miércoles, 5 de agosto de 2026

¿CUANDO DEJAMOS DE COMER JUNTOS? P-12

 


Hay recuerdos que no tienen fecha, pero conservan intacto su aroma.

A veces basta el olor de un humeante arroz con carne recién servido, el chisporroteo de un aderezo o el sonido de una cuchara golpeando un plato para que el tiempo retroceda varias décadas y volvamos, casi sin proponérnoslo, a la mesa de nuestra infancia.

Qué extraño.

No solemos recordar el menú de un miércoles cualquiera. En cambio, recordamos perfectamente quién ocupaba cada silla. La voz de papá contando, por enésima vez, aquella historia de la tía Simona que siempre arrancaba carcajadas. La paciencia de mamá esperando que todos estuvieran sentados para recién empezar a servir. El abuelo Horacio corrigiendo alguna palabra mal pronunciada. El primo Lalo haciendo muecas mientras fingía que las espinacas eran el peor invento de la humanidad.

Ahora lo entiendo.

Nunca estuvimos recordando la comida.

Lo que la memoria había guardado era la compañía.

Los filósofos han repetido, desde hace siglos, que el ser humano no nace para vivir aislado. Aristóteles afirmaba que somos seres sociales por naturaleza. Martin Buber fue todavía más lejos al sostener que nuestra existencia adquiere sentido en el encuentro con el otro. Quizá, por eso una mesa nunca fue únicamente un mueble. Era un lugar donde aprendíamos, sin manuales ni discursos, el difícil arte de convivir.

Con el tiempo descubrí que mi mamita Estela no insistía en que todos llegáramos puntuales solo por disciplina. Sin saberlo, estaba defendiendo algo mucho más valioso: un espacio donde la familia existía al mismo tiempo.

Porque, una familia no se forma únicamente compartiendo un apellido.

Se forma compartiendo horas.

Hoy seguimos reuniéndonos alrededor de la mesa, pero no siempre alrededor de los mismos momentos. Julio llega con los audífonos puestos. Nelia responde un mensaje antes de sentarse. Fio levanta el celular para fotografiar el plato. Magalli revisa las noticias. Papá observa cejijunto la escena. Cada uno parece estar acompañado por cientos de personas y, paradójicamente, un poco más lejos de quienes tiene enfrente.

Las pantallas nunca piden permiso para sentarse.

Simplemente, ocupan el mejor lugar.

Y, mientras creemos que nada importante está ocurriendo, el cerebro observa en silencio.

Las neurociencias han descubierto algo fascinante. Nuestro cerebro no solo analiza lo que comemos; también, interpreta el ambiente en el que comemos. Si percibe tranquilidad, conversación y cercanía, activa el sistema encargado del descanso y la digestión. El corazón disminuye discretamente su ritmo, el intestino trabaja con mayor armonía y ese inmenso universo microscópico llamado microbiota encuentra las condiciones ideales para cumplir su tarea.

El cuerpo entiende que está a salvo.

Pero, cuando almorzamos con prisa, solos o pendientes del teléfono, sucede exactamente lo contrario. El cerebro mantiene abiertas las puertas de la vigilancia. Como un centinela incapaz de abandonar su puesto, continúa preparado para responder a cualquier amenaza. Y un organismo en alerta nunca digiere igual que un organismo en paz.

Lo más hermoso de todo es que nuestros padres ignoraban palabras como microbiota, nervio vago o eje intestino-cerebro. No necesitaban conocerlas. La sabiduría cotidiana les había enseñado algo que hoy la ciencia apenas comienza a describir con precisión: el cuerpo también se alimenta del ambiente emocional.

Tal vez, por eso aquellas sobremesas parecían interminables. Mientras nosotros pensábamos que solo escuchábamos historias repetidas, nuestro cerebro estaba construyendo recuerdos que durarían toda la vida. Porque, la memoria no conserva únicamente los hechos; conserva, sobre todo, las emociones con las que esos hechos fueron vividos.

Quizá, el mayor legado de aquellas mesas no fue enseñarnos a terminar la sopa, a usar correctamente los cubiertos o a pedir permiso para levantarnos.

Nos enseñaron algo infinitamente más importante.

