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miércoles, 5 de agosto de 2026

GIRO Y MUERO (P-11)

 



Cuando las puntas de los pies del porteño y la guapa mina se extienden con esa grácil elegancia que invita un tango, pareciera que el tiempo acepta detenerse. En íntima conversación, ambos cuerpos se alinean, mientras la melodía se desliza por el pentagrama de los recuerdos y entra en ese casi silente sincopado que se hace eterno, cargado de promesas y de historias que aguardan salir a la palestra.

Entonces comienza el giro.

Es un giro lento, solemne, casi sagrado. El hombre ciñe con firmeza el delicado talle de ella y la acerca a su pecho con la misma suavidad con que una mariposa se posa sobre un pétalo escarlata. No existe prisa. Solo el equilibrio de dos almas que, por un instante, han decidido confiar la una en la otra. Dos horizontes hechos uno. Un instante irrepetible.

Sé que, en unos compases más, llegará la estrofa más enérgica. El tango volverá a desplegar su fuerza, sus quebradas, sus ochos, su apasionada intensidad. Pero, yo he decidido quedarme aquí, en este preludio, donde la música parece respirar antes de lanzarse al vértigo. Porque, hay momentos en la vida cuya belleza merece prolongarse unos segundos más, aunque solo sea en la memoria.

Mientras el giro avanza, mi mirada se entorna. Veo una vieja ventana de nogal, envejecida por los inviernos. Sus cortinas, desvaídas por el sol y el tiempo, se mueven apenas con la brisa, dejando ver un camino que se pierde en la distancia. Comprendo entonces que todos llevamos una ventana semejante en el alma. Desde ella contemplamos lo vivido y también aquello que, quizá ya no volverá.

Hay figuras en el tango que parecen desafiar al tiempo. El bailarín no mira sus zapatos. Su mirada busca un horizonte. Confía en el abrazo, en el compás, en la música que lo sostiene. Si bajara la vista para calcular cada movimiento, probablemente perdería el ritmo. También, ocurre en la vida. Hay quienes caminan obsesionados por el final del camino y, por hacerlo, dejan de admirar los árboles, los atardeceres o las manos que todavía los acompañan.

Cada mañana, regreso de mi caminata de treinta minutos con pensamientos semejantes. Hace casi trece años me operaron del corazón. Desde entonces, la vida comenzó a marcar otro compás. Han pasado siete años que no regreso para realizarme nuevos controles. No es desinterés; es ese temor profundamente humano a que un diagnóstico convierta las sospechas en certezas. El cerebro, en su afán de protegernos, suele adelantarse a los acontecimientos. Imagina escenarios, anticipa peligros, fabrica estados de alerta que muchas veces terminan siendo más dolorosos que la propia realidad.

Las cuestas me recuerdan que mi corazón conserva memoria. En el terreno llano camino con tranquilidad; cuando aparece la pendiente, el pecho comienza a hablar en un lenguaje silencioso que solo entiende quien ha aprendido que el cuerpo jamás olvida. Sin embargo, sigo avanzando. Más despacio, quizá. Pero, avanzo.

Mañana cumpliré setenta años. Lo digo sin nostalgia y sin heroísmos. Lo digo con la serenidad que regala el tiempo cuando uno descubre que la juventud no era la ausencia de arrugas, sino la abundancia de proyectos. Y todavía los tengo. Quiero seguir escribiendo mientras las palabras continúen encontrándome al regresar de una caminata, al escuchar un tango o al descubrir que un recuerdo también puede convertirse en literatura.

Quizá por eso, esta mañana comprendí algo que el tango ha sabido decir desde siempre sin necesidad de pronunciar una sola palabra.

Quizá el verdadero error no sea ignorar cuántos giros nos quedan, sino renunciar al siguiente cuando la música todavía nos está llamando.

No sabemos cuántos compases faltan. Ninguno de nosotros lo sabe. Pero, sí podemos decidir cómo bailaremos el siguiente.

Por eso, seguiré caminando. Llegará el día en que vuelva a recorrer los pasillos del hospital y escuche nuevamente el lenguaje de los exámenes y los diagnósticos. No puedo huir eternamente de ellos. Tampoco, quiero hacerlo. La incertidumbre también cansa.

Sin embargo, hoy elijo otra música.

Elijo el abrazo del tango. El giro pausado. La mirada perdida en un horizonte que todavía me pertenece. El sonido grave del bandoneón recordándome el acordeón de mi papá que me dice: la vida nunca fue una competencia por llegar al último acorde, sino un privilegio para danzar con dignidad mientras la orquesta permanezca tocando.

Y, cuando llegue el momento en que la música decida callar, quisiera que alguien pudiera decir, simplemente, que nunca dejé de bailar antes de tiempo.

 

¿CUANDO DEJAMOS DE COMER JUNTOS? P-12

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