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jueves, 1 de octubre de 2026

EL OTRO CAMBIA, Y NOSOTROS TAMBIÉN (88)

 EL OTRO CAMBIA, Y NOSOTROS TAMBIÉN



—Ya no siento lo mismo.

La frase cayó entre los dos con la violencia silenciosa de aquello que uno nunca quiere escuchar. Se habían amado profundamente. Habían compartido viajes, secretos, noches de conversación e imaginado juntos el futuro. Por eso, él no lograba comprender.

—¿Qué hice mal?, piensa Raúl.

Comenzó a revisar la historia como quien busca una grieta en una pared: una palabra que no debió decir, un olvido, una ausencia, algún momento preciso en que pudo haber empezado el final. Pero, quizá la respuesta no estuviera en lo que hizo.

Quizá Lina, sencillamente, ya no era la misma.

Y él tampoco.

Vivimos aferrados a una ilusión: creemos que las personas permanecen. Reconocemos su rostro, su voz, sus gestos, y suponemos que detrás continúa intacto aquel ser que conocimos. Pero, la vida trabaja silenciosamente sobre nosotros. Una decepción, una pérdida, un viaje, un libro, una conversación, una canción, un amor o una traición pueden modificar nuestra manera de mirar el mundo.

Heráclito decía que nadie entra dos veces en el mismo río. No solo porque el agua continúa corriendo, sino porque quien vuelve tampoco es exactamente el mismo. Podríamos extender su intuición: no encontramos dos veces a la misma persona, ni siquiera cuando volvemos a encontrarnos con nosotros mismos.

La neurociencia lo confirma de manera fascinante. Nuestro cerebro posee plasticidad: cambia con la experiencia. Aprendemos, olvidamos, reinterpretamos. Las vivencias dejan huellas y modifican nuestra manera de percibir y responder. No somos una estatua terminada. Somos una obra que la vida continúa modelando.

Por eso, después de algunos años, cuando Paco y Pepe Velasco se encuentran, descubren que aquella cercanía se ha desvanecido. Ya no tienen los mismos intereses ni las mismas preguntas. En cambio, alguien que apenas conocíamos puede empezar a resultarnos profundamente cercano. Las personas que somos hoy han encontrado un puente que las que fuimos no necesitaban o no sabían construir.

También ocurre con quien viaja, ve otros mundos y regresa al pueblo natal. Las mismas calles empedradas siguen allí, quizá la vieja plaza conserva el mismo nombre. Pero, quien vuelve trae otras experiencias. Ha confrontado ideas, conocido otras vidas, sufrido pérdidas. Mira lo conocido con otros ojos.

Porque, realmente, somos otros.

Pero, el encuentro más desconcertante puede ser el que tenemos frente a nosotros mismos. Abrimos una vieja caja y encontramos fotografías, cartas o un cuaderno escrito décadas atrás. Reconocemos nuestra letra y, sin embargo, sentimos que estamos leyendo a alguien diferente.

—¿Así pensaba yo?

Sí. Lo pensabas. Ese también eras tú.

Somos la suma de distintos «yo»: el niño, el adolescente, el joven que creyó saberlo todo, el adulto que se equivocó, el que tuvo miedo, el que amó y tuvo que levantarse después de caer. Incluso somos los «yo» que se perdieron en el camino: sueños incumplidos, posibilidades abandonadas, caminos que no tomamos.

Pero, ninguno pasó en vano. Cada «yo» entregó algo al siguiente: una ilusión, una herida, una pregunta o una lección. Aquel, que hoy quizá nos avergüenza hizo lo que pudo con lo que sabía y con las circunstancias que tuvo. Sin él, tampoco habríamos llegado hasta aquí.

Por eso no dejemos de tener expectativas. Ni de aprender. Ni de forjarnos.

Podemos cambiar de opinión, descubrir una pasión, tender puentes inesperados y seguir construyendo nuevas versiones de nosotros mismos. Como escribió José Ortega y Gasset, somos también nuestra circunstancia; y nuestras circunstancias nunca dejan de cambiar.

Quizá esa sea la verdadera aventura de vivir: aceptar que llevamos dentro a todos los que fuimos, mientras hacemos espacio para quienes todavía podemos llegar a ser.

Porque somos quienes hemos sido. Pero, mientras tengamos vida, todavía no hemos terminado de ser.

 

miércoles, 5 de agosto de 2026

¿CUANDO DEJAMOS DE COMER JUNTOS? P-12

 


Hay recuerdos que no tienen fecha, pero conservan intacto su aroma.

