miércoles, 5 de agosto de 2026

CANTAR: ocupar el silencio con belleza (P-10)

 CANTAR: ocupar el silencio con belleza

María Inés es una querida amiga argentina, franca, generosa y canta muy bonito. Un día me comentó algo que se quedó dando vueltas en mi cabeza:

—Sé que el cerebro humano está diseñado para que cantemos. Y si lo hacemos en grupo, los beneficios se potencian aún más.

Justo en ese momento, en Lima eran las 07:05 de la mañana. En el pequeño jardín de casa habían llegado algunos pajarillos. Entre ellos, unos canarios que llenaban el aire con sus trinos. Entonces regresó a mi memoria la voz de mi padre:

—Escúchalos, Chalo. No siempre cantan igual.

Tenía razón. Nunca cantaban igual.

Quizá allí comenzó todo. Quizá antes incluso de las palabras estuvo el canto.

Imaginemos a un niño de hace cincuenta mil años, se ha quedado atento escuchando el silbido repetido de un pajarillo al amanecer, entonces decide imitarlo. Quizá lo hizo por juego, por curiosidad o simplemente, porque el cerebro humano posee una extraordinaria capacidad para copiar los sonidos del entorno.

Tal vez, descubrió que aquel sonido provocaba la risa del grupo, llamaba la atención de otros miembros de la tribu o servía para avisar que el peligro había pasado y era momento de regresar.

Después alguien añadió otro sonido. Luego, apareció el ritmo. Más tarde, varias voces se unieron alrededor del fuego. Y sin darse cuenta, nuestros antepasados habían inventado algo que nos acompañaría durante toda la historia: cantar juntos.

 

Mucho antes de las ciudades, de la escritura y de las fronteras, nuestros antepasados ya emitían sonidos rítmicos alrededor del fuego. La antropología sospecha que el canto pudo haber nacido antes que el lenguaje estructurado. Primero estuvieron los sonidos que calmaban a los niños, los llamados para reunir al grupo, los ritmos para coordinar la caza o remar juntos y las voces que acompañaban el dolor de la pérdida y la alegría del encuentro.

La palabra informa.

El canto une.

Es posible que el ser humano descubriera que ciertas combinaciones de sonidos tenían la capacidad de tranquilizar, organizar y acercar a las personas. Quizá alguien, hace miles de años, observó que el miedo disminuía cuando varias voces se elevaban al mismo tiempo en medio de la oscuridad. Hoy, sabemos que al cantar juntos el cerebro libera sustancias asociadas a la confianza y al bienestar, mientras la respiración se vuelve más lenta y acompasada. El cerebro recibe entonces un mensaje muy antiguo y poderoso: no estamos solos.

Desde entonces seguimos haciendo exactamente lo mismo.

Cantamos cumpleaños, himnos, nanas, canciones de amor y despedidas. Cantamos en los estadios, en las procesiones religiosas y en las marchas. Cantamos cuando celebramos y, curiosamente, también cuando sufrimos. Porque hay dolores que el lenguaje no consigue explicar y que únicamente la música logra traducir.

 

Las neurociencias han descubierto algo fascinante: cuando cantamos, el cerebro entero parece encenderse como una ciudad al anochecer. Participan áreas relacionadas con el lenguaje, la memoria, la emoción, la respiración y el movimiento. Pocas actividades humanas movilizan, simultáneamente tantas regiones cerebrales.

Cantar libera dopamina, ese mensajero químico asociado al placer y la motivación. También favorece la producción de endorfinas y oxitocina, sustancias relacionadas con el bienestar y la confianza social. Por eso, después de cantar, muchas personas dicen sentirse extrañamente mejor, incluso sin saber exactamente por qué.

El cerebro sí lo sabe.

Además, cantar obliga a regular la respiración. Veamos, cuando María Inés canta, inspira más profundo y exhala lentamente. Sin proponérselo, realiza algo parecido a muchos ejercicios utilizados hoy para disminuir la ansiedad y el estrés. Tal vez, por eso las madres de todas las culturas terminaron inventando canciones de cuna mucho antes de que existieran los manuales de crianza.

La música ya conocía secretos que la ciencia tardó siglos en descubrir. Y, cuando el canto es colectivo sucede algo aún más extraordinario. Estudios recientes muestran que las personas que cantan juntas sincronizan parcialmente sus ritmos cardíacos y respiratorios. Algo semejante ocurre en los coros, en las barras de los estadios, en las ceremonias religiosas o cuando un grupo de amigos termina cantando alrededor de una mesa. Por unos minutos dejamos de ser individuos aislados para convertirnos en algo parecido a un solo organismo respirando al mismo tiempo.

Quizá esa sea una de las razones por las que el ser humano nunca abandonó el canto. No sobrevivieron grandes imperios, desaparecieron lenguas, cambiaron las tecnologías y llegaron las pantallas, pero seguimos cantando. Incluso quienes no sabemos cantar terminamos tarareando una melodía mientras conducimos, caminamos o nos duchamos.

La ducha, dicho sea de paso, es uno de los escenarios musicales más democráticos de la humanidad. Allí, no existen jurados ni críticos especializados. Solo existe una persona y su eco.

Y eso basta.

Ojo con esto: No cantamos porque seamos felices. Muchas veces, somos felices porque cantamos.

Tal vez, los pájaros del jardín nunca pretendieron enseñarnos nada. Simplemente continúan haciendo lo que la naturaleza les pidió desde el principio: ocupar el silencio con belleza.

Nosotros, de alguna manera, heredamos esa costumbre. Por eso, mi papi tenía razón cuando me pedía escucharlos. Porque, no siempre cantan igual. Como tampoco nosotros somos exactamente los mismos después de cantar.

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