su tranquilidad.

Los estoicos enseñan un antídoto crucial: existe una pausa vital entre lo que nos sucede y cómo respondemos. En ese breve espacio practicamos la "prosoche" (atención plena). Como decía Epicteto, no son los hechos sino nuestra interpretación lo que nos afecta.

La próxima vez, que sientas esa urgencia irremediable, respira hondo tres veces. Recuerda que esos 15 minutos de gloria efímera, de terror irracional o de placer inmediato pueden determinar años de tu vida. La verdadera madurez consiste en reconocer nuestra humanidad frágil y actuar con la serenidad de quien sabe que cada instante contiene una eternidad de consecuencias.


sábado, 1 de noviembre de 2025

* MI CASACA ESTÁ DE VUELTA




 ***   MI CASACA ESTÁ DE VUELTA   ***

Tenía diez años cuando vi a Elvis en una revista. La casaca negra brillaba como una armadura de rebeldía. No entendía inglés, pero su actitud hablaba un idioma universal: "Soy libre". Desde ese día, supe que algún día yo también tendría una.

En Pacasmayo, pueblo de mar y viento, los sueños llegaban envueltos en revistas viejas que los marineros traían del Callao. Algunas de ella, llegaban a la tienda de mi tía Rosita Burgos. Ahí estaban todos: James Dean apoyado en su moto, los Beatles, Jim Morrison con esa mirada que desafiaba al mundo. Y todos, absolutamente todos, llevaron en algún momento casacas de cuero.

—Esas son para gringos —decían—. Aquí, lo que se necesita es una buena camisa de franela.

Pero, yo guardaba el sueño como quien guarda una promesa.

A los veinte años, con mi primer sueldo de “mil oficios”, entré a una tienda en Lima. La casaca colgaba en el aparador como un trofeo. Era de "cuero sintético" —eufemismo para decir plástico— pero, cuando me la probé frente al espejo, no vi la imitación. Vi al hombre que quería ser.

La usé en algunas citas serias. La usé cuando iba a la universidad. Me la puse, tantas veces, que el material comenzó a quebrarse como piel de una shushupe vieja. Duró unos cuatro años. Pero, en mi memoria, quedó eternamente.

La segunda: 1980

Esta, sí era de cuero. Era ‘firme’. Pesaba como un compromiso y olía a legitimidad. Me costó dos meses de sueldo. Mamá la consiguió cuando fue a Juliaca y, allí llegaban de contrabando desde Argentina. Costó bastante, hijito ——¿No es mucho? —Me dijo con su carita de preocupación. Sonreí, ella me entendió, no estaba comprando una prenda. Estaba vistiendo a mi identidad.

Con esa casaca conocí Arequipa por primera vez. Con ella caminé las calles de San Agustín mientras estudiaba mi licenciatura. La tenía puesta cuando nacieron mis dos hijas. Sus bolsillos guardaban el calor de mis atrevidas manos que delinearon sinuosas tersuras y acariciaron pieles de satén envueltas en el reclamo de la osadía juvenil.

Y, fue precisamente por ellas que la guardé.

Un día, mi hija mayor —tendría cinco años— me dijo: "Papá, ¿por qué usas eso? Pareces malo". Y aunque reí, algo dentro de mí se quebró. La casaca fue al fondo del ropero. Raída por el desplante del tiempo, con surcos de momentos cómplices, de encuentros y fiestas idas. Grietas llenas de sonrisas, de inconfesables aventuras. Olor a cuero y cigarro, aroma de fragancias que bellas damiselas dejaron junto a las sierpes de sus cabellos buscando el calor que inspira su enhiesto cuello.

El cuero envejeció en silencio mientras yo envejecía en público. Los años pasaron como pasan: trabajando, criando y cumpliendo. La casaca quedó enterrada bajo corbatas, ternos, camisas formales. Las responsabilidades son así: te visten de adulto, aunque por dentro sigas siendo ese chico de veinte años mirando posters.