Que dedicar tiempo a quienes amamos nunca ha sido una pérdida de tiempo.

Ha sido, desde siempre, la forma más silenciosa y profunda de decir: “aquí perteneces”.

VIDRIO Y PASTEL (79)

 


VIDRIO Y PASTEL

Coquito tenía seis años y la nariz pegada al vidrio de la pastelería. Del otro lado del cristal desfilaban donas de colores imposibles, cachitos de manjarblanco, budines con esa gruesa capa crocante y tortas de chocolate que parecían fabricadas por artesanos de la felicidad. Pero, Coquito no solo las veía. Las probaba con la imaginación.

 

Alguna vez dijo el filósofo Arthur Schopenhauer, mientras cariñaba a su perro “Atman”, que la vida oscila como un péndulo entre el deseo y la satisfacción. Quizá olvidó añadir que, durante la infancia, existe un tercer territorio: la esperanza. Ese pequeño país donde un niño puede sentirse dueño de todos los pasteles del mundo mientras tenga una vitrina delante y tiempo suficiente para soñar.

 

Coquito estaba seguro de que cada color tenía un sabor distinto. El rosado debía saber a cumpleaños, el amarillo a domingo de visitas y el chocolate, seguramente, al sabor mismo de la alegría. Respiraba tan cerca del vidrio que, poco a poco, comenzó a empañarlo. La niebla de su aliento crecía al mismo ritmo que su deseo.

Hasta que apareció la realidad.

No tenía dinero.

Tampoco, pensó en pedírselo a su madre. Sabía que ella trabajaba sola y que el dinero alcanzaba para las cosas importantes.

No había papá.

No había dulces.

A los seis años, uno todavía no conoce la palabra pobreza, pero ya puede sentir perfectamente su sabor.

Entonces, apareció Miguel.

Salió de la pastelería con una empanada en una mano y una torta de chocolate en la otra.

El aroma llegó primero. Después, el vapor tibio y el perfume a mantequilla y cacao que parecía entrarle a Coquito por la nariz, la piel y hasta los recuerdos futuros. Fue entonces, cuando utilizó otro sentido.

La mirada.

Esa mirada silenciosa de los niños que todavía creen en la bondad espontánea del mundo. Levantó los ojos hacia Miguel y pensó, remotamente, que quizá le regalaría un pedacito.

No necesitaba más.

Una esquinita de la empanada.

Un mordisquito de la torta de chocolate.

Miguel lo miró y sonrió.

Y aquella sonrisa bastó para que Coquito cargara nuevamente las alforjas de su olfato y de su estómago con pequeñas provisiones de esperanza.

La sonrisa siguió creciendo. Coquito sonrió también.

Pero, la sonrisa continuó extendiéndose hasta deformarse.

Entonces llegó la carcajada.

—Ja, ja, ja

Cada risa cayó sobre el alma de Coquito como una pequeña piedra.

Miguel mordió la empanada sin dejar de mirarlo. No habría empanada. Y, luego hizo lo mismo con la torta. No habría chocolate.

No habría nada.

El viento cambió de sentido y también se robó el aroma.

La herida no estaba en el pastel. Estaba en la esperanza. No siempre duele la falta de algo. A veces, duele más verlo tan cerca y tan lejos al mismo tiempo.

El vidrio separaba dos mundos: de un lado, el deseo; del otro, la posibilidad.

Quizá por eso algunos niños crecen queriendo convertirse en Miguel. Y, otros deciden que, mientras vivan, jamás permitirán que otro niño vuelva a quedarse solo mirando desde el otro lado del vidrio.

GIRO Y MUERO (P-11)

 



Cuando las puntas de los pies del porteño y la guapa mina se extienden con esa grácil elegancia que invita un tango, pareciera que el tiempo acepta detenerse. En íntima conversación, ambos cuerpos se alinean, mientras la melodía se desliza por el pentagrama de los recuerdos y entra en ese casi silente sincopado que se hace eterno, cargado de promesas y de historias que aguardan salir a la palestra.

Entonces comienza el giro.

