VIDRIO Y PASTEL
Coquito tenía seis años y la nariz
pegada al vidrio de la pastelería. Del otro lado del cristal desfilaban donas
de colores imposibles, cachitos de manjarblanco, budines con esa gruesa capa
crocante y tortas de chocolate que parecían fabricadas por artesanos de la
felicidad. Pero, Coquito no solo las veía. Las probaba con la imaginación.
Alguna vez dijo el filósofo Arthur
Schopenhauer, mientras cariñaba a su perro “Atman”, que la vida oscila como un
péndulo entre el deseo y la satisfacción. Quizá olvidó añadir que, durante la
infancia, existe un tercer territorio: la esperanza. Ese pequeño país donde un
niño puede sentirse dueño de todos los pasteles del mundo mientras tenga una
vitrina delante y tiempo suficiente para soñar.
Coquito estaba seguro de que cada color
tenía un sabor distinto. El rosado debía saber a cumpleaños, el amarillo a
domingo de visitas y el chocolate, seguramente, al sabor mismo de la alegría. Respiraba
tan cerca del vidrio que, poco a poco, comenzó a empañarlo. La niebla de su
aliento crecía al mismo ritmo que su deseo.
Hasta que apareció la realidad.
No tenía dinero.
Tampoco, pensó en pedírselo a su madre.
Sabía que ella trabajaba sola y que el dinero alcanzaba para las cosas
importantes.
No había papá.
No había dulces.
A los seis años, uno todavía no conoce
la palabra pobreza, pero ya puede sentir perfectamente su sabor.
Entonces, apareció Miguel.
Salió de la pastelería con una empanada
en una mano y una torta de chocolate en la otra.
El aroma llegó primero. Después, el
vapor tibio y el perfume a mantequilla y cacao que parecía entrarle a Coquito
por la nariz, la piel y hasta los recuerdos futuros. Fue entonces, cuando
utilizó otro sentido.
La mirada.
Esa mirada silenciosa de los niños que
todavía creen en la bondad espontánea del mundo. Levantó los ojos hacia Miguel
y pensó, remotamente, que quizá le regalaría un pedacito.
No necesitaba más.
Una esquinita de la empanada.
Un mordisquito de la torta de chocolate.
Miguel lo miró y sonrió.
Y aquella sonrisa bastó para que Coquito
cargara nuevamente las alforjas de su olfato y de su estómago con pequeñas
provisiones de esperanza.
La sonrisa siguió creciendo. Coquito
sonrió también.
Pero, la sonrisa continuó extendiéndose
hasta deformarse.
Entonces llegó la carcajada.
—Ja, ja, ja
Cada risa cayó sobre el alma de Coquito
como una pequeña piedra.
Miguel mordió la empanada sin dejar de
mirarlo. No habría empanada. Y, luego hizo lo mismo con la torta. No habría
chocolate.
No habría nada.
El viento cambió de sentido y también se
robó el aroma.
La herida no estaba en el pastel. Estaba
en la esperanza. No siempre duele la falta de algo. A veces, duele más verlo
tan cerca y tan lejos al mismo tiempo.
El vidrio separaba dos mundos: de un
lado, el deseo; del otro, la posibilidad.
Quizá por eso algunos niños crecen
queriendo convertirse en Miguel. Y, otros deciden que, mientras vivan, jamás
permitirán que otro niño vuelva a quedarse solo mirando desde el otro lado del
vidrio.
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