La tercera: 2025

Puente Bolognesi. Esa calle la conocía desde mis días de universidad. Siempre había talleres de cuero, siempre el olor a pegamento y promesas. Durante décadas pasé por ahí sin detenerme, como quien pasa frente a la casa de un amor antiguo sin atreverse a tocar la puerta. Pero, algo cambió este año. Acababa de presentar mi décimo libro. Sesenta y nueve años. Diplomas en neurociencias, conferencias internacionales, columnas en el diario. Una vida respetable, digna, llena. Y, sin embargo, había una casaca que faltaba.

Entré al taller. El artesano —un hombre de manos curtidas y mirada sabia— me miró de arriba abajo.

—¿Para usted? —preguntó, sin ironía.

—Para mí —respondí, sin duda.

Y mientras tomaba mis medidas, mientras elegíamos el tipo de cuero, el color de los cierres, la forma de las solapas, sentí algo que no sentía hace décadas: estaba recuperando un pedazo de mí que creía perdido.

La casaca añorada que se fue con el tiempo, la piel de mis ensueños volvía. Ponérmela sería llenarme del ardor, me llevaría a la conquista para decir un te quiero.

El Espejo No Miente (Pero, tampoco dice toda la verdad)

Cuando fui a recogerla, el artesano me hizo probarla frente a un espejo viejo, manchado de tiempo. Subí el cierre. Ese relámpago que enciende velados encuentros, como escribí hace años. Y, ahí estaba yo. Sesenta y nueve años. Canas abundantes. Arrugas que narran décadas. Y una casaca de cuero que brillaba como en 1976.

La casaca me devuelve el reflejo: cabello negro peinado hacia atrás, vivaz, atento. Así, me veo con mi chaqueta de vanidad. Pero, el espejo insiste en mostrarme al hombre de plateado cabello. Dos realidades en un mismo cristal.

—Le queda bien —dijo el artesano.

Sus bolsillos, a ambos lados, guardan el calor de mis atrevidas manos. Guardan las décadas, las conquistas, los fracasos. Todo sigue ahí, raído por el desplante del tiempo, con surcos de momentos cómplices.

La Ciencia del Yo que No Envejece

El Dr. Antonio Damasio, neurocientífico portugués, habla del "proto-self": esa sensación primaria de existir que permanece constante a pesar de los cambios del cuerpo. Cuando me pongo la casaca, activo redes neuronales que se formaron hace cincuenta años. No es nostalgia; es continuidad identitaria.

El hipocampo, el guardián de mi memoria autobiográfica, conserva intacta la emoción de aquel chico de veinte años. Mi corteza prefrontal, que maneja la identidad narrativa, reconoce que soy el mismo que soñó con Elvis. El cuero no me hace joven; me devuelve la coherencia.

Estudios del University College London revelan que los objetos cargados de significado personal activan el sistema de recompensa cerebral (núcleo accumbens) de manera similar a como lo hacen las relaciones afectivas. La casaca no es una prenda; es un vínculo.

Paul Ricœur, filósofo francés, distinguía entre "identidad ídem" (lo que permanece igual) e "identidad ipse" (lo que se mantiene fiel a sí mismo). Mi cuerpo ha cambiado radicalmente —identidad ídem— pero, mi ipse, mi esencia, sigue siendo la del muchacho que admiraba a los héroes del rock and roll.

La casaca es lo que Ricœur llamaría un "símbolo de persistencia". Como el barco de Teseo, que cambia cada tabla, pero sigue siendo el mismo barco, yo he cambiado cada célula, pero sigo siendo el mismo soñador.

Nietzsche hablaba del "eterno retorno": la idea de vivir cada momento como si fuera a repetirse eternamente. Cuando, uso la casaca no estoy volviendo al pasado. Estoy eligiendo que ese pasado se repita en cada presente. Es una afirmación: "Esto es lo que fui, esto es lo que soy, esto es lo que seré".

Claude Lévi-Strauss explicaba que todas las culturas tienen "objetos totémicos": artefactos que condensan identidad, memoria y pertenencia. Para algunos son máscaras ceremoniales; para otros, tejidos ancestrales. Para mí, es mi casaca de cuero. La casaca no es un accesorio; es una prótesis identitaria. Me la pongo y recupero una versión de mí que las responsabilidades habían archivado. Los japoneses exaltan la belleza melancólica de las cosas que, persisten a pesar del paso del tiempo. Mi casaca es eso: un recordatorio hermoso y triste de que el tiempo pasa, pero algo en nosotros se resiste a envejecer.