Es un giro lento, solemne, casi sagrado. El hombre ciñe con firmeza el delicado talle de ella y la acerca a su pecho con la misma suavidad con que una mariposa se posa sobre un pétalo escarlata. No existe prisa. Solo el equilibrio de dos almas que, por un instante, han decidido confiar la una en la otra. Dos horizontes hechos uno. Un instante irrepetible.

Sé que, en unos compases más, llegará la estrofa más enérgica. El tango volverá a desplegar su fuerza, sus quebradas, sus ochos, su apasionada intensidad. Pero, yo he decidido quedarme aquí, en este preludio, donde la música parece respirar antes de lanzarse al vértigo. Porque, hay momentos en la vida cuya belleza merece prolongarse unos segundos más, aunque solo sea en la memoria.

Mientras el giro avanza, mi mirada se entorna. Veo una vieja ventana de nogal, envejecida por los inviernos. Sus cortinas, desvaídas por el sol y el tiempo, se mueven apenas con la brisa, dejando ver un camino que se pierde en la distancia. Comprendo entonces que todos llevamos una ventana semejante en el alma. Desde ella contemplamos lo vivido y también aquello que, quizá ya no volverá.

Hay figuras en el tango que parecen desafiar al tiempo. El bailarín no mira sus zapatos. Su mirada busca un horizonte. Confía en el abrazo, en el compás, en la música que lo sostiene. Si bajara la vista para calcular cada movimiento, probablemente perdería el ritmo. También, ocurre en la vida. Hay quienes caminan obsesionados por el final del camino y, por hacerlo, dejan de admirar los árboles, los atardeceres o las manos que todavía los acompañan.

Cada mañana, regreso de mi caminata de treinta minutos con pensamientos semejantes. Hace casi trece años me operaron del corazón. Desde entonces, la vida comenzó a marcar otro compás. Han pasado siete años que no regreso para realizarme nuevos controles. No es desinterés; es ese temor profundamente humano a que un diagnóstico convierta las sospechas en certezas. El cerebro, en su afán de protegernos, suele adelantarse a los acontecimientos. Imagina escenarios, anticipa peligros, fabrica estados de alerta que muchas veces terminan siendo más dolorosos que la propia realidad.

Las cuestas me recuerdan que mi corazón conserva memoria. En el terreno llano camino con tranquilidad; cuando aparece la pendiente, el pecho comienza a hablar en un lenguaje silencioso que solo entiende quien ha aprendido que el cuerpo jamás olvida. Sin embargo, sigo avanzando. Más despacio, quizá. Pero, avanzo.

Mañana cumpliré setenta años. Lo digo sin nostalgia y sin heroísmos. Lo digo con la serenidad que regala el tiempo cuando uno descubre que la juventud no era la ausencia de arrugas, sino la abundancia de proyectos. Y todavía los tengo. Quiero seguir escribiendo mientras las palabras continúen encontrándome al regresar de una caminata, al escuchar un tango o al descubrir que un recuerdo también puede convertirse en literatura.

Quizá por eso, esta mañana comprendí algo que el tango ha sabido decir desde siempre sin necesidad de pronunciar una sola palabra.

Quizá el verdadero error no sea ignorar cuántos giros nos quedan, sino renunciar al siguiente cuando la música todavía nos está llamando.

No sabemos cuántos compases faltan. Ninguno de nosotros lo sabe. Pero, sí podemos decidir cómo bailaremos el siguiente.

Por eso, seguiré caminando. Llegará el día en que vuelva a recorrer los pasillos del hospital y escuche nuevamente el lenguaje de los exámenes y los diagnósticos. No puedo huir eternamente de ellos. Tampoco, quiero hacerlo. La incertidumbre también cansa.

Sin embargo, hoy elijo otra música.

Elijo el abrazo del tango. El giro pausado. La mirada perdida en un horizonte que todavía me pertenece. El sonido grave del bandoneón recordándome el acordeón de mi papá que me dice: la vida nunca fue una competencia por llegar al último acorde, sino un privilegio para danzar con dignidad mientras la orquesta permanezca tocando.

Y, cuando llegue el momento en que la música decida callar, quisiera que alguien pudiera decir, simplemente, que nunca dejé de bailar antes de tiempo.

