EL CEREBRO TAMBIÉN HABLA CON PALABRAS QUE OLVIDA
Hace
unos días encontré, entre viejos documentos de cuando trabajaba en ECA.S.A. una
empresa del Estado, un papel carbón. Lo sostuve unos segundos entre las manos.
Era una hoja delgada, rojo obscuro, que durante muchos años permitió obtener
copias cuando las máquinas de escribir eran las reinas de las oficinas.
En
ese momento pasó Morgana, mi nieta.
—¿Qué
es eso, Abu?
Le
expliqué que servía para sacar copias antes de que existieran las impresoras y
las fotocopiadoras de hoy. Me escuchó con atención, pero su mirada decía otra
cosa: intentaba comprender un objeto perteneciente a un mundo que nunca había
habitado. Entonces caí en la cuenta de que no solo desaparecen los objetos.
También desaparecen las palabras que los nombraban.
Papel
carbón, papel calca, mimeógrafo, diskette, rollo fotográfico, buscapersonas,
videocasetera, guía telefónica... Durante años fueron palabras cotidianas. Hoy,
muchas de ellas apenas sobreviven en la memoria de quienes las usamos. Los
objetos se fueron y el lenguaje comenzó, silenciosamente, a despedirse de
ellos.
El
cerebro organiza la realidad mediante categorías. Las palabras son una de sus
herramientas más extraordinarias. No solo sirven para comunicarnos; también nos
ayudan a reconocer, recordar y comprender aquello que nos rodea. Cuando una
palabra desaparece porque el objeto dejó de existir, también desaparece una
pequeña manera de mirar el mundo.
Cada
generación hereda un vocabulario diferente, porque cada época enfrenta desafíos
distintos. Mi papá hablaba de pluma fuente, papel sello sexto, vitrolas y
telegramas con absoluta naturalidad. Morgana crecerá rodeada de algoritmos,
inteligencia artificial, asistentes virtuales y computación en la nube. Ninguna
generación posee el lenguaje definitivo. Cada una recibe el suyo y, sin darse
cuenta, comienza a transformarlo.
Quizá,
por eso dos personas de edades distintas pueden contemplar el mismo objeto y
descubrir cosas completamente diferentes. Yo vi un recuerdo; Morgana vio un
misterio. Mi cerebro activó experiencias, olores, oficinas, máquinas de
escribir y compañeros de trabajo. El suyo no encontró ninguna referencia.
Aquella palabra todavía no tenía un lugar donde vivir.
Las
neurociencias sostienen que el cerebro interpreta el presente apoyándose en lo
que ya conoce. Por eso, aprender palabras nuevas no consiste únicamente en
enriquecer el vocabulario. Significa construir nuevas conexiones neuronales,
ampliar nuestras categorías mentales y descubrir aspectos de la realidad que
antes pasaban inadvertidos.
Tal
vez, por eso una de las señales más hermosas de seguir vivos sea conservar la
curiosidad. No para aferrarnos a las palabras que el tiempo inevitablemente se
llevará, sino para recibir con entusiasmo las que están llegando. Porque,
mientras nuestro cerebro continúe aprendiendo nuevos nombres, seguirá
encontrando nuevas maneras de comprender el mundo.
Y
quizá ese fue el verdadero regalo escondido en la pregunta de Morgana. No me
estaba preguntando qué era un papel carbón. Sin saberlo, me estaba recordando
que cada generación escribe su propio diccionario. Y que, mientras unas
palabras se despiden con la elegancia de los viejos amigos, otras llegan para
abrir ventanas hacia mundos que todavía estamos aprendiendo a imaginar.