El Peso del Cuero, El Peso del Tiempo

Llevo puesta la casaca mientras escribo esto. Pesa. No solo por el cuero genuino, sino por todo lo que carga: aquella figura de Elvis, la primera cita, el nacimiento de mis hijas, las calles de Arequipa recién descubiertas, los libros publicados, las conferencias en diversos países.

Mi nieta Morgana —con la edad que tenían mis hijas cuando guardé la segunda casaca— me mira con curiosidad.

—Abu, ¿por qué usas eso?

Y esta vez, a diferencia de hace cuarenta años, no me la quito. Le respondo:

—Porque, a veces, para ser completamente quién eres hoy, necesitas abrazar a quien fuiste ayer.

El Eterno Retorno

Hay calles que son más que calles. Puente Bolognesi es, para mí, un portal temporal. Cada vez que pasaba —estudiante en los ochenta, profesor en los noventa, conferencista en el dos mil— esos talleres estaban ahí. Como una invitación permanente a recuperar algo.

Tardé cincuenta años en aceptarla. Pero, aquí está la paradoja hermosa: la casaca que recogí no es la misma que soñé en 1965. Esa era una fantasía adolescente. Esta, es una elección consciente de un hombre que ha vivido lo suficiente para saber que la rebeldía auténtica no es contra los padres o la sociedad. Es contra la presión de convertirnos en versiones domadas de nosotros mismos.

Elegí no ser sensato

La sensatez me dice: "Ya estás viejo, con una casaca de cuero te ves ridículo". La sensatez dice: "Ya fuiste, ya pasó tu tiempo". La sensatez dice: "Madura de una vez". Pero, la sensatez nunca escribió un libro. Nunca se subió a un escenario. Nunca viajó a otros países para hablar de sus sueños. La sensatez es prima hermana del miedo y enemiga íntima de la vida.

Viktor Frankl, sobreviviente de Auschwitz, decía que el sentido de la vida no se inventa; se descubre. Y, a veces se descubre en lugares inesperados: en una casaca de cuero que nunca dejaste de desear, en una calle que atravesaste mil veces sin detenerte, en un espejo que te devuelve no al hombre que eres, sino al que siempre fuiste.

Cuando me la pongo y siento lo que el artesano llamaría "la fuerza nostálgica". Pero, no es nostalgia en el sentido triste, de lo que ya no volverá. Es nostalgia en su sentido etimológico griego: nostos (regreso) + algos (dolor). El dolor hermoso de regresar a uno mismo. La chamarra entre mis manos guiña a mi envanecida juventud. Ya no tengo que dejarla ir. Ya no hay un espacio que habilitar. Esta vez, me quedo con ella.

Camino por las calles de Arequipa —ciudad que me adoptó hace cinco décadas— y la gente me mira. Algunos, con curiosidad, otros con sonrisas cómplices. Y, yo sé lo que piensan: "Ese señor aún se siente joven".

Se equivocan.

No es que me sienta joven. Hace tiempo que descubrí que era algo más profundo: la juventud no es una edad. Es una postura ante la vida. Es la capacidad de seguir deseando, de seguir soñando, de seguir siendo fiel a ese núcleo inalterable que te hace tú. Tengo sesenta y nueve años. Sigo haciendo deporte. Sigo viajando. Sigo caminando. Sigo escribiendo. Y ahora, sigo usando una casaca de cuero. Porque al final, la verdadera madurez no es renunciar a quien fuiste. Es integrar a todos los yoes que has sido en el que eres ahora.

Y ese yo, definitivamente, usa casaca de cuero.

Mientras escribo esto, lloro.

Estoy sentado frente a la computadora con la casaca puesta. Y sí, estoy llorando. Mi corazón golpea mi pecho, mi respiración se hace bronca y miles de juveniles imágenes cabalgan en mi mente. Siento que me elevo. No es tristeza. Es el peso de todas las versiones de mí mismo abrazándose al mismo tiempo: el niño de Cocachacra mirando posters, el joven de veinte comprando su primera imitación, el padre de familia guardándola en el ropero, el escritor de sesenta y nueve recuperándola. Todos están aquí. Todos caben en esta casaca.