 

EL CEREBRO TAMBIÉN HABLA CON PALABRAS QUE OLVIDA (78)

 EL CEREBRO TAMBIÉN HABLA CON PALABRAS QUE OLVIDA




Hace unos días encontré, entre viejos documentos de cuando trabajaba en ECA.S.A. una empresa del Estado, un papel carbón. Lo sostuve unos segundos entre las manos. Era una hoja delgada, rojo obscuro, que durante muchos años permitió obtener copias cuando las máquinas de escribir eran las reinas de las oficinas.

En ese momento pasó Morgana, mi nieta.

—¿Qué es eso, Abu?

Le expliqué que servía para sacar copias antes de que existieran las impresoras y las fotocopiadoras de hoy. Me escuchó con atención, pero su mirada decía otra cosa: intentaba comprender un objeto perteneciente a un mundo que nunca había habitado. Entonces caí en la cuenta de que no solo desaparecen los objetos. También desaparecen las palabras que los nombraban.

Papel carbón, papel calca, mimeógrafo, diskette, rollo fotográfico, buscapersonas, videocasetera, guía telefónica... Durante años fueron palabras cotidianas. Hoy, muchas de ellas apenas sobreviven en la memoria de quienes las usamos. Los objetos se fueron y el lenguaje comenzó, silenciosamente, a despedirse de ellos.

El cerebro organiza la realidad mediante categorías. Las palabras son una de sus herramientas más extraordinarias. No solo sirven para comunicarnos; también nos ayudan a reconocer, recordar y comprender aquello que nos rodea. Cuando una palabra desaparece porque el objeto dejó de existir, también desaparece una pequeña manera de mirar el mundo.

Cada generación hereda un vocabulario diferente, porque cada época enfrenta desafíos distintos. Mi papá hablaba de pluma fuente, papel sello sexto, vitrolas y telegramas con absoluta naturalidad. Morgana crecerá rodeada de algoritmos, inteligencia artificial, asistentes virtuales y computación en la nube. Ninguna generación posee el lenguaje definitivo. Cada una recibe el suyo y, sin darse cuenta, comienza a transformarlo.

Quizá, por eso dos personas de edades distintas pueden contemplar el mismo objeto y descubrir cosas completamente diferentes. Yo vi un recuerdo; Morgana vio un misterio. Mi cerebro activó experiencias, olores, oficinas, máquinas de escribir y compañeros de trabajo. El suyo no encontró ninguna referencia. Aquella palabra todavía no tenía un lugar donde vivir.

Las neurociencias sostienen que el cerebro interpreta el presente apoyándose en lo que ya conoce. Por eso, aprender palabras nuevas no consiste únicamente en enriquecer el vocabulario. Significa construir nuevas conexiones neuronales, ampliar nuestras categorías mentales y descubrir aspectos de la realidad que antes pasaban inadvertidos.

Tal vez, por eso una de las señales más hermosas de seguir vivos sea conservar la curiosidad. No para aferrarnos a las palabras que el tiempo inevitablemente se llevará, sino para recibir con entusiasmo las que están llegando. Porque, mientras nuestro cerebro continúe aprendiendo nuevos nombres, seguirá encontrando nuevas maneras de comprender el mundo.

Y quizá ese fue el verdadero regalo escondido en la pregunta de Morgana. No me estaba preguntando qué era un papel carbón. Sin saberlo, me estaba recordando que cada generación escribe su propio diccionario. Y que, mientras unas palabras se despiden con la elegancia de los viejos amigos, otras llegan para abrir ventanas hacia mundos que todavía estamos aprendiendo a imaginar.

CANTAR: ocupar el silencio con belleza (P-10)

 CANTAR: ocupar el silencio con belleza

María Inés es una querida amiga argentina, franca, generosa y canta muy bonito. Un día me comentó algo que se quedó dando vueltas en mi cabeza:

—Sé que el cerebro humano está diseñado para que cantemos. Y si lo hacemos en grupo, los beneficios se potencian aún más.

Justo en ese momento, en Lima eran las 07:05 de la mañana. En el pequeño jardín de casa habían llegado algunos pajarillos. Entre ellos, unos canarios que llenaban el aire con sus trinos. Entonces regresó a mi memoria la voz de mi padre:

—Escúchalos, Chalo. No siempre cantan igual.

