Hay
recuerdos que no tienen fecha, pero conservan intacto su aroma.
A
veces basta el olor de un humeante arroz con carne recién servido, el
chisporroteo de un aderezo o el sonido de una cuchara golpeando un plato para
que el tiempo retroceda varias décadas y volvamos, casi sin proponérnoslo, a la
mesa de nuestra infancia.
Qué
extraño.
No
solemos recordar el menú de un miércoles cualquiera. En cambio, recordamos
perfectamente quién ocupaba cada silla. La voz de papá contando, por enésima
vez, aquella historia de la tía Simona que siempre arrancaba carcajadas. La
paciencia de mamá esperando que todos estuvieran sentados para recién empezar a
servir. El abuelo Horacio corrigiendo alguna palabra mal pronunciada. El primo
Lalo haciendo muecas mientras fingía que las espinacas eran el peor invento de
la humanidad.
Ahora
lo entiendo.
Nunca
estuvimos recordando la comida.
Lo
que la memoria había guardado era la compañía.
Los
filósofos han repetido, desde hace siglos, que el ser humano no nace para vivir
aislado. Aristóteles afirmaba que somos seres sociales por naturaleza. Martin
Buber fue todavía más lejos al sostener que nuestra existencia adquiere sentido
en el encuentro con el otro. Quizá, por eso una mesa nunca fue únicamente un
mueble. Era un lugar donde aprendíamos, sin manuales ni discursos, el difícil
arte de convivir.
Con
el tiempo descubrí que mi mamita Estela no insistía en que todos llegáramos
puntuales solo por disciplina. Sin saberlo, estaba defendiendo algo mucho más
valioso: un espacio donde la familia existía al mismo tiempo.
Porque,
una familia no se forma únicamente compartiendo un apellido.
Se
forma compartiendo horas.
Hoy
seguimos reuniéndonos alrededor de la mesa, pero no siempre alrededor de los
mismos momentos. Julio llega con los audífonos puestos. Nelia responde un
mensaje antes de sentarse. Fio levanta el celular para fotografiar el plato. Magalli
revisa las noticias. Papá observa cejijunto la escena. Cada uno parece estar
acompañado por cientos de personas y, paradójicamente, un poco más lejos de
quienes tiene enfrente.
Las
pantallas nunca piden permiso para sentarse.
Simplemente,
ocupan el mejor lugar.
Y,
mientras creemos que nada importante está ocurriendo, el cerebro observa en
silencio.
Las
neurociencias han descubierto algo fascinante. Nuestro cerebro no solo analiza
lo que comemos; también, interpreta el ambiente en el que comemos. Si percibe
tranquilidad, conversación y cercanía, activa el sistema encargado del descanso
y la digestión. El corazón disminuye discretamente su ritmo, el intestino
trabaja con mayor armonía y ese inmenso universo microscópico llamado
microbiota encuentra las condiciones ideales para cumplir su tarea.
El
cuerpo entiende que está a salvo.
Pero,
cuando almorzamos con prisa, solos o pendientes del teléfono, sucede
exactamente lo contrario. El cerebro mantiene abiertas las puertas de la
vigilancia. Como un centinela incapaz de abandonar su puesto, continúa
preparado para responder a cualquier amenaza. Y un organismo en alerta nunca
digiere igual que un organismo en paz.
Lo
más hermoso de todo es que nuestros padres ignoraban palabras como microbiota,
nervio vago o eje intestino-cerebro. No necesitaban conocerlas. La sabiduría
cotidiana les había enseñado algo que hoy la ciencia apenas comienza a
describir con precisión: el cuerpo también se alimenta del ambiente emocional.
Tal
vez, por eso aquellas sobremesas parecían interminables. Mientras nosotros
pensábamos que solo escuchábamos historias repetidas, nuestro cerebro estaba
construyendo recuerdos que durarían toda la vida. Porque, la memoria no
conserva únicamente los hechos; conserva, sobre todo, las emociones con las que
esos hechos fueron vividos.
Quizá,
el mayor legado de aquellas mesas no fue enseñarnos a terminar la sopa, a usar
correctamente los cubiertos o a pedir permiso para levantarnos.
Nos
enseñaron algo infinitamente más importante.
Que
dedicar tiempo a quienes amamos nunca ha sido una pérdida de tiempo.
Ha
sido, desde siempre, la forma más silenciosa y profunda de decir: “aquí
perteneces”.