La neurociencia puede explicar que la amígdala se activa con recuerdos emocionales. La filosofía puede hablar de identidad narrativa. La antropología puede teorizar sobre objetos totémicos. Pero, esto que siento ahora, esto que me quiebra y me reconstruye al mismo tiempo, esto no tiene nombre científico. 

Esto es simplemente estar vivo. Completamente, dolorosamente, hermosamente vivo. La casaca pesa tres kilos. Pero llevo en ella cincuenta años de vida. Y ese peso, paradójicamente, me hace volar.

Arequipa, octubre 2025. 

Con la casaca puesta y el alma desnuda

miércoles, 29 de octubre de 2025

EN PILOTO AUTOMÁTICO (40)

En piloto automático

EN PILOTO AUTOMÁTICO

Al final de un largo día, estás parado frente al abrumador listado de menú de una pizarra de comida, terminas pidiendo lo de siempre. Un email importante lleva días sin respuesta, aunque sabes que deberías ocuparte. Quieres empezar ese hobby, pero al tener una hora libre, el sofá y el scroll infinito te vencen sin esfuerzo. No es pereza. No es falta de claridad. Es un fenómeno mental tan común como desgastante: ‘la fatiga decisional’.

Nuestros días son un maratón de microelecciones invisibles. Desde la primera taza de café hasta el último mensaje de WhatsApp, cada "¿qué hago?" consume un pequeño fragmento de nuestra energía mental. La neurociencia lo explica con elegancia y precisión: la corteza prefrontal, nuestro “CEO interno” encargado del razonamiento complejo y la voluntad, funciona con una reserva limitada de glucosa y atención. Como un músculo, se cansa.

Al agotarse, el cerebro, en un acto de pura eficiencia evolutiva, activa su ‘modo de supervivencia’. Para evitar el colapso, delega en los sistemas automáticos: los hábitos. Es entonces cuando nos refugiamos en la inercia, evitamos lo que nos demanda esfuerzo y, paradójicamente, dejamos de lado lo que más nos importa. Como explica la neurocientífica Nazareth Castellanos, el remedio no es esforzarse más, sino ‘decidir mejor, decidiendo menos’.

La solución no está en buscar una fuerza de voluntad sobrehumana, sino en ser estrategas de nuestra propia mente. He aquí una fórmula cognitiva, basado en la ciencia y la práctica:

Automatiza lo trivial, como un uniforme. Barack Obama y Mark Zuckerberg popularizaron la idea de vestir siempre de manera similar. No es una cuestión de estilo, sino de neuroeconomía: eliminar una decisión diaria libera recursos para lo crucial. Aplica este principio en el desayuno, rutina de ejercicio o la planificación de sus comidas. Convierte lo repetitivo en un ritual que no exija pensar.

Reduce el menú de opciones. La parálisis por análisis es real. Ante una decisión, solo, considera dos o tres alternativas. Para elegir, define un ‘único criterio clave’. ¿Buscas un nuevo libro? Céntrate en el género que más te apetece ahora. ¿Tiene que resolver un problema? Pregúntate: ¿la solución es rápida o perfecta? Elije un criterio y desecha lo que no encaje. La simplicidad es elegancia.

Programa tus decisiones importantes. Tu voluntad es más fuerte por la mañana. Aproveche esa ventana de lucidez para abordar lo más complejo. Si una tarea no es urgente, pero te genera resistencia, anótala y prográmala para tu "yo del futuro", ese que tendrá la batería cargada. Respeta tus ritmos biológicos es un acto de sabiduría.