Tenía razón. Nunca cantaban igual.

Quizá allí comenzó todo. Quizá antes incluso de las palabras estuvo el canto.

Imaginemos a un niño de hace cincuenta mil años, se ha quedado atento escuchando el silbido repetido de un pajarillo al amanecer, entonces decide imitarlo. Quizá lo hizo por juego, por curiosidad o simplemente, porque el cerebro humano posee una extraordinaria capacidad para copiar los sonidos del entorno.

Tal vez, descubrió que aquel sonido provocaba la risa del grupo, llamaba la atención de otros miembros de la tribu o servía para avisar que el peligro había pasado y era momento de regresar.

Después alguien añadió otro sonido. Luego, apareció el ritmo. Más tarde, varias voces se unieron alrededor del fuego. Y sin darse cuenta, nuestros antepasados habían inventado algo que nos acompañaría durante toda la historia: cantar juntos.

 

Mucho antes de las ciudades, de la escritura y de las fronteras, nuestros antepasados ya emitían sonidos rítmicos alrededor del fuego. La antropología sospecha que el canto pudo haber nacido antes que el lenguaje estructurado. Primero estuvieron los sonidos que calmaban a los niños, los llamados para reunir al grupo, los ritmos para coordinar la caza o remar juntos y las voces que acompañaban el dolor de la pérdida y la alegría del encuentro.

La palabra informa.

El canto une.

Es posible que el ser humano descubriera que ciertas combinaciones de sonidos tenían la capacidad de tranquilizar, organizar y acercar a las personas. Quizá alguien, hace miles de años, observó que el miedo disminuía cuando varias voces se elevaban al mismo tiempo en medio de la oscuridad. Hoy, sabemos que al cantar juntos el cerebro libera sustancias asociadas a la confianza y al bienestar, mientras la respiración se vuelve más lenta y acompasada. El cerebro recibe entonces un mensaje muy antiguo y poderoso: no estamos solos.

Desde entonces seguimos haciendo exactamente lo mismo.

Cantamos cumpleaños, himnos, nanas, canciones de amor y despedidas. Cantamos en los estadios, en las procesiones religiosas y en las marchas. Cantamos cuando celebramos y, curiosamente, también cuando sufrimos. Porque hay dolores que el lenguaje no consigue explicar y que únicamente la música logra traducir.

 

Las neurociencias han descubierto algo fascinante: cuando cantamos, el cerebro entero parece encenderse como una ciudad al anochecer. Participan áreas relacionadas con el lenguaje, la memoria, la emoción, la respiración y el movimiento. Pocas actividades humanas movilizan, simultáneamente tantas regiones cerebrales.

Cantar libera dopamina, ese mensajero químico asociado al placer y la motivación. También favorece la producción de endorfinas y oxitocina, sustancias relacionadas con el bienestar y la confianza social. Por eso, después de cantar, muchas personas dicen sentirse extrañamente mejor, incluso sin saber exactamente por qué.

El cerebro sí lo sabe.

Además, cantar obliga a regular la respiración. Veamos, cuando María Inés canta, inspira más profundo y exhala lentamente. Sin proponérselo, realiza algo parecido a muchos ejercicios utilizados hoy para disminuir la ansiedad y el estrés. Tal vez, por eso las madres de todas las culturas terminaron inventando canciones de cuna mucho antes de que existieran los manuales de crianza.

La música ya conocía secretos que la ciencia tardó siglos en descubrir. Y, cuando el canto es colectivo sucede algo aún más extraordinario. Estudios recientes muestran que las personas que cantan juntas sincronizan parcialmente sus ritmos cardíacos y respiratorios. Algo semejante ocurre en los coros, en las barras de los estadios, en las ceremonias religiosas o cuando un grupo de amigos termina cantando alrededor de una mesa. Por unos minutos dejamos de ser individuos aislados para convertirnos en algo parecido a un solo organismo respirando al mismo tiempo.

Quizá esa sea una de las razones por las que el ser humano nunca abandonó el canto. No sobrevivieron grandes imperios, desaparecieron lenguas, cambiaron las tecnologías y llegaron las pantallas, pero seguimos cantando. Incluso quienes no sabemos cantar terminamos tarareando una melodía mientras conducimos, caminamos o nos duchamos.

