CANTAR: ocupar el silencio con belleza
María Inés es una querida
amiga argentina, franca, generosa y canta muy bonito. Un día me comentó algo
que se quedó dando vueltas en mi cabeza:
—Sé que el cerebro humano
está diseñado para que cantemos. Y si lo hacemos en grupo, los beneficios se
potencian aún más.
Justo en ese momento, en
Lima eran las 07:05 de la mañana. En el pequeño jardín de casa habían llegado
algunos pajarillos. Entre ellos, unos canarios que llenaban el aire con sus
trinos. Entonces regresó a mi memoria la voz de mi padre:
—Escúchalos, Chalo. No
siempre cantan igual.
Tenía razón. Nunca
cantaban igual.
Quizá allí comenzó todo. Quizá antes incluso de las palabras estuvo el canto.
Imaginemos a un niño de
hace cincuenta mil años, se ha quedado atento escuchando el silbido repetido de
un pajarillo al amanecer, entonces decide imitarlo. Quizá lo hizo por juego,
por curiosidad o simplemente, porque el cerebro humano posee una extraordinaria
capacidad para copiar los sonidos del entorno.
Tal vez, descubrió que
aquel sonido provocaba la risa del grupo, llamaba la atención de otros miembros
de la tribu o servía para avisar que el peligro había pasado y era momento de
regresar.
Después alguien añadió
otro sonido. Luego, apareció el ritmo. Más tarde, varias voces se unieron
alrededor del fuego. Y sin darse cuenta, nuestros antepasados habían inventado
algo que nos acompañaría durante toda la historia: cantar juntos.
Mucho antes de las
ciudades, de la escritura y de las fronteras, nuestros antepasados ya emitían
sonidos rítmicos alrededor del fuego. La antropología sospecha que el canto
pudo haber nacido antes que el lenguaje estructurado. Primero estuvieron los
sonidos que calmaban a los niños, los llamados para reunir al grupo, los ritmos
para coordinar la caza o remar juntos y las voces que acompañaban el dolor de
la pérdida y la alegría del encuentro.
La palabra informa.
El canto une.
Es
posible que el ser humano descubriera que ciertas combinaciones de sonidos
tenían la capacidad de tranquilizar, organizar y acercar a las personas. Quizá
alguien, hace miles de años, observó que el miedo disminuía cuando varias voces
se elevaban al mismo tiempo en medio de la oscuridad. Hoy, sabemos que al
cantar juntos el cerebro libera sustancias asociadas a la confianza y al
bienestar, mientras la respiración se vuelve más lenta y acompasada. El cerebro
recibe entonces un mensaje muy antiguo y poderoso: no estamos solos.
Desde entonces seguimos
haciendo exactamente lo mismo.
Cantamos
cumpleaños, himnos, nanas, canciones de amor y despedidas. Cantamos en los
estadios, en las procesiones religiosas y en las marchas. Cantamos cuando
celebramos y, curiosamente, también cuando sufrimos. Porque hay dolores que el
lenguaje no consigue explicar y que únicamente la música logra traducir.
Las neurociencias han
descubierto algo fascinante: cuando cantamos, el cerebro entero parece
encenderse como una ciudad al anochecer. Participan áreas relacionadas con el
lenguaje, la memoria, la emoción, la respiración y el movimiento. Pocas
actividades humanas movilizan, simultáneamente tantas regiones cerebrales.
Cantar libera dopamina,
ese mensajero químico asociado al placer y la motivación. También favorece la
producción de endorfinas y oxitocina, sustancias relacionadas con el bienestar
y la confianza social. Por eso, después de cantar, muchas personas dicen
sentirse extrañamente mejor, incluso sin saber exactamente por qué.
El cerebro sí lo sabe.
Además, cantar obliga a regular la respiración. Veamos, cuando María Inés canta, inspira más profundo y exhala lentamente. Sin proponérselo, realiza algo parecido a muchos ejercicios utilizados hoy para disminuir la ansiedad y el estrés. Tal vez, por eso las madres de todas las culturas terminaron inventando canciones de cuna mucho antes de que existieran los manuales de crianza.
La música ya conocía
secretos que la ciencia tardó siglos en descubrir. Y, cuando el canto es
colectivo sucede algo aún más extraordinario. Estudios recientes muestran que
las personas que cantan juntas sincronizan parcialmente sus ritmos cardíacos y
respiratorios. Algo semejante ocurre en los coros, en las barras de los
estadios, en las ceremonias religiosas o cuando un grupo de amigos termina
cantando alrededor de una mesa. Por unos minutos dejamos de ser individuos
aislados para convertirnos en algo parecido a un solo organismo respirando al
mismo tiempo.
Quizá esa sea una de las
razones por las que el ser humano nunca abandonó el canto. No sobrevivieron
grandes imperios, desaparecieron lenguas, cambiaron las tecnologías y llegaron
las pantallas, pero seguimos cantando. Incluso quienes no sabemos cantar terminamos
tarareando una melodía mientras conducimos, caminamos o nos duchamos.
La ducha, dicho sea de
paso, es uno de los escenarios musicales más democráticos de la humanidad.
Allí, no existen jurados ni críticos especializados. Solo existe una persona y
su eco.
Y eso basta.
Ojo con esto: No cantamos porque seamos felices. Muchas veces, somos felices porque cantamos.
Tal vez, los pájaros del
jardín nunca pretendieron enseñarnos nada. Simplemente continúan haciendo lo
que la naturaleza les pidió desde el principio: ocupar el silencio con belleza.
Nosotros, de alguna
manera, heredamos esa costumbre. Por eso, mi papi tenía razón cuando me pedía
escucharlos. Porque, no siempre cantan igual. Como tampoco nosotros somos
exactamente los mismos después de cantar.
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