Reconocer nuestros límites biológicos no es una derrota, sino el primer paso para vivir con más intención y menos desgaste. Porque la energía mental es el recurso más valioso que tenemos. Gástela en lo extraordinario, y deje que lo cotidiano se cuide solo.


sábado, 18 de octubre de 2025

EN LA COLA DEL PESIMISMO: ¿Qué nos roba la paz en la fila del pan? (39)

Andrés va rápido a comprar el pan del domingo. Está contento, pensando en el café que disfrutará con sus hijos y nietos. Sin embargo, al hacer la cola, escucha a la gente desconocida hablar de las extorsiones que azotan el país. Pequeños negocios son amenazados; choferes son asesinados para imponer cuotas y disputas territoriales con bandas rivales. No hay seguridad policial. El ministro del interior comenta que la llegada de delincuentes extranjeros hace extrañar a los nacionales. La corrupción política y el tráfico caótico completan el cuadro sombrío. Cuando Andrés regresa a su desayuno familiar, ya no es el mismo hombre tranquilo.

Este hecho va más allá de una queja puntual. Revela una "dialéctica de la desesperanza". Un ciclo donde los problemas reales (como la inseguridad) chocan con la impotencia, sin generar una salida constructiva. La queja se convierte en el lenguaje común, creando una narrativa colectiva autoderrotista. El filósofo Byung-Chul Han lo explica como una "violencia neuronal" por el exceso de estímulos negativos.

La neurociencia añade que esta negatividad no solo se escucha, se ve y se siente: hombros caídos, miradas evasivas. Este lenguaje corporal refleja y a la vez alimenta un estado de alerta constante (activando la amígdala), generando un estrés crónico y desgastante que luego llevamos a nuestras familias, alterando el ambiente en el hogar.

Históricamente, no siempre los temas de conversación diaria fueron tan negativos. La actual saturación mediática y el aumento alarmante de la criminalidad, como lo muestran las estadísticas oficiales que reportan miles de extorsiones y asesinatos solo en Lima en 2025, amplifican la sensación de caos y peligro constante, un caldo de cultivo para la angustia social.

Frente a esto, surge una pregunta crucial: ¿Somos solo víctimas? El pesimismo en la cola del pan, aunque comprensible, es también un acto que renuncia a construir micro-espacios de paz. Como enseñó Viktor Frankl, la última de las libertades humanas es "la actitud con que enfrentamos un destino que no elegimos".

Así, las colas para comprar el pan se convierten en escenarios de catarsis colectiva, donde el disgusto social se desahoga y se multiplica, afectando no solo el ánimo individual, sino también la calidad de las relaciones interpersonales inmediatas, cerrando un círculo difícil de romper sin un cambio profundo en el entorno y en nuestro propio diálogo interno. Romper este ciclo exige, primero, la valentía de proteger nuestra paz interior como un bien preciado y, segundo, la audacia de sembrar, en la pequeña parcela de realidad que nos toca, una semilla de diálogo diferente.

 


 

domingo, 12 de octubre de 2025

VIVIENDO TODAS MIS VIDAS: El Arte de Morir para Renacer (38)

VIVIENDO TODAS MIS VIDAS: El Arte de Morir para Renacer

 Se dice que morimos varias veces antes de la muerte final. Morimos cuando la infancia se esfuma, cuando un amor se va, cuando perdemos a quien era nuestro pilar. Cada despedida, es una pequeña muerte. Pero, he aquí el secreto: tras cada una, renacemos.

El filósofo Nietzsche lo llamaba "aprender a morir": soltar lo que fuimos para transformarnos en una versión más fuerte. Esta idea conecta con el concepto budista del "no-yo", que plantea que no existe una identidad permanente. Lo que llamamos "yo" es un flujo constante de experiencias en transformación, y aferrarse a una identidad fija es la principal fuente de sufrimiento. Las "pequeñas muertes" que experimentamos son la prueba de este flujo natural. No somos un cuadro terminado, sino un lienzo donde las capas de pintura se superponen, se mezclan y a veces se raspan para dar espacio a nuevas formas y colores.

La vida está marcada por transformaciones constantes que funcionan como muertes y renacimientos. Gabriela, al dejar su pueblo, ve morir a la hija dependiente para dar paso a la mujer independiente. El hombre que pierde su trabajo después de veinte años entierra al profesional definido por su cargo, pudiendo renacer como emprendedor o alguien que prioriza su familia.