A veces basta el olor de un humeante arroz con carne recién servido, el chisporroteo de un aderezo o el sonido de una cuchara golpeando un plato para que el tiempo retroceda varias décadas y volvamos, casi sin proponérnoslo, a la mesa de nuestra infancia.

Qué extraño.

No solemos recordar el menú de un miércoles cualquiera. En cambio, recordamos perfectamente quién ocupaba cada silla. La voz de papá contando, por enésima vez, aquella historia de la tía Simona que siempre arrancaba carcajadas. La paciencia de mamá esperando que todos estuvieran sentados para recién empezar a servir. El abuelo Horacio corrigiendo alguna palabra mal pronunciada. El primo Lalo haciendo muecas mientras fingía que las espinacas eran el peor invento de la humanidad.

Ahora lo entiendo.

Nunca estuvimos recordando la comida.

Lo que la memoria había guardado era la compañía.

Los filósofos han repetido, desde hace siglos, que el ser humano no nace para vivir aislado. Aristóteles afirmaba que somos seres sociales por naturaleza. Martin Buber fue todavía más lejos al sostener que nuestra existencia adquiere sentido en el encuentro con el otro. Quizá, por eso una mesa nunca fue únicamente un mueble. Era un lugar donde aprendíamos, sin manuales ni discursos, el difícil arte de convivir.

Con el tiempo descubrí que mi mamita Estela no insistía en que todos llegáramos puntuales solo por disciplina. Sin saberlo, estaba defendiendo algo mucho más valioso: un espacio donde la familia existía al mismo tiempo.

Porque, una familia no se forma únicamente compartiendo un apellido.

Se forma compartiendo horas.

Hoy seguimos reuniéndonos alrededor de la mesa, pero no siempre alrededor de los mismos momentos. Julio llega con los audífonos puestos. Nelia responde un mensaje antes de sentarse. Fio levanta el celular para fotografiar el plato. Magalli revisa las noticias. Papá observa cejijunto la escena. Cada uno parece estar acompañado por cientos de personas y, paradójicamente, un poco más lejos de quienes tiene enfrente.

Las pantallas nunca piden permiso para sentarse.

Simplemente, ocupan el mejor lugar.

Y, mientras creemos que nada importante está ocurriendo, el cerebro observa en silencio.

Las neurociencias han descubierto algo fascinante. Nuestro cerebro no solo analiza lo que comemos; también, interpreta el ambiente en el que comemos. Si percibe tranquilidad, conversación y cercanía, activa el sistema encargado del descanso y la digestión. El corazón disminuye discretamente su ritmo, el intestino trabaja con mayor armonía y ese inmenso universo microscópico llamado microbiota encuentra las condiciones ideales para cumplir su tarea.

El cuerpo entiende que está a salvo.

Pero, cuando almorzamos con prisa, solos o pendientes del teléfono, sucede exactamente lo contrario. El cerebro mantiene abiertas las puertas de la vigilancia. Como un centinela incapaz de abandonar su puesto, continúa preparado para responder a cualquier amenaza. Y un organismo en alerta nunca digiere igual que un organismo en paz.

Lo más hermoso de todo es que nuestros padres ignoraban palabras como microbiota, nervio vago o eje intestino-cerebro. No necesitaban conocerlas. La sabiduría cotidiana les había enseñado algo que hoy la ciencia apenas comienza a describir con precisión: el cuerpo también se alimenta del ambiente emocional.

Tal vez, por eso aquellas sobremesas parecían interminables. Mientras nosotros pensábamos que solo escuchábamos historias repetidas, nuestro cerebro estaba construyendo recuerdos que durarían toda la vida. Porque, la memoria no conserva únicamente los hechos; conserva, sobre todo, las emociones con las que esos hechos fueron vividos.

Quizá, el mayor legado de aquellas mesas no fue enseñarnos a terminar la sopa, a usar correctamente los cubiertos o a pedir permiso para levantarnos.

Nos enseñaron algo infinitamente más importante.

Que dedicar tiempo a quienes amamos nunca ha sido una pérdida de tiempo.

Ha sido, desde siempre, la forma más silenciosa y profunda de decir: “aquí perteneces”.

EL ARTE DE ESTAR EN TODAS PARTES Y NO ESTAR EN NINGUNA (92)

  «El arte de estar en todas partes y no estar en ninguna»   Con la taza de café humeante en la mano y el celular en la otra, Armando se...