La ducha, dicho sea de paso, es uno de los escenarios musicales más democráticos de la humanidad. Allí, no existen jurados ni críticos especializados. Solo existe una persona y su eco.

Y eso basta.

Ojo con esto: No cantamos porque seamos felices. Muchas veces, somos felices porque cantamos.

Tal vez, los pájaros del jardín nunca pretendieron enseñarnos nada. Simplemente continúan haciendo lo que la naturaleza les pidió desde el principio: ocupar el silencio con belleza.

Nosotros, de alguna manera, heredamos esa costumbre. Por eso, mi papi tenía razón cuando me pedía escucharlos. Porque, no siempre cantan igual. Como tampoco nosotros somos exactamente los mismos después de cantar.

LA JUVENTUD COMIENZA CUANDO TE PONES EN MARCHA (77)

 

LA JUVENTUD COMIENZA CUANDO TE PONES EN MARCHA. Deporte, deporte, deporte.

El aroma del café recién pasado siempre tiene la extraña virtud de despertar recuerdos. En una mesa del café Bohemia, en las Galerías Gamesa, nos habíamos reunido cuatro viejos compañeros de universidad: César Emilio, César Augusto, Jorge y yo. Habían pasado décadas desde aquellos años en que sobrevivíamos a los exámenes más temidos. Aunque, siendo sinceros, había una prueba mucho más difícil que cualquier evaluación de la facultad: reunir el valor suficiente para declararle el amor a aquella compañera que aceleraba el corazón apenas cruzaba el patio.

Las carcajadas fueron dando paso a una conversación más serena. Los años, inevitablemente, comenzaron a sentarse también a la mesa.

—El médico me ha puesto a dieta por el colesterol y la presión —confesó César Emilio mientras removía el café.

—Mis rodillas anuncian el invierno antes que cualquier aplicación del celular —ironizó César Augusto.

Jorge, llevándose una mano a la espalda, añadió:

—Cuarenta años sentado frente a un escritorio tienen memoria... y cobran intereses.

Entonces, me preguntaron cómo hacía para seguir jugando fulbito y caminar todos los días, a pocos años de cumplir los setenta.

Sonreí. La verdad es que el partido comienza mucho antes de que entre a la cancha. La noche anterior preparo las zapatillas, mi camiseta y la botella de agua. Mientras acomodo cada cosa, mi imaginación ya está jugando. Me veo haciendo un pase preciso, esquivando a un rival o celebrando un gol con los amigos. Curiosamente, la alegría llega antes de comenzar el partido.

La neurociencia explica que el cerebro comienza a recompensarnos desde el momento en que decidimos hacer algo que nos hará bien. Incluso quien todavía no ha empezado a caminar, pero ya tomó la decisión de hacerlo, inició un cambio silencioso. Se regaló tiempo para sí mismo. Ese sano egoísmo de decir: me necesito, quiero estar mejor. El cuerpo aún no se mueve, pero la mente ya emprendió el viaje.

Después, cuando ya estamos en movimiento, comienza un milagro silencioso. Ni siquiera nos damos cuenta de que está sucediendo. Nuestro cerebro comenzará a producir BDNF, una extraordinaria proteína que fortalece las conexiones entre las neuronas estimula la memoria, mejora el aprendizaje y nos ayuda a mirar la vida con un mejor estado de ánimo.

Por eso, movernos suele ser un mejor aliado que muchos antidepresivos. Si a esto le sumamos una buena postura corporal, siete u ocho horas de sueño, con seguridad que prolongamos nuestra calidad de vida.

Nos despedimos sin hablar de récords ni de medallas. Comprendimos que, a esta edad, el verdadero triunfo no consiste en correr más rápido que los demás, sino en seguir encontrando motivos para ponerse en marcha. Porque la felicidad, muchas veces, no está en llegar a la meta, sino en el simple y maravilloso acto de comenzar a caminar.


¿CUANDO DEJAMOS DE COMER JUNTOS? P-12

  Hay recuerdos que no tienen fecha, pero conservan intacto su aroma. A veces basta el olor de un humeante arroz con carne recién servido, e...