Estos cambios no solo ocurren en hitos grandes. La madre que se queda sola cuando su último hijo se va a la universidad entierra su rol de cuidadora full-time para renacer como la mujer que redescubre sus pasiones. El amigo decepcionado que deja de ser complaciente mata a su yo que siempre decía "sí", renaciendo como alguien con límites más sanos y auténtico. Cada final contiene la semilla de un nuevo comienzo.

El verdadero desafío no es evitar estas "pequeñas muertes", sino transitar conscientemente el duelo que provocan. Como decía el filósofo Alan Watts, aferrarse a lo que ya no es tan inútil, es como intentar atrapar el aire con la mano: solo conduce al agotamiento. Aceptar que todo cambia no es resignarse, sino liberarse.

 Aferrarse a identidades que ya no nos representan —como el "estudiante eterno" o la "novia abandonada"— nos condena a vivir como fantasmas del pasado. La sabiduría no está en olvidar quiénes fuimos, sino en integrar al niño, al adolescente y al adulto que fuimos como capítulos de un mismo libro, escuchando lo que cada uno tiene para decir sin que ninguno domine.

Estas "muertes" no nos restan, sino que suman capas a nuestra existencia. Cada final es un necesario comienzo que nos revela nuestra resiliencia. La pregunta clave es: ¿Quién debo dejar morir hoy para renacer? La respuesta nos invita a participar conscientemente en la obra de arte en evolución constante que es nuestra vida.


 

domingo, 5 de octubre de 2025

SONRISA FORZADA O GRITO SILENCIOSO (37)

SONRISA FORZADA O GRITO SILENCIOSO


En una sociedad que valora la productividad y la alegría constante, a menudo pasamos por alto una forma sutil y engañosa de sufrimiento: la depresión silenciosa. No es la tristeza obvia que todos podemos reconocer. Es un susurro, una sombra que se esconde detrás de una sonrisa forzada y una vida aparentemente normal.

Imagina a Javier, un colega que siempre parece ocupado. Siempre, está en la oficina y cumple con sus plazos. Sin embargo, lo que no ven es que cada tarea es una lucha monumental. Ha dejado de jugar fulbito los fines de semana y rechaza las invitaciones a tomar algo. Cuando se le pregunta, solo dice: "Estoy cansado". No es una mentira, es la verdad de su agotamiento mental.

Piensa en Patricia, una amiga que parece tenerlo todo bajo control. Se ríe en las reuniones y hace bromas, pero su sonrisa no llega a sus ojos. En el fondo, una voz interna despiadada le susurra: "No eres suficiente. Nada de esto importa". Se levanta por la mañana con el mismo cansancio con el que se acostó. Ha dejado de cocinar, algo que amaba, y ahora se conforma con cualquier cosa, o incluso no come.

La depresión silenciosa se manifiesta a través de señales que a menudo se disfrazan de simple apatía o mal humor. Es la pérdida de interés en lo que antes nos apasionaba, la fatiga constante que no mejora con el descanso, los cambios en el apetito y el sueño, y un aislamiento gradual, no por elección, sino por la carga que supone interactuar con otros. Es la irritabilidad que surge de la nada, una sensación de estar fastidiado con el mundo.

El peso de “la máscara” nos habla de una profunda desconexión entre el ser auténtico y la persona que el mundo exige que seamos. Jean-Paul Sartre argumentaba que a menudo actuamos de mala fe (mauvaise foi), negando nuestra propia libertad y autenticidad para encajar en los roles que la sociedad nos asigna. La "sonrisa forzada" es el epítome de esta mala fe: una máscara que nos colocamos para ocultar, incluso a nosotros mismos, el vacío o el dolor que sentimos. Nos convencemos de que "estamos bien" porque es lo que se espera, pero, ese acto de negación incrementa la alienación y el sufrimiento. El grito silencioso es, entonces, la protesta del alma aprisionada, que anhela ser escuchada detrás de la fachada de normalidad.

Si te identificas con Javier o Patricia, es hora de reconocer que tu dolor es real.

