LA PALABRA DEJÓ DE NECESITAR LA VOZ PARA EXISTIR
Hay
silencios que no están vacíos. Al contrario, están llenos de pensamientos.
Hace
muchos años, cuando estudiaba en los claustros de San Agustín en Arequipa,
estaba con Iris, Nelia, Yris, Maya y Claudia, compañeras de la universidad, en
una de nuestras bancas preferidas. En eso, me quedé atrapado bajo una de las
bóvedas de sillar que circundan la pileta. Sin más, me introduje en la escena.
San
Agustín levanta una ceja al observar a Ambrosio, obispo de Milán, leyendo un
libro sin mover los labios, en una rústica mesa que recoge los últimos rayos de
sol. Para nosotros aquello resulta absolutamente natural. Tomamos un libro,
recorremos sus páginas con los ojos y las palabras aparecen dentro de nuestra
cabeza. Pero, entonces no era tan habitual. San Agustín había visto algo nuevo:
un hombre que leía en silencio.
La
escena puede parecer insignificante, pero contiene una de esas pequeñas
revoluciones que cambian para siempre nuestra relación con el conocimiento. La
palabra dejó de necesitar la voz para existir. El lector podía entrar en un
texto sin que nadie más escuchara lo que estaba leyendo.
Y
con ello comenzó a hacerse más grande un territorio que todos poseemos, pero
que hoy parece estar perdiendo extensión: la vida interior.
Leer
silenciosamente no es solamente pasar los ojos sobre unas líneas. Es detenerse.
Permitir que una idea llegue, permanezca unos segundos y encuentre otras ideas
dentro de nosotros. Es conversar con alguien que quizá murió hace siglos y, sin
embargo, consigue hablarnos.
Quizá
por eso me impresiona aquella escena. Porque, hoy vivimos casi en el extremo
opuesto. Estamos rodeados de palabras, sonidos, imágenes, notificaciones y
videos breves que reclaman nuestra atención. Saltamos de una noticia a otra, de
una imagen a otra, de una opinión a otra. Consumimos información con una
velocidad que pocas veces nos permite convertirla en pensamiento.
La
lectura silenciosa exige otra actitud. Exige demora. Y la demora no está de
moda. Cuando desaparece la necesidad de pronunciar las palabras, aparece además
una posibilidad extraordinaria: nadie tiene que saber qué estamos leyendo y,
por tanto, nadie tiene que saber qué estamos pensando. Quizá allí comienza una
de las formas más profundas de libertad.
El
pensamiento necesita intimidad para crecer. Una idea recién nacida es frágil.
Necesita tiempo para equivocarse, contradecirse y regresar sobre sí misma.
Nuestro tiempo, en cambio, parece exigirnos reaccionar inmediatamente, tomar
posición y mostrarla.
Platón
ya sospechaba del poder de la escritura. En el Fedro, Sócrates advierte
que un texto puede hablar, pero cuando se le pregunta no puede responder. La
paradoja es hermosa: la escritura terminó creando otra forma de diálogo, uno
que ocurre sin pronunciar una palabra.
El
lector pregunta. El libro responde. Y, en algún momento, quizá la respuesta ya
no está en el libro, sino dentro de quien lee.
Pienso
nuevamente en aquellos pasillos alrededor de la pileta. San Agustín mirando a
Ambrosio. No escucha su voz. Solamente ve sus ojos recorrer las páginas. Está
contemplando cómo el pensamiento puede convertirse en una experiencia íntima. Siglos
después, en otra ciudad y otro tiempo, yo ingresaba a esa escena en Arequipa. Hoy
vuelvo a ella.
Quizá
uno de los grandes lujos de nuestro tiempo sea poder permanecer en silencio sin
sentir que estamos perdiéndonos algo. Porque, cuando todo reclama nuestra
atención, leer también es elegir: una página, una idea, quedarnos un momento
más.
Y
quizá, finalmente, elegirnos a nosotros mismos. Porque, leer en silencio es
también aprender a pensar en silencio.
Y
pensar, de verdad, siempre necesita un poco de tiempo.