Cuando las puntas de los pies del
porteño y la guapa mina se extienden con esa grácil elegancia que invita un
tango, pareciera que el tiempo acepta detenerse. En íntima conversación, ambos
cuerpos se alinean, mientras la melodía se desliza por el pentagrama de los
recuerdos y entra en ese casi silente sincopado que se hace eterno, cargado de
promesas y de historias que aguardan salir a la palestra.
Entonces comienza el giro.
Es un giro lento, solemne, casi
sagrado. El hombre ciñe con firmeza el delicado talle de ella y la acerca a su
pecho con la misma suavidad con que una mariposa se posa sobre un pétalo
escarlata. No existe prisa. Solo el equilibrio de dos almas que, por un
instante, han decidido confiar la una en la otra. Dos horizontes hechos uno. Un
instante irrepetible.
Sé que, en unos compases más,
llegará la estrofa más enérgica. El tango volverá a desplegar su fuerza, sus
quebradas, sus ochos, su apasionada intensidad. Pero, yo he decidido quedarme
aquí, en este preludio, donde la música parece respirar antes de lanzarse al
vértigo. Porque, hay momentos en la vida cuya belleza merece prolongarse unos
segundos más, aunque solo sea en la memoria.
Mientras el giro avanza, mi
mirada se entorna. Veo una vieja ventana de nogal, envejecida por los
inviernos. Sus cortinas, desvaídas por el sol y el tiempo, se mueven apenas con
la brisa, dejando ver un camino que se pierde en la distancia. Comprendo entonces
que todos llevamos una ventana semejante en el alma. Desde ella contemplamos lo
vivido y también aquello que, quizá ya no volverá.
Hay figuras en el tango que
parecen desafiar al tiempo. El bailarín no mira sus zapatos. Su mirada busca un
horizonte. Confía en el abrazo, en el compás, en la música que lo sostiene. Si
bajara la vista para calcular cada movimiento, probablemente perdería el ritmo.
También, ocurre en la vida. Hay quienes caminan obsesionados por el final del
camino y, por hacerlo, dejan de admirar los árboles, los atardeceres o las
manos que todavía los acompañan.
Cada mañana, regreso de mi
caminata de treinta minutos con pensamientos semejantes. Hace casi trece años
me operaron del corazón. Desde entonces, la vida comenzó a marcar otro compás.
Han pasado siete años que no regreso para realizarme nuevos controles. No es
desinterés; es ese temor profundamente humano a que un diagnóstico convierta
las sospechas en certezas. El cerebro, en su afán de protegernos, suele
adelantarse a los acontecimientos. Imagina escenarios, anticipa peligros,
fabrica estados de alerta que muchas veces terminan siendo más dolorosos que la
propia realidad.
Las cuestas me recuerdan que mi
corazón conserva memoria. En el terreno llano camino con tranquilidad; cuando
aparece la pendiente, el pecho comienza a hablar en un lenguaje silencioso que
solo entiende quien ha aprendido que el cuerpo jamás olvida. Sin embargo, sigo
avanzando. Más despacio, quizá. Pero, avanzo.
Mañana cumpliré setenta años. Lo
digo sin nostalgia y sin heroísmos. Lo digo con la serenidad que regala el
tiempo cuando uno descubre que la juventud no era la ausencia de arrugas, sino
la abundancia de proyectos. Y todavía los tengo. Quiero seguir escribiendo
mientras las palabras continúen encontrándome al regresar de una caminata, al
escuchar un tango o al descubrir que un recuerdo también puede convertirse en
literatura.
Quizá por eso, esta mañana
comprendí algo que el tango ha sabido decir desde siempre sin necesidad de
pronunciar una sola palabra.
Quizá el verdadero error no
sea ignorar cuántos giros nos quedan, sino renunciar al siguiente cuando la
música todavía nos está llamando.
No sabemos cuántos compases
faltan. Ninguno de nosotros lo sabe. Pero, sí podemos decidir cómo bailaremos
el siguiente.
Por eso, seguiré caminando.
Llegará el día en que vuelva a recorrer los pasillos del hospital y escuche
nuevamente el lenguaje de los exámenes y los diagnósticos. No puedo huir
eternamente de ellos. Tampoco, quiero hacerlo. La incertidumbre también cansa.
Sin embargo, hoy elijo otra
música.
Elijo el abrazo del tango. El
giro pausado. La mirada perdida en un horizonte que todavía me pertenece. El
sonido grave del bandoneón recordándome el acordeón de mi papá que me dice: la
vida nunca fue una competencia por llegar al último acorde, sino un privilegio
para danzar con dignidad mientras la orquesta permanezca tocando.
Y, cuando llegue el momento en
que la música decida callar, quisiera que alguien pudiera decir, simplemente,
que nunca dejé de bailar antes de tiempo.