El primer paso es validar tus propios sentimientos. El siguiente es romper el silencio: habla con alguien de confianza, busca ayuda profesional. Un terapeuta puede ofrecerte herramientas para entender y manejar estos sentimientos. No necesitas una crisis para pedir ayuda. Los pequeños actos de autocuidado, también cuentan. Sal a dar un paseo corto, bebe un vaso de agua, come algo nutritivo. Cada uno de estos gestos es una pequeña victoria que te acerca a recuperar tu luz interior.

 


 

sábado, 27 de septiembre de 2025

CÓMO ESCAPAR DE LA TRAMPA DE TUS PENSAMIENTOS (36)

 

CÓMO ESCAPAR DE LA TRAMPA DE TUS PENSAMIENTOS

Imagina a tu cerebro como un disco de vinilo. A veces, la aguja se queda atascada en un surco, repitiendo la misma parte de la canción una y otra vez. “Debería haber dicho esto”, “No soy lo suficientemente bueno”, “¿Qué hubiera pasado si...?”. Ese bucle infinito de pensamientos negativos es lo que los neurocientíficos llaman rumiación.

 

No es solo una metáfora. Desde las neurociencias, la rumiación ocurre cuando nuestra red neuronal por defecto —el "piloto automático" del cerebro— se atasca. Esta red se activa cuando divagamos, cuando soñamos despiertos o cuando nos perdemos en nuestros pensamientos. En su estado natural, nos ayuda a procesar información y a ser creativos. Pero, cuando se queda atrapada en el mismo recuerdo o preocupación, nos arrastra hacia un estado de estrés y ansiedad. Es como tener una conversación interminable con un crítico interno que no para de juzgarte.

 La rumiación constante tiene un costo tangible:

Muchas veces, te quedas atrapado pensando en un problema, pero la angustia te impide tomar una decisión o actuar. Por ejemplo, pasas dos semanas dando vueltas sobre si enviar o no un correo importante revisando cada frase. El estrés es tan grande que al final no lo envías, perdiendo una oportunidad.

 

El diálogo interno de "no puedo" o "seguro que sale mal" mina tu confianza y, efectivamente, aumenta las probabilidades de que el resultado sea negativo.

¡Ojo! El cuerpo no distingue entre una amenaza real y una imaginaria. El cortisol constante debilita tu sistema inmunológico, altera tu sueño y te deja exhausto.

Pero, hay buenas noticias: no tienes que vivir atascado en ese bucle. La clave es sacar a tu cerebro del piloto automático y anclarlo al presente. Puedes lograrlo a través de acciones simples, pero poderosas:

Cambia de foco: Concentra toda tu atención en una tarea. Lava los platos, resuelve un crucigrama, sal a caminar, dibuja, haz ejercicio. Cualquier cosa que exija tu concentración servirá para romper el ciclo.

 Sé un detective de tus pensamientos: Cuando notes que estás rumiando, hazte una pregunta clave: “¿Me ayuda este pensamiento a resolver algo?”. La mayoría de las veces, la respuesta es no. Aceptar esa realidad es el primer paso para soltarlo.

La técnica de la hoja en el río: Visualiza cada pensamiento negativo como una hoja flotando en un río. Pon el pensamiento en esa hoja y observa cómo se aleja. No lo juzgues ni lo critiques; simplemente déjalo ir.

La próxima vez que la aguja de tu cerebro se quede atascada, recuerda que tienes el poder de moverla. No se trata de eliminar los pensamientos negativos, sino de aprender a no darles el control. Se trata de recuperar el presente.

 


domingo, 21 de septiembre de 2025

EL ARTE DE PERDERSE - 35

 El arte de perderse: crónica de un flâneur

 

La ciudad no se recorre; se habita en movimiento. Hoy, como hace décadas, subo a un bus sin destino. Las esquinas limeñas me reciben con su garúa y su caos. Decidir no doblar, elegir la ruta arbitraria, es el primer acto de libertad del día.

 Desde la ventana, el mundo se desdibuja. Apuesto por una gota de agua que compite por sobrevivir en el vidrio. ¿Ganará? No importa. Lo que vale es el juego efímero, la belleza trivial que solo ve quien mira sin prisa.

 


La Lima de hoy ya no es la de mis veinte años. Los balcones hablan de abandono; las personas, de desconexión. Caminan agachadas sobre sus pantallas, aisladas en medio del ruido. Pero, aún quedan cómplices: el color que irrumpe en una fachada, el árbol viejo que cruza su mirada con la mía. Ellos me devuelven la fe.

 A mis 69 años, he aprendido que no se camina para llegar, sino para estar. Soy peregrino sin altar, filósofo sin academia. Flâneur, sí, pero también sabedor de que cada paso es un reencuentro con quien fui.

La ciudad sigue ahí, esperando a que alguien levante la vista y la lea. Yo sigo aquí, recordando que a veces perderse es la única manera de encontrarse.

 Un hombre, una ventana, una gota de lluvia. La vida pasa afuera, y a veces basta con mirarla correr para sentirnos vivos.

domingo, 14 de septiembre de 2025

EL CEREBRO EN LLAMAS: CÓMO LA MEDITACIÓN PUEDE SALVARNOS. (34)

El cerebro en llamas: cómo la meditación puede salvarnos en tiempos violentos 

Imaginemos dos escenas cotidianas en Arequipa: 

William, un ejecutivo de 45 años, revisa su celular a las 6:00 a.m. mientras toma un café pasado. Tiene tres reuniones clave, un informe pendiente y, para colmo, acaba de enterarse de que un competidor está bajando los precios. Su mente es una vorágine de estrategias, fechas límite y el temor latente de que un error suyo afecte a su equipo. Mientras, conduce a la oficina, la radio habla de un nuevo caso de sicariato en Paucarpata. Su respiración se acelera. 

Rosa, una madre soltera de Cerro Colorado, hace malabares para llegar a fin de mes. Entre el precio del pollo, el miedo a que extorsionen a su negocio de venta de emoliente y sándwich y la tarea de su hijo que no entiende, su cabeza no para. Anoche, en su barrio, balearon a un vecino por negarse a pagar "cupo". Duerme con el celular bajo la almohada, por si acaso. 

La neurociencia explica que, en este estado la amígdala, el centro de detección de amenazas, se hiperactiva, silenciando la corteza prefrontal, el área responsable de la toma de decisiones racionales. Esta respuesta primitiva nos hace gritar internamente ¡Corre o muere!, incluso en situaciones cotidianas, y si el cerebro no descansa, la vida se convierte en un ciclo interminable de ansiedad.

Pero, aquí entra un antídoto milenario, respaldado tanto por monjes tibetanos como por escáneres cerebrales: la meditación. No hablamos de convertirnos en gurús, sino de entrenar la mente para ‘observar el miedo sin ser arrastrados por él’. 

Recuerda que: ‘No nos afecta lo que pasa, sino lo que nos decimos sobre lo que pasa’. La meditación es la herramienta que nos permite ‘hacer una pausa’ entre el estímulo (un mensaje de extorsión, una noticia violenta) y la reacción (el pánico, la parálisis). 

Para empezar, se proponen tres sencillos pasos:

Respira, aunque sea por un minuto: Al sentir que el mundo se derrumba, detente y cuenta cuatro inhalaciones y seis exhalaciones. Esto activa el nervio vago, que calma el cuerpo y la mente.

Cuando aparezcan tus pensamientos negativos, míralos pasar como nubes. No los alimentes.

Camina con atención: Transforma el acto de caminar en una meditación en movimiento. Presta atención a cada paso, al suelo y al aire, una práctica especialmente útil en una ciudad donde el caos es la norma.

En Arequipa, donde la violencia intenta robarnos la paz, meditar no es un lujo, es un acto de supervivencia. Cada vez que William o Rosa eligen respirar en lugar de reaccionar, le roban un momento de lucidez al caos. Como dijo el filósofo Alan Watts: "No puedes detener las olas, pero puedes aprender a surfear".


 

CUANDO LA BOCA HABLA ANTES QUE NOSOTROS (53)

CUANDO LA BOCA HABLA ANTES QUE NOSOTROS Clive sigue frente a la pantalla, pero ya no está ahí. Piensa en el almuerzo que lo espera en casa...